Instalé una cámara oculta el día que me engañó
Llevábamos casi veinte años juntos, Natalia y yo. No siempre había sido así de silencioso. Al principio éramos incapaces de separarnos: en la cocina, en el coche, en el baño de ese apartamento pequeño donde vivimos el primer año. Pero el tiempo hace lo que hace. Llegan los hijos, llega el trabajo, llega el cansancio acumulado que pesa más que cualquier otra cosa, y la cama se convierte poco a poco en un lugar para dormir y nada más.
Yo me había adaptado a eso. O eso me decía.
Lo que sí me sacudió fue el cambio. Unos cuatro meses antes, Natalia empezó a ir al gimnasio tres veces por semana. Nada raro al principio. Pero empezó a llegar con ropa nueva: tops ajustados que antes no habría elegido, pantalones cortos que le marcaban las caderas, una atención al cuerpo que antes reservaba solo para las ocasiones especiales. Se rizaba el pelo antes de salir a hacer la compra. Revisaba el teléfono en el baño con la puerta cerrada. Me contestaba con medias respuestas cuando le preguntaba cómo le había ido el día.
Pequeñas cosas. Por separado no significan nada. Juntas lo significan todo.
La sospecha trabaja despacio y en silencio. Me costaba concentrarme en el trabajo. La miraba durante las cenas y me hacía preguntas que no quería responder. Cuando supe que el técnico de la caldera vendría el martes siguiente, y que yo tenía una reunión de mañana entera en la oficina, la idea llegó sola. Era una idea mezquina, lo sé. Nadie que se respete a sí mismo instala una cámara oculta en su propio salón. Pero el ruido dentro de la cabeza era insoportable y no encontraba otra manera de callarlo.
El lunes por la noche, cuando Natalia ya dormía, coloqué una cámara pequeña en la estantería del salón. La escondí detrás de un jarrón de cerámica que llevaba años en el mismo sitio sin que nadie lo moviera. Apuntaba directamente a la cocina y al sofá. Tenía capacidad para ocho horas de grabación y la batería estaba completa.
Volví a la cama. No dormí prácticamente nada. Natalia respiraba tranquila a mi lado, ajena a todo.
***
El martes salí de casa a las ocho y veinte. Besé a Natalia en la mejilla, le recordé que el técnico llegaría a las diez y me fui. Conduje hasta el trabajo. No fui capaz de concentrarme en nada durante toda la mañana. A mediodía llamé a la empresa de la caldera con la excusa de confirmar el horario. La chica me dijo que el técnico saldría hacia allí entre las diez y las once. Colgué el teléfono y seguí mirando el ordenador sin leer nada.
Lo conocía de las reseñas en internet. Se llamaba Javier. Veintiséis años según su perfil, aunque en la foto parecía más joven. Alto, moreno, con esa complexión de quien carga herramientas y sube escaleras todo el día. El tipo de hombre que Natalia había mencionado alguna vez, de pasada, sin darle importancia. Yo sí se la había dado en ese momento, y no lo había olvidado desde entonces.
A las cinco de la tarde recibí su mensaje: «Esta tarde me quedo en el gimnasio y luego veo a Carmen. No me esperes para cenar». Cerré el ordenador, recogí mis cosas y me fui a casa.
***
La grabación empezaba a las nueve y cuarenta y tres. Natalia se movía por la cocina preparando café. Lo primero que noté fue la ropa. Llevaba una blusa de lino blanco casi transparente, sin sujetador, con el escote lo suficientemente abierto como para que cualquier inclinación lo convirtiera en algo más que sugerencia. Abajo, un short de tela fina que terminaba a mitad del muslo, de esos que en otro contexto habrían parecido de playa.
No era su ropa de estar en casa. Esa ropa era para ser vista.
Cuando sonó el timbre, Natalia se acercó a la puerta sin cambiarse, sin ponerse nada encima. Abrió y lo saludó con una sonrisa larga, los dos besos de rigor pero más cercanos de lo necesario. Javier entró mirándola con una discreción que no era del todo discreta.
Le explicó el problema con la caldera mientras lo guiaba a la cocina. Se inclinó sobre la zona del panel de control para señalarle algo. La blusa se abrió hacia adelante. Él desvió la vista un segundo. Luego volvió.
Tuve que pausar la grabación y respirar un momento.
Javier se tumbó en el suelo para revisar los tubos que corrían por debajo del mueble inferior. Natalia se agachó para señalarle algo en la pared del fondo, y en ese movimiento quedó casi en cuclillas sobre su cuerpo, con las rodillas a cada lado de sus caderas. Le explicaba cosas con la mano extendida. Él respondía sin apartar los ojos de ella.
En un momento, Natalia apoyó su peso sobre las piernas de él para no perder el equilibrio. Y se quedó ahí. Los dos callaron al mismo tiempo. Ella empezó a moverse despacio, con la excusa de ajustar la postura. Javier puso las manos en sus caderas y no las retiró.
***
Cuando se levantaron, ya no había ambigüedad entre ellos. Él la miró un segundo. Ella no bajó los ojos.
Natalia lo tomó de la muñeca y lo llevó al sofá. Él le quitó la blusa sin apresurarse. Ella le soltó el cinturón. No había torpeza en ninguno de los dos, no había esa incomodidad de las primeras veces. Se movían con una fluidez que me resultó más difícil de ver que cualquier detalle concreto.
Natalia sacó un preservativo del cajón de la mesita auxiliar. Yo no sabía que había preservativos en ese cajón. Me quedé mirando la imagen un momento, como si esperara que la grabación cometiera un error, que fuera a congelarse o a cortarse. No lo hizo.
Se montó encima de él.
Empezó con movimientos lentos y deliberados, sin prisa, buscando el ángulo. Javier le agarraba los pechos con las dos manos, se los apretaba, inclinaba la cabeza para morderlos. Ella respondía echándose hacia atrás, cambiando el ritmo de las caderas, hasta que encontró algo y el ritmo se estabilizó y fue acelerando. Los muebles del salón aparecían al fondo de la imagen como si pertenecieran a otra vida: la mesita de centro, la lámpara de pie que compramos juntos en aquella feria, las fotos de los niños en la estantería. Todo exactamente en el mismo sitio.
La escuché gritar. Reconocí ese sonido desde hacía tiempo, desde muy atrás. Y reconocí también que hacía demasiado tiempo que no lo escuchaba así, sin freno, sin la contención de saber que los niños podían oír.
Después se quedó quieta un momento, con la frente apoyada en el cuello de Javier. Él le acariciaba la espalda con la palma abierta, despacio. Los dos respirando al ritmo del otro, como si no hubiera pasado nada fuera de lo ordinario.
***
No terminó ahí.
Javier la levantó del sofá y la depositó sobre la mesa del salón, esa mesa de madera donde cenamos los domingos. Le separó las piernas con las manos y la miró un segundo antes de volver a empezar. Natalia agarró el borde con los dedos y cerró los ojos.
Lo que él le decía en voz baja no llegaba bien al micrófono. Pero las reacciones de ella sí. Cuando Javier le escupió en el pecho la primera vez, yo esperaba que Natalia protestara, que se apartara, que dijera algo. No lo hizo. Echó la cabeza hacia atrás y le pidió que siguiera.
Nunca me había pedido eso a mí. Ni se lo había dejado pedir. Siempre había sido un límite que ninguno de los dos cruzábamos.
Después de varios minutos en esa posición, Natalia giró sola y apoyó los antebrazos en el respaldo del sofá. Javier empezó con los dedos, despacio, con un cuidado calculado. Uno. Luego dos. Ella arqueó la espalda hacia él sin protestar.
Llevábamos veinte años juntos. Veinte años en los que yo había pedido exactamente eso una sola vez, al principio, cuando todavía nos atrevíamos a pedir cosas. La respuesta había sido un no claro y sin discusión.
Cuando Javier se acomodó detrás de ella, yo ya sabía lo que iba a pasar. Y pasó. Y el sonido que hizo Natalia no era de dolor.
***
El preservativo desapareció en algún momento que no vi. Solo vi que Javier terminó de pie, con Natalia arrodillada frente a él. Luego ella se incorporó, se limpió la comisura con el pulgar y sonrió con esa sonrisa que conozco desde antes de casarnos.
Se ducharon juntos. La cámara no llegaba al baño. Tardaron más de media hora.
Cuando Javier salió, Natalia lo acompañó a la puerta en bata y con el pelo húmedo. Le dio un beso en la mejilla y le dijo algo en voz baja que no alcancé a oír. Él recogió su bolsa de herramientas y la miró un segundo más de la cuenta antes de bajar las escaleras.
***
Cerré el portátil.
Me quedé sentado en el estudio mirando la pared sin saber bien qué estaba sintiendo. Rabia, sí, claro que sí. Pero no solo eso. Había algo más mezclado ahí, algo que no me enorgullece admitir pero que era real: había visto a mi mujer de una manera en que no la veía desde hacía años. Deseada. Deseando. Viva de una forma que el paso del tiempo nos había ido apagando a los dos sin que ninguno lo dijera en voz alta. Pensé en los hijos, en los veinte años, en la caldera que todavía no sabía si quedaba bien arreglada.
No sé cuánto tiempo estuve sentado ahí.
Natalia llegó a las siete y cuarto. Traía la bolsa del gimnasio y olor a champú. Me dio un beso en la mejilla al entrar y fue directa a la cocina.
—¿Comiste algo? —preguntó desde el fondo.
—Poco —dije.
—Hago algo rápido entonces.
Cenamos hablando de cosas sin importancia. Los hijos, el fin de semana, si había que renovar la caldera o era suficiente con el arreglo de hoy. Ella me llenó el vaso de agua sin que yo se lo pidiera. Yo le pasé el pan. Era una cena normal.
Cuando apagamos la luz, me acerqué a ella de una manera en que no lo había hecho en mucho tiempo. Sin rodeos, sin la indiferencia con la que uno se va quedando dormido cuando el cuerpo ya no pide lo que antes pedía. Natalia tardó un segundo en responder. Pero respondió. Y lo que pasó esa noche fue diferente de todo lo que recordaba de los últimos años. Los dos solos, sin decir nada, sin que yo mencionara la cámara ni ella mencionara al técnico.
No sé si lo que grabé ese martes nos salvó o nos condenó. No lo sé todavía.
Al día siguiente borré el archivo.