Me excitó saber que nos espiaban desde los matorrales
Era una tarde fría de septiembre y las primeras lluvias del año habían vuelto a sorprenderme sin paraguas. Tomás me había escrito esa mañana proponiéndome dar una vuelta, y yo había dicho que sí antes de pensarlo demasiado. Llevábamos meses así, en una zona gris que ninguno de los dos sabía nombrar: amigos para los demás, algo más confuso cuando estábamos solos. Habían existido roces, miradas que duraban más de la cuenta, un par de besos que después fingíamos no recordar.
Cuando llegó a buscarme bajé del portal con una falda corta y una blusa rosa pálida, con los tacones que me equilibraban un poco la diferencia de altura entre los dos. Yo mido un metro sesenta y tres; él, casi un metro ochenta. Subir a su coche con esa ropa fue una declaración de intenciones que él entendió perfectamente, aunque no dijera nada.
La idea era caminar por el paseo marítimo, ver cómo el viento empujaba el agua contra el rompeolas, fingir que solo veníamos a tomar aire. Pero la lluvia se puso seria a los diez minutos de arrancar el motor y, de pronto, estábamos los dos quietos dentro del coche, el limpiaparabrisas marcando un ritmo lento, sin decidir adónde ir.
—Conozco un sitio —dijo él al fin, sin apartar la vista del parabrisas—. Un mirador. Se ve toda la ciudad desde arriba.
No hizo falta preguntar nada más. Yo había crecido en este pueblo y sabía perfectamente qué pasaba en ese mirador después del atardecer. Era el sitio al que iban las parejas cuando no tenían casa, cuando no tenían paciencia, cuando lo único que importaba era estar a oscuras dentro de cuatro chapas. Asentí con la cabeza y noté cómo se me cerraba el estómago.
El camino fue largo. Subimos por una carretera estrecha, llena de curvas, con los faros encendidos a media tarde por la lluvia. Yo miraba por la ventana las farolas que se iban quedando atrás y trataba de no pensar en nada, pero el cuerpo me iba más rápido que la cabeza. Sentía un cosquilleo desde la nuca hasta la base de la espalda, ese aviso que se da una misma cuando sabe que está a punto de cruzar una línea y no piensa retroceder.
Si paro ahora, no vuelvo a tener esta oportunidad.
Cuando aparcó en lo alto del mirador, no había nadie. La lluvia se había convertido en una llovizna fina y el cielo se estaba abriendo justo donde se ponía el sol. Quedamos un rato en silencio, los dos mirando hacia el horizonte, ese hueco entre las nubes que se teñía de naranja, rosa y violeta. Era ridículo lo perfecto que era el momento.
—Vamos fuera —dijo.
Me ayudó a salir, me tomó de la mano y me llevó hasta el frente del coche. Nos sentamos los dos sobre el capó tibio, los pies colgando, la espalda contra el parabrisas. El sol bajaba muy despacio y yo sentía el calor del metal subiéndome por los muslos. Tomás me pasó un brazo por la cintura y yo apoyé la cabeza en su hombro.
El primer beso fue suave, casi tímido, como si los dos quisiéramos darnos permiso. El segundo ya no lo fue tanto. Para el tercero, él tenía una mano en mi nuca y yo había olvidado que era de día.
Su mano libre bajó por mi brazo, se quedó un segundo en la rodilla y siguió subiendo bajo la falda. Acariciaba muy lento, como si quisiera memorizar cada centímetro de piel. Cada vez que avanzaba un poco más, paraba, esperaba, dejaba que yo decidiera. Yo no le decía nada con palabras, pero abrí un poco más las piernas y eso fue suficiente.
—Tienes la piel ardiendo —murmuró contra mi cuello.
—Tú tienes la culpa —respondí, sin reconocerme la voz.
Me besó otra vez, ahora hambriento, y su mano por fin llegó al borde del tanga. Yo estaba mojada desde hacía rato y supe que él lo notó al instante, porque sonrió contra mis labios. Bajé la mano sin pensarlo y le toqué por encima del pantalón. Tenía la polla dura, presionando la tela, latiendo bajo mis dedos.
—Ummm —le dije al oído—. Creo que aquí hay algo con ganas de jugar.
Él me miró con una mezcla de risa y deseo que nunca le había visto. Sin preguntar nada, le bajé la cremallera del pantalón y le saqué la polla del calzoncillo. Estaba caliente, tensa, con la punta húmeda. Empecé a moverla despacio, mirándole la cara, disfrutando cómo se le iba apagando la sonrisa y se le quedaba esa mirada concentrada de cuando alguien intenta no perder el control.
***
Me bajé del capó sin soltarle, me coloqué delante de él y empecé a moverme como si estuviera bailando. No sé de dónde me salió esa valentía. Separé las piernas, levanté un poco la falda y metí los pulgares por los lados del tanga. Me lo fui bajando muy lento por las caderas, por los muslos, hasta dejarlo caer sobre el asfalto mojado. Lo recogí, lo tiré dentro del coche por la ventanilla abierta y volví a quedarme delante de él, con la falda en su sitio pero sin nada debajo.
Tomás se levantó de un tirón y me agarró por la cintura como si llevara horas esperando ese momento. El siguiente beso no se parecía a ninguno de los anteriores. Sentí el filo de los dientes en mi labio, sus manos por debajo de la blusa, los dedos abriéndose paso bajo la copa del sujetador. Tenía las palmas calientes y los dedos un poco fríos, y esa combinación me cortó la respiración.
—Date la vuelta —dijo, con la voz medio rota—. Apóyate en el coche.
Obedecí sin pensar. No es que él tuviera autoridad sobre mí ni nada parecido; es que en ese momento yo quería exactamente eso, que alguien me dijera qué hacer. Apoyé las manos en el capó tibio, separé los pies y arqueé un poco la espalda. Sentí cómo me subía la falda hasta la cintura y la dejaba ahí, recogida sobre los riñones. La brisa fría me golpeó la piel desnuda y se me erizaron los muslos.
Cuando bajó, no le vi hacerlo. Solo sentí sus manos abriéndome más, su aliento entre mis piernas y, después, su lengua. Empezó a lamer con paciencia, recorriéndome entera, sin prisa, deteniéndose en el clítoris cada pocos segundos para hacerlo girar muy despacio bajo la punta de la lengua. Yo apretaba el metal del capó con los dedos y trataba de no derrumbarme. Me temblaban las rodillas. Soltaba sonidos que no había planeado soltar, y cada uno parecía animarle más.
Estuvo así un tiempo que no sabría medir. Largo, en cualquier caso. Lo suficiente para que yo notara el primer aviso de orgasmo subiéndome por la columna y, entonces, cuando estaba a punto de pedirle que no parara, paró.
Lo escuché ponerse de pie detrás de mí. Me apartó un poco más las piernas con la rodilla. Y, sin previo aviso, sin preguntar nada, me la metió de una. Entera. Hasta el fondo. Solté un grito que se perdió en el silencio del mirador.
—Joder —murmuré, con la frente apoyada en el coche.
Empezó a moverse despacio, casi probando, y enseguida cambió el ritmo. Me embestía con fuerza, una mano fija en mi cadera y la otra subiendo por mi espalda hasta colarse por debajo del sujetador. Me apretaba los pezones con dos dedos al mismo tiempo que entraba y salía, y yo no sabía hacia qué sensación reaccionar primero. Era demasiado todo a la vez.
No le veía la cara. Eso lo hacía más intenso. Sentirme tomada por detrás, sin tener referencia visual de nada más que mis propias manos sobre el capó, me daba la impresión de estar siendo alguien que no era yo. Una versión más libre, más sucia, más capaz.
Las penetraciones subieron de intensidad. La carrocería del coche se movía un poco con cada golpe de cadera. Yo había dejado de pensar en si alguien podía oírnos. Si lo hay, que escuche.
El orgasmo me llegó como una explosión que no pude controlar. Empecé a temblar de la cintura hacia abajo, las piernas se me cerraron solas y aullé sin reconocer mi propia voz. Tomás se quedó dentro de mí mientras yo temblaba, moviéndose ya más lento, alargando el final como si no quisiera que se me acabara.
Cuando recuperé el aire, todavía seguía duro. Lo sentí latir dentro de mí dos o tres veces más y, después, se retiró de golpe. Me cogió del brazo con suavidad pero sin dejarme opción y me hizo girarme.
—De rodillas —dijo.
Me arrodillé sobre el asfalto mojado. Él estaba justo delante, con la polla brillante por mi propia humedad. La cogió con la mano y empezó a moverla muy rápido frente a mi boca. Me sostuvo la nuca con la otra mano y, a los pocos segundos, lo sentí temblar entero. Se corrió en mi boca sin avisar, en chorros calientes que no me dio tiempo a esquivar. Me lo tragué todo, porque eso fue lo que él dijo sin necesidad de decirlo, y porque en ese instante yo hubiera hecho lo que me pidiera.
***
Me quedé arrodillada unos segundos, recuperándome. Él tenía las manos apoyadas en el techo del coche, la cabeza colgando, respirando como si hubiera corrido kilómetros. Levanté la cara y le sonreí. Estaba a punto de decir algo, no sé qué, cuando un ruido entre los arbustos del fondo me cortó la frase.
No fue un ruido grande. Una rama partida, una piedra que rueda. Pero los dos lo oímos. Tomás giró la cabeza al mismo tiempo que yo.
De detrás de los matorrales que separaban el mirador del bosque salió un hombre. Llevaba un impermeable oscuro, con el cuello subido, y lo primero que noté fue que tenía las manos en los bolsillos pero el pantalón abultado de una manera que no dejaba lugar a dudas. Se detuvo a unos diez metros de nosotros, sin esconderse ya, mirándonos.
Yo me quedé congelada, todavía de rodillas, con la falda arrugada en la cintura y la blusa por la mitad. Debería haber sentido vergüenza, miedo, indignación, alguna emoción razonable. Pero lo que sentí, y eso es lo que todavía no termino de entender, fue algo muy distinto. Pensé en cuánto rato llevaría allí. Si había visto la falda subir. Si había escuchado el grito. Si había estado moviéndose la mano dentro del bolsillo mientras nosotros no sabíamos que existía.
El hombre no dijo nada. Se quedó mirando un instante más, asintió muy despacio con la cabeza, como dando las gracias por algo, y se metió otra vez entre los matorrales. Lo escuchamos alejarse durante un buen rato.
Tomás me ayudó a levantarme sin decir una palabra. Yo me arreglé la ropa con manos que no me obedecían del todo. Subimos al coche en silencio y él arrancó. Bajamos toda la carretera del mirador sin abrir la boca, los dos pensando lo mismo, supongo, y los dos sin atrevernos a decirlo en voz alta.
Cuando aparcó delante de mi portal, me besó en la frente, no en la boca. Como si hubiera entendido que esa noche habíamos cruzado, además de la línea que ya sabíamos, otra que ninguno de los dos había contado.
Esa noche no pude dormir. Pensaba en el desconocido del impermeable, en sus manos en los bolsillos, en su forma de asentir antes de marcharse. Y, sobre todo, pensaba que el próximo viernes Tomás me había propuesto volver a quedar.
Continuará.