Reservé un masaje y nos miraban detrás del vidrio
Eduardo apagó el motor del auto a las 18:43 y se quedó unos segundos mirando la puerta del edificio. Había estacionado en doble fila sobre Honduras al 5400, en Palermo Soho, y le importaba poco si volvía a encontrar una multa pegada al parabrisas. Llevaba toda la semana repitiendo en silencio las cinco palabras del aviso que había encontrado en un foro privado.
«Masaje tántrico. Discreción absoluta. Cita previa».
Eso era todo. Pero la palabra «tántrico» le había generado un cosquilleo eléctrico en la base del estómago cada vez que la pronunciaba mentalmente. Contador de 52 años, casado hacía veintiséis, padre de un varón ya independizado: era la primera vez en su vida que hacía algo así.
Bajó del auto con las manos sudadas. Camisa azul recién planchada, pantalón de vestir, perfume discreto. En el bolsillo derecho, el celular vibraba con un mensaje de su mujer: «Acordate de pedirle a la kinesióloga que te trabaje bien la cervical». Respondió con un emoji de pulgar arriba y silenció el aparato.
Subió por un ascensor antiguo de rejas, con espejo manchado y olor a madera vieja. Cuarto piso, departamento C. Tocó el timbre una sola vez, corto, como quien no quiere molestar.
La puerta se abrió de inmediato.
Del otro lado lo recibió una mujer de unos treinta años, piel canela, pelo negro lacio hasta la cintura, labios pintados de un rojo profundo. Llevaba una bata corta de seda negra, atada flojamente sobre un conjunto de encaje borgoña que apenas escondía dos pechos pesados y un vientre plano. Estaba descalza.
—Buenas, Eduardo. Pasá, no te quedes en el pasillo —dijo con voz baja y aterciopelada—. Soy Camila.
Él entró. El departamento era pequeño y cuidado: paredes color vino, luces cálidas, un aroma denso a sándalo mezclado con jazmín. A la izquierda, un baño con la puerta entornada; al fondo, la sala. No había camilla. En el centro del piso, un tatami grueso cubierto por una sábana blanca, con otra sábana de seda granate doblada al costado. Velas gruesas encendidas, un difusor humeando, una mesita baja con aceites, una jarrita de cerámica, una copa de cristal y una bandejita con dátiles e higos.
Pero lo que le llamó la atención fue la pared opuesta al tatami: un panel grande de vidrio espejado, del piso al techo, que reflejaba toda la sala. Eduardo se vio en él un segundo, ridículo y nervioso, y desvió la mirada.
—Cerrá la puerta con llave, por favor —pidió Camila sin voltear—. Acá nadie interrumpe.
El clic del cerrojo sonó demasiado fuerte en el silencio.
Ella se dio vuelta y lo miró de arriba abajo, sin disimulo. Sonrió apenas.
—Primera vez con tantra, ¿no?
—Sí. Vi el aviso y me llamó la atención lo de «tántrico».
—A todos les pasa. Sentate un segundo, te explico cómo trabajo.
Señaló un puff de terciopelo negro junto al tatami. Eduardo se sentó. Ella se quedó parada frente a él, las piernas ligeramente abiertas. La bata se entreabrió y dejó ver la curva interna del muslo y un borde de encaje húmedo.
—Hay dos opciones —dijo, cruzando los brazos debajo de los pechos—. La primera es un masaje sueco común, con ropa interior puesta, sin contacto sexual. La segunda es lo que llamo el rojo: trabajamos los dos desnudos, cuerpo a cuerpo, con aceites tibios, alimentación sagrada y, si tu cuerpo lo pide, masaje del lingam. Dos horas y media largas. Salís caminando distinto.
Eduardo tragó saliva. La erección ya empujaba contra el pantalón.
—Antes de elegir —agregó ella, suave—, hay algo que tengo que aclararte. Esa pared no es un espejo.
Él miró. La sala se reflejaba perfecta en el cristal.
—Es un vidrio espejado de un solo lado. Del otro vive Renata, mi socia. A veces se sienta a mirar las sesiones para corregirme la técnica. No siempre. Nunca avisa cuándo está y cuándo no. Si elegís el rojo, tenés que aceptar que puede haber otra mujer del otro lado, en silencio, observando todo. Si no querés, le mando un mensaje ahora y se va a tomar un café a la vuelta.
Eduardo sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas. Miró el vidrio. Era imposible saber si había alguien. Pero la sola posibilidad le electrizó el cuerpo entero.
—Que se quede —dijo, casi sin reconocer su propia voz.
Camila sonrió con los ojos.
—Sabía que ibas a elegir bien. Entonces el rojo. Pactamos límites rápido: besos, manos, boca, penetración si te nace, sin ataduras ni dolor. ¿Algo que no quieras?
—Nada raro. Solo… que ella no entre.
—Ella nunca entra. Solo mira. ¿Alguna fantasía para hoy?
Eduardo se sonrojó hasta las orejas. Miró el vidrio antes de responder.
—Quiero que ella vea todo. Todo.
Camila se rio bajo, una risa caliente, casi animal.
—Entonces hoy le vamos a regalar una buena función. Andá a ducharte. Hay jabón de coco en el baño. Salís desnudo, te acostás boca abajo. El resto lo manejo yo.
***
Eduardo entró al baño y cerró la puerta. Se miró en el espejo: ojos brillantes, mejillas encendidas, una erección ridícula marcándose contra la tela. Se desvistió pieza por pieza, dobló la ropa como un colegial obediente, abrió la ducha y dejó que el agua caliente le cayera sobre los hombros. Repetía en silencio una sola frase, como un mantra.
Hay alguien mirando. Hay alguien mirando.
Cuando salió, envuelto en una toalla pequeña, Camila ya estaba arrodillada junto al tatami. Había encendido cuatro velas más. La bata estaba en el piso; ahora solo llevaba la tanguita borgoña. Sus pechos se movían libres con cada gesto.
—Dejá caer la toalla. Acostate boca abajo, brazos a los lados. A partir de acá, mando yo.
Eduardo obedeció. La toalla cayó. Antes de bajar la mirada, alcanzó a verse de cuerpo entero en el vidrio espejado: un hombre de cincuenta y dos años, desnudo, con una erección obscena, frente a una sala que tal vez tenía público.
Se acostó. La sábana estaba tibia. Apoyó la mejilla derecha sobre los antebrazos cruzados y cerró los ojos. El pulso le retumbaba en las sienes.
Camila rodeó el tatami dos veces, sin prisa. El leve tintineo de su pulsera era el único sonido. Se arrodilló a la altura de su cabeza.
—Respirá conmigo. Inhalá cuatro… exhalá seis…
Diez ciclos. Cada exhalación le aflojaba un poco más los hombros. El primer chorro de aceite cayó tibio sobre la séptima vértebra y bajó en dos ríos lentos hacia los omóplatos. Olía a coco y vainilla. Las manos de Camila se posaron sin presión, solo calor.
—No pienses en el vidrio —susurró—. Sentí. Si está, está. Si no, también.
Pero él pensaba en el vidrio.
Imaginaba a Renata sentada del otro lado, en una silla baja, una copa de vino en la mano, las piernas cruzadas, mirándolo en silencio. Esa imagen era más excitante que cualquier caricia. El pene atrapado bajo el vientre dio un primer salto involuntario.
Camila vertió un segundo chorro, esta vez desde la nuca hasta la rabadilla. Cuando el aceite llegó al final de la columna, se coló entre las nalgas. Eduardo se contrajo entero y sintió que la cara se le ponía caliente. Si Renata estaba ahí, lo acababa de ver. La sola idea le arrancó un gemido sordo.
—Ya empezó la función, amor —murmuró Camila junto a su oído, como leyéndole la mente—. Respirá.
Se quitó la tanga con un movimiento húmedo. El olor de su excitación se hizo presente, dulce y salado. Se subió al tatami y se sentó a horcajadas sobre el sacro de Eduardo. El calor de su sexo abierto se apoyó directamente sobre la piel de él. Empezó a mecerse adelante y atrás, lentísimo. Cada vez que avanzaba, los pezones le dibujaban líneas de fuego en los omóplatos.
—Mirá al frente —dijo de pronto.
Eduardo levantó la cabeza. En el vidrio espejado se vio: él boca abajo, los glúteos brillantes de aceite, y ella encima, desnuda, los pechos balanceándose, una sonrisa felina dibujada en los labios pintados. Si había alguien del otro lado, estaba viendo exactamente lo mismo.
El pene se sacudió tan fuerte contra la sábana que la levantó.
—Ahí está —dijo ella—. Esa imagen es la que estás regalando.
***
El masaje siguió durante casi una hora antes de que ella le pidiera darse vuelta. Veinte minutos de glúteos y muslos, otros tantos en brazos y manos, una eternidad concentrada en la espalda baja, donde Camila se inclinaba tanto que sus pezones le rozaban la piel con cada pasada. En todo ese tiempo, Eduardo no dejó de mirar de reojo el vidrio. A veces creía adivinar un movimiento detrás. A veces, nada. Esa duda era el verdadero combustible.
Cuando finalmente giró boca arriba, el pene se irguió de golpe, apuntando al techo, con un hilo brillante colgando del frenillo. Camila soltó un sonido bajo de aprobación.
—Hermoso —dijo, casi como si hablara para otra persona—. Mirá esto, Renata. Mirá cómo late.
Eduardo se estremeció entero. Le hablaba al vidrio. Le hablaba a alguien que él no podía ver pero que tal vez lo estaba viendo a él. Sintió que la próstata se le hinchaba como si tuviera vida propia.
Ella tomó la copa de cristal y bebió un sorbo largo de un elixir dorado: miel, jengibre, cacao amargo, un toque de pimienta. Se inclinó, dejó caer un hilo tibio sobre los labios de Eduardo y lo besó con la boca todavía llena. La saliva, la miel y el jengibre se mezclaron en su lengua. Le levantó un dátil con los dientes, lo abrió, le pasó la mitad. Le ofreció un higo seco untado en su propia humedad. Cada gesto era lento, teatral, calculado para una mirada externa.
Después se sentó a horcajadas sobre sus muslos, las nalgas apoyadas justo en el comienzo del pene. Tomó la base con las dos manos aceitadas y empezó un movimiento en espiral: subía una mano mientras la otra bajaba, apretando, soltando, apretando. Cuando llegaba al glande, giraba la muñeca y presionaba bajo el frenillo con el pulgar.
—No te corras —le ordenó, mirándolo a los ojos—. Cuando estés cerca, avisás. Yo decido cuándo.
Eduardo asintió. Era incapaz de hablar.
Cada vez que sentía que el orgasmo subía, ella le apretaba fuerte la base y contaba diez respiraciones. El pene se ponía morado, después violeta, después morado otra vez. Bordearon el abismo cuatro o cinco veces. Cada bordeo era más alto que el anterior.
Entre vuelta y vuelta, ella se inclinaba hacia el vidrio.
—¿Te gusta lo que ves, Renata? —decía, con una sonrisa de costado—. Mirá cómo aguanta. Es de los buenos.
Eduardo sintió cada palabra como un latigazo eléctrico. La idea de que del otro lado hubiera una mujer juzgándolo, evaluándolo, mirándolo aguantar, le aceleró el pulso hasta el punto de marearlo. En ningún momento Renata se había manifestado. En ningún momento alguien había confirmado que estuviera. Y exactamente esa duda era lo que lo tenía al borde.
***
Cuando Camila finalmente decidió que era suficiente, lo hizo sentar contra una pila de almohadones, abrió las piernas a los costados de su cuerpo, se acercó hasta que el pene quedó atrapado entre los dos vientres y lo guió despacio dentro de ella. Estaba ardiendo, empapada, increíblemente apretada. Lo besó profundo mientras empezaba a moverse en círculos lentos.
—Mirá el vidrio —susurró contra su oreja.
Él miró. Se vio penetrándola, las manos de ella en sus hombros, el pelo negro cayéndole sobre los pechos. Se vio como tal vez lo estaba viendo otra mujer.
Esa fue la imagen que lo terminó de romper.
—Voy a… —alcanzó a decir.
—Ahora sí, dámelo todo —respondió ella, apretándolo con los músculos internos.
Eduardo explotó dentro de ella con un gemido largo, gutural, que le salió desde algún lugar muy hondo. Camila lo siguió un segundo después, mordiéndole el cuello, las uñas clavadas en sus omóplatos. Permanecieron unidos un minuto, dos, respirando juntos, hasta que el último temblor cedió.
Ella se levantó despacio, le besó la frente y le susurró:
—Vení, te ayudo a ducharte.
***
En la ducha lo lavó ella misma con jabón de coco. Lo secó con una toalla tibia que olía a rosas. Lo vistió pieza por pieza y le peinó el pelo con los dedos, como si fuera un chico. Cuando Eduardo terminó de calzarse los zapatos, miró por última vez el vidrio del living. Seguía sin saber si había habido alguien del otro lado durante esas tres horas.
—¿Estuvo? —preguntó al fin, mientras Camila le abría la puerta.
Ella sonrió con malicia, sin contestar. Le acomodó el cuello de la camisa.
—Volvé cuando quieras, Eduardo. Y la próxima vez, si tenés ganas, te dejo elegir si querés saberlo o no.
Él salió al pasillo, bajó por el ascensor antiguo y caminó hasta el auto a las 21:58. La calle estaba viva, los bares de la esquina empezaban a llenarse. Caminaba distinto, como ella le había prometido. En el bolsillo, el celular vibraba con mensajes de su mujer.
Sonrió. Nadie iba a notar nada.
Pero durante semanas, cada vez que entrara al baño de su casa y se cruzara con el espejo, iba a preguntarse si del otro lado había alguien mirándolo.