Mi esposa quería que la vieran a las tres de la mañana
Bajamos al parque de madrugada con el vestido al hombro y los tacones puestos, pero no esperaba que alguien estuviera mirándonos desde la última banca.
Bajamos al parque de madrugada con el vestido al hombro y los tacones puestos, pero no esperaba que alguien estuviera mirándonos desde la última banca.
Cuando me asomé por la luna del coche para ver si mi hermana seguía despierta, lo descubrí a él en su ventana, fumando. Y supe que no iba a apartar la mirada.
Cuando aceleré en la primera recta, ella ya tenía la mano entre las piernas. La falda subida hasta las caderas. Y los coches que nos pasaban no sabían dónde mirar.
La toalla apenas me cubría cuando llamé a la puerta del vecino del séptimo. Aceptó ayudarme a abrir mi departamento solo si dejaba caer lo único que me quedaba encima.
Cuando entendí que lo que me calentaba no era mirar sino que me mirasen, busqué el galpón vacío detrás de mi casa una Nochevieja, y dejé caer las bragas a propósito.
Cuando me bajé del coche con la blusa pegada al cuerpo y la tanga marcada en el pantalón, no esperaba que la mirada de aquel hombre se quedara clavada en mí durante toda la entrevista.
Pensé que estaba sola en mi cuarto, hasta que noté la silueta del muchacho asomado a la ventana de enfrente. Y entonces decidí que se quedara mirando.
Bajé descalzo a tomar agua y la encontré tirada en el sofá, con las piernas apoyadas en el respaldo. Nunca giró la cabeza. Yo no me moví.
Iba dormido contra su hombro cuando me despertó tocándome por encima del pantalón. Lo que no sabíamos es que la chica del asiento de delante miraba el reflejo en la ventanilla.
Cuando entré al cuarto vi un sillón nuevo frente a la cama. Mi marido lo había colocado esa misma tarde sin decir nada. Ahí fue cuando entendí que ya no era una fantasía: estaba pasando.
Llevábamos meses hablando de esa fantasía: que alguien nos viera. Esa noche en el motel lo convertimos en un juego con reglas y sin marcha atrás.
Lo que pasaba en esa sala era confidencial. Nerea lo vio todo a través de la cerradura, con la mano apoyada en la pared y la respiración cortada.
No me frenó saber que Nadia estaba ahí con los ojos fijos en nosotros. Al contrario: su mirada encima de mí hizo que todo fuera más intenso.
Llevábamos meses jugando con la idea. Pero cuando Laura se acercó a aquel hombre en el agua y vi cómo movía la mano bajo la superficie, supe que ya no era una fantasía.