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Relatos Ardientes

Lo que hicimos en el autobús mientras el chofer escuchaba

No soy de los que escriben este tipo de historias. Lo intenté un par de veces y siempre terminé borrando todo a la mitad de la segunda oración, convencido de que me faltaba algo para hacerlo bien. Esta vez voy a hacerlo de todas formas, aunque sea torpemente, porque hay experiencias que merecen quedar escritas en algún lugar antes de que los detalles se vayan diluyendo con los años.

Me llamo Rodrigo. Cuando ocurrió lo que les voy a contar tenía veintisiete años y vivía en Monterrey con mi novia desde hacía casi dos años. Ella se llamaba Verónica, tenía veinticuatro, y aunque en el papel éramos una pareja convencional —trabajo, departamento compartido, viajes de fin de semana cuando los ahorros lo permitían— en la práctica había entre nosotros una corriente que no era exactamente discreta. Los nombres son inventados, aunque si ella llegara a leer esto sabría de inmediato de qué noche estoy hablando.

Verónica era bajita, de piel morena clara, con el tipo de cuerpo que la gente describe vagamente como «bien proporcionado» pero que en realidad significa algo mucho más específico. Piernas largas para su estatura, torneadas, suaves al tacto. El trasero era pequeño pero definido. Lo que más llamaba la atención, sin embargo, eran los pechos: generosos, firmes, con pezones de un marrón oscuro que se endurecían rápido y permanecían así durante mucho tiempo. Ella lo sabía perfectamente. Sabía el efecto que producían y cuándo usarlo.

Yo soy del tipo de complexión que no llama la atención en ninguna dirección. Estatura media, ni atlético ni descuidado. Nada que remarcar, salvo que conocía bien a Verónica y eso, en ese contexto, era suficiente.

El plan era un autobús nocturno de Monterrey a Mazatlán, seis horas y media de viaje, salida a las diez de la noche. Habíamos hecho ese trayecto el año anterior y el camión iba lleno: familias con niños, una pareja de ancianos que durmió todo el camino, un señor que veía telenovelas en su tableta sin audífonos. No era el ambiente ideal para nada que no fuera dormir y llegar.

Esa vez fue diferente. Cuando subimos al andén y vimos el autobús por dentro, nos detuvimos los dos al mismo tiempo. Una señora mayor con bolsas de mandado ocupaba la segunda fila. Un hombre solo con audífonos estaba hacia la mitad del pasillo. Y el chofer, un tipo de unos cincuenta años con bigote, que nos saludó sin voltearse del todo. Nadie más.

Verónica se quedó quieta en el pasillo un momento, mirando el interior del camión. Luego me miró a mí.

—¿Estás viendo lo que yo veo? —dijo.

—Sí.

—Bien.

Nos sentamos en los últimos asientos del fondo. La señora bajó en la primera parada, veinte minutos después de salir. El hombre de los audífonos se quedó dormido antes de la hora. Para la hora y media de viaje éramos, literalmente, el chofer y nosotros.

Verónica apoyó la cabeza en mi hombro. El camión avanzaba por la autopista y la oscilación del motor producía ese ruido blanco que llena el espacio sin ocuparlo del todo. Viajaba con un vestido de verano ligero, de tirantes, que le llegaba a la mitad del muslo. El aire acondicionado del camión estaba al máximo, pero ella no parecía tener frío, o si lo tenía no lo mencionó.

Empecé sin pensarlo demasiado. Le puse la mano en la rodilla con el peso justo, sin moverla. Sentí el calor de su piel a través de los dedos. Ella no reaccionó de ninguna manera visible. Siguió mirando por la ventana, donde no había nada que ver salvo la oscuridad y los postes de luz que desfilaban.

Moví la mano hacia arriba, despacio. El borde del vestido cedía sin resistencia. Mis dedos trazaron el interior del muslo con una presión calculada, ni demasiado firme ni demasiado tentativa. Ella giró la cabeza apenas, un movimiento pequeño que no llegó a nada, y luego volvió a la ventana.

Llegué hasta la tela de la ropa interior y noté que ya estaba húmeda. El calor era notorio incluso sin contacto directo. Presioné con el dedo por encima de la tela y ella soltó un sonido muy breve, algo entre un suspiro y un quejido que quedó atrapado entre los dientes.

—El chofer —murmuró, sin moverse.

—Está mirando la carretera —respondí.

Lo verifiqué de reojo. El hombre tenía las manos en el volante y la vista al frente. El espejo retrovisor estaba en un ángulo que en teoría no llegaba hasta donde estábamos nosotros. En teoría.

Desplacé la tela a un lado y la toqué directamente. Se tensó un instante, todo el cuerpo al mismo tiempo, y luego se relajó. Empecé despacio, con un solo dedo, siguiendo el ritmo suave del camión. Ella cerró los ojos.

Añadí un segundo dedo. Después un tercero. El movimiento se volvió más preciso. Con el pulgar le masajeé el clítoris en círculos pequeños, sin apuro. Ella giró la cara hacia la ventana y apretó la mandíbula, claramente esforzándose por no hacer ruido. Conozco bien ese esfuerzo y sé que generalmente termina mal para quien lo intenta.

Me acerqué a su oído.

—¿Te gusta? —le pregunté en voz muy baja.

No respondió con palabras. Buscó mi mano libre con la suya y la apretó sin decir nada.

Aumenté el ritmo. Ella empezó a moverse ligeramente, siguiendo el movimiento con la cadera, sin poder evitarlo. El camión vibró al pasar por un tramo de asfalto irregular y eso pareció empujarla un poco más cerca del límite. La respiración se le hizo más audible, más irregular. Una pequeña sacudida. Otra. Apretó mi mano con más fuerza.

El orgasmo llegó en silencio, o casi. Fue una serie de tensiones y relajaciones que se intensificaban en cada ciclo, y al final un «ah» breve y contenido que se le escapó solo. En el silencio del autobús ese sonido pareció enorme. Luego se quedó completamente quieta. Luego soltó mi mano.

—Dios —dijo, con voz apenas audible.

Le besé la sien sin decir nada.

***

Tardó un minuto en recuperarse. Después se incorporó ligeramente y, con la naturalidad de quien ha hecho ese movimiento cientos de veces, metió las manos por dentro del escote, desabrochó el cierre del sostén y lo sacó por un tirante del vestido sin quitarse nada más. Lo dobló como si fuera una bufanda y lo guardó en el bolso.

El efecto fue inmediato. El vestido era suficientemente fino para que la diferencia fuera evidente. Sus pezones presionaban contra la tela, visibles, oscuros, duros. Me incliné y le cubrí un pecho con la mano por encima de la tela. Los sentí duros bajo la palma.

Volví a mirar hacia adelante. El chofer seguía en su posición. Pero el espejo retrovisor, desde ese ángulo nuevo, ya no me generaba la misma certeza de antes. No podía ver sus ojos con claridad. Tampoco podía descartarlo.

—¿Crees que nos ve? —preguntó ella en voz baja.

—No sé. Quizás.

Sonrió. Era exactamente la respuesta que quería escuchar.

Me desabrochó el pantalón con movimientos directos, sin rodeos. Así era Verónica cuando decidía algo: sin tentativa, sin insinuaciones. Me rodeó con la mano y empezó a moverse. Después se inclinó.

Lo que siguió duró bastante tiempo. Lo que me cuesta describir no es la mecánica sino el contexto: la oscuridad del camión, el ruido del motor que cubría todo sin eliminarlo del todo, la conciencia constante del chofer ahí delante, la autopista desfilando por la ventana. Yo tenía una mano en su cabello y con la otra no dejaba de tocarla, manteniéndola en ese estado de tensión constante para que la atención no se le fuera a ningún lado.

En algún momento dejó de contenerse del todo. No fue ruidoso, pero fue audible. Los gemidos salían de forma intermitente, pequeños, sin que ella pareciera notar el volumen. Una vez levantó la cabeza, miró hacia el frente del autobús, calculó algo, y volvió a bajarla. Me di cuenta de que esa verificación no la tranquilizó, sino todo lo contrario.

—¿Nos está escuchando? —susurró.

—Sí —dije.

Volvió a lo que estaba haciendo con más convicción.

Cuando llegué al límite, avisé con un susurro. Ella no se retiró. Terminé con una mano en su cabello y la otra apretando el apoyabrazos del asiento. Después me limpió con cuidado, sin dejar rastro, y se incorporó despacio.

Nos acomodamos en los asientos sin hablar mucho. Estábamos en ese estado de calma específica que deja el sexo cuando no hay que apurarse a ponerse presentables. Ella apoyó los pies en el respaldo del asiento de adelante y cruzó los brazos sobre el pecho, no para cubrirse, sino como quien descansa. Yo le puse la mano en el muslo.

—Durmamos un poco —propuso.

—Sí.

No sé cuánto tiempo pasó. El camión seguía avanzando y yo no tenía ninguna razón para estar en otro lado.

***

Me despertó el sonido del intermitente. Estábamos saliendo de la autopista, acercándonos a la terminal. Afuera ya se veían luces y, en la distancia, el reflejo del mar entre los edificios.

Verónica también se despertó. Nos estiramos. Recogimos las bolsas del compartimento superior. Ella no abrió el bolso a buscar el sostén.

—¿Lo vas a dejar así? —pregunté.

Me miró como si la pregunta fuera una pérdida de tiempo.

—Sí.

El chofer nos esperaba de pie junto al volante cuando bajamos. Era el mismo hombre de bigote de siempre, impasible, con la mano apoyada en el borde del asiento. Verónica pasó primero por el pasillo. El vestido se movía con cada paso y los pezones eran perfectamente visibles bajo la tela, oscuros y marcados. El hombre la siguió con los ojos desde que entró en su campo visual hasta que llegó a la puerta. No hizo ningún esfuerzo por disimularlo. Era una mirada directa, sin hostilidad, la de alguien que ve algo que le gusta y decide ser honesto al respecto. Cuando ella bajó los escalones, él la siguió hasta el último momento.

Yo me retrasé a propósito para no perderme la escena.

Cuando pasé junto al chofer, me sostuvo la mirada un segundo. Luego asintió, muy levemente. Una palmada breve en el brazo, sin palabras.

No hacía falta ninguna.

Salí a la noche de Mazatlán. Olía a humedad y a mar. Verónica me esperaba en la acera con las bolsas a sus pies y esa expresión que yo ya conocía bien, la de quien acaba de confirmar algo que ya sabía.

—¿Y? —preguntó.

—Escuchó todo.

Asintió, satisfecha. Me tomó del brazo mientras echábamos a caminar hacia la salida de la terminal.

Teníamos cuatro días por delante. Ella sin sostén en un destino de playa, el calor, el alcohol, la gente mirando. Sabía perfectamente cómo iba a terminar esa semana, aunque los detalles todavía los estaba por vivir.

Eso lo cuento otro día.

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Comentarios (4)

Beto_lectura

increible!!!

ViajeroNocturno

tremendo relato, la tension de esas cuatro horas se siente en cada parrafo. genial

Caro_1991

Por favor una segunda parte! necesito saber si el chofer noto algo jaja

nocturna_88

Que morbo rico. Me recordo un viaje largo que hice hace años, aunque lo nuestro fue mucho mas inocente jajaja. Buen relato!

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