Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La pareja del camping nos invitó a mirar

Llevábamos seis años juntos y, aunque suene a cliché, el sexo había empezado a funcionar como un electrodoméstico al que ya nadie le presta atención: hacía lo suyo, encendía y apagaba a la hora prevista, y casi siempre dejaba la misma sensación de que se podía exigir un poco más. Camila y yo lo conversamos una tarde de domingo, sin reproches, con esa franqueza que tarda años en aparecer en una pareja. Los dos sentíamos lo mismo. Faltaba aire.

—Tendríamos que salir —dijo ella—. Lejos de la cama, lejos del wifi, lejos de los vecinos.

—¿Camping?

—Camping.

Cargamos el auto con lo indispensable: una carpa que no usábamos desde el verano anterior, una botella de vino tinto y un par de cigarrillos de marihuana que un amigo nos había regalado en algún cumpleaños. El sitio que reservamos quedaba a tres horas, a orillas de un lago, con la particularidad de que la electricidad llegaba sólo hasta la recepción. En los puestos no había ni una lámpara. La noche entera dependía de la luna.

Cuando llegamos, el sol todavía estaba alto. Armamos la carpa en silencio, con esa concentración torpe que aparece cuando uno se ha desacostumbrado a las cosas físicas. Después nos cambiamos y bajamos al lago.

El agua estaba helada. Camila metió un pie, soltó una palabrota y se rió. Yo aguanté hasta la cintura y volví. Decidimos buscar la piscina, que según el plano del lugar quedaba a unos doscientos metros.

La encontramos vacía. Una piscina mediana, rodeada de reposeras desocupadas, con el agua tibia por el sol del mediodía. Nos miramos sin necesidad de hablar.

—Si no hay nadie… —empecé.

—No hay nadie —confirmó ella.

Nos metimos, nos besamos en la parte honda y, en cuestión de minutos, Camila ya tenía la mano dentro de mi short. Yo le bajé los tirantes del traje de baño y le pasé la lengua por un pezón, después por el otro. Estaba duro, no por el agua, sino por la novedad. Hacía mucho que no nos tocábamos así, con la sensación de que en cualquier momento alguien podía aparecer.

Y apareció.

Primero los gritos. Después los pasos rápidos sobre el cemento. Dos chicos de no más de diez años cruzaron la reja de la piscina corriendo, perseguidos por una pareja que discutía a media voz, en ese tono que las parejas inventan para que los hijos no se enteren pero todos los demás sí.

Camila y yo nos acomodamos las prendas debajo del agua y, fingiendo naturalidad, nos apartamos hacia el borde.

La mujer era rubia, de piel muy blanca, con piernas largas y un traje de baño entero que no alcanzaba a contener un par de pechos enormes. Tendría unos cuarenta años, quizá un poco más. El hombre era más bajo que ella, calvo, con la barriga blanda y el gesto de alguien que llevaba toda la mañana mordiéndose la lengua. Él tiró la toalla sobre una silla, se zambulló sin mirar a nadie y empezó a jugar con los chicos. Ella se acostó al sol, los ojos cerrados, las manos cruzadas sobre la cintura.

—Nos rompieron el clima —murmuró Camila.

—Vámonos —dije.

Salimos del agua, recogimos las toallas y nos fuimos a caminar por el predio. El lugar era enorme. Había senderos que se metían en el bosque, un río chico que cruzaba al fondo, un mirador hecho de tablas viejas. Cuando volvimos hacia los puestos, el sol ya estaba inclinándose y los primeros tonos naranjas se mezclaban con el verde de las copas.

—Quiero ducharme antes de que oscurezca —dijo ella—. No quiero hacerlo a tientas.

Los baños comunes quedaban detrás de unos árboles, en un edificio bajo de cemento pintado de blanco. Camila me miró con una sonrisa que no tenía nada de inocente.

—Vení conmigo.

—¿A la ducha?

—A la ducha.

***

Entramos pegados, en silencio, mirando hacia los lados como si robáramos algo. Eran tres duchas, separadas por mamparas y cortinas plásticas. La última estaba ocupada. Se oía el ruido del agua y algo más, una respiración pesada que se podía confundir con esfuerzo. Camila me apretó la mano y me metió en la primera.

Nos sacamos los trajes de baño y los colgamos en el gancho. Abrió el grifo. El agua salió tibia y rara, con olor a cañería vieja. Nos besamos despacio, las manos buscando todo lo que no podían buscar afuera. De golpe, desde el otro extremo, llegó un gemido. Largo, agudo, sin disimulo.

—Hay dos —susurró Camila pegada a mi oreja.

Nos quedamos quietos un segundo, sólo el ruido del agua y la respiración del de al lado. Después se escuchó el chasquido inconfundible de piel contra piel, embestidas seguidas, y la voz de una mujer, sin pudor:

—Qué dura la tenés. Se te siente enorme.

La respuesta fue otro chasquido, más fuerte.

Bajé la vista. Camila estaba en cuclillas frente a mí, sin que yo me hubiera dado cuenta cuándo había bajado. Tenía mi pene apuntando contra su mejilla y sonreía, esa sonrisa nueva que le había aparecido apenas habíamos cruzado el umbral del lugar. Sin avisar, se la metió hasta el fondo. Solté un gemido tan ronco que se me escapó de los dientes.

Del otro lado, el ritmo se detuvo un instante. Después volvió, más lento, como midiéndonos. Camila no aflojó. Subía y bajaba la cabeza con una paciencia que yo no le conocía, deteniéndose a mirarme cada tres o cuatro veces para confirmar que la estaba mirando. La estaba mirando. No podía no mirarla.

Cuando se puso de pie, me dio la espalda y apoyó las manos contra los azulejos.

—Dame —dijo, bajito, mirando hacia atrás.

La agarré por la cadera y entré de una sola vez. Ella ahogó un grito en la garganta. Empecé despacio y enseguida fui acelerando. Del otro lado, los gemidos también se aceleraron. Era como si los cuatro nos hubiéramos puesto a tocar el mismo instrumento sin haberlo acordado.

En un momento se oyó la voz de la mujer:

—Vení.

El agua del otro lado se cortó. Pasos descalzos en el cemento.

Camila se dio vuelta, me apretó contra ella y me besó en la boca. Buscó mi pene con la mano y lo metió entre sus muslos, no adentro, sino contra el clítoris, y empezó a moverse adelante y atrás, lento, como si quisiera estirar el momento.

Y entonces la cortina se corrió.

—¿Quieren mirar?

Eran ellos. La rubia de la piscina y el calvo. Ella tenía una bata blanca abierta hasta la mitad, esos pechos enormes con las areolas grandes y los pezones todavía mojados. Él estaba detrás, sin nada encima de la cintura, una toalla apretada en la mano como si no supiera dónde dejarla.

Camila no se asustó. Le sostuvo la mirada a la rubia un segundo, lo justo para que no quedara duda, y después le agarró la mano.

—Qué grande la tiene —le dijo, mirando al hombre.

Yo iba a decir algo y no me salió. La rubia se rió, una risa baja, con la garganta. El calvo no tenía un cuerpo de revista, pero entre las piernas había una pieza que efectivamente superaba la mía. Más larga, más gruesa, con una vena que le subía por el costado.

—Mostrale —dijo ella.

Él dio un paso hacia adelante y le puso el pene entre los pechos. La rubia se acomodó, juntó las tetas con las manos y empezó a moverlas de arriba a abajo. Era un acto que yo había visto en mil pantallas, pero verlo a medio metro, con el vapor de la ducha mezclándose con el olor a champú barato, era otra cosa. Era un golpe.

Camila no me soltó la mano. Sin dejar de mirar, se puso de rodillas y me agarró otra vez con la boca. La rubia la observó, hizo un gesto que podía ser de complicidad o de competencia, y se inclinó hacia el calvo. Las dos en cuclillas, las dos chupando, las dos cruzando miradas como si esto fuera un juego que conocían desde antes.

El calvo me miró por encima de la cabeza de su mujer.

—No doy más —dijo.

—Dámelo todo —contestó ella, con la boca llena.

Lo que pasó después no se podía coreografiar. Él soltó largo, varias veces, sin retirarse. La rubia recibió en la boca sin perder un detalle, los ojos clavados en los míos como si me estuviera retando. Y yo, mirándola a ella, no aguanté tampoco. Le agarré la cabeza a Camila por la nuca, sin brusquedad, y descargué todo lo que tenía ahí adentro.

Camila tragó, como tragaba siempre, con un movimiento corto del cuello. Después se quedó quieta, mirando hacia el costado, esperando ver qué hacía la otra.

La rubia abrió la boca.

Y dejó que todo lo que tenía adentro cayera otra vez sobre el pene del calvo. Despacio. Como si fuera miel.

El semen le bajó por el tronco, le llegó hasta la base, le mojó la mano, le cayó al piso. El calvo no se movió. Tenía la respiración pegada al techo. Cuando todo bajó, ella se lo metió entero a la boca y lo limpió con la lengua, despacio, hasta dejarlo brillante.

Se levantó. Se ajustó la bata. Le pasó la mano por la mejilla a Camila, sin más.

—Espero que les haya gustado el show —dijo.

Levantaron sus cosas y salieron. Los pasos se alejaron por el pasillo de cemento. Después una puerta. Después nada.

***

Camila se quedó en cuclillas, mirándome. Yo no sabía qué cara poner. Le di la mano y la ayudé a levantarse. El agua seguía cayendo, ya casi fría.

—¿Pasó? —preguntó, como buscando una confirmación que ninguno de los dos podía dar.

—Pasó.

Nos enjuagamos sin hablar. Salimos sin hablar. Caminamos hasta la carpa por un sendero que se había vuelto azul oscuro. Cuando llegamos, ella se sentó en la entrada y miró el cielo. Después me miró a mí.

—Mañana volvemos a la piscina —dijo.

—¿Sí?

—Sí. A ver si están otra vez.

Iba a decir que no, que con una vez bastaba, que ya habíamos roto la rutina y de qué más necesitábamos. Pero no dije nada.

Asentí. Me senté al lado de ella. El cielo, sin lámparas, se había llenado de estrellas como yo no recordaba haber visto nunca. Más tarde fumamos uno de los cigarrillos del amigo, en silencio, pasándolo de mano a mano, y cuando entramos a la carpa lo hicimos por primera vez en años con la sensación de no saber qué iba a pasar al día siguiente.

Eso, en una pareja de seis años, vale más que cualquier otra cosa.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.