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Relatos Ardientes

La desconocida del bus nocturno me enseñó a mirar

Me considero voyeur desde aquel viaje en bus, aunque entonces ni siquiera sabía que la palabra existía. Tenía dieciocho años, los nervios todavía a flor de piel, y una manía nueva que no sabía nombrar: la de fijarme en las mujeres antes incluso de que ellas notaran que las estaba mirando. Aquella noche de regreso, esa manía dejó de ser una observación silenciosa y se volvió otra cosa.

Veníamos de pasar una semana en Punta Mareña, un pueblo costero al que se llegaba por una carretera que se desmoronaba en el último tramo. Mis amigos se quedaban dos días más; yo tenía un parcial el lunes y me tocó volver solo. Compré el último ticket disponible, el de las siete de la tarde, y caminé hasta la terminal con la mochila a medias, todavía con arena en los bordes y el pelo tieso de sal y sol.

El bus era de los grandes, de dos pisos, y subí al de abajo. Ventanilla. Pasillo libre. Dos asientos para mí. Me acomodé con la idea de estirar las piernas, dormir hasta la madrugada y bajar directo a la facultad.

Faltaban diez minutos para salir cuando la vi entrar.

Tendría veintiocho, quizás treinta. Piel clara, cabello castaño largo recogido en una cola descuidada, los ojos un poco hinchados, como si hubiera dormido poco. Llevaba un pantalón de playa muy fino, de esos que se atan con un cordón a la cintura, en color naranja, y una blusa negra de tirantes que no necesitaba sostén porque ya marcaba dos pezones que decidían por su cuenta. Caminaba sin prisa por el pasillo, leyendo los números de los asientos con un boleto arrugado en la mano.

Había varios asientos libres. Conté al menos cinco antes de que llegara al mío. Y aun así, cuando alzó la vista del boleto, miró el número sobre mi cabeza, sonrió un poco y dijo:

—Permiso. Me toca acá.

Me corrí hacia la ventana. No le di importancia. Pensé que tal vez le habían asignado ese lugar y prefería respetarlo. Si después nadie subía, me cambiaría.

Antes de sentarse, se asomó a la ventanilla y le hizo una seña corta a un tipo que esperaba en el andén. Él asintió y dijo algo que no llegué a escuchar, pero ella respondió, con una voz que pretendía tranquilizar:

—Tranquilo, me tocó con un chico. Un nene.

Sentí algo raro en el pecho cuando dijo «un nene». No molestia, más bien curiosidad. Como si me hubiera puesto una etiqueta para no tener que pensar en mí. Yo asentí hacia el tipo desde mi ventanilla, como confirmando que era inofensivo, y eso fue todo. Ella se sentó, dejó la cartera a los pies, sacó un chal de tela liviana con flecos y se lo acomodó sobre el regazo.

—Hace frío en estos buses —dijo, sin mirarme—. Lo sé por experiencia.

—Sí —contesté—. Yo siempre vengo así, en short. Después me arrepiento.

Sonrió de costado, hacia adelante, sin girar la cabeza. No respondió.

***

Salimos puntuales. La carretera al principio era buena, recta, con curvas suaves. Apagaron las luces grandes y dejaron solo las del pasillo, esas tiritas azuladas que apenas alcanzan para no tropezar. La pantalla pasaba una película de acción sin sonido. Casi todo el mundo se acomodaba para dormir.

Yo intenté leer en el celular, pero los ojos me pesaban. Había dormido tres horas la noche anterior. A los veinte minutos ya tenía el cuello torcido contra la ventana y la respiración lenta. No recuerdo el momento en que me dormí.

Lo que recuerdo es despertarme con un roce.

No fue brusco, no fue alarmante. Fue una presión tibia en la cadera izquierda, en el muslo, una continuidad de carne contra carne separada apenas por dos capas de tela muy fina. Tenía la cara contra el vidrio, el cuerpo girado a medias hacia ella, y sus nalgas estaban pegadas a mi pierna. Podía sentir la división, la curva, el filo de la tanga marcándose un poco más arriba del pantalón. La tela del short se me había subido hasta la mitad del muslo.

Pensé que se había movido sin querer. Que estaba dormida y el vaivén la había acercado. Me dije eso mientras el corazón empezaba a darme golpes secos en el oído. Me corrí un par de centímetros hacia la ventana, lo suficiente para darle espacio sin hacerla sentir mal. Cerré los ojos. Me dije que iba a volver a dormirme.

No me dormí.

A los pocos minutos volvió a buscarme. Esta vez fue más claro. El bus tomó una curva larga y ella, en lugar de mantenerse en su lado, se dejó caer hacia el mío, lentamente, con un peso que no podía ser casual. Sentí cómo la curva de su trasero se acomodaba contra el costado de mi pierna, y cómo se quedaba ahí. Después llegó otra curva, y otra, y cada una era una excusa para acercarse un milímetro más.

Decidí probar. Me giré sobre el asiento, le di la espalda a la ventana y quedé recostado de costado, mirando hacia ella. Tipo cucharita. Si quería distancia, me la diría con el cuerpo.

No me la dio.

Se pegó más. Ahora era el frente de su cadera y de sus nalgas lo que rozaba mi entrepierna, y el chal le cubría casi todo el cuerpo desde la cintura. Empecé a sentir el calor de la tela contra mí. El bóxer de licra que llevaba debajo del short no ayudaba a disimular nada. En cosa de un minuto, mi pene se endureció hasta marcarse contra ella.

Me quedé quieto, con los ojos cerrados, fingiendo dormir. No me animaba a hacer nada todavía. A los dieciocho ya había estado con algunas chicas, pero nadie mayor, nadie así, y mucho menos en un lugar con cuarenta personas alrededor. La cabeza se me llenó de ruido y de calor a la vez.

Está despierta. Lo sabe. Sabe que lo sé.

***

Su mano cayó sobre mi entrepierna como si fuera un descuido del sueño.

Estaba abierta, los dedos relajados, descansando sobre mi short como si se hubiera deslizado ahí sin querer. Pero el peso no se movía. Y a los pocos segundos, sin que nadie pudiera notarlo desde afuera, la palma empezó a apretar. Despacio. Un movimiento, después una pausa, después otro.

Ese fue el momento exacto en el que entendí que ella sabía lo que estaba haciendo. Y supe, también, que tenía dos opciones: hacerme el dormido y dejar que pasara, o aceptarlo.

No me hice el dormido.

Enderecé un poco el cuerpo, lo justo para acercarme a ella sin que se notara. Su respiración se aceleró contra mi oreja. La oí abrir un poco los labios, mojárselos, volver a cerrarlos. Su mano siguió bajando y subiendo sobre la tela, y cada vez que bajaba apretaba un poco más fuerte. El roce me iba a hacer terminar antes de tiempo si seguía así.

Levanté la mano derecha y la metí por debajo del chal. Lo primero que toqué fue el costado de su pecho derecho, por encima de la blusa. Una curva firme, pesada, sin sostén. Subí los dedos hasta encontrar el pezón. Estaba erecto y duro, como si llevara horas esperándome. Lo apreté con dos dedos y la sentí estremecerse.

No dijo nada. Tampoco hacía falta.

Me empezó a desabrochar el short. Lo hizo con paciencia, soltando primero el cordón, después separando el velcro de un costado. Metió la mano y sacó mi pene por la abertura del bóxer. Lo tenía durísimo, palpitando, y ella lo agarró con la mano completa, sin apuro. Lo subió y lo bajó muy lento, con los dedos cerrándose y abriéndose en cada extremo. Yo apretaba los dientes para no respirar fuerte.

Después me soltó un segundo y se acomodó el pantalón. Aflojó el cordón, lo volvió a atar más holgado, y deslizó una mano por el costado para tocarse ella. Sentí cómo se acomodaba contra mí mientras lo hacía. Su cadera empezó un movimiento muy chico, casi imperceptible.

***

Bajé mi mano izquierda por su costado y la metí también debajo del chal. Por encima del pantalón sentí el calor. Sentí, sobre todo, la humedad: la tela estaba mojada en el centro, pegada a la piel. Tiré un poco del elástico hacia abajo y mis dedos encontraron el borde de la tanga, también húmeda.

Me guio. Tomó mi mano con la suya y la metió por dentro de la ropa, hasta dejármela apoyada justo en el clítoris. Estaba depilada en una franja muy fina, lo demás bien rasurado. La sentí abrirse contra mis dedos sin que tuviera que hacer fuerza. Empecé a mover en círculos lentos, sin saber muy bien qué estaba bien y qué no, hasta que ella, sin soltarme la mano, marcó el ritmo correcto. Arriba, abajo. Arriba, abajo. Más rápido un instante, más suave después.

Apoyé la boca contra su cuello. Olía a sal, a coco, a sudor reciente. No llevaba perfume. Le mordí muy despacio el lóbulo de la oreja y la sentí temblar contra mi pecho. Me di cuenta de que ese detalle, el de la oreja, le gustaba más que lo otro. Lo repetí. Le besé el cuello, le pasé la lengua por detrás de la oreja, le mordí el borde con cuidado.

Subió la pierna derecha al asiento, la dobló contra el respaldo, y eso me dio acceso total. Metí un dedo. Lo sentí entrar sin resistencia, y la sentí cerrarse de golpe en torno a él. La oí inhalar contra mi oreja, una sola vez, despacio. Lo moví dentro, arriba y abajo, sin sacarlo, como ella me había guiado a hacer afuera. Metí el segundo dedo cuando supe que ya estaba lista.

***

El bus seguía andando. La pantalla seguía pasando la película muda. El hombre del asiento de adelante roncaba bajito. Nadie miraba.

Ella no quería que parara. Cada vez que mi dedo amenazaba con salirse, su mano lo empujaba más adentro. Me dejó hacer. Soltó mi pene un rato para concentrarse en sus pezones, los dos a la vez, debajo de la blusa, pellizcándolos como si quisiera castigarse. La oí respirar más rápido, sentí cómo su espalda se arqueaba un poco contra mi pecho.

Cuando terminó, no hizo ruido.

Fue un temblor largo, controlado, que le empezó en las caderas y le subió hasta el cuello. Apretó las piernas y me dejó los dedos atrapados dentro. Cerré los ojos y traté de quedarme inmóvil, sintiendo cómo se contraía alrededor mío. Le besé el cuello una vez más. Ella exhaló muy despacio, como si acabara de soltar algo que llevaba cargando todo el día.

Después se acomodó.

Aflojó las piernas, me dejó retirar la mano, volvió a atarse el pantalón. Se llevó los dedos a la cara y se los pasó por debajo de la nariz, despacio, como si quisiera recordar el olor. No me ayudó a guardarme el pene. Yo me lo acomodé solo, con la erección todavía intacta, y me quedé mirándola.

Se giró hacia el pasillo, dándome la espalda. Recostó la cabeza contra el respaldo. No volvió a mirarme.

***

Faltaban dos horas para llegar y no dormí ninguna. Estuve todo el viaje mirándole la línea del hombro, el costado del cuello, la forma en que la blusa le caía sobre los pechos. La miré sin tocarla. La miré como si tuviera que aprenderme cada detalle antes de que se bajara. Esa fue la palabra que se me apareció en la cabeza recién meses después: voyeur. Mirar y no decir. Mirar y guardarse cada cosa.

Llegamos a la terminal a la una y veinte. Bajó antes que yo. Cuando estaba en el pasillo, se giró un segundo. Me miró desde arriba, despeinada, con los ojos otra vez un poco hinchados, y me sonrió de costado. Después me guiñó un ojo, lento, una sola vez, y bajó las escaleras.

No volví a verla. Nunca supe su nombre, ni de dónde venía, ni qué le pasaba con el tipo del andén. No supe si lo había hecho otras veces, si lo planeaba desde antes de subir o si yo había sido el primero. Tampoco quise saberlo.

Pero desde esa noche, cada vez que viajo, miro a las mujeres que suben solas. No para tocarlas. No para hacer nada. Solo para acordarme de aquella primera vez en que entendí que una mirada puede ser un secreto compartido, y un secreto compartido puede ser más sucio que cualquier cosa que hagan los dedos.

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Comentarios (4)

TonyMk88

increible!! quede sin palabras

Gaby_lectora

Necesito saber que paso despues, por favor seguila!! me quede con muchisimas ganas de mas

viajero_roro

Me recordó a un viaje nocturno que tuve hace años, esas situaciones te quedan grabadas para siempre. Muy bien contado.

NocheLectora22

Me encanto el ritmo que le diste, se lee solo. El detalle del chal desde el principio fue perfecto, ya sabes que algo va a pasar y aun asi no podes parar de leer.

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