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Relatos Ardientes

Sin ropa interior en su coche camino al hotel

Salí con Damián durante meses sin que llegáramos a ponerle nombre a lo que teníamos. Nos veíamos los fines de semana, cogíamos como si nos conociéramos desde siempre, probábamos cosas que con otros jamás me había animado a probar. Un consolador entre los dos, juegos con los ojos vendados, mensajes pesados a media tarde de oficina. Cualquier idea que él soltaba con esa sonrisa medio torcida terminaba conmigo aceptando.

—Te juro que un día te llevo a manejar conmigo —me dijo una noche, fumando junto a la ventana del departamento—. Tú abajo, con la falda subida y las tetas afuera. Yo manejando como si nada.

—Estás loco.

—Eso es lo divertido.

Le dije que sí porque le decía que sí a todo, pero también porque la idea, una vez plantada, no se me quería ir de la cabeza. Pensarme en el asiento del copiloto, con los muslos abiertos y un desconocido asomándose desde el carril de al lado, me hacía apretar las piernas debajo del escritorio durante toda la semana.

Puse una sola condición. Vivo al sur, trabajo en el centro y conozco demasiada gente como para arriesgarme a un semáforo equivocado. Si íbamos a hacerlo, sería camino al norte, donde no había forma de cruzarme con un primo o con la mamá de una amiga del kínder. Damián reservó un hotel en la salida que da hacia la sierra y planeó la ruta. Cuarenta minutos por carretera secundaria, una parada para cenar y el hotel después. La idea era usar esos cuarenta minutos como pista de pruebas.

La noche anterior elegí la ropa con cuidado quirúrgico. Un vestido azul cobalto, escote en V profundo, falda con vuelo amplio que se levantaba sola si me sentaba mal. Calzones negros que sabía que le gustaban. Un brasier de red del mismo color, transparente, casi inútil para tapar nada. Encima un suéter delgado de hilo. Lo dejé listo y colgado en la silla del cuarto, mirándolo como si fuera otra persona la que iba a ponérselo.

El día acordado me vestí y me fui al trabajo. Damián me alcanzó en la entrada del edificio, me saludó como si no estuviéramos planeando nada y me dijo que ya tenía el GPS programado. Cuarenta minutos en el mapa, cincuenta y tres con el tráfico, esos serían los que importaban. Le contesté que ya, que lo veía a la salida, y subí a mi piso a fingir que trabajaba.

Cuántas veces leí el mismo correo sin entender nada.

A las seis bajé al baño antes de la salida. Me encerré en el último cubículo, escuché bien que no hubiera nadie y me quité los calzones. Después el brasier. Los enrollé y los guardé en el fondo de la bolsa, debajo del estuche del lápiz labial. Me paré frente al espejo. El suéter era tan delgado que se me notaban los pezones como dos puntos oscuros en la tela. Desde que amamanté, los tengo más grandes de lo que me gustaría, y siempre parecen duros aunque no lo estén. Esa tarde lo estaban de verdad.

Pasé frente al guardia y vi cómo bajaba la vista a la altura de mi pecho sin disimular. Lo saludé con una sonrisa. No supo el resto. Que debajo del vestido no llevaba nada, eso se lo quedó la noche.

Damián tenía el coche encendido contra la banqueta. En cuanto cerré la puerta arrancó y vi en la pantalla del tablero el tiempo estimado: cincuenta y tres minutos. Le pregunté si no quería cenar primero. Me dijo que había una plaza con bares cerca del hotel, que podíamos pasar después. Buena respuesta. Quería el coche primero.

***

Pasamos dos cuadras antes de que su mano izquierda dejara la palanca y se metiera debajo de mi falda. Tardó dos segundos en darse cuenta. Sentí el cambio en su respiración antes de oírlo.

—No traes nada —dijo, sin mirarme.

—Es lo que pediste.

—Eres una…

No terminó la frase. La otra mano se ocupó de bajarse el cierre del pantalón. Su pene salió ya duro y yo lo miré como si no hubiera visto otro en la vida. Me quité el suéter y lo dejé doblado en el regazo. La luz del semáforo de la avenida grande nos pegaba directo. Cualquiera que mirara de cerca habría visto los pezones marcados contra la red del vestido.

—Así te quiero ver —dijo, y me sacó una teta del escote sin pedir permiso.

—Espera.

Saqué el cubrebocas de la bolsa y me lo subí hasta los ojos. Era mi seguro, mi última cuota de cordura. Si alguien me reconocía, no podría jurar que era yo. Me hundí en el asiento, subí los pies al tablero y abrí las piernas todo lo que el cinturón me dejó. Me había depilado entera para esa noche. Casi nunca lo hago. Me gusta dejarme un triángulo de vello, pequeño, como una firma, pero esa vez quise empezar de cero. Sin nada que tapara nada.

Damián me metió el dedo medio antes incluso de llegar al siguiente semáforo. Manejaba con la izquierda y me daba dedo con la derecha. Yo iba con una teta afuera, la falda enrollada hasta la cadera y la atención totalmente perdida en la ventana del copiloto. Cualquier coche que se nos emparejara durante más de dos segundos iba a tener una postal.

—Estás chorreando —me dijo, y se sacó el dedo brillante para mostrármelo antes de chuparse la punta él mismo.

Salimos del cuadro del centro y la avenida se abrió. Damián me sacó la otra teta del vestido y me dejó así varios minutos, con las dos al aire, mirando hacia delante como si el coche fuera mío. Llegamos a un semáforo más amplio. Un camión de pasajeros se detuvo a nuestro lado. La altura le daba al chofer una vista en picada que cualquier ingeniero de tránsito habría considerado un peligro público.

El tipo sacó la lengua. Literal. Como si estuviera en una caricatura.

Volteé la cara y me cubrí con el suéter doblado. Quise cerrar las piernas. Damián me metió el dedo entre los muslos para impedirlo.

—Déjalos —murmuró—. No se te ve la cara. Que se lleven el recuerdo.

El chofer del camión no apartó la vista hasta que la luz cambió. Cuando avanzamos, le di a Damián un golpe flojo en el brazo y me destapé la boca.

—No era el trato.

—Tampoco cerraste las piernas. ¿Te lo cuento o te lo enseño?

Volvió a meter el dedo, lo sacó empapado, me lo pasó por el labio inferior antes de chuparlo él. Tenía razón. Estaba bañada. Llevaba mucho rato así.

***

Lo siguiente vino solo. Vi cómo se acomodaba en el asiento con un solo gesto, como si quisiera dejar más espacio entre el volante y el regazo. Su pene seguía afuera, brillaba un poco. Me bajé el cubrebocas hasta el cuello, me solté el cinturón y me incliné hacia su lado.

—Cuidado con chocar —dije, antes de metérmelo en la boca.

—Cuídate tú.

Le escupí, hice ruido a propósito, dejé que llegara hasta el fondo y sentí cómo la mano libre se me iba a la nuca. No empujó, pero marcaba el ritmo. Esa fue siempre su manera de pedir las cosas. Una palma en la nuca, los dedos abiertos, una presión apenas perceptible.

Sentí el coche frenar. Otro semáforo.

—No te levantes —dijo bajo—. El de al lado lleva diez segundos sin parpadear.

No me iba a levantar. Lo que hice en su lugar fue lo que me terminó de avergonzar el resto del trayecto. Damián me agarró por la cintura y me arrodilló sobre el asiento del copiloto, dejándome de espaldas al camino, con las rodillas apoyadas en la tela, el culo apuntado a la ventana y el vestido enrollado por encima de la cadera. Yo seguía con su pene en la boca, ahora desde un ángulo nuevo que me dejaba ver los faros del coche de al lado por encima del hombro.

—No te está viendo la cara —repitió, como si fuera la única regla que importara.

No le contesté. Decidí dar el espectáculo entero. Subí el ritmo, dejé que se oyera, sentí cómo sus dedos volvían a entrar en mí mientras yo trabajaba con la boca. La luz cambió y avanzó. Tuvo que sacar la mano para meter cambio. Yo me quedé en posición.

Cuarenta segundos después sentí el coche acomodarse contra el borde. Damián frenó del todo, las luces intermitentes empezaron a marcar su tic-tac y vi en mis adentros la cuenta regresiva. Tres movimientos más, un tirón corto en mi pelo, y se vino. No dejé escapar nada. Cerré la boca, tragué despacio y me levanté.

Estaba orillado. Junto a la ventana de mi lado había una señora de unos sesenta años parada en la banqueta. Junto a ella, un hombre que asumí su marido. Los dos me estaban mirando la entrepierna como si fuera un noticiero de la noche.

—Vámonos —le dije, subiéndome el cubrebocas de un tirón.

—Todavía no llegamos —contestó él, divertido, y arrancó.

Me acomodé el vestido, me metí las tetas dentro del escote y me bajé la falda. Damián me dejó tranquila los últimos minutos. Yo seguía sintiendo su sabor en la boca y los ojos de la señora en el reflejo del retrovisor lateral. No sabía qué me había dado más vergüenza.

***

La plaza apareció cinco minutos después. Damián se estacionó frente a un bar con luces tibias y un letrero de neón. Me terminé de poner el suéter sobre el vestido. Bajé la solapa, me toqué el pelo, me corregí el labial en el espejo del visor. Necesitaba salir como una mujer normal.

—Te bajas tú sola —dijo él, mirando algo en el celular.

—Bueno.

Levantó la vista. Vio cómo los pezones se seguían marcando contra el suéter, como si la prenda fuera de papel mojado. Cambió de opinión en medio segundo, se bajó él primero, dio la vuelta y me abrió la puerta del lado del copiloto. Cuando saqué la pierna, también él tuvo otra vista directa y se rio bajo.

—Pensé que ya no me ibas a sorprender —dijo.

Me besó ahí, contra la puerta del coche, con la mano agarrada de mi nuca igual que cuando manejaba. Le dije al separarme que todavía tenía algo suyo en la boca y me besó otra vez, más adentro, como si quisiera comprobarlo. Me dio una nalgada por encima del vestido y me jaló hacia el bar.

—Esta noche quiero que muchos te vean —me dijo al oído—. Pero solo yo te toco.

Cruzamos la entrada del lugar. La música no era fuerte. Había mesas largas, focos amarillos, parejas riéndose. Caminé adelante de él, sintiendo cómo se me marcaba todo bajo el suéter, y conté en silencio cuántos rostros se voltearon cuando pasé. Demasiados. Damián venía detrás, sin tocarme, dejándome hacer ese recorrido sola.

Me senté frente a él en una mesa pegada a la ventana. Pidió dos cervezas. Me miró largo, con esa sonrisa medio torcida que ya conocía, y yo entendí lo que sabía desde que me había subido al coche cuarenta minutos antes.

La noche apenas empezaba.

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