Mi mujer, tres universitarios y un departamento prestado
Me llamo Mateo, tengo cuarenta y siete años y llevo casado con Daniela casi dos décadas. Ella tiene cuarenta. Lo que voy a contar pasó hace dos años y todavía lo conversamos en voz baja cuando manejamos de noche y no hay nadie más alrededor.
Esa semana teníamos un plan armado. Un single de otra ciudad nos había escrito por la app, quería conocernos en persona y pasar la noche con nosotros. Estuvimos los días previos cruzando mensajes, mandándole alguna foto, calentando la cosa. El sábado a las nueve de la noche, cuando ya estábamos vestidos y por salir, llegó su mensaje: que no iba a poder, que se le había complicado, que la próxima.
Daniela tiró el teléfono sobre la cama.
—Me arreglé al pedo —dijo.
—No te arreglaste al pedo. Vamos a salir igual.
Me miró con esa cara de fastidio que se le pone cuando no sabe si seguir enojada o reírse. Le ganó el vestido. Llevaba uno negro corto, ajustado en la cintura, escote en V, y se había puesto el labial rojo intenso que reserva para cuando quiere que alguien la mire. Y alguien la iba a mirar. Eso estaba escrito.
Fuimos a un boliche pegado a un centro comercial nuevo. Daniela pidió un margarita, después otro, después un tercero. A la una de la mañana se reía con todo el cuerpo, me agarraba del cuello, me hablaba demasiado cerca de la boca. Para las dos ya estaba en ese punto exacto que ella conoce y yo conozco: alegre, pero lúcida; suelta, pero no perdida.
—Vamos a casa —le dije al oído.
—No tengo ganas de irme todavía —contestó arrastrando las palabras de mentira. Le encanta hacerse la borracha cuando no lo está.
Subimos al coche. En el camino se quejó tres veces de que ese tarado nos hubiera cancelado. «Me había hecho la idea», repetía, «yo ya me había hecho la idea». No estaba enojada conmigo, estaba enojada con el universo.
—Tengo el coño empapado desde las ocho de la tarde —me largó de repente, con la cara pegada al vidrio—. Y ahora resulta que me voy a dormir con las bragas mojadas al pedo.
—Nadie dijo que te vas a dormir con las bragas mojadas.
Me miró de reojo, sonriendo apenas.
Tomé la avenida que da la vuelta larga a casa. Pasamos frente al salón de fiestas Las Magnolias, un lugar donde alquilan para egresados y cumpleaños de quince. Estaba saliendo gente, sobre todo grupos de chicos de veintipocos. Reduje la velocidad.
—Hacete la mareada —le dije.
—¿Qué?
—Lo que oíste. Cabeza para atrás, ojos a medias, no respondas si te preguntan. Ya.
Me miró un segundo y entendió. Daniela siempre entiende rápido. Le subí el ruedo del vestido un palmo, casi hasta donde le empezaba la lencería negra. Le solté dos botones más del escote y le bajé el corpiño lo justo para que se le marcara la curva del pecho sin llegar a verse del todo. Apoyó la nuca en el respaldo, separó apenas las rodillas y se entregó al papel.
Frené el coche a la altura de tres chicos que esperaban en la vereda. Bajé la ventanilla.
—Disculpame —les dije—. No somos de acá. ¿Dónde queda algún motel cerca? A mi mujer se le pasaron las copas, anda mareada y un poco caliente. Necesito acostarla en algún lado.
El más alto de los tres se acercó. Iba a contestarme y entonces miró hacia el asiento del acompañante. Se le congeló la boca. Tardó dos segundos largos en arrancar a hablar, y cuando lo hizo, tartamudeó las primeras palabras. Hizo un gesto a los otros dos.
—Vení, vení vos que sabés mejor —dijo, fingiendo que necesitaba ayuda para indicarme una calle que él tenía clarísima.
Los otros dos se asomaron. Pasó lo mismo. Los ojos se les fueron al vestido de Daniela, a los muslos, a la piel del cuello. Uno se mordió el labio. Otro tragó saliva sin disimular. Daniela respiraba hondo y lento, los párpados a media asta, perfecta.
El primero les explicó:
—Quieren ir a un motel. Dice que la mujer está pasada de copas y anda caliente.
—Pero nosotros íbamos justo al depa donde paro —saltó el más bajo, de pelo enrulado—. Estábamos esperando un taxi. Tenemos cervezas frías, tenemos un cuarto con cama, su señora puede descansar tranquila. Y si quieren… —se rió nervioso— hacer lo suyo, hay forros, un montón de forros.
—Sí, dale, venga —dijeron los otros, casi pisándose.
—Listo —contesté—. Suban, indíquenme.
***
El departamento estaba a diez cuadras, en un edificio nuevo sin portero. Un monoambiente alargado con cocina americana, un sillón, un televisor y al fondo una pieza con una cama de dos plazas que ocupaba casi todo el cuarto. Olía a desodorante de hombre joven y a comida recalentada.
Entre los tres ayudaron a llevar a Daniela a la pieza. La acomodaron de costado sobre las sábanas y le metieron una almohada bajo la cabeza con un cuidado casi cómico. Uno le acomodó un mechón detrás de la oreja. Otro le bajó el vestido un par de centímetros, para taparle un poco el muslo, como si la decencia se las exigiera todavía.
Volvimos a la sala. El de pelo enrulado abrió el freezer y sacó cuatro latas. Encendieron el televisor en un canal de música y nos sentamos los cuatro alrededor de una mesa baja llena de carpetas y libros gruesos.
—Arquitectura —dijo el más alto, levantando uno—. Estamos cerrando el segundo año. Hoy fue la despedida de cursada.
—Mañana yo me vuelvo a Mendoza —agregó el del pelo enrulado—. Y Joaco a Tucumán. Solo Bruno se queda, él es de acá.
Bruno asintió sin hablar mucho. Era el más tímido de los tres. Bajito, fornido, con un corte de pelo prolijo y una cara muy joven. Le calculé veinte años, no más.
Tomamos las primeras cervezas hablando de cosas vagas. De dónde éramos, qué hacíamos. Yo les inventé que vendíamos maquinaria agrícola y andábamos viajando. Cada tanto, uno de los tres giraba la cabeza hacia el pasillo que daba al cuarto. No lo podían evitar.
—Permiso, ¿puedo usar el baño? —les pregunté después de la segunda lata—. Échenle un ojo a mi mujer mientras tanto, no vaya a ser cosa que se caiga de la cama.
—Sí, claro, claro —dijeron los tres a la vez.
Me metí en el baño y conté hasta cien. Tiré la cadena, abrí la canilla, hice ruido. Cuando salí, la sala estaba vacía. Los tres estaban parados en el umbral de la pieza, en silencio, mirando.
—¿Todo bien? —pregunté.
Pegaron un saltito.
—Sí, sí, todo bien, está bien dormida —contestó Joaco, el de Tucumán, y volvieron en fila a la sala.
Abrí otra cerveza. Empezaron a soltarse, a contar historias del cursado, una compañera de la que estaban todos enamorados, un profesor que les hacía la vida imposible. Yo escuchaba, asentía, y cada tanto miraba el reloj. Cuarenta minutos después dije que necesitaba volver al baño.
—Vayan de nuevo a echarle un ojo, por favor.
Esta vez conté hasta ciento veinte. Cuando abrí la puerta del baño, la sala seguía vacía. Caminé despacio hasta la pieza y me asomé.
***
Bruno estaba sentado en el borde de la cama, una mano temblándole sobre la rodilla de Daniela. El más alto, que se llamaba Iván, le había abierto otros dos botones del vestido y tenía la boca pegada a uno de sus pechos, con el pezón entero adentro, chupando fuerte, con los ojos cerrados como si estuviera rezando. Joaco, arrodillado al pie de la cama, le había bajado la bombacha hasta las rodillas y le miraba el coño depilado con la boca entreabierta, todavía sin animarse a tocar.
Los tres se quedaron tiesos cuando me vieron en el marco. Joaco soltó el elástico como si quemara. Iván se enderezó con el pezón brillante de saliva colgándole todavía entre los labios. Bruno me miró con cara de chico al que acaban de cachar.
—No pasa nada —dije bajito—. Sigan.
Al escucharme, Daniela abrió los ojos del todo. Despacio. Se incorporó apenas sobre los codos. Iván se quedó mirándola, esperando alguna explosión, una bofetada, algo. Daniela le sostuvo la mirada un segundo, le enganchó la nuca con la mano izquierda y le bajó la cabeza otra vez al pecho.
—Seguí ahí —le dijo con la voz clara, sin rastro de mareo—. Que no habías terminado.
Los tres entendieron lo que estaba pasando sin entender del todo. No preguntaron. Volvieron a lo suyo con la urgencia con la que uno vuelve a un sueño antes de que se le escape. Iván le abrió del todo el vestido, le arrancó los últimos botones y le sacó las tetas del corpiño de un tirón. Se las agarró con las dos manos, las apretó, las juntó y se puso a mamar de una y de la otra, alternando, con la boca abierta, babeándolas.
Yo retrocedí dos pasos, agarré la silla del escritorio que estaba en el rincón, la arrastré hasta el umbral y me senté ahí, con la cerveza en la mano. Desde ese lugar veía la cama entera. La luz tibia de la lámpara de noche le caía a Daniela en diagonal sobre la cara y el cuerpo. Era todo el cuadro que necesitaba.
Joaco terminó de sacarle la bombacha de un tirón por los tobillos. Se la olió antes de tirarla al piso, sin darse cuenta de que yo lo miraba. Se acomodó entre las piernas de Daniela, le abrió los muslos con las palmas y le hundió la cara en el coño. Ella pegó un gemido corto, como si no se lo esperara todavía. Joaco lamía largo, de abajo hacia arriba, chupándole los labios enteros, deteniéndose en el clítoris para hacerlo girar con la punta de la lengua. Daniela le agarró la cabeza con una mano y se la apretó contra el pubis.
—Así, papi —le dijo—. Ahí. Más fuerte con la lengua. Meteme un dedo.
Joaco le metió el dedo del medio y lo curvó adentro, buscándole el punto. Daniela levantó las caderas y le empezó a coger la cara. Le sonaba el coño mojado contra la boca del chico, un chapoteo que llenaba la pieza. Iván le tenía un pezón entre los dientes y se lo tironeaba suave. Bruno seguía en el borde de la cama, con la mano temblando, sin animarse a nada más que mirar.
—Vení —le dijo Daniela girando la cabeza hacia Bruno, con los ojos brillosos—. Dame la boca.
Bruno se acercó torpe y ella lo agarró de la nuca y le metió la lengua entera. Le mordió los labios, lo besó como si se lo quisiera comer. El chico gemía dentro de su boca.
Joaco sacó una tira de preservativos del cajón de la mesa de luz, se puso uno con manos torpes y se acomodó sobre ella. Daniela le abrió las piernas con esa naturalidad que tiene cuando ya decidió que sí. Le agarró la verga con la mano, la miró un segundo — dura, gruesa, palpitando — y se la fue guiando ella misma al coño. Joaco empujó de una y se hundió entero. Daniela abrió la boca en un jadeo largo, sin sonido.
—Uy, la puta madre —dijo el chico, tembloroso—. La puta madre, señora.
—Cogeme —le contestó ella, agarrándolo del culo con las dos manos y clavándole los dedos—. Cogeme fuerte, dale.
Empezó a moverse sobre ella con la respiración entrecortada, demasiado rápido. Le entraba entera y salía casi entera, con un ritmo desesperado. Las tetas de Daniela se sacudían con cada envión. Le hizo una seña a Iván, que seguía con la boca en un pecho, y Daniela giró la cabeza y se llevó a Iván a la boca antes de que él alcanzara a pedírselo. Le abrió el jean, le sacó la verga y se la metió entera de una. Iván pegó un aullido corto y le agarró el pelo con las dos manos. Empezó a cogerle la boca al mismo tiempo que Joaco le cogía el coño. Daniela hacía ruidos ahogados, se atragantaba, y en lugar de apartarse le apretaba las nalgas a Iván para pedirle más profundo.
Joaco duró poco. Se puso rojo, se le contrajo la cara, y se vino con un gemido apretado que parecía no querer pedir permiso a nadie. Se corrió adentro del forro con tres embestidas finales, temblando entero. Se salió, se sentó en el borde de la cama, transpirado, mirando el piso, todavía sin creer. El forro le colgaba lleno, blanco, brillando bajo la lámpara.
Iván le sacó la verga de la boca a Daniela antes de correrse. Le dejó un hilo de saliva colgando del mentón. Se bajó los pantalones del todo, agarró un forro, se lo puso caminando alrededor de la cama, y tomó el lugar. La dio vuelta, la puso en cuatro y la agarró de las caderas. Daniela apoyó la cara en la almohada y giró apenas hacia mí. Me buscó con la mirada. Me sonrió con esa media sonrisa que reserva para los momentos en que sabe que estoy mirando exactamente como ella quiere que mire.
Iván le hundió la verga de un solo empujón. Daniela pegó un grito grave, ahogado en la almohada, y arqueó la espalda. El chico la agarraba de la cintura con las dos manos y la empezó a coger a fondo, con esa fuerza que solo tienen a esa edad, sin apuro por venirse, midiendo. Le sonaba la pelvis contra el culo de ella, un golpeteo seco y parejo que ordenaba todo el cuarto. Le dio una palmada en la nalga. Después otra. Daniela empujaba hacia atrás para que le entrara más.
—Más adentro —le pidió—. Rompeme, dale.
Iván la agarró del pelo, se lo enrolló en el puño y tiró suave para levantarle la cabeza de la almohada. Ella cerró los ojos y me buscó otra vez con la mano libre, sin encontrarme, tanteando el aire. Bruno, todavía sentado en el borde de la cama, le agarró la mano y se la apretó como si le estuviera dando la primera comunión a alguien.
Iván la cogió así diez minutos largos, cambiando el ritmo, saliéndosela entera para volver a meterla de un envión, o quedándose adentro con círculos lentos de la cadera. Daniela empezó a gemir seguido, cada vez más agudo, con esa voz que le sale cuando está por acabar. Se apoyó en los codos, levantó el culo todavía más y se puso a moverse ella hacia atrás, a coger la verga del chico, mordiéndose el labio.
—Me vengo —jadeó—. Me vengo, no pares, no pares.
Iván no paró. Le clavó los dedos en la cadera y le siguió dando parejo hasta que ella se contrajo entera, tembló, y se le escapó un gemido largo, casi un lamento, contra la almohada. Le vibraban los muslos. Iván aprovechó y aceleró, dos, tres embestidas más profundas, y se corrió también, con la boca apretada, gruñendo entre los dientes.
Cuando se salió, un hilo de líquido cayó de entre las piernas de Daniela sobre la sábana. Ella se quedó unos segundos en cuatro, respirando, con la cara enterrada en la almohada, riéndose bajito.
***
Cuando Iván terminó, los tres se acomodaron en distintos rincones del cuarto. Joaco contra la pared, en calzoncillos. Iván sentado al pie de la cama, con la verga todavía a medio bajar, mirándola como si fuera un milagro. Bruno seguía en el mismo borde donde había estado al principio, vestido. No se había sacado ni la remera.
Daniela lo miró.
—Vení vos —le dijo.
Bruno se levantó, dio dos pasos torpes, se quedó parado al lado de la cama. Daniela le bajó el cierre del jean con una mano y le metió la otra adentro. Le buscó. Le buscó un buen rato. Bruno cerraba los ojos, transpiraba, apretaba los labios. Daniela le sacó la verga afuera del calzoncillo y se la trabajó con la mano, despacio, después con la boca. Se la metió entera, se la sacó, la lamió de arriba abajo. Bruno la miraba con los ojos húmedos. No respondía. Nada.
—Porfa —dijo Daniela mirándonos a los tres que estábamos alrededor—. Sálganse un momento. Que se quede él solo.
Iván, Joaco y yo nos miramos. Salimos los tres. Cerré la puerta yo mismo, con cuidado. Volvimos a la sala. Joaco abrió tres latas más. Nos sentamos sin hablar, como si decir algo fuera a quebrar lo que estaba pasando del otro lado de la pared.
—¿Tu mujer es así siempre? —preguntó Iván después de un rato, con la voz más grave de la noche.
—Mi mujer es exactamente así —contesté.
Veinte minutos largos pasaron de ese modo. Música baja, cervezas, miradas hacia el pasillo. Se colaban por debajo de la puerta algunos ruidos: un gemido apagado de ella, el crujido de la cama, un jadeo joven. Cuando se abrió la puerta de la pieza, los tres nos paramos de un salto. Bruno salió primero, en bóxer, con esa sonrisa enorme de chico al que le acaba de pasar la cosa más importante del año. Detrás venía Daniela, envuelta en la sábana, despeinada, con el labial corrido.
—Sí se le paraba —dijo Bruno, y largó una carcajada nerviosa—. Y bien.
—Hasta me los dejó adentro —agregó Daniela, sentándose en el sillón, abriéndose una cerveza con una calma absoluta—. Sin forro. Era la primera vez del chico, ¿saben? Lo acabo de desvirgar. Se vino tres veces. Tres. La última casi no le salía nada, pero seguía dale que dale.
Iván y Joaco quedaron mudos un instante. Después se largaron a reír, una risa larga, alta, de las que duelen un poco. Bruno se tapó la cara con las dos manos.
***
Estuvimos hasta las siete de la mañana. Daniela volvió a la pieza con cada uno de ellos por separado, una segunda ronda, ahora con calma. Bruno tardó menos esta vez, entró con más ganas, la puso arriba, la hizo cabalgarlo mientras le mamaba las tetas como si no hubiera aprendido otra cosa en la vida. Joaco duró más: la agarró contra la pared de la pieza, de pie, con una pierna de Daniela sobre su hombro, cogiéndola de costado hasta que a los dos les temblaban las rodillas. Iván fue el que más quiso aprovechar cada minuto. Se la comió entera de nuevo, se la cogió boca arriba mirándola a los ojos, después la dio vuelta otra vez, y terminó parado al costado de la cama descargándole toda la corrida sobre las tetas mientras ella le sostenía la verga con las dos manos, sacando la lengua.
Yo entré y salí del cuarto cuando quise, sin que nadie me pidiera permiso ni nadie me lo negara. En una de las entradas me la encontré arrodillada en el piso, con la boca abierta y los ojos cerrados, mientras Joaco le pintaba la cara. Me miró con un ojo, sonrió, y me guiñó.
Cuando se acabó la última cerveza y entró el sol gris por la ventana, les contamos la verdad. Que éramos pareja swinger desde hacía años, que yo disfrutaba mirando a Daniela con otros, que ella no había estado ni borracha ni mareada en ningún momento. Que el coche, la falda subida, el escote, los ojos cerrados, todo había sido teatro.
Los tres se quedaron callados unos segundos, procesando. Después Iván levantó la cerveza vacía como si fuera un brindis y dijo, riéndose:
—Sos un hijo de puta con mucha suerte.
Daniela me agarró de la mano por debajo de la mesa y me la apretó fuerte.
Nos despedimos en la puerta. Bruno todavía no había dejado de sonreír. Ninguno pidió teléfonos, ni promesas, ni siguientes veces. Sabían lo que había sido y no querían arruinarlo pidiendo más.
En el camino a casa, ya con el sol entero arriba, Daniela apoyó la cabeza en mi hombro y se quedó mirando por la ventanilla.
—El chico, Bruno —dijo después de un rato—. ¿Viste lo que era?
—Sí, lo vi todo.
—Eso es lo que más me gustó —contestó—. Saber que lo estabas viendo.