La pareja que espié en el aparcamiento vacío
Que me hubieran cambiado al turno de noche en el almacén no me hizo ninguna gracia. Vivía a treinta y cinco minutos de la nave, así que salir a las doce y media de la madrugada significaba llegar a la cama pasadas las dos. Y mi hijo, ese demonio de cuatro años, se ponía a saltar sobre el colchón puntual a las ocho. Aquella semana iba a dormir poco y mal.
Encima a mi mujer apenas la vería despierta. Cuando yo entraba en la habitación, ella llevaba horas dormida. Cuando yo me despertaba, ella ya estaba en la oficina. Toda una semana de hola y adiós por mensaje.
Pero la nómina no se paga sola.
Era la noche del martes. Cerré la persiana del almacén con el encargado, choqué los cinco con Andrés, el guardia, y me metí en el coche. Lo único bueno de salir a esa hora era encontrarse la circunvalación casi vacía. Sin atascos, sin frenadas, sin tipos con prisa pegándote al parachoques.
En vez de seguir derecho por la autovía decidí desviarme por el polígono y tomar la salida del polideportivo. Era un atajo que me ahorraba unos cuantos kilómetros. La zona estaba muerta a esas horas: oficinas cerradas, naves a oscuras, un par de farolas amarillentas iluminando rotondas vacías.
Cuando pasé junto al recinto del Pabellón del Este, mis faros barrieron durante un instante un coche aparcado contra un enorme cartel publicitario. No fue ni medio segundo, pero lo registré todo como si lo hubiera visto a cámara lenta: una mujer sobre el capó, con las piernas abiertas, y un tipo agachado entre ellas.
Pisé el freno casi sin darme cuenta.
No sé qué me empujó a hacerlo. En la rotonda siguiente puse el intermitente, di la vuelta y volví por donde había venido. Me metí en el aparcamiento del polideportivo por la otra entrada, la que daba al campo de fútbol auxiliar, y aparqué a unos veinte metros del coche, detrás de una hilera de cipreses bajos. Apagué los faros, apagué el motor y me quedé quieto.
Ellos seguían a lo suyo. Mi llegada no les había hecho ni levantar la vista.
La escena me provocó una erección instantánea, casi dolorosa.
Desde donde estaba, dos farolas altas iluminaban todo el espacio como si fuera un escenario de teatro. Una luz blanca, fría, perfecta para mirar sin perderse un detalle.
Ella tendría unos treinta años, calculé. Alta, con el cabello largo y oscuro recogido en una coleta que se le había soltado a medias. Piel bronceada, esa clase de bronceado que no se consigue en una semana de playa. Llevaba una camiseta de tirantes color salmón, arrugada por encima de los pechos, sujetos por un sostén negro de encaje. Unos pantalones cortos vaqueros le colgaban a la altura de las rodillas, atrapando sus tobillos contra la chapa del coche.
El tipo era bastante mayor que ella. Cuarenta y pico, calculé. Delgado, con el pelo gris muy corto y una barba descuidada de varios días. Estaba arrodillado entre las piernas de ella, con las dos manos agarrándole el culo, devorándole el sexo con un hambre que se notaba desde mi coche.
Con manos casi temblorosas me desabroché el cinturón y abrí el botón del vaquero. Mi polla salió disparada, dura y caliente. Llevaba diez días sin tocar a mi mujer por culpa del maldito turno. Empecé a masturbarme despacio, conteniendo el ritmo, porque sabía que si me dejaba ir iba a durar nada.
Bajé un dedo la ventanilla. El aire fresco entró con olor a hierba mojada y, débilmente, los gemidos de ella empezaron a colarse en el habitáculo.
Eran gemidos sueltos al principio. Cortos, casi de sorpresa cada vez que él hacía algo nuevo con la lengua. Después se fueron alargando, encadenándose, hasta convertirse en un quejido continuo que ella misma cortaba mordiéndose el dorso de la mano.
Pensé en lo que pensarían ellos si miraban hacia mi coche. Yo estaba a oscuras, escondido tras los cipreses, mientras ellos vivían iluminados como bajo un foco. Supuse que, en el peor de los casos, me tomarían por otra pareja haciendo lo mismo. La zona, evidentemente, no era nueva para ellos.
El tipo se incorporó. Le dijo algo al oído que no pude escuchar y ella se rio, una risa baja y ronca que me llegó perfectamente con la ventanilla abierta. Después él se bajó los pantalones de un tirón. Ella se deslizó del capó, se arrodilló frente a él sobre el asfalto y lo agarró con las dos manos.
Lo que vino después fue una mamada de las que no se aprenden en cualquier sitio. Movimientos largos, profundos, intercalados con miradas hacia arriba que él recibía agarrándole la nuca. En un momento ella se la sacó de la boca y le pasó la lengua entera, desde la base, mirándolo a los ojos como si lo desafiara. Él soltó una palabrota a media voz.
—Levántate, joder —le oí decir.
Ella se levantó, sonriendo, y se dejó dar la vuelta. El tipo la inclinó sobre el capó hasta dejarle la mejilla pegada a la chapa. Le subió la camiseta hasta el cuello, le bajó del todo los pantalones y se la metió de una sola embestida. El grito de ella retumbó en el aparcamiento vacío.
—Más fuerte —pidió, en cuanto recuperó la voz—. Joder, más fuerte.
Él obedeció. La agarró del pelo y empezó a follársela con un ritmo brutal, cada empujón sacudiendo el coche entero. Los gemidos de ella ya no se contenían. Algún «no pares», algún «así, así», cosas que ya no pretendían disimular nada.
A mí la polla me iba a estallar. Aceleré el ritmo. La leche se me subía a la punta y aguanté como pude, porque no quería terminar antes que ellos. Quería verlo todo.
***
El tipo le dio un cachetazo en el culo que sonó como un disparo en aquel aparcamiento vacío. La vi tensarse de cintura para arriba, los nudillos blancos clavados en el borde del capó. Después él la agarró por las caderas y la apretó contra sí con fuerza, los dos cuerpos pegados, en una postura que parecía decir «aguanta».
Aguanté yo también un par de segundos más. No pude más.
Mi corrida fue tan brutal que manché el volante, la camiseta y el pantalón a la altura del muslo. Salió a chorros, casi me dolió. Solté un gruñido ronco que se quedó atrapado dentro del coche.
Tuve que cerrar los ojos un momento para recuperar el aliento. Cuando los abrí, ellos seguían a lo suyo. Él había vuelto a un ritmo más constante, más profundo. Ella estaba al borde, lo notaba en la manera en que se le iba la cabeza hacia atrás, en cómo se le retorcían las manos contra la chapa.
Un coche pasó por la rotonda, lentamente. Los faros barrieron el aparcamiento y los iluminaron de pleno durante dos segundos largos. Yo me hundí en el asiento por instinto. Ellos no se inmutaron. El otro coche siguió su camino sin parar y la cosa continuó.
Un minuto más, quizá minuto y medio, fue todo lo que aguantó él. Lo vi tensarse, lo vi pegarse aún más contra ella. En el último momento ella se separó del capó, se giró rápida, se arrodilló frente a él y se la metió en la boca a tiempo de recibir la corrida. Vi cómo el cuello de ella se movía tragando, cómo él le apretaba la cabeza contra sí.
Cuando él terminó, ella se separó despacio, se limpió la boca con el dorso del pulgar y se rio. Una risa de complicidad, de «otra vez lo hemos hecho».
Yo seguía mirando con los ojos como platos, paralizado, con la polla todavía fuera y la mano pegajosa.
Ella se incorporó del todo. Se subió los pantalones, se acomodó el sujetador, se bajó la camiseta. Él hizo lo propio. Se acercaron a un palmo de distancia y se besaron despacio, con la boca abierta, un beso largo que no parecía de quien acaba de echar un polvo rápido en un aparcamiento, sino de algo más.
Saqué un paquete de pañuelos de papel de la guantera y me limpié como pude. Me subí los vaqueros, me ajusté el cinturón. Cuando terminé, ellos seguían hablando bajito, apoyados contra el coche.
Y entonces llegó lo que no me esperaba.
Ella se alzó otra vez de puntillas, le dio un último beso y se dirigió hacia el otro extremo del aparcamiento. A unos cuarenta metros, escondido bajo la sombra de una farola fundida, había otro coche que yo no había visto. Un Hyundai i30 gris, oscuro, casi invisible en aquella esquina.
Se montó en él, encendió las luces y arrancó.
El tipo del pelo gris se quedó un instante mirando cómo se alejaba. Después se metió en su coche, un Audi A3 negro, y arrancó en dirección contraria.
No habían venido juntos. Eso fue lo que me golpeó. Cada uno con su coche, cada uno con su rutina, y aquel aparcamiento del polideportivo era el lugar en mitad de la nada donde se encontraban.
Sin saber muy bien por qué, aquello me sonó a cuernos.
***
Me esperé un par de minutos antes de salir. Arranqué, encendí los faros y volví a la carretera de circunvalación. La radio escupía una canción vieja que ni reconocí. Iba con esa sensación de placer todavía caliente en el cuerpo, esa especie de tontería postorgásmica que te deja sonriendo sin motivo.
Pero no podía dejar de pensar en ella. En la cara que había puesto cuando él la había levantado del suelo. En la sonrisa cuando se había limpiado la boca. En aquel beso final que se habían dado, que parecía más íntimo que todo lo anterior.
El semáforo de la entrada a la urbanización Las Acacias me detuvo. Era el único semáforo activo a esa hora; los demás parpadeaban en ámbar.
Un coche se detuvo a mi izquierda.
Cuando giré la cabeza, sin pensar, sentí un chispazo en la nuca.
Era ella.
El Hyundai i30 gris. La misma chica. La cara morena, la coleta deshecha, la camiseta salmón asomando por debajo de una chaqueta vaquera que se había echado por encima. Tenía los labios ligeramente hinchados, brillantes, y un mechón rebelde se le caía sobre la frente.
Cruzamos la mirada un segundo.
Tan solo un segundo. Ella no podía saber quién era yo. Pero por la forma en que sus ojos se entornaron un instante, por la pequeña sonrisa que se le escapó, juraría que algo registró. Quizás había imaginado que aquel coche escondido detrás de los cipreses no estaba vacío.
Esa boca recibió la corrida de otro hombre hace diez minutos.
Bajé la mirada y vi cómo mi bragueta volvía a tensarse. Esa boca seguía ahí, a un metro de mí, separada solo por dos ventanillas y una raya blanca pintada en el asfalto.
Y entonces vi lo otro.
En los asientos traseros de su coche había dos sillitas de niño. Una más grande, una más pequeña. Una mochila de Spiderman tirada de cualquier manera en la trasera.
Mi mente terminó de atar el cabo que el aparcamiento del polideportivo había empezado a tejer. Ella tenía marido. Tenía hijos. Y tenía un hueco en la agenda los martes a la una y media de la madrugada para encontrarse con un hombre de pelo gris en un aparcamiento muerto.
Mi erección volvió a ser completa.
El semáforo se puso en verde.
Ambos arrancamos. Yo me coloqué dos coches detrás de ella, sin acelerar, sin querer alcanzarla. Tres kilómetros más adelante, ella giró por la última salida antes del aeropuerto. La vi desaparecer en la oscuridad de un barrio residencial que yo no conocía.
Yo seguí adelante. A mi casa. A mi mujer durmiendo. A mi hijo que se iba a despertar a las ocho a saltar sobre la cama.
Aquella semana cambié la ruta. Empecé a salir del trabajo, cruzar el polígono y desviarme por el polideportivo. Cada martes. Por si acaso.
Y dejé que mi mujer durmiera, sin contarle nada.