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Relatos Ardientes

Cómo mi esposa se desnudó ante mi mejor amigo

Sandra no pasa desapercibida. El pelo oscuro le cae por encima de los hombros, liso y brillante. La piel morena todo el año, conseguida a base de veranos en la playa y muchas horas al sol sin la parte superior del bikini. Es un ritual para ella: la arena, el aceite, la postura exacta para que el bronceado sea uniforme. El resultado lo lleva encima incluso en invierno, cuando ya no queda rastro de la temporada.

Mide un poco más de metro sesenta. No es delgada, tampoco tiene sobrepeso. Tiene curvas de las que se notan desde lejos: el pecho redondo y generoso, con ese escote que ella alimenta eligiendo bien la ropa; las caderas anchas; el vientre plano que mantiene a base de constancia en el gimnasio. Y luego está el trasero. Es lo primero que nota cualquier persona cuando ella entra en una habitación. Firme, redondo, desproporcionado en el mejor sentido, y con esa manera de moverse cuando camina que resulta casi imposible ignorar.

Yo sé desde hace años que mis amigos hablan de ella. No de forma irrespetuosa, sino con esa admiración que se disfraza de broma pero que tiene mucho de sincera. Rodrigo, en particular, siempre había sido el más directo. Cada vez que venía a casa me decía entre risas que si tuviera una mujer como la mía no saldría ni a comprar el pan. Lo decía con cariño. Pero yo sabía que no era del todo broma.

Rodrigo es de esos hombres que se mantienen en forma sin que se note el esfuerzo: hombros anchos, brazos definidos, cara agradable. Buen tipo. Uno de esos amigos con quien da gusto estar porque las conversaciones fluyen y cuando dice que va a hacer algo, lo hace. Le había pedido ayuda para remodelar la cocina, un trabajo que solo se haría largo y que en compañía podríamos terminar en un día.

Llegó un sábado por la mañana. Sandra había salido temprano. Trabajamos los dos desde las nueve, sin camiseta porque el calor dentro del piso en esa época no deja mucha opción. Para cuando terminamos la parte más pesada ya era mediodía y yo tenía hambre. Le dije a Rodrigo que se quedara, que iba a acercarme al supermercado a buscar carne y algo de beber.

Justo en ese momento entró Sandra por la puerta principal. Traía bolsas del mercado, el pelo algo revuelto por el viento y muy buen humor. Me dio un beso, saludó a Rodrigo con los dos besos habituales y se quedó un momento de más mirando su torso. No fue una mirada larga. Apenas un segundo. Pero yo lo noté.

—Me voy al súper por la carne y unas cervezas —le dije—. Rodrigo se queda un momento más.

—Perfecto —respondió ella, ya caminando hacia el pasillo—. Yo me doy una ducha. Rodrigo, si quieres ducharte tú también antes de comer, la casa es tuya.

Salí. El tráfico del sábado me atrapó de ida y peor aún de vuelta. La cola en la caja. El aparcamiento. En total, tardé más de una hora y cuarto.

***

Comimos los tres. La conversación fue fácil, como siempre con Rodrigo. Sandra estaba animada, contenta. Nada fuera de lo normal, o al menos nada que yo pudiera ver en ese momento. Cuando Rodrigo terminó de comer se despidió diciendo que tenía cosas que hacer por la tarde y se marchó sin demora.

Nos quedamos solos. Yo estaba recogiendo los platos cuando Sandra se apoyó en el marco de la puerta de la cocina y me dijo que quería contarme algo.

—Siempre te he dicho que si algún día quisiera estar con otro hombre, te lo contaría. ¿Lo recuerdas?

—Lo recuerdo —dije, sin soltar los platos todavía.

—Esta tarde pasó algo.

Dejé los platos en el fregadero y me di la vuelta. Ella me miró con esa calma que tiene para decir las cosas difíciles, sin apartar los ojos.

Rodrigo siempre le había parecido atractivo. No me lo había dicho nunca, pero tampoco yo se lo había preguntado. Me contó que alguna vez en la playa, cuando él había venido con nosotros, se había fijado en cómo llevaba el bañador ajustado. Que más de una tarde, sola en casa, había pensado en él mientras se masturbaba.

Cuando yo salí al supermercado, Sandra fue al dormitorio a buscar ropa limpia para ducharse. Pero en lugar de ir directamente al baño, pasó por el salón donde Rodrigo estaba recogiendo las herramientas. Se quitó la camiseta delante de él, de espaldas, sin mirarlo, dejando a la vista la espalda morena y el sujetador. Luego se bajó el pantalón corto despacio y lo dejó caer al suelo, quedándose solo en ropa interior.

Caminó hacia el baño por delante de él, sin apresurarse. Las caderas marcando cada paso. El trasero moviéndose de esa manera que tiene. Cerró la puerta, pero no del todo.

Desde dentro, bajo el agua, se dio cuenta de que había olvidado la toalla. Asomó la cabeza por la puerta entreabierta y le preguntó a Rodrigo si podía alcanzarle la que estaba colgada en el tendedero de la terraza.

Rodrigo entró al baño con la toalla. Intentó no mirar, pero el cristal de la mampara dejaba ver suficiente. Sandra estaba de frente, sin hacer ningún gesto para cubrirse. Cuando él iba a salir, ella lo llamó.

—Rodrigo, si quieres ducharte tú, puedes hacerlo cuando yo acabe. No tienes que esperar fuera.

Él dijo que esperaría. Pero Sandra ya había terminado. Cerró el grifo, abrió la mampara y salió envuelta apenas en la toalla, lo justo para cubrir los pezones y dejar la mitad inferior completamente al descubierto. Le dijo a Rodrigo que el baño era suyo y salió al pasillo.

Rodrigo se quedó solo. Se quitó la ropa. Abrió el grifo y entró bajo el agua caliente, pero llevaba una erección desde que la había visto caminar por el salón y no se le pasaba. Empezó a masturbarse pensando en ella, en ese cuerpo, en el trasero moviéndose despacio delante de él.

La puerta se abrió.

Sandra entró con otra toalla en la mano, dijo que la dejaba ahí para cuando él terminara. En lugar de marcharse, cerró la puerta desde dentro. Se acercó a la mampara y la abrió. Se quedó mirándolo de arriba abajo sin ningún apuro. Luego soltó la toalla que llevaba. Cayó al suelo.

—Siempre me has puesto muy nerviosa —le dijo—. No podía dejar pasar esta oportunidad.

***

Mientras me lo contaba, Sandra había puesto una mano en mi pierna. Yo la escuchaba sin moverme, con esa mezcla de celos y excitación que no sabía cómo clasificar. ¿Debería sentirme traicionado? ¿Por qué no podía dejar de escuchar? Cuando notó que yo no decía nada, deslizó la mano hacia arriba, me desabrochó el pantalón y me sacó. Empezó a masturbarme despacio mientras continuaba con la historia.

Rodrigo no se movió al principio. Fue Sandra quien apartó las manos con las que él intentaba cubrirse y las colocó sobre sus pechos. Él los acarició despacio, los apretó, pellizcó los pezones. Luego bajó la cabeza y empezó a lamerlos, a chuparlos uno a uno, mientras Sandra le rodeaba el pene con la mano y empezaba a moverla muy despacio.

Ella levantó una pierna y la apoyó en el borde de la bañera. Él entendió sin que hiciera falta decírselo. Pasó una mano entre sus piernas y empezó a acariciarla por fuera, luego por dentro, siguiendo el ritmo que ella marcaba con las caderas. El agua tibia caía sobre los dos. El vapor lo llenaba todo.

Sandra le pidió que se tumbara en el suelo de la ducha. Él se tendió boca arriba. Ella se puso de espaldas a él y empezó a bajar las caderas muy despacio, con las piernas a ambos lados de su cuerpo. Cuando notó la punta de su pene en la entrada, hizo unos movimientos circulares, pequeños, hasta que fue encajando poco a poco. Cuando lo tuvo dentro por completo, se quedó un instante quieta.

—No me puedo creer que esté viendo ese trasero desde aquí abajo —dijo Rodrigo—. Las veces que había pensado en esto.

Eso la encendió más. Empezó a moverse con más fuerza, inclinándose hacia delante, apoyando las manos en los muslos de él. Rodrigo la sujetó por las caderas y empezó a darle palmadas en el trasero, suaves al principio, más fuertes cuando comprobó que a ella le gustaba. Los gemidos de Sandra rebotaban contra los azulejos.

Llegó a un orgasmo. Se detuvo un momento para recuperarse. Rodrigo tenía un dedo explorando la entrada de su ano. Ella le pidió que no lo sacara. Le gustaba lo que sentía.

—Nunca he dejado que mi marido entre por ahí —le dijo con la voz todavía cortada—. Pero me tienes demasiado excitada. Quiero sentirte.

Rodrigo se puso de pie. La tumbó boca abajo sobre el suelo de la ducha y le levantó las caderas, dejando ese trasero redondo apuntando hacia él. Con el pene aún húmedo presionó despacio en la entrada de su ano. Ella le decía que siguiera, que no parara. Él entró poco a poco, sin forzar, hasta que estuvo dentro por completo. Entonces empezó a moverse con ritmo, agarrándola por las caderas, sintiendo cómo ese cuerpo respondía a cada movimiento.

—Más —decía ella—. No pares.

Rodrigo la sujetó del pelo y le levantó la cabeza. Se agachó y le habló muy cerca del oído, diciéndole exactamente lo que había imaginado todas las veces que había estado en esa casa, frente a ella, fingiendo no mirar. Sandra respondía moviéndose con más fuerza, exigiendo más, diciéndole que no parara.

***

Mientras escuchaba, Sandra había acelerado la mano. Yo estaba al límite. Cuando lo notó, se inclinó y me metió en la boca. Me corrí con fuerza, con todo el peso de lo que acababa de escuchar encima de mí.

Ella se limpió los labios con calma y continuó.

Rodrigo quería terminar de otra manera. Sacó el pene y la pidió que se arrodillara. Sandra lo colocó entre sus pechos y los apretó con las manos. Él empezó a moverse. Ella bajaba la cabeza de vez en cuando para lamer la punta. Los movimientos se aceleraron, pero el orgasmo no llegaba.

—Ya sé dónde quiero acabar —dijo él.

Se acercó a su boca. Ella la abrió. Lo lamió desde la base hasta la punta, luego le chupó los testículos uno a uno, luego lo introdujo entero. Estuvo así varios minutos, alternando el ritmo y la profundidad. Rodrigo la agarró por la nuca en el último momento y la mantuvo quieta mientras se corría dentro de su boca.

Sandra no lo soltó de inmediato. Siguió jugando con la lengua, masajeándolo con los dedos, hasta que él se quedó completamente vacío.

Entonces escucharon el sonido de la puerta de la calle.

Ella salió del baño rápido, se enrolló la toalla como pudo y apareció en el pasillo justo cuando yo estaba dejando las bolsas en la cocina. Me dio un beso en los labios. Tenía todavía algunas gotas en la comisura que yo no supe interpretar en ese momento.

—Cariño, qué tardanza. Rodrigo sigue en la ducha. ¿Mucho tráfico?

—Horrible —respondí.

Rodrigo salió del baño minutos después, nos saludó a los dos con naturalidad y nos sentamos a comer los tres como si no hubiera pasado nada. Como si absolutamente nada.

***

Cuando Sandra terminó de contarme la historia, me pidió perdón. Me dijo que no volvería a pasar sin avisarme antes, que esta vez había actuado por impulso y que no quería que eso cambiara nada entre nosotros.

Yo le dije que la perdonaba. Que era verdad que me había removido algo por dentro, pero que tampoco podía negarle lo otro: que escucharla me había excitado de una forma que no esperaba.

—¿Te hubiera gustado estar ahí? —me preguntó.

Tardé unos segundos en responder.

—Quizás —dije al fin—. La próxima vez, me avisas antes de salir.

Ella sonrió. Yo también. Era una conversación extraña de tener un sábado por la tarde, pero éramos nosotros dos teniéndola, y eso hacía que todo encajara mejor de lo que cualquiera hubiera esperado.

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Comentarios (4)

Pacheco_22

increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

MartinaOK

Por favor tiene que haber segunda parte, me quede con ganas de saber como termino todo entre ellos

RobertoQuilmes

Me recordo a una situacion que viví con mi ex y un amigo en comun hace años... cosas que pasan jaja. Muy bien escrito.

Caro_mx

Y despues que paso? Como siguio la relacion con el amigo?

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