El regalo que mi esposa grabó para mí en secreto
El despacho de Marcos en la agencia de publicidad siempre olía al mismo café recalentado y al mismo desodorante de pino que llevaba usando una década. Era un hombre de costumbres fijas: llegaba el primero, se marchaba el último y entre medias construía campañas para marcas que nunca le importaron demasiado. Tenía cuarenta y dos años, una hipoteca firmada por los dos y una esposa, Sofía, que seguía siendo, en su cabeza, la mejor parte de todo lo demás.
Roberto llegó al departamento año y medio atrás con la energía suelta de quien ha trabajado en demasiados sitios para quedarse quieto. Era brillante con los clientes y bastante peor persona de lo que aparentaba. Desde el principio buscó a Marcos con la precisión de quien elige a su próxima pieza: lo invitó a comer, lo incluyó en conversaciones de pasillo, lo trató como a un igual en lugar de como al colega gris que todos los demás ignoraban.
Un miércoles cualquiera, Roberto le envió por el grupo de trabajo un enlace con el mensaje: «Esto circula por los foros. Tremendo, ¿no?». El vídeo duraba cuatro minutos y mostraba a una mujer rodeada de diez hombres que se turnaban para follársela por todos los agujeros en lo que podría haber sido cualquier habitación anónima. Marcos lo cerró a los treinta segundos. Esa noche, cuando Sofía dormía, lo volvió a abrir. Lo vio entero, tres veces, con la mano metida en el pantalón del pijama y la respiración contenida para no despertarla. Se corrió sobre su propio vientre viendo cómo la mujer del vídeo abría la boca para recibir el semen de uno mientras otro seguía embistiéndola por detrás.
La segunda vez que Roberto le envió algo así, Marcos no lo cerró.
Lo que siguió fue una pendiente tan gradual que nunca reconoció el momento exacto en que cruzó la línea. Empezó a buscar más por su cuenta, primero con cautela y luego con la impunidad cómoda de quien lleva demasiado tiempo sin ser pillado. Guardaba los archivos en una carpeta con contraseña que nombraba como «proyectos Q4». Se quedaba despierto hasta las dos de la mañana frente a la pantalla mientras Sofía dormía al otro lado del pasillo con la indiferencia sólida de alguien que confía en el otro sin cuestionarlo. Esa confianza era lo que más le pesaba y, al mismo tiempo, lo que hacía que volviera cada noche a mirar coños abiertos, gargantas atragantadas, corridas repartidas sobre pieles ajenas. Esa confianza era lo que más le pesaba y, al mismo tiempo, lo que hacía que volviera cada noche.
Roberto lo sabía. Nunca dijo nada directamente, pero sonreía cuando Marcos desviaba la mirada, y esa sonrisa contenía demasiada información.
***
Lo que Marcos no sabía era que, mientras él construía su obsesión en silencio, Roberto trabajaba en el otro extremo del matrimonio.
Sofía notaba la frialdad de Marcos desde hacía meses: las noches en que él fingía estar cansado, el distanciamiento que ella atribuía al trabajo o a la edad. Roberto empezó a aparecer en los márgenes de su vida con una naturalidad estudiada. La llamaba para preguntar por Marcos, quedaba con ella para tomar café «por si necesitaba hablar». Era encantador de una forma más peligrosa que la atracción directa.
Le habló de los vídeos con una calma clínica, como si estuviera diagnosticando una enfermedad. Le dijo que Marcos estaba atrapado en una fantasía específica —mujeres pasadas de mano en mano, bocas llenas, coños repartidos entre muchos— y que esa fantasía lo alejaba de ella porque ninguna mujer real podía competir con una ficción construida a la medida del deseo. Le dijo que la única manera de recuperarlo era convertirse en esa ficción. Miriam, la directora de cuentas de la agencia, también formaba parte del plan, aunque ese detalle Marcos lo supo mucho más tarde.
Sofía tardó semanas en aceptar lo que Roberto proponía. Dijo que no cuatro veces antes de decir que sí.
La excusa para el viaje fue un retiro de equipo del que Marcos fue excluido en el último momento por un supuesto conflicto con un cliente importante. La finca La Encina estaba a noventa kilómetros de la ciudad, rodeada de pinos y con cobertura de móvil solo en la entrada. Sofía se fue un viernes por la tarde con una bolsa de viaje y un beso distraído en la mejilla. Volvió el domingo por la tarde con la mirada diferente. Marcos no supo leer esa diferencia entonces.
***
El lunes llegó al despacho antes que nadie. En el segundo cajón de su mesa —el único que cerraba con llave, el que usaba para guardar la carpeta de «proyectos Q4» y que llevaba años siendo su espacio privado— había un estuche negro sin carátula. Lo reconoció porque no estaba ahí el viernes. Alguien había abierto el cajón. Alguien sabía dónde guardaba la llave.
El disco era un DVD estándar sin título impreso. Marcos lo sostuvo un momento antes de insertarlo en el ordenador. Conectó los auriculares, bajó el volumen al mínimo y esperó.
La imagen tardó tres segundos en aparecer.
Era Sofía.
Estaba sentada en el sofá de piel marrón que Marcos reconoció de unas fotos que Roberto le había enviado meses atrás de «la finca de un amigo». Llevaba un vestido de satén azul noche que él nunca le había visto. Sostenía una copa de vino sin beberla y miraba a la cámara con una calma que no era la suya, o al menos no era la que él conocía después de diez años.
—Hola, Marcos —dijo.
Él subió el volumen.
—Roberto me ha enseñado tus archivos. Toda la carpeta, incluida la contraseña. Sé exactamente qué tipo de vídeos buscabas cada noche y cuánto tiempo llevas haciéndolo mientras yo dormía. Sé que te gusta ver a mujeres con la boca abierta esperando corridas de cinco pollas. Sé que te empalmas viendo cómo se las follan entre varios por todos los agujeros a la vez. Lo sé todo, Marcos.
Sofía hizo una pausa breve. Tomó un pequeño sorbo de vino y lo dejó con cuidado en la mesita.
—Al principio me sentí destrozada. Luego me sentí estúpida por no haberlo visto antes. Y después, cuando Roberto me explicó lo que quería hacer, pasé por todas las etapas posibles antes de decir que sí. Pero lo dije, Marcos. Lo dije por ti. Para darte algo que ninguna pantalla puede darte. Para dejar que catorce hombres me follaran mientras una cámara lo grababa todo, y que tú pudieras verme por fin como siempre quisiste ver a esas otras.
La cámara se alejó ligeramente. Sofía cruzó los brazos sobre el regazo.
—Lo que vas a ver ocurrió el sábado por la noche en esta misma finca. Yo elegí estar aquí. Nadie me obligó a nada. Y espero que cuando termines de verlo entiendas que ya no tienes que buscar nada en ninguna carpeta, porque ahora tienes algo mejor. Espero que lo disfrutes tanto como lo disfruté yo.
***
La imagen cortó a negro durante dos segundos. Cuando volvió, era otra habitación.
El gran salón de La Encina tenía una mesa de madera maciza en el centro, del tipo que se fabrica para aguantar generaciones. Sofía estaba de pie junto a ella, todavía con el vestido azul puesto, cuando los hombres empezaron a entrar en plano.
Marcos los reconoció uno a uno con una lentitud que le atravesó el pecho. El director de la agencia. El responsable de TI. Dos compañeros del departamento creativo. El vecino del segundo piso que llevaba doce años prestándole las herramientas cuando las necesitaba. El primo de Roberto, a quien había visto tres o cuatro veces en la cena de Navidad de la empresa. Otros que tardó más en identificar. Catorce hombres en total, y Roberto detrás de la cámara.
Roberto se acercó a Sofía con una venda de seda negra. Ella se la dejó colocar sin protestar, sin apartar la cabeza. Cuando la oscuridad la envolvió, su cuerpo cambió: los hombros bajaron, la boca se entreabrió ligeramente, y en ese gesto mínimo Marcos reconoció algo que no le había visto en diez años de matrimonio.
Las manos empezaron a moverse desde todos los ángulos. El vestido de satén azul fue desabrochado con una lentitud deliberada y cayó al suelo sin que Sofía hiciera nada por retenerlo. Se quedó en ropa interior negra, y unos dedos anónimos le desabrocharon el sujetador por la espalda mientras otros le bajaban las bragas hasta los tobillos y la hacían salir de ellas de una patada. Los pezones se le pusieron duros al instante en el aire fresco del salón, y una mano grande le atrapó un pecho por detrás y se lo apretó hasta arrancarle un jadeo.
La colocaron de espaldas contra la mesa, doblada por la cintura, con las palmas apoyadas en la madera y el culo alzado. Alguien se arrodilló detrás de ella y le abrió las nalgas con las dos manos, y Marcos vio en la pantalla cómo una lengua se hundía sin ceremonia entre las piernas de su mujer, lamiéndole el coño de arriba abajo, empujando entre los labios ya brillantes. Sofía se arqueó con un sonido que no era queja ni gemido sino algo más primitivo: una respuesta física que venía de más adentro de lo que él había sabido despertar nunca.
Marcos tuvo que bajar el volumen.
Cuando la lengua terminó, un hombre se puso de pie detrás de ella, se agarró la polla con la mano y se la restregó por los labios del coño empapado. La penetró de una sola estocada. Sofía soltó un grito grave y las tetas se le sacudieron contra la madera con cada embestida. El hombre la follaba agarrándola de las caderas, hundiéndose hasta el fondo, sacándola casi entera antes de volver a metérsela de golpe.
—Así, así —jadeaba Sofía con la venda todavía puesta—, más fuerte, joder, más fuerte.
Marcos no había oído nunca esa voz en su casa. Era la voz de otra mujer.
Otro hombre se le acercó por delante, se puso encima de la mesa a horcajadas sobre sus hombros y le acercó la polla a la boca. Sofía la abrió sin dudarlo y se la tragó hasta el fondo, con los labios estirados alrededor de la base y la garganta expandiéndose para recibirla entera. El que la estaba follando por detrás no aflojó el ritmo, y cada embestida la empujaba hacia adelante y hacía que la polla de la boca se le hundiera aún más. Se ahogó, tosió, escupió saliva, y siguió chupando. La cámara enfocó de cerca los hilos brillantes que le colgaban de la barbilla mientras el hombre le sujetaba la cabeza y le follaba la boca sin miramientos.
La subieron a la mesa. La tumbaron boca arriba con las piernas abiertas de par en par, y uno de los hombres del departamento creativo —Marcos lo reconoció por el reloj— se colocó entre sus muslos y se la metió de un empujón. Otro se arrodilló al lado de su cabeza y ella giró la cara y volvió a abrir la boca. Un tercero se le acercó por el otro lado y le puso otra polla en la mano libre. Sofía cerró los dedos alrededor de ella y empezó a masturbarlo mientras la mano contraria buscaba a ciegas otro cuerpo, encontraba unos huevos, los acariciaba con los dedos abiertos.
Cuatro hombres a la vez. Y ella no paraba. Los gemidos le salían amortiguados por la polla que tenía en la boca, agudos cuando la sacaban para dejarla respirar, entrecortados cuando la embestida de abajo le arrancaba una sacudida entera. La cámara se movió hasta enfocar su coño en primer plano: los labios estirados alrededor de la verga que la penetraba, los flujos brillándole en la piel, un dedo que se coló por debajo para acariciarle el clítoris hinchado.
Sofía se corrió por primera vez sobre la polla del creativo. Marcos lo supo porque su mujer se estremeció de una manera que él sí reconoció, después de diez años. Ese temblor exacto. Ese sonido gutural. Solo que aquí lo estaba haciendo con una verga desconocida enterrada hasta el fondo, mientras chupaba a otro y masturbaba a un tercero. El hombre no se detuvo. Aceleró. Se corrió dentro de ella con un gruñido animal y salió chorreando, y Sofía se quedó abierta y goteando sobre la madera de la mesa.
Enseguida ocupó el sitio otro. Y otro más. La rotación era ordenada. Cuando uno terminaba, otro ocupaba su lugar sin interrupción, se agarraba la polla, se la restregaba contra el coño empapado y se hundía de una sola vez. Sofía aceptaba en la boca a quien se acercara mientras otros la sujetaban por las caderas desde atrás. La venda permanecía en su sitio. Seguía sin ver a ninguno de ellos, y esa ceguera parecía liberarla de algo que Marcos no supo nombrar con exactitud pero reconoció al instante.
La cambiaron de postura sin preguntarle. La levantaron, la sentaron a horcajadas sobre uno que se había tumbado en la mesa, y ella empezó a moverse arriba y abajo con las manos apoyadas en el pecho del hombre y las tetas rebotando con cada bajada. Otro se colocó detrás de ella. Marcos vio cómo se escupía en los dedos y le abría el culo, y cómo empujaba primero un dedo, luego dos, luego la polla. Sofía se quedó quieta un segundo, apretó los dientes y soltó un gemido largo y ronco cuando la doble penetración se completó. Después empezó a mecerse entre las dos vergas con un ritmo propio, gimiendo cada vez más alto, pidiéndoles que se movieran a la vez, que la follaran juntos, que no pararan.
—Los dos —jadeaba—, joder, los dos a la vez, más fuerte, dadme más fuerte.
Un tercero se acercó por delante y ella le agarró la polla y se la metió en la boca sin dejar de moverse encima de los otros dos. Tres pollas dentro a la vez. Sus gemidos llenaban el salón con una cadencia que Marcos nunca le había escuchado: grave, continua, interrumpida por sacudidas más bruscas cuando alguno de los hombres cambiaba el ángulo o aumentaba el ritmo. No había en esa cadencia nada de la contención habitual de Sofía. Era un sonido sin filtro.
Los que esperaban su turno se acariciaban alrededor, algunos apoyados en la mesa, otros de pie a su alcance. Cuando alguno se corría antes de tocarla, lo hacía sobre su piel: sobre el hombro, sobre la espalda, sobre las tetas que le colgaban mientras la doblaban. Otros aguantaban y esperaban su turno dentro. El semen se le empezó a acumular sobre el cuerpo, mezclado con el sudor, brillando bajo las lámparas del salón.
Hubo un momento —cuarenta minutos después del inicio— en que la cámara la enfocó desde cerca. Sofía tenía los labios enrojecidos e hinchados de chupar, el maquillaje corrido por el sudor, el pelo suelto pegado a la frente y al cuello. Un hilo de semen le caía por la comisura de la boca hasta la barbilla. Los muslos le brillaban de flujo propio y ajeno. El vestido azul seguía en el suelo, a unos metros, perfectamente intacto. Y ella sonreía. No era una sonrisa de actuación. Era la sonrisa que hace alguien que ha encontrado algo que buscaba sin saber que lo buscaba.
La escena continuó durante otra media hora. La pusieron a cuatro patas en la mesa y se turnaron por detrás mientras ella chupaba a los que la esperaban por delante. La sentaron en el borde de la mesa con las piernas colgando, abiertas, y le hicieron correrse otras dos veces, una con una lengua entre los muslos y otra con dos pollas metiéndosela por turnos rapidísimos. Marcos no la detuvo en ningún momento. Se dio cuenta, en algún momento impreciso, de que él también estaba duro. De que llevaba un rato con la mano apretándose el pantalón por debajo de la mesa del despacho. Retiró la mano. Volvió a ponerla.
***
El final llegó de una forma que Marcos no anticipó.
Los catorce hombres se situaron alrededor de Sofía, que seguía arrodillada sobre la mesa, agotada y apoyada en los codos. Roberto se acercó a ella y le quitó la venda con cuidado, como quien levanta un apósito. Sofía tardó un momento en ajustar la vista bajo la luz de las lámparas del salón. Luego los miró a todos, uno a uno, con una lentitud que parecía deliberada. Vio al director. Vio al vecino. Vio a los creativos. No apartó la vista de ninguno. Y después miró a la cámara.
Se irguió sobre las rodillas. Se pasó la lengua por los labios. Abrió la boca y sacó la lengua ligeramente, ofrecida. Cerró los ojos.
Los catorce hombres empezaron a masturbarse alrededor de ella al mismo tiempo, cada uno con la polla apuntándole al cuerpo. Los jadeos se solaparon. Sofía extendió las manos hacia adelante, con las palmas hacia arriba, como quien recibe agua. Lo que siguió fue una lluvia densa y rítmica que aterrizó en su rostro, en su pecho y en sus manos extendidas. Un chorro le cruzó la mejilla y le llegó al pelo. Otro le cayó sobre los labios y ella los movió despacio, saboreándolo, tragando lo que le entró en la boca sin cerrarla. Otro le regó las tetas. Otro le colgó del mentón en un hilo largo hasta caerle sobre el pecho. Sofía lo recibió con los ojos entrecerrados y la boca entreabierta, sin retroceder, sin apartar la mirada del objetivo cuando volvió a abrirlos entre chorro y chorro.
Cuando terminó el último hombre, Sofía se pasó los dedos por la cara, recogió lo que pudo y se los llevó a la boca, chupándoselos uno a uno delante del objetivo. La cámara se acercó hasta un primer plano de su rostro. Sofía se limpió la comisura con el pulgar y miró al objetivo con una expresión que Marcos no supo cómo clasificar.
—Roberto tenía razón —dijo, con la voz todavía entrecortada—. No es lo que buscabas en esa pantalla. Es mejor.
Se recostó sobre los codos y cruzó los brazos por debajo de las tetas manchadas.
—Siempre pensé que la diferencia entre nosotros era que tú necesitabas más de lo que yo podía darte. Ahora entiendo que el problema era que yo nunca lo había intentado de verdad. —Una pausa. Una sonrisa más pequeña y más fría—. Ya no soy la mujer que conocías, Marcos. Soy la que se dejó follar por catorce a la vez y se corrió tres veces mientras lo hacían. No sé si eso te alegra o te aterra, pero aquí está la respuesta a todos esos años de carpetas con contraseña. Espero que esta imagen te acompañe cada vez que intentes abrir ese cajón. Porque ahora el cajón está vacío. La favorita ya la tienes en casa.
El vídeo terminó con la imagen fija de su rostro durante tres segundos antes del fundido a negro.
***
Marcos permaneció inmóvil frente a la pantalla con los auriculares puestos. El DVD seguía girando. En la oficina todavía no había nadie más, y la luz del monitor era lo único que iluminaba el despacho.
Pensó en la carpeta de «proyectos Q4». Pensó en los dieciocho meses de vídeos guardados. Pensó en las noches que Sofía había dormido al otro lado del pasillo con la indiferencia tranquila de alguien que confía completamente en el otro.
Debería haber algo que sentir: rabia, traición, culpa. Probablemente las tres cosas a la vez, apiladas en el orden correcto. Tenía los materiales para construirlas.
Lo que sintió, en cambio, fue algo que no supo cómo llamar. Y una erección dolorosa contra la cremallera del pantalón.
Sacó el disco del ordenador y lo devolvió al estuche negro. Lo colocó exactamente donde lo había encontrado, en el segundo cajón de su mesa. Cerró el cajón con llave y guardó la llave en el bolsillo.
Y esperó a que llegaran los demás.