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Relatos Ardientes

Lo que mi vecina hacía cuando su madre no estaba

Me mudé en julio, tres meses después de firmar el divorcio con Lucía. La separación venía cocinándose hacía rato; en algún punto del año anterior dejamos de tocarnos, y lo que vino después fue pura inercia: discusiones por la heladera, por la luz del balcón, por una compañera del estudio que apareció en medio de todo. Cuando por fin nos sentamos a hablar en serio, ninguno de los dos lloró. Yo agarré dos maletas, un colchón viejo y me instalé en este monoambiente del piso doce, departamento D.

El edificio era nuevo, todavía olía a pintura fresca en los pasillos. Lo único valioso desde el punto de vista práctico era la ventana del lavadero: angosta, sin cortina, daba directo al balcón del departamento C, en el mismo piso. Desde adentro de mi cocina veía la cocina del frente como si fueran dos diapositivas pegadas. Solo nos separaba el aire del patio interno y un par de metros de vidrio que, de noche, se convertían en pantalla.

Vivían dos mujeres en el C: una señora de unos cincuenta, peinado corto y andar cansado, y la hija, de unos veintidós o veintitrés, rellenita, simpática de cara y muy de quedarse adentro. A la madre la vi por primera vez una tarde de agosto, bajando con un caniche enano que se ponía a ladrar cada vez que alguien tosía en el ascensor. La hija salía menos. Algunas tardes la veía pasar por la cocina con auriculares puestos, hablando sola contra el vidrio.

Las primeras semanas no me propuse mirar. Fumaba con la luz del lavadero apagada porque me gustaba el truco de que nadie supiera que estaba ahí. Era mi rincón privado: dos pasos, un cenicero sobre el secarropas, la ventana abierta. Encendía el cigarrillo, exhalaba contra el vidrio y ya estaba en otro mundo. El problema fue que esa pantalla de enfrente empezó a darme escenas que yo no salía a buscar.

Una tarde la señora del C bajó al patio común a limpiar lo que había dejado el perro. Se agachó con la bolsita en la mano y, al inclinarse, el vestido le subió hasta arriba de la cadera. Le vi todo el culo: ancho, blanco, con celulitis marcada y con una bombacha vieja que se le metía entre las nalgas y le dibujaba la raya del coño. Me quedé mirando cómo esa carne blanda se le movía cuando cambiaba de postura, cómo la tela se le clavaba en la vulva gorda y remarcaba los labios por debajo del algodón gastado. Algo en esa imagen tan ordinaria me hizo sentir un pinchazo en la bragueta. La verga se me endureció en el pantalón sin aviso, latiendo contra el cierre. Encendí otro cigarrillo y pensé que era la primera vez en meses que se me paraba sin que me lo propusiera, y me la agarré por encima de la tela solo para confirmar que no me estaba imaginando el bulto.

No volví a verla así, pero algo había quedado tocado por dentro. Empecé a quedarme en el lavadero un poco más cada noche. A veces la madre y la hija cenaban frente al televisor, los platos sobre las rodillas, las dos calladas. Otras veces no había nadie y la luz quedaba prendida toda la noche, como si se hubieran olvidado del mundo. La sensación de mirar sin que me vieran se volvió un ritual. Creo que la madre, alguna vez, me clavó los ojos a través del aire que nos separaba. Nos cruzamos en el ascensor un par de veces y me saludaba con una sonrisa breve. No sé si sospechaba. Creo que sí. Y que no le importaba.

***

Cuando llegó el verano, todo cambió. Era diciembre, calor pegajoso, la mitad de los departamentos del edificio cerrados por vacaciones. Una mañana vi a la señora arrastrar una maleta azul de cabina hasta la puerta y abrazar a la hija con cara de «portate bien». La hija sonreía con la calma de quien ya tiene planes que su madre no va a conocer. La madre cerró la puerta desde afuera. La chica se quedó del lado de adentro.

Me serví una cerveza y me quedé fumando con la luz apagada, esperando ver qué hacía. Tardó un rato en reaparecer. Cuando lo hizo, no era la misma. Se había puesto una falda de jean cortísima que apenas le tapaba el culo, un top blanco pegado al cuerpo sin corpiño debajo y unas sandalias plataforma. Se le marcaban los pezones duros a través de la tela fina. Se había soltado el pelo y le tapaba media cara. Se paró frente al ventanal de la cocina como si fuera un espejo, se levantó las tetas con las dos manos y las acomodó dentro del top hasta que quedaron a punto de desbordarse, apretadas, ofrecidas. Se metió los dedos por debajo de la falda y se acomodó también la bombacha, tirándola hacia arriba para que se le hundiera entre los labios del coño. Sonrió. Se gustaba.

Me quedé quieto, con el cigarrillo entre los dedos, conteniendo la respiración. La verga ya me empezaba a apretar el calzoncillo. Por un segundo me pareció que miraba hacia mi ventana, justo hacia donde yo estaba. Después entendí que se estaba mirando en su propio reflejo, no a mí. Pero algo en esa fracción de segundo me hizo entender que tarde o temprano íbamos a quedar del mismo lado del vidrio.

Agarró la cartera, apagó las luces y se fue. Yo seguí parado en el lavadero un buen rato, terminé el cigarrillo, terminé la cerveza, abrí otra. Después me acosté boca arriba en la cama, me bajé el calzoncillo hasta las rodillas y me agarré la polla con la mano derecha, escupiéndome en la palma para deslizarla mejor. Me la sacudí despacio primero, pensando en cómo se había acomodado las tetas frente al vidrio, en cómo los pezones se le marcaban a través del top blanco. Después más rápido, imaginando que le arrancaba la falda de un tirón y le clavaba la cara en el coño mientras ella se retorcía. Me corrí a los pocos minutos, con la mano llena de semen tibio y un gruñido corto que rebotó en las paredes vacías. Me dormí casi sin terminar de limpiarme, con el olor a leche pegado a los dedos.

***

Me despertó el caniche enano. Ladraba como si lo estuvieran matando. Miré el reloj: tres y cuarto de la madrugada. Afuera la calle estaba muerta, pero alguien había llegado al C. Me levanté en calzoncillos y caminé hasta el lavadero. No prendí ninguna luz. Lo que vi del otro lado del aire me sacó el sueño de un golpe.

Ella estaba parada en el medio de la sala con tres tipos. Tres. Los miré tratando de entender de dónde habían salido. Uno era altísimo, de camiseta blanca; otro tenía el pelo a la altura del hombro; el tercero, el más bajo, llevaba una chaqueta de cuero y se sacaba los anteojos como si fuera el dueño del lugar. Los tres tenían esa sonrisa medio desganada de quien ya sabe lo que va a pasar.

El primero la abrazó por la espalda. Le metió la mano por debajo de la falda y ella tiró la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados, se rió y separó las piernas para dejarle más lugar. Vi cómo el brazo del tipo se movía adelante y atrás debajo de la tela, cómo le trabajaba el coño con los dedos hasta que ella empezó a jadear con la boca abierta. El segundo se acercó por el costado, le agarró la cara y le metió la lengua en la boca sin preguntar. El tercero, el de la chaqueta, se sentó en el respaldo del sillón y empezó a desabrocharse el cinturón sin apuro, sacándose la polla directamente sobre el jean, gruesa y a medio empalmar, sacudiéndosela él mismo mientras miraba el show. Ella se mordió el labio. Era la misma cara que le había visto frente al espejo unas horas antes.

Encendí un cigarrillo y me quedé estático. Yo también empecé a acariciarme por encima del calzoncillo, sintiendo cómo la polla se me despertaba de nuevo. No quería perderme ni un movimiento, ni un gesto, ni el instante en que ella decidiera por dónde empezar. Y entonces el de la chaqueta se sacó la verga entera y la apoyó contra el vidrio del ventanal, mirando hacia el patio, ofreciéndola como una bandera. Ella se acercó de rodillas, sin perder esa sonrisa lenta que había ensayado en el reflejo, y le envolvió los dedos alrededor. Le pasó la lengua por toda la base, subió lamiendo hasta la cabeza, se la metió entera en la boca de un solo empuje hasta que se le marcó el bulto en la garganta y volvió a sacarla llena de saliva, con hilos colgando del mentón. Empezó a mamársela con ganas, sacudiendo la cabeza adelante y atrás, apretando los cachetes para hacerle vacío, sacándola cada tanto para escupirle encima y masturbársela con la mano mientras le lamía los huevos.

El de la camiseta blanca se ubicó atrás. Le levantó el top de un tirón. Las tetas saltaron afuera: redondas, blancas, con los pezones grandes y oscuros, duros como uvas. Se las amasó como si las estuviera probando para llevárselas, apretándoselas hasta dejarle los dedos marcados, tirándole de los pezones hasta que ella gimió alrededor de la polla que tenía en la boca. Le arrancó la bombacha de un tirón, la olió despacio y la tiró al piso. Le abrió las nalgas con las dos manos y se agachó a lamerle el coño desde atrás, hundiéndole la lengua entre los labios abiertos, chupándole el clítoris con ruido, mordiéndole la carne blanda del culo. La empujó por la nuca hasta doblarla en ángulo recto. Vi la espalda arqueada, la falda levantada por encima de la cintura, las piernas apenas separadas, el coño hinchado y brillante de saliva. Se escupió en la mano, se untó la polla y se la metió por atrás de una sola embestida hasta los huevos. Ella abrió la boca en un grito mudo que se perdió en el aire del patio, con la polla del otro todavía enterrada entre los labios.

El segundo, el del pelo largo, esperó su turno con paciencia. Cuando vio el ángulo, se acercó por el costado y le presentó la verga a la altura de la cara. Ella la aceptó sin abrir los ojos, con devoción, como quien se entrega a algo que ya tenía decidido. Ahora tenía dos pollas: se pasaba de una a la otra, se las metía juntas en la boca, sacaba la lengua para que las cabezas se rozaran entre sí sobre sus labios, se las frotaba contra la cara. Mientras tanto el de atrás la seguía cogiendo con embestidas largas, sacando la polla casi entera y volviéndola a hundir de un golpe, haciéndole rebotar el culo contra la pelvis con un chasquido que se oía desde mi ventana. Eran tres bocas, tres manos, tres cuerpos sincronizados a un compás que parecía ensayado de antemano.

Abrí la ventana de a poco para que se fuera el humo. Me bajé el calzoncillo hasta los muslos y me agarré la polla con la mano libre, empezando a bombeármela al ritmo del que la cogía por atrás. El aire del patio me trajo los gemidos: agudos, ahogados, entrecortados cuando le llenaban la boca, más largos y guturales cuando se la sacaban. Después la pararon. El de la camiseta le envolvió la cintura con las dos manos y la levantó sin esfuerzo. Ella enredó las piernas en su cintura y se dejó empalar. Vi cómo la polla del tipo desaparecía entera dentro de ella, cómo ella se sostenía prendida de sus hombros y bajaba las caderas para meterse toda la verga cada vez que él la levantaba. El bajito se acercó por atrás, se escupió en los dedos, le abrió el culo y empezó a empujar también, metiéndosela en el ojete al mismo tiempo que el otro la tenía en el coño. Ella soltó un chillido largo cuando sintió las dos pollas adentro, la cabeza para atrás, la boca abierta, un hilo de saliva bajándole por el mentón hasta las tetas. Saltaba entre los dos como si estuviera arriba de un toro mecánico, doble penetración, los dos empujando en contratiempo para no chocarse, sacándola y volviéndola a rellenar. El del pelo largo le agarraba una teta y se la chupaba como podía, mordiéndole el pezón hasta que ella gritaba, después subiendo a besarle la boca abierta, robándole la lengua entre gemido y gemido.

Yo me la sacudía sin apuro, con la vista clavada, sintiendo el semen agolpado sin querer terminar todavía. Después de un rato, el bajito se sacó la polla del culo y se corrió sobre las nalgas de ella con dos o tres chorros gruesos que le resbalaron por la raya hasta gotearle en los muslos. El de la camiseta terminó adentro, empujando fuerte las últimas veces, dejándola clavada contra su pelvis mientras le vaciaba el coño. Los tres se quedaron quietos, como una foto. Ella respiraba con la boca abierta, el pelo pegado a la frente, las manos sobre los hombros del que la sostenía, la leche escurriéndose entre las piernas. No dijo nada. Sonrió. Y la noche siguió.

El del pelo largo la bajó al piso y la llevó del pelo contra el ventanal. Se escupió la palma, se untó la polla y se la clavó parada, con la cara aplastada contra el vidrio. La agarró de las caderas y empezó a cogérsela de pie, empujándole el coño desde atrás con embestidas cortas y secas que le hacían golpear las tetas contra el cristal en cada estocada. Le pasó una mano por el pelo, la agarró del cuello y le empujó la cara todavía más contra el vidrio. Ella miraba directo hacia mi ventana. Sonreía. Me tiró un beso con los labios manchados de saliva y sacó la lengua para lamer el vidrio mientras la seguían cogiendo. Yo ya no me disimulaba: me había bajado el calzoncillo del todo, tenía la polla en la mano y me la trabajaba con la vista clavada en la de ella. Sabía que me veía. Y le gustaba. Empezó a mover el culo hacia atrás sola, empujándose contra la polla del tipo, marcando el ritmo, gimiendo más fuerte cada vez, sabiendo que yo la escuchaba a través del patio. Cuando el del pelo largo se corrió, la sacó y le tiró la leche caliente sobre la espalda baja y las nalgas, y ella se retorció despacio para que se le esparciera bien.

Cuando terminó él, vino el bajito otra vez, la polla dura de nuevo. La empujó contra el ventanal y las tetas se le reventaron contra el vidrio, se hicieron enormes, dos lunas blancas pegadas a un cristal en la oscuridad del piso doce, los pezones aplastados y rojos. Le abrió las piernas con la rodilla y se la metió por el coño desde atrás, agarrándola de las caderas, cogiéndosela contra el vidrio con embestidas violentas que la hacían chirriar la mejilla contra el cristal. Ella apoyó las dos manos sobre el vidrio, levantó una y empezó a hacer el gesto de masturbación al aire mientras besaba el cristal. Sacó la lengua y la pasó por el vidrio como si estuviera lamiendo una polla, con los ojos clavados en los míos. Besaba el vidrio y me miraba a mí. Me hacía señas con la boca abierta, imitando cómo se la mamaba al tipo, sacando y metiendo un dedo entre los labios pintados con saliva y semen ajeno.

Al final la pusieron de rodillas, los tres alrededor. Cerró los ojos. Abrió la boca. Sacó la lengua bien afuera, formando un cuenco, y se agarró las tetas con las manos, apretándoselas para juntarlas y ofrecer un canal por el medio. Los tres se la sacudieron encima al mismo tiempo, uno frente a ella, los otros dos a los costados. El primer chorro le cayó en la mejilla y le resbaló hasta el mentón. El segundo le llegó a la frente y le corrió por la nariz hasta la boca abierta. El tercero le pintó el pelo y el hombro. Le bañaron la cara entre los tres, chorros gruesos y calientes, y ella se los recibió sin cerrar los ojos, tragando lo que le caía en la lengua, dejándose pintar el resto. Se rió bajito mientras pasaba la lengua por las comisuras, recogiendo la leche pegada, chupándose los dedos que se había pasado por la cara. Yo me corrí en ese momento, con dos sacudones cortos, salpicándome la mano y el pantalón del pijama que tenía a los pies, mordiéndome el labio para no gemir en voz alta. Después ella se paró sin limpiarse, levantó una mano como si saludara a un público invisible y caminó hacia el pasillo del baño, con la leche colgándole del mentón y los pezones todavía duros. Los hombres festejaban entre ellos, palmadas en la espalda, risas, como si hubieran ganado un campeonato.

Volvió vestida de buzo y pantalón corto, el pelo atado, la cara limpia, como si no hubiera pasado nada. Se sentó en el respaldo del sillón. Los tipos sacaron billetes del bolsillo y los apilaron sobre la mesa ratona, sin contarlos demasiado. Ella los recibió con una sonrisa profesional, los guardó en una caja que sacó de un cajón y los acompañó a la puerta. Antes de cerrar, se asomó al ventanal, me saludó con la mano y bajó la persiana de un tirón. Yo seguí parado en el lavadero, con el cigarrillo apagado entre los dedos, la polla todavía en la mano, sintiendo el corazón en los dientes y el semen enfriándoseme en los muslos.

***

Pasaron dos semanas. Diciembre se fue derritiendo en enero. La madre había vuelto del viaje; pude verla una tarde tomando mate en el balcón, con el caniche en la falda. La hija había vuelto a su disfraz de día: anteojos, jogging, pelo recogido, esa cara de chica buena que se queda los sábados a la noche viendo películas con su mamá.

Una tarde me crucé con las dos en el ascensor. Yo bajaba a buscar algo a la verdulería; ellas también. Saludamos cordialmente, como siempre. La madre comentó algo del calor. El caniche, abajo, me ladró sin convicción.

—Mamá, ¿puedo ir a lo de Camila esta noche? —dijo la hija con voz suave, mirando el piso del ascensor—. Vamos a hacer una pijamada.

—Bueno, pero llamame cuando llegues. Ustedes son tan aburridas, eh… —contestó la madre, fingiendo resignación.

—Nos divertimos así, mamá. Lo sabés.

El ascensor llegó a planta baja con un chasquido suave. Salió primero la madre, tirando del perro. La hija se quedó un segundo más, esperando a que pasara yo. Cuando crucé frente a ella, me miró fijo, sin sonreír. Levantó el índice y se lo apoyó sobre los labios. Lentamente. Después me guiñó un ojo y salió detrás de su madre, balanceando el bolso, con paso de chica de jogging y pelo recogido.

Me quedé quieto en el palier un par de segundos, escuchando la puerta automática del edificio que se abría y se cerraba detrás de ellas. Esa noche, cuando volví a casa, fui directo al lavadero. Apagué la luz. Encendí un cigarrillo. Y esperé.

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Comentarios(8)

NocheOscura77

Increible. Me tuvo pegado desde la primera linea, esa tension del arranque es de lo mejor que lei en esta categoria.

LectorGBA

Por favor seguila, quede con muchisimas ganas de saber que paso. Tremendo gancho al final.

Fabio_Cba

Ese detalle de apagar la luz antes de mirar le da un realismo que pocos relatos tienen. Se nota que el que escribe sabe como construir la escena.

VecindarioK

jajaja me recordo a cuando vivia en un edificio chico y uno sin querer terminaba sabiendo mas de los vecinos de lo que quisiera... la vida imita al arte

Stargazer_77

Muy buen clima el que lograste. Cuando sale la segunda parte?

SentidoHondo

Lo que me gusta es el suspenso, que uno va intuyendo pero igual te arrastra. Este tiene ese algo especial que pocos logran. Muy buen relato de verdad.

Ceci_Mdq

Cortito pero intenso, me encanto!! Espero que haya continuacion :)

Tomas_84

Las 3 de la mañana sin luz... clasico jajaj. Buen relato, se hizo corto.

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