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Relatos Ardientes

Lo que mi mujer hizo en la playa nudista me cambió

Llevábamos veinte años casados y nuestro matrimonio era exactamente lo que cualquiera esperaría de dos personas que se conocen demasiado bien: cómodo, predecible y, en algunos aspectos, ligeramente aburrido. Marta tiene cuarenta y cuatro años, morena, de estatura media, con una figura que el tiempo había tratado con generosidad. Curvas rotundas, caderas anchas, tetas grandes y firmes que seguían llamando la atención incluso vestida, un culo redondo que le llenaba cualquier pantalón. En la cama era buena compañera, se dejaba follar bien, pero siempre dentro de los límites que ella misma se encargaba de marcar: luz apagada, pocas palabras, nada de guarradas.

Yo llevaba tiempo queriendo empujar esos límites. No de golpe, sino poco a poco, como quien tantea el agua antes de meterse. Le hablaba de fantasías mientras le comía el coño, le pedía que me contara cosas, que imaginara situaciones. Al principio se molestaba. Decía que no necesitaba meter a nadie más en nuestra relación, ni siquiera en la imaginación. Pero con el tiempo, y porque comprobó que a mí me ponía la polla dura de verdad, empezó a ceder pequeñas parcelas. Un nombre susurrado. Una fantasía a medias. Un "imagínate que…" que dejaba a medio decir mientras se corría en mi boca.

Lo de la playa nudista llevaba meses rondándome la cabeza.

—Estás loco —me dijo la primera vez que lo propuse—. Yo no voy a estar desnuda con desconocidos mirándome las tetas y el coño.

—Nadie te va a mirar más de lo normal —respondí—. Todo el mundo está en lo suyo.

—Claro que sí —repitió, sin convicción.

Tardé tres semanas en convencerla. La clave fue plantearle que era un experimento: si no le gustaba, nos marchábamos sin más. Eso la tranquilizó lo suficiente para que dijera que sí con un suspiro largo y una mirada que significaba que me debía una.

***

Elegimos una cala apartada a dos horas de casa, un martes de julio para evitar la masificación del fin de semana. Llegamos a media mañana con la bolsa de playa y la incomodidad flotando entre los dos como una nube pequeña. Marta se deshizo de la ropa con movimientos rápidos, como si hacerlo despacio le diera más tiempo para arrepentirse. Se bajó las bragas de un tirón, se quitó la parte de arriba, y por un instante quedó de pie con las tetas al aire, los pezones oscuros ya un poco erguidos por la brisa, el triángulo de vello recortado entre los muslos. Luego se tumbó boca abajo sobre la toalla y no levantó la vista durante veinte minutos.

Yo, en cambio, estaba completamente despierto. Verla así, desnuda bajo el sol, con la espalda al aire, el culo redondo apuntando al cielo y las curvas que tan bien conocía expuestas al mundo, era diferente a verla en casa. Había algo en el contexto, en la posibilidad de que otras personas la vieran el coño si abría un poco los muslos, que lo convertía en algo más intenso que cualquier cosa que hubiéramos hecho en nuestra cama. Se me estaba empezando a poner dura debajo de la toalla y tuve que girarme boca abajo yo también.

La gente que había en la cala era mayor en su mayoría: parejas tranquilas, personas solas que leían o dormitaban. Marta empezó a relajarse. Comentó que el sol en la espalda sin el tirante del bikini era una sensación agradable. Se había quitado las gafas y tenía los ojos cerrados, la respiración lenta.

Entonces apareció el chico.

Tendría unos treinta años, moreno, con el cuerpo de alguien que hace algo físico para vivir. Caminaba por la orilla sin prisa, con la bolsa al hombro, buscando sitio. Se detuvo a unos doce metros de nosotros. Dejó la bolsa, se agachó para extender la toalla y se quitó el bañador con la naturalidad de quien lleva haciendo eso toda la vida.

No pude evitar mirarlo. Era muy grande. Llamativamente grande, incluso en reposo: una polla gruesa, oscura, que le colgaba pesada entre los muslos, con unos huevos igual de generosos. La clase de verga que una mujer no olvida haber visto, aunque sea de refilón.

Se acercó a nosotros con paso tranquilo.

—Perdona, ¿tenéis mechero?

Marta, que estaba boca abajo con los ojos cerrados, escuchó la voz y se dio la vuelta. No sé si fue un reflejo o una decisión consciente, pero se incorporó sobre los codos y lo miró de frente. Las tetas le colgaron un poco hacia adelante en esa postura, los pezones al aire. El chico estaba de pie junto a nuestra toalla, a poco más de un metro de su cara, con la polla justo a la altura de sus ojos. Ella no dijo nada durante un segundo. Simplemente lo miró. Vi cómo tragaba saliva.

—Sí, espera —dije yo, rebuscando en la bolsa.

El chico esperó de pie. Marta siguió mirándolo con las gafas de sol puestas, y por debajo del cristal ahumado supe perfectamente hacia dónde iban sus ojos. Yo lo encontré, se lo pasé, él lo usó y nos lo devolvió con un gracias. Se alejó hacia su toalla sin mirar atrás.

—¿Qué te ha parecido? —le pregunté en voz baja.

—Nada —dijo ella, volviendo a tumbarse.

—Marta.

—Qué.

—Te has dado la vuelta muy rápido para ser «nada».

Hubo una pausa larga antes de que respondiera.

—Es que te oí hablar con alguien y quería ver si era alguien conocido.

—Claro. ¿Y no te has fijado en nada más?

Otro silencio. Más largo.

—Era enorme —admitió, casi en un susurro—. La tenía enorme.

Esas palabras me llegaron directamente a la polla. En boca de Marta valían más que cualquier fantasía que yo hubiera podido construir.

—¿Y qué has sentido?

—Nada. Asombro. No sé. —Hizo una pausa—. Nunca había visto una polla así tan cerca. Se me ha quedado la imagen.

—¿Se te ha mojado el coño?

—No seas guarro.

—¿Sí o no?

Se quedó callada. Eso era un sí.

Me quedé callado yo también, guardando eso. Sabía que si empujaba demasiado, se cerraría. Así que dejé que la tarde siguiera su ritmo y no dije nada más hasta que recogimos las cosas.

***

Esa noche cenamos en el pueblo, en una terraza con vistas al puerto. Era una de esas cenas de verano que se alargan sin prisa, con vino fresco, pescado a la brasa y la temperatura perfecta. Yo llevaba dándole vueltas a una idea desde la playa, y cuando llegamos al postre decidí proponérsela.

—Quiero que vayas al baño y te quites las bragas.

Marta me miró por encima de su copa.

—¿Perdona?

—Llevas un vestido corto. Quiero que te las quites y te las metas en el bolso. Con el coño al aire toda la noche.

—Estás muy mal de la cabeza.

—Puede ser.

—Se me vería todo si me muevo —dijo, pero ya estaba sonriendo un poco.

—Solo si abres las piernas. Y si las abres, es porque quieres.

Se quedó mirándome con esa expresión suya que mezcla incredulidad y algo que no es exactamente rechazo. Se levantó sin decir nada y fue al baño. Tardó cinco minutos. Cuando volvió, se sentó, cogió su copa y bebió un sorbo largo y tranquilo. Debajo de la mesa deslizó algo hacia mi mano: un tanga negro de encaje, tibio y ligeramente húmedo en la entrepierna. Me lo guardé en el bolsillo.

—Ya está —dijo—. ¿Contento?

La conocía bien. Si lo había hecho, era porque en algún nivel quería hacerlo.

Después de cenar fuimos a tomar algo a un bar cerca del paseo marítimo. Era un local pequeño, con mesas bajas y poca luz, el tipo de sitio que en verano se llena de gente que no tiene prisa. Pedimos dos copas y nos sentamos en un rincón al fondo. Al cabo de un rato le pedí en voz baja que abriera un poco las piernas.

Primero negó con la cabeza. Luego, después de otro trago, las abrió un par de centímetros. Luego un poco más. El vestido le caía a mitad del muslo y en esa posición dejaba ver perfectamente el coño desnudo debajo, los labios rasurados con esa franjita fina de vello por encima. Me tensé de una forma que hacía tiempo que no sentía. Se me puso la polla dura contra la cremallera y tuve que reacomodarme.

Bajé la mano por debajo de la mesa y le acaricié el interior del muslo. Ella no me apartó. Fui subiendo despacio, con los dedos, hasta rozarle los labios del coño. Estaba empapada. Chorreando, literalmente. Le pasé un dedo entero de arriba abajo, sintiendo cómo el flujo espeso se le pegaba a mi piel, y luego se lo hundí un poco. Marta apretó los labios y se agarró al borde de la mesa. No dijo nada, pero abrió las piernas un poco más.

—Estás hecha una guarra —le susurré al oído.

—Cállate.

—Chorreando así, en un bar, sin bragas. Después de haberle visto la polla al de la playa. ¿En eso estás pensando?

Ella cerró los ojos un segundo y respiró hondo. Le metí dos dedos hasta el fondo, muy despacio, y le busqué el clítoris con el pulgar. Marta apretó las rodillas contra mi mano, atrapándomela. Estaba a punto de correrse en mitad del bar y las dos sabíamos que solo era cuestión de aguantar un poco más.

—¿Y bien? —preguntó ella en voz baja, mirando hacia otro lado como si nada, pero con las mejillas encendidas.

—Estás preciosa.

—Idiota —dijo, pero sin molestia.

Saqué la mano justo antes de que se corriera, con los dedos brillantes de su flujo, y limpié la mesa con una servilleta como si nada. Ella me lanzó una mirada de rabia y deseo a partes iguales.

Cuando el camarero se acercó a traer la cuenta, Marta simuló estar mirando el móvil. El vestido seguía subido. El camarero era joven, veintipocos años, con esa forma distraída de moverse que tienen los que llevan muchas horas de turno. Dejó la cuenta en la mesa, yo empecé a sacar el dinero del bolsillo, y entonces lo vi. Se detuvo un instante. Los ojos le bajaron sin que él pareciera controlarlos del todo, y se quedó mirándole el coño abierto y mojado, con los labios brillantes y separados donde yo acababa de meterle los dedos.

No fue una mirada rápida.

Duró lo que duran las cosas que uno sabe que no debería hacer pero no puede evitar. El chaval se puso rojo, tragó saliva, y se le marcó una hinchazón en los pantalones del uniforme. Luego recogió los billetes con perfecta normalidad y se fue hacia la barra ajustándose disimuladamente la entrepierna.

Marta no se movió hasta que desapareció de nuestra vista.

—¿Lo has visto? —le pregunté.

—Sí.

—¿Y?

No contestó. Cogió el bolso del respaldo de la silla y se lo cruzó al hombro.

—Vámonos al hotel. Ya.

***

Llegamos a la habitación con esa energía que a veces se construye durante horas y que cuando finalmente encuentra salida es algo distinto a lo habitual. Ni siquiera esperamos a cerrar bien la puerta. Marta se quitó el vestido de un tirón por la cabeza y quedó desnuda en mitad del cuarto, las tetas grandes botando con el movimiento, el coño todavía brillante y abierto de lo del bar. Yo me arranqué la camisa mientras me desabrochaba el cinturón.

La empujé contra la cama y se cayó de espaldas con las piernas abiertas. Me arrodillé entre sus muslos y le hundí la cara en el coño sin más preámbulo. Estaba tan mojada que se me embadurnó toda la boca con el primer lametazo. Le chupé los labios uno por uno, los abrí con la lengua, le busqué el clítoris hinchado y se lo lamí en círculos, primero despacio y luego cada vez más rápido. Le metí dos dedos y los curvé buscándole el punto, ese que la vuelve loca, y ella empezó a gemir alto, sin importarle que la habitación de al lado la oyera. Nunca en veinte años me había gemido así en un hotel.

—Cómemelo bien, joder —dijo, agarrándome del pelo—. Cómemelo todo.

Se corrió en mi boca en menos de dos minutos, con las caderas levantadas del colchón y un grito ronco que le salió del fondo del pecho. Notando cómo se le contraía el coño contra mi lengua, saqué los dedos empapados y me subí encima de ella. Le agarré una teta con una mano, le pellizqué el pezón fuerte, y con la otra me guie la polla hasta la entrada.

Se la metí de una sola embestida, hasta los huevos. Marta echó la cabeza hacia atrás y arqueó la espalda. Estaba tan mojada que le resbalaba dentro con un ruido húmedo, obsceno, cada vez que la sacaba y la volvía a hundir. Empecé a follármela fuerte, a cadera contra cadera, mirándole las tetas rebotar con cada golpe. Ella tenía las manos en mi espalda, las uñas clavadas, y la respiración rota desde el principio. Yo sentía que estaba follando con alguien un poco diferente a la Marta de las últimas semanas. Más presente. Más guarra. Más abierta.

—Ponte a cuatro patas —le dije.

Obedeció sin rechistar, cosa rarísima en ella. Se giró, se puso de rodillas y se ofreció con el culo hacia arriba, la cara contra la almohada, el coño y el ojete a la vista bajo la luz amarilla de la lámpara. Le di un azote fuerte en la nalga derecha y se le marcó la mano roja. Ella gimió. Otro en la izquierda. Otro gemido, más largo.

Le agarré las caderas y se la volví a meter de golpe. Desde atrás entraba aún más profundo. Empecé a embestir con fuerza, viendo cómo el culo le temblaba con cada choque, cómo mis huevos le golpeaban el clítoris con un ruido seco. Cuando el ritmo se calmó un poco, aproveché el momento para hablarle al oído, sin dejar de moverme dentro de ella.

—¿Qué pensabas cuando el chico de la playa estaba de pie delante de ti?

Tardó en responder. Le costaba con la polla dentro.

—Que era enorme —dijo, entrecortado—. No podía dejar de mirársela. Me quedé paralizada.

—¿Te habría gustado tocársela?

Una pausa. Empujé fuerte, hasta el fondo.

—Sí…

—¿Y qué más?

Otro silencio, más corto esta vez. Le agarré el pelo y le tiré suavemente hacia atrás para oírla mejor.

—Chupársela —soltó, en un susurro casi vergonzoso—. Me habría gustado ver cómo era en la boca. Si me cabía entera. Nunca he tenido una polla así de cerca.

No dije nada. Seguí moviéndome, despacio ahora, dejando que hablara si quería seguir. Le pasé la mano por delante y le busqué el clítoris. Empecé a frotárselo mientras la penetraba.

—¿Y el camarero? —pregunté al cabo de un momento.

—Se me quedó mirando el coño —dijo—. Se le puso dura ahí mismo, se le notaba en el pantalón. —Hizo una pausa breve, jadeando—. Esta noche se hará una paja pensando en mí.

Lo dijo con una calma que me sorprendió más que las palabras en sí. No había vergüenza en su voz. Solo una certeza tranquila, casi satisfecha, como si acabara de descubrir algo sobre sí misma que le parecía bien.

—¿Te gustaría que te viera así como estás ahora? —le susurré—. ¿A cuatro patas, con mi polla dentro, con la marca de mi mano en el culo?

Marta no respondió con palabras. Se arqueó un poco, gimió largo, cerró los ojos, y supe que la respuesta era sí.

—Dilo.

—Sí —dijo—. Sí, joder. Que me vea. Que vea cómo me follas.

—¿Y el de la playa?

—También…

—¿Qué querrías que te hiciera?

—Lo que quisiera. Lo que le diera la gana. —Se apretó contra mi polla, echando el culo hacia atrás para tragármela más—. Que me la metiera entera, a ver si me cabe.

Se me escapó un gemido ronco. Nunca en veinte años la había oído hablar así. La agarré por las caderas con las dos manos y aceleré. La cama empezó a golpear la pared. Ella gemía "sí, sí, sí" con cada embestida, sin control, sin la contención de siempre. Me miraba de frente por encima del hombro cuando antes apartaba los ojos. Decía cosas en voz alta que antes solo insinuaba a medias.

—Me voy a correr —le avisé.

—Córrete dentro. Lléname el coño.

Me solté al oírla decir eso. Empujé hasta el fondo tres o cuatro veces más y me corrí dentro de ella con un gemido que sonó casi a rabia. Sentí cómo me vaciaba dentro chorro tras chorro, cómo ella se apretaba a la vez y se corría otra vez conmigo, temblándole las piernas. Me quedé quieto dentro de ella un rato, notando cómo la polla se me seguía moviendo con las últimas contracciones, y cómo el semen empezaba a escurrírsele por los muslos cuando saqué.

Se dejó caer boca abajo sobre el colchón, con el coño abierto y goteando, y yo me tumbé a su lado, sin aliento.

Cuando terminamos, nos quedamos tumbados en silencio durante un rato largo. La habitación estaba en penumbra y por la ventana entreabierta llegaba el ruido del paseo.

—Nunca había hablado así —dijo ella de repente, sin contexto.

—¿Y?

—No sé. Raro. Pero no mal.

Le pasé el brazo por los hombros y ella se acomodó contra mí con esa familiaridad de veinte años que también tiene sus cosas buenas.

***

De camino a casa al día siguiente, Marta miraba por la ventanilla del coche en silencio. A mitad del trayecto, sin apartar la vista del paisaje que pasaba, me preguntó:

—¿Cuándo volvemos?

Lo dijo despacio, como si la pregunta le costara más de lo habitual.

—Cuando quieras —respondí.

Ella asintió y no dijo nada más. Yo subí un poco el volumen de la música y conduje el resto del camino sin añadir nada.

Sabía perfectamente que eso no era un final. Era, con toda claridad, un comienzo.

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Comentarios(8)

Felipe

Tremendo relato, me dejo sin palabras!!!

VeronicaLP

Que historia mas bonita, se nota que hay algo real detras. Espero que cuentes como siguio todo despues de ese dia

Rulo45

Por favor una segunda parte!!! Me quede con ganas de saber como cambio la relacion entre ustedes despues de eso

Facundo_GBA

jajaja me imagine la cara que pusiste viendola tan suelta de repente. A veces la gente nos sorprende de la mejor manera posible

DiegoNocturno

Me recordo a un viaje que hize con mi pareja hace unos años, algo similar paso y cambio las dinamicas entre nosotros para siempre. Esas experiencias son unicas y no se olvidan

NatyRBsAs

Me encanto como lo narraste, se siente real y cercano. Seguí escribiendo!

LectorBA_77

Buenisimo!!! Tiene algo especial este tipo de relatos, te quedas pensando mucho tiempo despues de terminar de leer

Caro_mdp

Se hizo corto :( quiero mas

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