Seis desconocidos en el parking de la disco
Llevaba siete días al límite. No era ansiedad ni insomnio: era deseo acumulado, la clase que se instala entre el ombligo y la garganta y no te suelta hasta que haces algo al respecto. Había pasado la semana entera frente a pantallas, alimentando un fuego que solo consiguió volverse más grande con cada hora que pasaba.
El sábado por la noche me duché despacio, me sequé el pelo castaño con cuidado y abrí el armario. El vestido negro llevaba meses sin salir: ceñido desde el pecho hasta medio muslo, con un escote que siempre me había parecido demasiado para una noche normal. Me lo puse sin sujetador, me miré en el espejo un momento y decidí que era exactamente lo que necesitaba.
Añadí unas medias altas con liguero, un tanga de encaje y los labios pintados de rojo. Salí de casa sola y caminé hasta el taxi con el frío de diciembre subiéndome por las piernas. No llevaba abrigo. No lo iba a necesitar.
La discoteca quedaba a las afueras, de esas que no necesitan publicidad porque todo el mundo sabe lo que pasa allí los fines de semana. Llegué pasada la medianoche, pedí un vodka con lima en la barra y me apoyé en la pared para observar. La música era demasiado alta para hablar, lo cual me venía perfecto: esa noche no tenía intención de hablar con nadie durante demasiado tiempo.
Bajé a la pista cuando el local estaba lleno. Bailé sola un buen rato, dejando que el cuerpo hiciera lo que le pedía la música. Me rozaba con desconocidos sin ningún interés en saber sus nombres. En un momento dado, una mano apretó mi cadera por detrás y desapareció antes de que pudiera girarme. No me moví. Eso también era una respuesta.
Los vi en la barra cuando volví a pedir otra copa. Cuatro. Uno moreno y alto con las mangas de la camisa remangadas, el tipo de hombre que ocupa más espacio del que necesita. Otro con tatuajes en el cuello y la mandíbula cubierta de barba oscura, espesa, que le daba una pinta de permanente mal humor. Un tercero rubio y fornido, como alguien que había crecido haciendo deporte sin parar. El cuarto era más delgado y callado, pero tenía los ojos fijos en mí desde antes de que me acercara, esa mirada de quien ya está calculando algo.
Me colé entre ellos como si buscara la barra. El moreno fue el primero en hablar, algo sin importancia sobre el calor dentro del local, y yo le respondí inclinándome más de lo necesario. Su mano fue a mi cadera de forma natural, casi sin intención, y se quedó allí. No la aparté.
El tatuado me trajo otra copa sin que se la pidiera. El rubio me observaba desde el otro extremo del grupo con una sonrisa que no pretendía ser inocente. A la segunda copa le susurré al moreno que estaba sola y que la noche todavía era joven. No hizo falta decir nada más.
—¿Tomamos el aire? —propuso él al cabo de un rato.
Salimos los cinco por la puerta lateral. El parking subterráneo estaba casi vacío a esa hora, con los coches aparcados en filas bajo las luces de sodio anaranjadas y el eco amortiguado de la música filtrándose desde arriba como un pulso lejano. El aire olía a hormigón húmedo y frío seco de invierno. Me gustó ese olor. Tenía algo de espacio vacío y de cosa pendiente.
No llegamos a la segunda fila de coches. El moreno me empujó con suavidad hacia la pared entre dos furgonetas y se pegó a mí. Tenía las manos grandes y algo frías cuando me subió el vestido por la cintura. Le dejé, porque era exactamente lo que había salido a buscar.
—Llevas rato queriendo esto —dijo en voz baja.
—Llevo una semana queriendo esto —contesté.
Los otros tres se acercaron. El tatuado me desenganchó el escote con los dedos, despacio, sin prisa. El rubio se colocó detrás de mí, sus manos grandes cubriéndome el pecho. El callado se quedó un paso atrás, observando.
Las manos empezaron a multiplicarse. El moreno tenía los dedos entre mis piernas, presionando los nudillos contra la tela del tanga húmedo, haciéndome abrir los pies hacia los lados. El rubio me besó el cuello desde atrás. Todo llegaba al mismo tiempo, desde todos los ángulos, y no había forma de concentrarse en una sola cosa aunque hubiera querido.
El tatuado me bajó la ropa interior de un tirón y la guardó en su bolsillo con una sonrisa. Me incliné sobre el capó del coche más cercano y apoyé los antebrazos en el metal frío.
El rubio fue el primero en entrar. Se tomó su tiempo al principio, comprobando con los dedos que estaba lista —lo estaba, más de lo que cualquiera podía imaginar—, y luego empujó de golpe, hasta el fondo, con todo el peso detrás. Me quedé sin aire un segundo. Después empezó a moverse con ritmo firme, sin apresurarse hacia el final.
El moreno se puso delante y me ofreció lo que tenía. Lo tomé con la mano primero, luego con la boca. El parking resonaba con el golpe metálico del capó en cada embestida y el eco de mis propios sonidos, más altos de lo que habría esperado.
El callado había sacado el móvil. La pantalla encendida brilló un instante en la penumbra.
—¿Te importa? —preguntó.
Negué con la cabeza sin soltar lo que tenía en la boca. Que grabara. La idea me ponía más, no menos.
***
Oímos voces antes de verlos. Dos chicos jóvenes, con esa energía de quien acaba de salir de un bar, doblaron la esquina entre los coches y se pararon en seco. Tendrían veinte años, quizás menos. Los cuatro de mi grupo ni se molestaron en parar.
—Dios mío —dijo uno de los recién llegados.
—¿Podemos...? —empezó el otro.
—Poneos en la fila —dijo el tatuado sin girar la cabeza.
Los dos jóvenes se acercaron despacio, como si todavía no se creyeran lo que estaban viendo. Uno sacó también el móvil y empezó a grabar. El otro se desabrochó el cinturón.
Me pusieron en el capó, de espaldas. Me abrieron las piernas y se fueron turnando con una eficiencia que no esperaba: el rubio salió, entró el tatuado, luego uno de los jóvenes que empujó con la impaciencia de alguien que lleva demasiado tiempo fantaseando con algo así. Tenía menos técnica pero más energía, y las dos cosas tienen su valor en momentos así.
El moreno me follaba la boca con una mano enredada en mi pelo. Yo tenía las manos ocupadas con los otros dos que esperaban a los lados, pajeándolos con movimientos rítmicos mientras me mecía hacia atrás con cada embestida. El metal del capó estaba frío bajo los muslos y la espalda. Todo lo demás ardía.
Me corrí por primera vez sin avisar, con uno dentro y el moreno en la boca, las caderas apretando solas. El tatuado lo notó. Entró más despacio después de eso, deliberadamente, estirando cada centímetro.
—Pide lo que quieres —me dijo al oído.
—El culo —dije.
Asintió sin decir nada más.
Se tomó su tiempo con eso. Escupió dos veces, fue entrando poco a poco con paciencia, mientras el joven alto seguía sin parar. Tener los dos al mismo tiempo me hizo agarrarme al borde del capó con los dedos blancos. Era demasiado. No era suficiente. Las dos cosas a la vez, sin contradicción posible.
El que grababa se acercó para enfocar mejor. Vi que también tenía la polla fuera con la otra mano, pajeándose mientras registraba todo. Me hizo cierta gracia, y la risa se mezcló con un gemido largo cuando el tatuado profundizó otro centímetro más.
En algún momento aparecieron dos más. No supe de dónde venían. Uno era mayor que los otros, con entradas pronunciadas y pinta de haber llegado al parking por casualidad y haberse quedado por lo que vio. El otro era un chico joven con una chaqueta de deporte, cara de no haberse esperado nada de esa noche. Los dos se quedaron observando un momento y luego, sin que nadie dijera nada, se sumaron al círculo.
Me pusieron de rodillas en el cemento. No me importó el frío bajo las rodillas. Tenía seis delante de mí a distintas alturas, como un problema de geometría que solo tiene una solución. Me puse a resolverlo.
Fui pasando de uno a otro, a veces con la boca, a veces con las manos, mientras los que estaban detrás seguían entrando por turnos. Los que se corrían se alejaban unos pasos, se abrochaban sin decir gran cosa y desaparecían entre los coches. Los que llegaban más tarde tardaban menos en acercarse.
Alguno me preguntó el nombre. Le dije que no importaba.
Me corrí cuatro veces en total, quizás cinco; perdí la cuenta después de la tercera, cuando el rubio volvió a entrar por detrás y el tatuado me llenó la boca al mismo tiempo. Hay un punto en que el cuerpo deja de registrar los orgasmos de forma separada y empieza a vibrar en continuo. Llegué a ese punto y me quedé allí un buen rato.
Fueron terminando de uno en uno. El moreno me avisó; el tatuado no. Los dos jóvenes se corrieron con pocos minutos de diferencia, uno dentro, el otro en mi mano. El mayor tardó más, con esa concentración de quien quiere aprovechar bien la ocasión. Los dos que grababan guardaron el vídeo sin decir nada en especial.
Uno me miró al irse con una expresión que no era exactamente agradecimiento, pero tampoco estaba lejos de eso. El del deporte desapareció sin despedirse. El parking quedó en silencio.
***
Me quedé sola entre los coches. Me bajé el vestido lo mejor que pude, me pasé los dedos por el pelo para deshacer los nudos y respiré hondo. El cemento olía a aceite de motor y a algo más que prefiero no analizar con demasiado detalle.
Subí a la calle cojeando ligeramente. El frío de diciembre me golpeó la cara sudada. El portero de la discoteca no me miró. Paré un taxi en la primera esquina y me senté en el asiento trasero con cuidado.
El conductor puso la radio. Algo suave, sin letra. Me miré las manos sobre el regazo: completamente quietas, por primera vez en siete días.
Eso era todo lo que necesitaba.