Mi primera noche de voyeur en un club swinger
Llegamos a la casa de la calle Las Acacias pasadas las once, en una zona tranquila de El Poblado. Mateo estacionó el carro a una cuadra, sin decir nada. Yo tampoco hablé. Llevábamos semanas dándole vueltas a la idea y, ahora que estábamos ahí, las palabras sobraban.
La fachada no decía nada. Una casa blanca, de dos pisos, una reja negra y un farol amarillo encendido sobre la puerta. Si no fuera por ese detalle, cualquiera habría pensado que vivía allí una familia con dos hijos y un perro. Esa era, justamente, la idea.
En la entrada nos recibió una mujer alta, de vestido negro y sonrisa profesional. Detrás de ella, un hombre grande de camisa polo nos miró con discreción.
—¿Es la primera vez que vienen? —preguntó ella, con la calma de una recepcionista de hotel.
—Sí —respondió Mateo. Yo solo asentí.
El hombre nos revisó los bolsos y nos cobró la entrada. Después, sin demasiado protocolo, la mujer nos hizo pasar a un pequeño vestíbulo y nos explicó las reglas en voz baja: nada de fotos, nada de tocar sin permiso, nada de presiones. Cualquier «no» era un no. Si queríamos solo mirar, podíamos solo mirar. Lo dijo sin juzgar, como quien repite un guion mil veces ensayado.
Atravesamos una cortina pesada de terciopelo y entramos al salón principal.
***
A primera vista, parecía un bar cualquiera. Luces de neón azules y rosas, una barra al fondo, sofás de cuerina roja contra las paredes, una pista de baile vacía y mesas distribuidas en una semioscuridad cómplice. Sonaba una salsa vieja, de esas que ponen los abuelos. La mezcla era rara, casi tierna.
Nos sentamos en uno de los sofás pegados a la pared. Yo pedí un ron con cola, Mateo una cerveza. Desde ahí podíamos ver casi todo el salón sin esfuerzo. Las mesas estaban dispuestas de manera que era imposible no observar a los demás.
Y eso era exactamente lo que estaba pasando.
Conté cinco parejas a la vista y dos tríos, todos pasados los treinta. Algunos vestían como para un asado de domingo. Otros llevaban ropa más arreglada, pero nada que llamara la atención en la calle. Una mujer junto a la barra tenía cara de profesora de primaria y reía bajito con su marido, que tenía pinta de contador.
—No hay nada de espectacular en ellos —murmuré.
—Esa es la gracia —dijo Mateo, sin quitarles los ojos de encima.
La música pasó del bolero a un merengue, después a un reguetón viejo y, en algún momento, alguien puso un vallenato que nadie bailó. Nosotros tampoco. Nos quedamos en el sofá, hablando poco, observando mucho.
***
A medianoche en punto, un locutor con voz grave anunció el show. Bajaron las luces, una columna de humo subió desde el piso de la pista y apareció ella.
La llamaban Renata. Llevaba un body negro de encaje y unos tacones imposibles. Bailó dos canciones sola, controlando cada milímetro de la mirada del público. No era espectacular por cómo movía las caderas, sino por cómo decidía a quién mirar y a quién no. Cuando se quitó la parte de arriba del body, lo hizo despacio, como si fuera un favor.
Empezó a caminar entre las mesas. Se inclinaba sobre las parejas, ofrecía sus pechos a las manos de los hombres y, sobre todo, a las de las mujeres. Algunas mujeres aceptaban el juego con una sonrisa y dejaban resbalar las palmas por su piel. Otras se reían y la apartaban con cariño.
Detrás de ella salió un bailarín, Iván, con el torso desnudo y una crema en las manos. Hacía el mismo recorrido a la inversa: pedía permiso, untaba un poco de crema en el dorso de la mano de las mujeres y las invitaba a recorrerlo. Vi a la presunta profesora de primaria, la del marido contador, ponerse colorada y reírse mientras le pasaba la mano por el abdomen. Su marido aplaudía como un niño en un cumpleaños.
A nuestro lado, una pareja joven había dejado de fingir que solo había venido a tomar algo. Él tenía la mano metida bajo la falda de ella. Ella tenía los ojos cerrados.
Yo apreté la copa.
—¿Estás bien? —me preguntó Mateo al oído.
—Sí —dije.
Lo estaba. Más que bien.
***
Cuando terminó el show, Renata e Iván se besaron en el centro de la pista y se fueron entre aplausos. Las luces subieron un poco. Algunas parejas se levantaron y, sin decir nada, subieron por una escalera de madera que llevaba al segundo piso.
Mateo me miró.
—¿Subimos?
—Solo a mirar —dije.
—Solo a mirar —repitió.
***
El segundo piso era otro mundo. Un pasillo angosto se abría a varias puertas. Una llevaba a un sauna, otra a un turco, otras a habitaciones pequeñas con cerrojo. Al final del pasillo, una sala más grande con un sofá circular rojo en el centro y un anillo de sillones alrededor. Una luz baja, casi rosada, dejaba ver siluetas y poco más.
En el sofá ya había dos parejas. Una mujer estaba a horcajadas sobre un hombre, moviéndose despacio. Otra pareja, al lado, hacía sexo oral sin prisa, sin público en mente. En los sillones del alrededor había seis o siete personas. Todas con toallas blancas atadas a la cintura. Algunas se miraban entre sí; otras se concentraban en lo que pasaba en el centro.
Nadie nos miró cuando entramos. Nos sentamos en dos sillas del fondo, lo más al margen posible. Mateo me agarró la mano.
Yo me había imaginado, en la teoría de las semanas previas, que un lugar así olería mal. Pensé en sudor, en humedad, en algo turbio. Pero olía a perfume y a madera caliente, y a algo más, algo dulce que no supe identificar. La gente respiraba fuerte, pero no gritaba. Los gemidos eran bajos, casi contenidos, como si fueran parte de una conversación íntima a la que se nos había invitado a escuchar de lejos.
Llegaron más parejas. Una mujer cualquiera, con cuerpo de mamá de colegio, se sentó a horcajadas sobre su marido a tres metros de mí. Empezó a moverse despacio, mirándolo. Después, en un momento, levantó la cabeza y me miró a mí. No con desafío. Con algo más simple: para incluirme. Yo no aparté la mirada y ella sonrió.
Sentí a Mateo respirar más fuerte a mi lado.
—Mira hacia el frente —me dijo.
Miré.
***
Frente a nosotros, en el sofá rojo, una pareja nueva se había acomodado. Él, sentado, con las piernas abiertas. Ella, de rodillas, llevándoselo a la boca con una concentración que parecía dedicada. A los pocos minutos, otra mujer se acercó por detrás, le acarició el pelo a la primera y le susurró algo al oído. Las dos se rieron. La segunda se acomodó al lado del hombre y empezó a besarlo. La primera mantuvo el ritmo abajo, sin perder el hilo.
Lo que más me sorprendió no fue lo que pasaba, sino la naturalidad con la que pasaba. No había vergüenza, ni urgencia, ni esa cosa actuada del porno que nunca me había gustado. Era casi cotidiano.
Casi.
Mateo me apretó la mano. Sentí el calor subirme por la nuca. Bajé los ojos y los volví a subir. No quería perderme nada.
—¿Te gusta mirar? —me preguntó él en voz muy baja.
No respondí.
—Te está gustando.
Asentí, sin mirarlo.
Su mano dejó la mía y se posó sobre mi rodilla. Subió despacio, por encima de la tela del vestido, hasta el borde del muslo. Se quedó ahí, sin presionar, como una promesa.
Frente a nosotros, la mujer de rodillas se subió al sofá y se acomodó sobre el hombre. La otra, la que lo había estado besando, se acostó al lado y empezó a tocarse mientras los miraba. Una tercera pareja se sumó al sofá. Después una cuarta. No supe en qué momento perdí la cuenta.
Mateo movió la mano más arriba. Lo dejé.
***
No me acuerdo de cuánto tiempo pasó. Una hora, dos, no sé. Hubo un momento, en mitad de todo, en que cerré los ojos por unos segundos. Solo unos segundos. Quería escuchar. Escuchar los gemidos bajos, las respiraciones aceleradas, el roce de las telas, el crujido del cuero del sofá. Cuando volví a abrir los ojos, una pareja distinta ocupaba el centro, y a su alrededor las sillas estaban casi todas llenas.
Mateo seguía a mi lado. Tenía la mirada fija en el sofá y la mano sobre mi muslo, sin moverse. Era más excitante así, quieta, que si la hubiera movido.
—¿Quieres bajar? —le pregunté.
—¿Tú quieres?
Lo pensé. Pensé en quedarnos ahí toda la noche. Pensé en bajar y bailar con él en la pista vacía. Pensé en irnos a casa y no llegar al ascensor. Las tres opciones me parecían igual de buenas.
—Vámonos a casa —dije al final.
Asintió.
Antes de salir de la sala, miré una última vez al sofá rojo. La mujer que me había mirado al principio seguía ahí, ahora besando a otra mujer. Levantó los ojos, me reconoció y me sonrió como se sonríe a una vecina en el ascensor. Yo le devolví la sonrisa.
***
Bajamos las escaleras tomados de la mano. En el salón principal, las luces de neón seguían encendidas y la música no había parado. Tres o cuatro parejas bailaban como si nada. La recepcionista del vestido negro nos saludó con un gesto cordial al pasar.
Cuando salimos a la calle, el aire fresco de El Poblado me golpeó la cara. Eran casi las cuatro de la mañana. No había casi tráfico. Los faroles iluminaban una calle común, con casas comunes, donde quizás otras personas dormían sin sospechar lo que pasaba a unas cuadras.
Caminamos en silencio hasta el carro. Mateo me abrió la puerta. Me senté, y antes de que él diera la vuelta, me di cuenta de que estaba sonriendo sola en la oscuridad.
—¿Volverías? —me preguntó cuando se subió.
—Cuando quieras —dije.
Y no era mentira. Algo se había abierto esa noche. Una curiosidad que no estaba ahí cuando entramos. La idea de mirar, de ser parte y de no serlo a la vez, me había encendido más que cualquier película, cualquier juego, cualquier cosa que hubiéramos probado en la cama hasta ese momento.
No habíamos tocado a nadie. Nadie nos había tocado a nosotros. Y, sin embargo, sentía que algo había cambiado entre los dos. Una complicidad nueva. Un secreto compartido que nadie más en el mundo iba a entender de la misma forma.
En el camino de regreso, Mateo me puso una mano en el muslo, sobre el vestido. Esta vez sí la movió. Esta vez no la quería quieta.
Llegamos a casa. No prendimos las luces. La cama estaba a tres pasos y nos costó llegar.
Pero esa, esa es otra historia.