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Relatos Ardientes

El hijo de la empleada no podía dejar de mirarme

Cuando cumplí los cuarenta y tres, la casa que tanto me había costado conseguir se había vuelto un mausoleo. Mi hija menor estudiaba en Melbourne, mi hijo mayor pasaba temporadas en Múnich trabajando con mi exmarido, y los pasillos que alguna vez resonaron con portazos y risas devolvían ahora un eco hueco que me perseguía hasta el desayuno.

Era una casa preciosa, demasiado grande para una sola mujer y muy exigente en cuanto a mantenimiento. Entre las reuniones del despacho y los viajes ocasionales, el aseo cotidiano empezó a desbordarme. Decidí contratar a alguien.

No fue una decisión sencilla. Vivir sola me hacía cautelosa con quién metía en mi puerta, así que insistí en buscar una mujer mayor que yo, alguien que me diera tranquilidad. Tardé varias semanas, pero al final apareció Hilda. No era tan mayor como había imaginado —de hecho me sacaba apenas tres años—, aunque su sobrepeso y la espalda encorvada le añadían otra década a primera vista. Trabajaba en silencio, no preguntaba más de lo necesario y se ocupaba de lo suyo sin levantar la vista. Justo lo que necesitaba.

El detalle, y el motivo por el que estoy contando esto, fue su hijo. Mateo acababa de cumplir dieciocho y cursaba el último año del bachillerato a distancia. Hilda me pidió permiso, casi avergonzada, para que el muchacho estudiara en una de las habitaciones libres mientras ella trabajaba. Le dije que sí sin pensarlo mucho. Lo interpreté como una garantía de que la mujer no tendría distracciones, y me pareció hasta tierno que una madre cargara con su hijo al trabajo.

***

Las primeras semanas fueron lo que esperaba. Yo recuperé tiempo para leer, para escribir un poco —una afición nueva que estaba descubriendo— y para hablar largo con mis hijos por videollamada. Hilda fregaba, planchaba y cocinaba sin estridencias. Mateo entraba a las ocho, se metía en el cuarto del fondo con sus auriculares y no salía hasta el mediodía.

El chico era alto y delgado, de huesos largos y poca musculatura. Castaño claro, piel blanca, una cara todavía a medio terminar entre el niño y el hombre. No era guapo de revista, pero tenía algo limpio en la mirada que me caía bien.

De a poco fue ayudando a su madre. Lo descubría barriendo la sala, sacando el polvo del recibidor, fregando los baños del segundo piso. Yo lo veía pasar sin mirarlo demasiado, pero pronto noté que él sí me miraba a mí.

No me espiaba de frente. Eran miradas oblicuas, robadas. Cuando yo leía en el sofá, cuando salía del estudio a por café, cuando me estiraba en la cocina para alcanzar algo de la alacena alta. Sus ojos buscaban algo concreto, y ese algo casi siempre estaba a la altura del pecho.

No me molesta. ¿Por qué no me molesta?

Era un sentimiento extraño. No estaba acostumbrada a sentirme mirada desde hacía años. Catorce, para ser exacta: el tiempo que llevaba divorciada. Y aquel chico, sin proponérselo, me devolvía algo que yo había dado por enterrado. La sensación de ser deseada. No es que él me gustara, ni mucho menos. Pero la mirada me halagaba. Me hacía sentir viva.

***

Tengo el pecho grande. No descomunal, pero grande, y un poco caído por los años y por los dos embarazos. Las nalgas también pasaron lo suyo, aunque las he cuidado y todavía me las miro al espejo con cierto orgullo. Soy delgada, mido un metro sesenta y cinco, llevo el cabello rubio oxigenado y un poco rizado en las puntas. Nada espectacular, pero estoy a gusto con lo que veo cuando salgo de la ducha.

Mateo, descubrí, estaba obsesionado con mis tetas. Cada vez que me ponía algo escotado para una reunión, sentía sus ojos clavados en las clavículas. Lo entendía. A los dieciocho, una se masturba con cualquier estímulo que pasa cerca, y yo estaba ahí, todo el día, a tres pasos de distancia.

Empecé a jugar. Al principio sin darme cuenta, después con plena consciencia. Una mañana me levanté tarde y bajé en un blusón fino y unas bragas cómodas. Hilda y Mateo ya andaban por la casa. Cualquier otro día me habría vestido antes de salir del dormitorio. Ese día no me importó. La tela traslúcida me marcaba los pezones, y vi de reojo cómo Hilda le tiraba un manotazo al chico para que disimulara. Casi me río en voz alta. No, no fue la última vez que bajé con ese blusón.

***

Lo que empezó como juego se complicó pronto. Una noche, al doblar mi ropa interior, me di cuenta de que las bragas estaban en otro orden. No era la primera vez. Lo sabía desde hacía semanas y lo había tolerado como parte de la travesura. Pero esa noche encontré una pantaleta sucia. Una mancha amarillenta y reseca que no era mía. No hacía falta ser detective.

Lo primero fue rabia. Después incomodidad. Después una mezcla rara de las dos. Pensé en decírselo a Hilda, pero la imagen de la mujer humillando a su hijo delante de mí no me sentaba bien. Pensé en llamar al chico aparte. Tampoco. Eso habría terminado con el juego, y yo todavía no quería terminarlo.

Me quedé con la pantaleta en la mano y se me ocurrió otra cosa. Algo que mezclaba travesura, control y un poco de venganza dulce.

Esa noche, después de cenar, me metí en la cama con la luz apagada y me toqué pensando en él. No en él en concreto, sino en la idea. Un chico de dieciocho años, encerrado en mi armario, eligiendo qué pieza llevarse. Me imaginé su cara al desplegar la tela, la urgencia con la que se la habría llevado a la nariz, la rapidez con la que se habría desabrochado el pantalón. Me corrí con esa imagen, encima de mis propias bragas, hasta dejarlas empapadas.

A la mañana siguiente me levanté temprano, las doblé con cuidado y dejé encima una nota. «Quédate con estas, siempre que dejes el resto de mi ropa en paz». Las puse sobre mi cama, antes de bajar a recibir a Hilda. Me aseguré de que esa mañana Mateo limpiara mi dormitorio.

Nunca más volví a encontrar manchas en mi ropa interior. Pero las miradas se volvieron más descaradas. Ahora sabía que tenía mi permiso. Mi permiso parcial, mi permiso de tramoyista. Y ese permiso lo envalentonó.

***

El baño se convirtió en su escenario favorito. Cada mañana entraba a limpiarlo justo cuando yo terminaba la ducha. Yo dejaba la puerta del dormitorio entreabierta, me secaba el pelo frente al tocador, y él fingía pasar la mopa por el pasillo. Si era el día indicado, dejaba caer la toalla al cruzar al armario, siempre dándole la espalda. Nunca de frente. La frustración era parte del juego.

Una mañana decidí subir la apuesta. Entré a la ducha con un dildo metido bajo la toalla. Cerré la puerta del baño, lo pegué con la base de succión al azulejo y me lo monté hasta correrme. Cuando salí, dejé el aparato pegado a la pared, brillante, todavía húmedo, en el lugar exacto donde Mateo iba a verlo al entrar a limpiar.

Quería que su imaginación trabajase por mí. Que se imaginara la escena. Que se llevara esa imagen al baño de su casa esa noche.

***

Llevábamos ocho meses con el jueguito. A veces me preguntaba hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Si él tenía aún el valor de cruzar el umbral. Si yo iba a dejarlo. Lo pensaba más de lo que me convenía.

Una tarde me cancelaron una reunión. Salí del estudio antes de lo habitual, con la idea de quitarme el traje sastre y echarme un rato. Subí a mi cuarto y encontré a Mateo barriendo todavía.

—Ya termino, señora —murmuró él, alzando la escoba—. En un minuto.

—Tómate tu tiempo —le respondí, con una sonrisa que no era inocente—. Voy a cambiarme.

Entré al cuarto, dejé la puerta entreabierta y empecé a desvestirme. Sabía que él seguía afuera. Veía la sombra de sus zapatos por la rendija. Me quité los tacones, el saco, la blusa, la falda, las medias, el sostén y las bragas en ese orden. Dejé que la rutina contara la historia.

El tocador estaba en un ángulo muerto desde el pasillo. Para verme desnuda, él habría tenido que asomar la cabeza con descaro, y yo sabía que no se atrevería. Pero entre el tocador y el armario había que cruzar el centro del cuarto. Lo hice dos veces, completamente desnuda, sin prisa.

De reojo confirmé que la sombra no se había movido del pasillo.

Desde aquel día tomé la costumbre de «olvidar» cerrar las puertas. La del baño, la del dormitorio. Me vestía a medias y a medias me dejaba ver. Nunca de frente, nunca el plano completo. Siempre la espalda, una nalga, el contorno del pecho contra la cortina. La promesa, no el cumplimiento.

Y Mateo se portaba bien. No entraba. No se asomaba más de lo concedido. Solo su pantalón lo delataba. Cada mañana, el vaquero se le tensaba en la entrepierna como si fuera a romperse por la costura. Esa imagen era el postre. Lo que de verdad me alimentaba el ego.

***

El día en que todo se torció era un martes cualquiera. Yo estaba en el cuarto, recostada sobre la cama, mirando el móvil. Llevaba el traje de oficina porque acababa de terminar una llamada con clientes diez minutos antes. Falda lápiz, blusa, saco. Debajo, una lencería blanca de encaje con un liguero a juego y unas medias de seda que me llegaban a medio muslo. Nada coreográfico. La había elegido por la mañana sin pensar mucho.

Mateo estaba en el pasillo, fingiendo trapear. Pasaba de un lado a otro frente a mi puerta abierta. Lo hacía todos los días, pero ese día yo decidí que esa rutina ya me aburría.

Me quité los zapatos. Empecé a deslizar las manos por mis muslos, despacio, mirando la pantalla como si nada. Cuando él se perdió un instante hacia el otro extremo del pasillo, me deshice del saco y de la falda. Cuando volvió a pasar, casi se le cayó el palo de la mopa.

Lo vi detenerse en seco frente a la puerta. Vi cómo se le abrían los ojos al confirmar que aquello no era un error de perspectiva. Por dentro me reía como una niña, pero por fuera mantuve la cara neutra y seguí tocándome por encima de la lencería.

Me desabroché la blusa lentamente, botón a botón, hasta dejarla abierta. El sostén era de encaje fino, casi transparente. Sabía exactamente lo que veía. La sombra de mis pezones bajo la tela.

Cuando me quité la blusa, nuestras miradas se cruzaron por primera vez en ocho meses. Él estaba petrificado en el umbral, con la mopa colgando.

—Iba a limpiar el cuarto, señora —balbuceó—. Puedo volver más tarde.

—No hace falta —dije, con una calma que me sorprendió a mí misma—. Pasa.

***

Entró despacio, sin saber qué hacer con las manos. Yo seguía recostada en la cama, en sujetador, bragas, liguero y medias, con el móvil en la mano izquierda y la derecha paseándose por mis costillas. Él empezó a barrer el mismo metro cuadrado una y otra vez.

Deslicé uno de los tirantes del sujetador y vi cómo se le agitaba la respiración. Abrí las piernas. Doblé las rodillas. Sus ojos saltaron a mi entrepierna y se quedaron ahí, intentando atravesar la tela blanca de las bragas.

Bajé la mano. Empecé a tocarme por encima del encaje, dibujando círculos lentos. La lencería se humedecía rápido, lo notaba contra los dedos. Mateo se había olvidado de la escoba. Estaba quieto, con la boca entreabierta, intentando no jadear.

Me llevé la otra mano a la espalda y desabroché el sostén. Lo dejé caer al costado. Mis pechos quedaron al descubierto y él soltó un suspiro que se oyó en toda la habitación. Bajé las piernas, estiré el cuerpo y le di un par de segundos para que asimilara.

—¿Te gusta lo que ves? —le pregunté, dejando el móvil a un lado.

—Sí —contestó, con la voz hecha un nudo.

—Demuéstramelo.

Lo miré, miré el bulto evidente bajo su pantalón, y volví a mirarlo a los ojos. Él tragó saliva, se desabrochó el botón, se bajó el cierre y dejó caer el vaquero hasta los muslos. Por encima del elástico del calzoncillo asomaba un pene rojo, hinchado, completamente recto.

Empezó a masturbarse mirándome. Yo me quité las bragas y las dejé caer al suelo, justo en el cuadrado que él había estado barriendo. Me quedé en medias y liguero, abierta de piernas, masajeándome el clítoris para él.

Cuanto más se tocaba, más me excitaba yo. Cuanto más me miraba, más me abría. Llevábamos así dos o tres minutos cuando comprendí que necesitaba más. La madre estaba abajo, podía subir en cualquier momento, y yo no iba a quedarme con las ganas.

Me giré, me puse a cuatro patas, y le ofrecí la vista directa. Me arrastré hacia el borde de la cama y esperé.

No dije nada. Sentí su mano, primero tímida, sobre mi nalga. Después la cabeza de su miembro tanteando torpemente. Le ayudé a encontrar el ángulo —era nuevo en esto, se notaba—, y por fin entró. Caliente, duro, virgen.

Empujó con la torpeza de los primeros días. Yo me mecía hacia atrás, marcándole el ritmo, sintiendo cómo aquel chico me llenaba con todo lo que llevaba ocho meses queriendo darme. Cada golpe sonaba en la habitación silenciosa.

—No te vengas dentro —le susurré, jadeando.

Me tocaba el clítoris con la mano izquierda mientras él me embestía. No fue la mejor sesión técnica de mi vida —era impaciente, irregular, demasiado rápido—, pero el morbo me sobraba para llegar. Ocho meses de juego, de miradas, de bragas marcadas, de duchas con la puerta abierta. Toda esa premeditación se me vino encima como una ola.

Me corrí mordiendo la almohada, conteniendo el grito por miedo a que Hilda lo oyera desde la cocina. Mi vagina se contraía alrededor de él en espasmos largos, y casi lo arrastró. Justo a tiempo, Mateo se salió y eyaculó sobre mis nalgas, sobre el liguero, sobre la cama.

Tardé unos segundos en moverme. Él se quedó de pie, jadeando, sin saber qué hacer.

—Vístete —le dije, todavía contra el colchón—. Y termina de barrer.

Él obedeció en silencio. Yo me quedé bocabajo, sintiendo cómo el calor me bajaba poco a poco del pecho a las caderas. Aquel orgasmo no fue el más intenso de mi vida por la mecánica. Lo fue por la maquinaria. Por ocho meses planeando un instante sin saber siquiera que lo estaba planeando.

Y, sobre todo, por una cosa. El control. Saber exactamente quién había escrito el guión, frase por frase, mirada por mirada, desde el primer día.

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Comentarios (5)

Nico_BA99

que buenisimo, me engancho desde el primer parrafo!!!

LucianoK

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como sigue

MarisolKDP

me recordo a algo que me paso hace años jaja. Muy bien narrado, se siente autentico

Marcelino_ch

Interesante la perspectiva de ella. No es el tipico relato que va directo al grano y eso se agradece

lector_oculto

excelente relato, sencillo pero muy caliente

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