Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que crucé el límite con mi mejor amiga

Es viernes por la noche y la espero en la puerta del local. No tiene letrero. Solo una luz roja apagada sobre el dintel y un timbre que hay que apretar dos veces. Camila lo eligió ella misma, después de tres semanas mandándome enlaces que yo borraba sin abrir y reabriendo tres días más tarde. Las dos llevábamos años casadas. Las dos teníamos ese cansancio sordo que se acumula en los matrimonios buenos, los que nadie cuestiona porque no hay nada concreto que cuestionar.

—Perdón por la tardanza —dice apareciendo desde la esquina.

Lleva un vestido azul cobalto que le termina muy por encima de la rodilla, y unos tacones que la hacen una cabeza más alta que yo. El pelo rubio recogido en un moño bajo, dos mechones sueltos a los lados del cuello. Camila siempre fue la guapa de las dos, y esta noche se ha esmerado. Yo me he puesto un vestido negro corto, demasiado ajustado en el pecho porque mis tetas nunca caben donde deberían. El pelo color cobre suelto sobre los hombros. Cuando me mira de arriba abajo, sonríe.

—Vamos —digo, antes de pensarlo demasiado.

En la entrada, un tipo enorme con la cabeza rapada y un piercing en la ceja nos pide el nombre. Reservé yo, con mi apellido de soltera, por si acaso. El hombre busca en una tablet, asiente y nos invita a pasar.

Un pasillo largo, luces fluorescentes color rosa empotradas en el zócalo, música apagada que se filtra desde algún sitio que todavía no veo. Camila me toma de la mano. No me mira al hacerlo. Yo tampoco se la suelto.

Salimos a una sala grande, con sillones de cuero gastado y un escenario central. Hay bailarinas. Hay hombres bailando para mujeres. Hay parejas, hay grupos, hay gente sola. Nadie nos mira a nosotras, y eso me alivia más de lo que esperaba.

—Es aquí —digo, tirando de ella hacia una puerta negra al fondo. El número siete pintado en blanco. La reservé por internet sin saber muy bien qué esperaba encontrar.

Dentro, el ambiente cambia. La habitación es pequeña, íntima. Una cama baja con sábanas color vino, frente a un escenario diminuto con un tubo metálico que va del suelo al techo. La iluminación es roja, baja, indirecta. A un costado, un sillón de terciopelo profundo y una mesa con dos copas y una botella de champán dentro de una cubitera empañada.

Camila se sienta en el sillón. Cruza las piernas y el vestido se le sube todavía más. Me muerdo el labio sin querer.

—Sírveme —pide.

Le abro la botella. El corcho salta y la copa me tiembla un poco cuando se la entrego. Ella lo nota. No comenta nada. Solo sonríe y bebe el primer trago largo, sin apartar los ojos de los míos.

Las luces sobre la cama se apagan. Las del escenario suben. Y entonces ella aparece.

***

La bailarina lleva un body blanco de cuello alto y unas orejas largas de conejo sobre la cabeza. Una colita pomposa apretada en la base de la espalda. El maquillaje es intenso, casi teatral: pestañas exageradas, labios rojos, pómulos marcados con un brillo de purpurina. Es más joven que nosotras, treinta como mucho. Cuerpo entrenado, no de gimnasio, sino de bailarina de verdad: piernas largas, abdomen plano, hombros redondeados, cintura que se hunde.

Empieza una música lenta. Algo electrónico, con percusión grave que se siente más que se escucha. Ella nos da la espalda, se inclina hacia delante, y su trasero queda apuntando directamente hacia donde estamos sentadas. No es un trasero cualquiera. Es redondo, alto, firme, dividido por la costura tensa del body. Me hipnotiza durante varios segundos en los que olvido que Camila está a mi lado.

Cuando vuelvo a mirar, Camila tiene los labios entreabiertos.

La bailarina se incorpora despacio, apoya una mano en el tubo y comienza a girar a su alrededor sin tocar el suelo más que con la punta de un tacón. Sube y baja las manos por el metal, con una lentitud que parece obscena. Apoya el pecho contra el tubo y aprieta. El metal queda entre sus dos pechos, abultados, sostenidos por la tela tensa del body. Después abre las piernas y deja que el tubo le quede entre los muslos, justo donde no debería.

Entonces sube. En un solo movimiento, sin esfuerzo aparente, enrolla una pierna en el tubo y se eleva. Se queda suspendida, arqueada hacia atrás, sostenida solo por la fuerza de los muslos. La música baja un poco. Su mano busca el escote del body y tira hasta que la tela se rasga. Un pecho queda al aire, redondo, con el pezón endurecido. Se lo pellizca con dos dedos, despacio, sin dejar de mirarnos.

Yo aprieto las piernas. No me doy cuenta de que lo estoy haciendo hasta que Camila lo nota.

***

Giro la cabeza. Camila tiene la mano izquierda apretada entre los muslos, por encima del vestido, y la derecha presionándose un pecho a través de la tela. Tiene los ojos cerrados. La boca abierta. Está respirando rápido, como si llevara rato así y yo no me hubiera enterado.

Acerco la mía a su rodilla. La piel está caliente. Subo, despacio, palmo a palmo por la cara interna del muslo. Espero un rechazo que no llega. Cuando mi mano alcanza el final del vestido, Camila la toma con la suya y la guía adentro, sin hablar, sin abrir los ojos.

No lleva nada debajo.

Está empapada. Más empapada de lo que esperaba, mucho más. Mis dedos se deslizan en ella sin esfuerzo, recorren el clítoris, los labios, el contorno de la entrada. Camila arquea la espalda y suelta un gemido grave, casi de queja, que se mezcla con la música y con el de la bailarina, que en el escenario se ha bajado del tubo y se contorsiona contra él, frotando el body desgarrado contra el metal.

—Así, Mari —susurra Camila—. Justo así.

Me bajo del sillón. Me arrodillo entre sus piernas. Le abro los muslos con las dos manos y la tengo ahí, frente a la cara, abierta, brillante, palpitante. Acerco primero la nariz. La huelo. Es un olor que reconozco aunque nunca lo haya respirado de otra mujer: el mío amplificado, mezclado con su perfume cítrico y con el aroma seco del cuero del sillón.

La beso. No la lamo todavía. Solo la beso, con los labios cerrados, sobre el clítoris. Camila tiembla entera.

Después la abro con la lengua. Recorro la raja entera, de abajo arriba, con calma. Repito una vez, otra. La tercera vez me detengo en el clítoris y hago círculos pequeños, apretados. Camila me agarra el pelo con las dos manos y empuja mi cara contra ella. No me deja respirar. No me importa.

Por el rabillo del ojo veo a la bailarina. Se ha quitado el body entero. Ahora solo lleva una tanga blanca diminuta y las orejas de conejo. Tiene una pierna apoyada en el suelo y la otra enroscada al tubo. Se frota contra él con los ojos cerrados, como si nadie la mirara. Y entonces, justo en ese instante, abre los ojos y nos mira directo. A Camila gimiéndome encima del sillón. A mí con la cara hundida entre sus piernas. La bailarina sonríe sin dejar de moverse.

Sigo lamiendo a Camila más despacio, casi en cámara lenta, porque sé que si la termino ahora no voy a poder verle la cara cuando se corra. Su muslo derecho me tiembla pegado a la oreja. La oigo respirar contra el respaldo. Hundo un dedo. Después dos. Mi lengua sigue trabajando arriba mientras los dedos buscan abajo, doblándose, presionando ese punto que mi propio marido tardó cinco años en encontrar y que yo encuentro en ella a la primera, como si llevara toda la vida buscándolo en alguien más.

Camila se corre con un grito ahogado contra el dorso de su propia mano. Tiene la otra todavía aferrada a mi pelo. No me suelta enseguida. Me deja quieta entre sus piernas, recuperando el aliento las dos, hasta que afloja los dedos y me acaricia la nuca.

***

—Quiero hacerte lo mismo —dice después.

Su voz suena ronca, deshecha. Se incorpora a medias y me empuja con suavidad hacia el sillón. Ahora soy yo la que se sienta, todavía vestida, con la falda subida hasta la cintura y el sostén asomando por uno de los tirantes que se ha caído sin que yo lo notara.

Camila me sube ese tirante y luego, sin pedir permiso, me baja los dos del vestido. Mis pechos saltan, demasiado grandes para el corpiño, marcados por la línea blanca del bañador de verano. Ella se queda mirándolos un instante. Después se inclina y se mete uno entero en la boca.

Cierro los ojos. Sus dientes me rozan el pezón con la delicadeza justa para no doler. La otra mano me sube por la pierna, encuentra la tanga, la aparta. Sus dedos me recorren con una lentitud que es casi cruel. Yo levanto las caderas buscando más, buscando que entre, que se decida.

—Tranquila, Mari —susurra contra mi pecho—. Tenemos toda la noche.

Y entonces se arrodilla, igual que hice yo antes, y baja la cara entre mis piernas.

La primera lamida me arranca un sonido que no reconozco. Camila se ríe bajito, sin separarse, y vuelve a pasar la lengua. Lento, lento, hasta que el ritmo se me mete en el cuerpo y dejo de pensar en el tubo, en la bailarina, en mi marido durmiendo solo en la cama del piso de arriba a cuarenta minutos en coche. Pienso solo en su lengua y en el aire que entra y sale por mi nariz.

La bailarina, en el escenario, también se ha quitado la tanga. Se ha tumbado en el suelo del escenario, con las piernas muy abiertas, una rodilla flexionada, y se acaricia despacio. No la miro al principio, pero cuando la lengua de Camila empieza a moverse en serio, cuando los dedos entran en mí con un ritmo que conoce mi cuerpo mejor de lo que mi marido lo ha conocido en diez años, busco a la bailarina con los ojos. Está ahí. Mirándome. Tocándose por mí, casi con prisa.

Me corro largo. Fuerte. Sin previo aviso. Tiro del pelo de Camila sin querer y ella se ríe contra mi sexo, y luego sigue, porque sabe que con uno no me basta y porque al parecer me conoce mejor de lo que yo creía.

El segundo orgasmo llega más rápido y más sucio. Me golpea desde el vientre y me sube hasta la garganta. Cuando termino, le pongo las dos manos en las mejillas y la subo, y la beso en la boca por primera vez en quince años de amistad. Sabe a mí.

***

Cuando salimos del cuarto, la sala grande está casi vacía. Son las tres de la mañana. La bailarina del tubo ya no está. En el escenario hay otra mujer, vestida de policía, atándose un cinturón con esposas falsas. No nos detenemos.

Camila me toma de la mano otra vez, pero esta vez sí me mira. No dice nada. Solo me aprieta los dedos hasta que me duelen un poco, y aflojan.

Afuera, en la calle, el aire es frío y huele a asfalto mojado. Los taxis pasan despacio. Ninguna de las dos llama uno todavía.

—¿Volvemos? —pregunta ella.

No le pregunto a qué se refiere. A casa. Al bar. Al cuarto del fondo. A esa mujer en el escenario que nos miraba como si supiera algo de nosotras que ni nosotras mismas sabíamos del todo.

—Volvemos —digo.

No aclaro a dónde. Y ella tampoco me lo pregunta.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios (6)

LunaNocturna_99

Que relato tan bien escrito!! me encanto desde el primer parrafo, sigan viniendo asi

VeroMdq

Por favor que haya una segunda parte, quede con muchas ganas de mas. El inicio ya me atrapo

LauraV

Me recordo a algo que me paso hace años con una amiga del colegio, nunca llegamos tan lejos pero el ambiente era igual de cargado jajaja. Gracias por compartirlo

Chela_ok

increible!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

SilenaR27

Me gusto mucho como lo narraron, se siente autentico sin pasarse de la raya. Es de esos relatos que te quedas pensando un rato despues de leerlo. Espero mas

marianela22

Bien escrito y muy sensible para la categoria, no es facil encontrar algo asi. Saludos!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.