Sexo en el cementerio mientras alguien nos miraba
Lucía y Mateo llevaban casi un año perfeccionando la misma fantasía. Empezó casi por accidente, una noche en un callejón a la salida de un bar, cuando los dos se metieron mano contra una pared sucia y descubrieron que la posibilidad de ser vistos los excitaba más que cualquier cosa que hubieran probado encerrados en su dormitorio.
Después vinieron otros sitios. El tren de las once, casi vacío, en el último vagón. La fila de arriba de un cine durante una película mala. Un concierto de festival, entre cuerpos sudados que no notaban nada. Cada vez que repetían el juego, la línea se movía un poco más hacia adelante.
Lo del cementerio lo había propuesto él. La primera vez Lucía dijo que no, que era una falta de respeto, que aquello cruzaba una raya. Mateo no insistió esa noche. Esperó tres semanas y volvió a sacar el tema mientras cenaban en casa, con un par de copas de vino encima. Entonces ella ya no dijo que no. Dijo «vamos a verlo» y se rio bajito, mordiéndose el labio, como hacía siempre que el miedo y las ganas le tiraban del mismo lado.
El sábado siguiente entraron en el cementerio municipal de Aldeacueva a las siete y media de la tarde, justo cuando el último visitante se marchaba. Mateo había estudiado los horarios. Las puertas no las cerraban hasta las diez en verano, y entre las ocho y las diez el guarda solía dormitar en la garita de la entrada principal. Había otra salida más pequeña, la del lado norte, que los jardineros dejaban entornada.
Lucía llevaba el vibrador puesto desde el coche. Era pequeño, de silicona color piel, con forma de huevo y un cable casi invisible que terminaba en una antena diminuta. El mando se lo había guardado Mateo en el bolsillo del pantalón. Cinco intensidades. Cinco patrones. Su manera favorita de jugar.
—¿Lo notas? —le preguntó él en cuanto cruzaron la verja.
—Lo noto.
—¿Mucho?
—Todavía no.
Caminaron despacio entre las hileras de tumbas. Mateo iba leyendo los nombres en voz baja, como si fueran títulos de libros viejos.
—Esta es de mil novecientos cuarenta y dos —dijo, parándose frente a una lápida cubierta de musgo—. Murió a los treinta y un años. Casi nuestra edad.
Pulsó el mando sin avisar. El primer nivel, el más suave. Lucía cerró los ojos un segundo y siguió andando como si no pasara nada, aunque Mateo notó cómo se le tensaba la mandíbula.
Lo de jugar con el vibrador en sitios donde ella no podía reaccionar había sido idea suya desde el principio. La primera vez fue durante una cena con la familia de él, sentada al lado de su suegra. A Lucía se le habían escapado dos lagrimitas mientras intentaba terminar el postre con la mejor de sus sonrisas, y Mateo le había mantenido el nivel dos durante quince minutos seguidos. Esa misma noche, en cuanto llegaron a casa, ella le pidió que repitieran el juego al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente.
—Sube —pidió ahora, sin mirarlo.
—No me lo tienes que pedir.
—Sube.
Mateo subió al dos. Lucía soltó una bocanada de aire por la nariz, controlada, y se agachó delante de una tumba con un florero metálico vacío. Cogió las flores marchitas y las tiró a un cubo cercano. Quería darle a aquello una cierta dignidad, un mínimo gesto. Mateo entendió y se sumó.
Fueron caminando entre las hileras, recogiendo flores secas, vaciando floreros con agua verdosa, rellenando los más cercanos con agua limpia de la fuente que había junto al ciprés del fondo. La excusa era frágil. Los dos lo sabían. Si el guarda aparecía y los veía allí sin un apellido grabado en piedra al que ofrecerle flores, la coartada se desmoronaba en tres preguntas.
—Si nos pillan —dijo ella, en voz muy baja—, decimos que estamos limpiando.
—Si nos pillan haciendo lo que vamos a hacer, no nos va a creer nadie.
—Pues más nos vale que no nos pillen.
Mateo subió al tres.
Lucía se paró en seco con un cubo lleno de agua entre las manos y se mordió tan fuerte el labio que Mateo pensó que iba a hacerse sangre. Llevaba diez minutos respirando con cuidado, contando cada paso. Quería aguantar. Quería que él la viera aguantar. Era parte del juego también, esa cosa de pedirle que parara y al mismo tiempo no querer que parara nunca.
El sol se había puesto del todo. Quedaba solo esa media luz violácea entre los cipreses, y empezaba a hacer frío. Lucía dio dos pasos hacia un sendero secundario, hacia las tumbas más antiguas, y al pisar la junta de una baldosa torcida tropezó. El cubo se le cayó hacia adelante y el agua le salpicó toda la camiseta, desde el cuello hasta el ombligo.
—Joder —murmuró, mirándose el algodón pegado a la piel—. Justo ahora, con el frío que está haciendo.
Mateo se acercó por detrás antes de que ella pudiera quejarse más. Le apartó el pelo con dos dedos y le pasó la lengua por el cuello, lento, recogiendo las gotas frías que le bajaban hasta la clavícula.
—Da igual —le dijo al oído—. Te la iba a quitar de todas formas. Llevo dos horas pensando en quitártela.
Ella se rio sin fuerzas, todavía con el vibrador zumbándole por dentro al tres. Mateo le agarró el borde de la camiseta y se la sacó por la cabeza de un tirón. No llevaba sujetador. Lo demás lo desnudó él, despacio: los vaqueros, las bragas, todo, hasta dejarla con los calcetines y las zapatillas puestas, porque la grava del cementerio estaba helada y porque a él le gustaba verla así, medio descalza y medio no, como si la hubiera cazado a mitad de cualquier otra cosa.
Dobló la ropa de Lucía con un cuidado extraño y la apoyó sobre una lápida grande de granito negro. Luego la sentó a ella encima, en la otra mitad de la losa, fría como un cubo de hielo. El pecho de Lucía estaba todavía húmedo por el agua del cubo, y los pezones se le marcaban duros contra el aire de la noche.
—Por favor —dijo ella, y no fue una palabra suelta, fue la única cosa que era capaz de decir.
—Por favor qué.
—Sácamelo. No aguanto más.
Mateo metió la mano entre los muslos de su novia, retiró despacio el huevo de silicona y lo dejó sobre la ropa doblada, todavía vibrando con suavidad sobre la tela. El gemido que soltó Lucía al sentirse vacía no se pareció a ningún sonido que él le hubiera oído antes.
—Has estado disfrutando tú sola un buen rato —le dijo—. Ahora me toca a mí.
—Pídemelo tú.
—No. Pídemelo tú.
Lucía levantó la mirada. Tenía las pupilas enormes y una vena marcada en el cuello.
—Por favor —repitió—. Métemela ya. No me hagas esperar más, te lo ruego.
A Mateo le gustaba ese momento más que ningún otro: el segundo en que ella ya no podía disimular, en que la pedía con la voz desencajada, en que todo el control que él había ido acumulando durante la noche se convertía de pronto en lo único que importaba para los dos. Se desabrochó el pantalón sin prisa, lo justo para sacársela, y se colocó entre las piernas de Lucía con la punta apoyada en la entrada de ella. La hizo esperar tres segundos más, solo por hacerla esperar, y luego empujó hasta el fondo de una sola vez.
Ella echó la cabeza hacia atrás y se mordió el dorso de la mano para no gritar. La piedra estaba fría debajo de sus muslos, pero por dentro le quemaba todo.
—Mírame —le pidió Mateo—. No cierres los ojos. Quiero que veas dónde estás.
Lucía obedeció. Miró por encima del hombro de él y vio los nombres grabados en la piedra de enfrente, las fechas, una pequeña foto descolorida de una mujer mayor. Devolvió la vista hacia Mateo y notó cómo el morbo le subía por la garganta como un nudo.
—Estoy desnuda encima de una tumba —susurró, como si necesitara decirlo en voz alta para creérselo.
—Lo estás.
—Me estás follando encima de una tumba.
—Te estoy follando encima de una tumba.
—Dios mío.
—Dios mío no te va a salvar de esta. Sigue mirándome.
Mateo empezó a moverse, primero lento, marcando el ritmo, dejándola sentir cada centímetro. Las embestidas se fueron acompasando con la respiración de ella, que jadeaba cada vez más alto, sin importarle ya el cementerio ni los nombres ni los silencios. Mateo le mordió el cuello y le dijo cosas al oído que la hicieron arquearse contra la piedra. La cogió por la cintura, la atrajo hacia él, le clavó los dedos en la cadera.
Y entonces, en mitad de aquel ritmo, oyeron el primer crujido.
Pasos sobre la grava. Lejos, pero claros. Alguien caminaba por el sendero principal en su dirección.
Mateo se quedó quieto un segundo, dentro de ella. Lucía abrió mucho los ojos. Cualquier otra pareja habría parado, habría buscado la ropa, habría intentado esconderse detrás de una lápida grande. Ellos se miraron, y los dos supieron al mismo tiempo que no iban a parar, que aquello —los pasos, la posibilidad real de que alguien doblara la esquina del ciprés y los viera— era exactamente lo que llevaban un año persiguiendo.
Mateo aumentó el ritmo. Lucía dejó de morderse la mano y soltó un gemido que rebotó contra las losas. Los pasos sonaban más cerca. Cinco, seis tumbas más allá, quizá. La grava crujía con un ritmo lento, de alguien que paseaba sin prisa.
—Que venga —le dijo Mateo entre dientes—. Que mire bien.
Lucía dejó de pensar. Lo único que sentía era a Mateo dentro, el frío de la piedra y los pasos, y todo eso junto la empujó al borde en menos de un minuto. Cuando él notó que ella se cerraba en torno a él, dio dos embestidas más profundas, casi brutales, y se corrió hasta el fondo, agarrándola con tanta fuerza que después le quedarían marcas en las caderas durante días.
Los pasos se habían detenido. Quizá a tres tumbas de distancia. Quizá quien fuera había oído algo y dudaba.
—Vámonos —susurró Mateo, todavía dentro de ella.
Salió despacio. Lucía bajó de la lápida con las piernas temblando y se vistió a toda velocidad. La camiseta húmeda se le pegó a la piel. Mateo recogió el vibrador de encima de la ropa, lo guardó en el bolsillo y la cogió de la mano. Echaron a andar hacia la salida del lado norte, esa que dejaban entornada los jardineros, sin mirar atrás.
Cuando estaban casi en la verja, Lucía se atrevió a girarse. A lo lejos, entre los cipreses, le pareció ver la silueta de un hombre quieto en mitad del sendero. No se distinguía la cara. Solo la forma. Quieto, mirando hacia donde ellos acababan de estar.
—No mires —le dijo Mateo, tirando de ella—. Camina.
—Estaba mirándonos.
—Lo sé.
—Mateo, estaba mirándonos.
—Lo sé, Lucía. Camina.
Salieron a la calle, doblaron la esquina, llegaron al coche aparcado dos manzanas más allá. Lucía abrió la puerta del conductor con dedos torpes y se sentó al volante. Mateo se acomodó a su lado y, cuando ella ya estaba arrancando, sacó el mando del bolsillo y la miró.
—Conduce —le dijo—. Por la nacional, a velocidad legal, sin pasarte.
Ella lo miró sin entender. Entonces sintió el zumbido entre las piernas otra vez. El vibrador. Mateo se lo había vuelto a meter sin que ella se diera cuenta, mientras la ayudaba a vestirse al lado de la lápida. Y ahora lo estaba subiendo, despacio, escalón por escalón.
—Mateo —protestó ella, con la voz ya rota—. Por favor.
—Por favor qué.
Lucía metió primera, salió del aparcamiento y se incorporó a la carretera con las dos manos firmes en el volante. No contestó. Le sostuvo la mirada por el rabillo del ojo durante un segundo y entendió que él tampoco esperaba que contestara. Aceleró hasta los noventa exactos y se mordió el labio.
Faltaban cuarenta kilómetros para casa. Cuarenta kilómetros enteros.