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Relatos Ardientes

Lo que dejé que pasara en el estacionamiento

Llevamos casi nueve años casados. Yo tengo treinta y cuatro, ella treinta y uno. Daniela es de esas mujeres que detienen una conversación cuando entran a un sitio: piel muy blanca, pelo negro hasta los hombros, pechos pequeños y firmes, caderas estrechas y un culo que parece esculpido a propósito para arruinarle el día a cualquiera.

Siempre fuimos calientes en la cama. Y, sobre todo, fantasiosos. Daniela tiene un vibrador que ya conoce mejor las paredes de nuestra habitación que yo mismo. Lo usamos casi cada vez. Mientras ella se lo pasea por encima del clítoris, yo le susurro al oído escenas inventadas: un compañero del trabajo, un amigo en común, dos hombres a la vez, un desconocido cualquiera. Cualquier cosa morbosa que se nos ocurriera terminaba volviéndose un guion para excitarnos. Era un juego. Solo un juego.

Daniela tuvo que viajar a Querétaro una semana para cuidar a su madre, que llevaba un mes mala del corazón. Cuando volvió, decidimos celebrarlo saliendo a bailar a un antro al que nunca habíamos ido, en una avenida que ni recuerdo. Se puso un vestido negro entallado, cortísimo, con escote en V hasta la mitad del esternón. Sin sostén. Con tacones altos. Se miró en el espejo, sonrió hacia mí por encima del hombro y dijo:

—Hoy tengo ganas de que me miren.

—Hoy te van a mirar todos —le contesté.

Y a mí me gustaba que la miraran. Siempre me había gustado. Esa especie de orgullo retorcido de saber que la mujer que se acostaba conmigo, la noche entera, era la misma a la que medio bar desnudaba con la imaginación. En el coche, mientras manejaba, ya estaba duro pensando en la noche.

Llegamos al antro pasadas las once. Pedimos mezcal. Bailamos. Daniela se pegó a mí y me besó en el cuello, sabiéndose observada. Cada vez que se daba la vuelta hacia la barra, sentía cómo dos o tres pares de ojos seguían el movimiento del vestido. A mí no me molestaba. Me calentaba. Una hora después le pedí que me trajera otro mezcal y la vi cruzar la pista entre cabezas que se giraban. Volvió riéndose. Lo hicimos tres veces. Cada cual exageraba más sus pasos. Era nuestro juego silencioso.

Pasada la una de la mañana, Daniela se acercó a mi oído y me dijo que iba al baño. La vi caminar entre la multitud, y entonces ocurrió. Un tipo alto, de espaldas anchas, camisa negra desabrochada hasta el tercer botón, le cortó el paso cerca del pasillo. Se inclinó hacia ella, le dijo algo al oído, y antes de que ella respondiera, le dio una nalgada. No fuerte. No grosera. Una nalgada lenta, casi confianzuda, como si la conociera desde hace años.

Esperé a que Daniela se ofendiera. Esperé a que se diera la vuelta y le gritara. Esperé que el tipo se disculpara o se largara con la cabeza baja.

Nada de eso pasó. Daniela se rio. El tipo le acarició una vez más la curva de la cadera, y siguieron cada uno su camino.

Y a mí se me puso dura como una piedra.

No entendía lo que sentía. Llevábamos años imaginándonos a otros hombres en nuestra cama, pero siempre como un guion abstracto, como una película. Esto era distinto. Esto había ocurrido a tres metros de mí, con una persona real, y yo no había hecho nada. No había roto la copa contra la pared. No había ido a partirle la cara al tipo. Lo había mirado, había sentido cómo me crecía dentro del pantalón, y lo único que pude pensar fue: ¿qué le habrá dicho?

Cuando Daniela volvió, le pregunté, intentando sonar tranquilo:

—¿Qué te dijo ese tipo?

Ella me miró sorprendida, como si no hubiera imaginado que yo lo había visto. Luego sonrió de lado, esa media sonrisa suya, y se inclinó hacia mi oreja.

—Me dijo que le gustaría chuparme las tetas mientras me coge.

Lo dijo como quien repite el pronóstico del tiempo. Y se rio. Yo me corrí un poco, lo juro. Sentí el flujo, una gota mínima, suficiente para arruinarme el calzoncillo. Estuve a punto de pedirle que nos fuéramos, de llevármela a casa y cogérmela durante toda la noche imaginando que era ese tipo el que estaba dentro de ella. Pero ella estaba feliz. Bailaba, se reía, bebía más de la cuenta. No quise arruinarle la noche.

***

Pasadas las tres, Daniela ya no podía con su alma. Le costaba enfocar la mirada, hablaba arrastrando las sílabas y, cuando intentó caminar hacia la salida, se aflojó en mis brazos. Tuve que cargarla casi por completo. Le pasé un brazo por la cintura, le sujeté la cabeza contra mi hombro, y avanzamos despacio entre la gente.

Al cruzar la puerta del antro, casi nos chocamos con él.

El tipo de la camisa negra. El de la nalgada. El de las tetas.

Me miró a mí primero, después a Daniela colgando de mi cuerpo como una marioneta. Tardó un segundo en reconocerla, otro segundo más en sonreír. Yo, mientras tanto, sentía que la verga se me partía contra la cremallera del pantalón. Las manos me sudaban. La cabeza me iba muy rápido. Y antes de que pudiera pararme a pensar, escuché mi propia voz diciendo:

—Oye, ¿no me harías un favor? Ayúdame a llevarla al coche. Pesa más de lo que parece y yo solo no puedo.

El tipo no dudó ni medio segundo.

—Claro, hombre. Sin problema.

La tomó por la cintura con una soltura que no me gustó, o que me gustó demasiado, ya no sabía. Daniela apoyó la cabeza en el pecho de él y musitó algo que no entendí. Caminamos los tres así, en silencio, hasta el estacionamiento. Abrí la puerta del coche. La sentamos en el asiento del copiloto. Y entonces escuché mi propia voz otra vez, ajena, lejana, dictando una frase que mi cabeza no había aprobado:

—Carajo, se me quedó su chaqueta en el guardarropa. ¿Te molesta esperar un segundo con ella? No tardo nada.

El tipo me miró. Me miró de verdad. Sostuvo el silencio dos o tres segundos demasiado largos. Luego asintió, despacio, con esa sonrisa que ya no era de cortesía.

—Tranquilo, hermano. Yo me encargo de tu mujer.

Esa frase. Esa palabra concreta. Yo me encargo. De tu mujer.

Caminé hacia el antro. Avancé entre coches estacionados. Esperé hasta perder el mío de vista, y entonces me detuve. Me apoyé contra una camioneta. Respiré. Y volví sobre mis pasos.

***

Lo que vi al volver me marcó para siempre.

Daniela ya no estaba dentro del coche. Estaba encima del cofre. El vestido subido hasta la cintura por un lado, el escote bajado hasta la cintura por el otro, los pechos al aire bajo la luz amarilla del único poste del estacionamiento. Él, encima de ella, con los pantalones por las rodillas, hundido entre sus piernas en posición misionera. Ella tenía los talones cruzados en la espalda baja de él. Le chupaba un pecho. Luego el otro. Después le mordía el cuello mientras la embestía.

Me escondí detrás de una camioneta a tres lugares de distancia. Saqué la verga. Empecé a masturbarme sin siquiera pensarlo. La mano me temblaba.

Daniela estaba borracha, sí. Pero estaba reaccionando. Gemía. Le hablaba bajito al oído. Le acariciaba la nuca. Yo había imaginado esta escena cien veces, mil veces, en mi cabeza, durante años, en susurros mientras la cogía. Pero verla pasar de verdad era otra cosa. Era el cuerpo de mi mujer ofreciéndose a un desconocido. Eran sus piernas, las que yo conocía de memoria, abriéndose para alguien que no se sabía ni su nombre. Era el sonido real, no el imaginado, de su voz cuando estaba a punto de venirse.

—Cógeme así, papi —la oí decir—. Más rico, así. No pares, que ya casi me vengo.

Esa frase la había escuchado yo mil veces. Era mía. Era la frase que ella decía cuando estaba a segundos del orgasmo, cuando yo ya sabía que tenía que apretar el ritmo y cogérmela más fuerte. Y ahora se la decía a un desconocido sobre el cofre de mi coche.

Me corrí ahí mismo, entre dos camionetas, en silencio, mordiéndome el dorso de la mano para no hacer ruido. Eyaculé sobre el asfalto. Los oí terminar a los dos casi al mismo tiempo: un grito ahogado de ella, un gruñido más grave de él. Mi semen todavía escurría cuando me dejé caer en cuclillas contra la rueda de una camioneta, intentando recuperar el aliento.

***

Esperé tres o cuatro minutos. Lo suficiente para que se acomodaran. Para que el coche volviera a parecer un coche y no una habitación de hotel. Salí de mi escondite con la chaqueta de Daniela —que en realidad sí había olvidado— colgada de un brazo, fingiendo respiración normal, sudor de cargar a una mujer borracha.

—¿Todo bien? —pregunté al llegar.

El tipo estaba apoyado contra el coche, encendiéndose un cigarro. Daniela dormía en el asiento del copiloto, despeinada, con el vestido bien puesto otra vez. Casi.

—Todo bien, hermano —dijo él—. Tu mujer está perfecta. Cuidé de ella como nadie había cuidado antes.

Sostuvo el cigarro entre los dientes y me extendió la mano. Se la di. Tenía la palma todavía húmeda. No sé si de sudor, de Daniela, o de ambas cosas. Se fue caminando hacia su propio coche sin mirar atrás, y yo me subí al mío.

Manejé a casa con las dos ventanas abiertas. Daniela dormía con la cabeza apoyada en el vidrio. La metí en la cama. La desvestí. Le pasé un paño tibio entre las piernas, con un cuidado que no había tenido nunca antes con ella. Me acosté a su lado y no dormí.

Al día siguiente, ya cerca del mediodía, Daniela apareció en la cocina envuelta en mi camisa, con el pelo revuelto y los ojos hinchados. Se sirvió un café. Me miró desde el otro lado de la barra. Sonrió de medio lado, igual que en el antro.

—Anoche en el estacionamiento —dijo—, esa cogida que me diste fue de las mejores que me has dado en mucho tiempo.

No le contesté. No porque no supiera qué decir. Sino porque me di cuenta, en ese instante, de que no había sido yo. Y de que, probablemente, no iba a ser la última vez.

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Comentarios (1)

Ciro_BA

Que buenazo este, me sorprendio el giro que tomo. Sigan subiendo mas asi!

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