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Relatos Ardientes

Me escondí en el armario y vi todo lo que hizo mi tía

Me llamo Lorena y todavía hoy, cuando recuerdo aquella madrugada, me cuesta creer que fue real. Tenía veintiséis años recién cumplidos, acababa de terminar la universidad y vivía como una sombra alrededor de mi familia. Para mis tíos era la sobrina mayor, responsable, la que cuidaba al bebé los fines de semana mientras ellos hacían sus reuniones en la casa de tres pisos del barrio antiguo.

La casa tenía una azotea grande donde se juntaban los amigos de mi tía Marisol cada quincena. Ella era la hermana menor de mi madre, y siempre la describí como una mujer ardiente sin entender bien lo que esa palabra implicaba. Caderas anchas, cintura corta, una risa que llenaba la habitación entera. Estaba casada con mi tío, un hombre bueno y silencioso al que el aguardiente derribaba antes de medianoche.

Mi rutina los sábados era siempre la misma. Cenaba con el bebé en la cocina del primer piso, lo bañaba y lo acostaba en la cuna de mi habitación. Mientras tanto, arriba, la música empezaba a sonar. Yo me quedaba tirada en la cama, con el celular en la mano, viendo a mis compañeras subir fotos a sus historias. Las luces apagadas, las ventanas entornadas para que el niño durmiera tranquilo.

Aquella noche fue distinta por algo que escuché en el pasillo. Las amigas de mi tía bajaban con frecuencia al tercer piso para retocarse el maquillaje y perfumarse. Sus voces se filtraban por la escalera y, cada vez que oía el nombre de Marisol, levantaba la cabeza como una niña curiosa. Una de ellas, Bibiana, soltaba carcajadas que se oían desde la cuadra de enfrente.

—Marisol, te juro que está pendiente de ti toda la noche —le dijo Bibiana en algún momento, ya pasada la una—. Mi primo no te quita los ojos de encima.

—No empieces —respondió mi tía, riéndose por lo bajo.

—¿No empieces qué? Tu marido lleva tres rondas dormido en el sillón. Y Andrés es un hombre de verdad. Aprovéchalo.

—Bibiana, por favor.

—Yo te cubro. Nosotras te cubrimos. Mira ese cuerpo, mira esas manos. Mi primo es de los que dejan huella.

Otra voz, Yulissa, se sumó al juego con un tono pícaro.

—Ese hombre la tiene grande, Marisol. Te lo dice quien lo crio prácticamente. La polla más grande que he visto en mi vida, y no exagero. Le he visto marcarse el bulto por encima del pantalón y me quedé sin saliva.

—Cállense, locas —dijo mi tía, pero su voz ya no sonaba a negativa.

—Piensa en esa verga metida hasta el fondo, hermana. Piénsalo bien antes de decir que no.

Las tres se largaron escaleras arriba entre risas. Yo, abajo, casi no podía respirar. Conocía a Marisol desde niña y nunca la había escuchado hablar así. La curiosidad me carcomía. Quería ver más, oír más, entender cómo era esa cara oculta de mi familia.

El bebé dormía profundo. Verifiqué su respiración, le toqué la frente, le acomodé la manta. Cerré la puerta del dormitorio con cuidado y subí descalza, escalón por escalón, hasta el tercer piso. La música retumbaba desde la azotea, dos pisos más arriba. Nadie iba a bajar.

***

El tercer piso tenía tres dormitorios, todos a oscuras. Elegí el del fondo, el que daba al jardín trasero, porque sus persianas estaban cerradas y nadie usaba esa habitación más que para guardar ropa de cama. Me metí, cerré la puerta detrás de mí y me quedé quieta en medio del cuarto, con el corazón retumbándome en los oídos.

Mi plan original era acostarme bajo la cama. Lo intenté, pero el espacio era estrecho y olía a polvo viejo. Cuando me levanté, vi el ropero de tres puertas pegado a la pared izquierda. Era un mueble pesado, de los antiguos, con un espejo en el medio. Abrí la puerta de la derecha y dentro había abrigos colgados, cajas en el fondo y un hueco perfecto para una persona delgada como yo.

Me acomodé entre la ropa, agradecida por las maderas viejas que dejaban una rendija mínima entre la puerta y el marco. Por ahí podía mirar buena parte de la habitación: la cama matrimonial, la ventana, una mesita con un florero seco. Cerré la puerta del ropero hasta dejarla casi pegada, regulando el aire y la vista con los dedos.

Estuve más de una hora ahí adentro. Me adormecía, me despertaba, sentía las piernas dormidas, contaba los minutos. La música seguía, los pasos seguían, y empezaba a creer que me había metido en un escondite estúpido para nada. Entonces escuché la puerta abrirse.

Marisol entró tambaleándose, agarrada del brazo de Bibiana. Reían con esa risa que mezcla complicidad y vergüenza. Bibiana le susurró algo al oído, le acomodó el cabello, le dio un beso en la mejilla.

—Vas a disfrutar esta noche, hermana —dijo Bibiana—. Mañana nos cuentas todo. Todo, ¿eh? Cómo te la mete, si te acaba adentro, si te hace gritar.

—Cállate, loca —murmuró Marisol.

—Y no te vayas a quedar dormida. Andrés es de los que aprovechan cada minuto. Te va a partir en dos, hermana. Déjate.

Bibiana se rió, le dio una palmada cariñosa en la cadera y salió cerrando la puerta. Mi tía se quedó sola, jadeando un poco, mirándose en el espejo del ropero. Por unos segundos pensé que iba a abrirlo. Contuve la respiración hasta que mis pulmones empezaron a quemar. Pero Marisol solo se acomodó el vestido y se sentó al borde de la cama.

Lo que hizo después me dejó petrificada. Se levantó la falda hasta la cintura, se bajó la ropa interior —una pieza de encaje negro— y la guardó debajo del colchón con un movimiento rápido. Vi de refilón su coño desnudo, depilado casi entero, con un vello corto y oscuro en el pubis y los labios ya brillantes de humedad. Se llevó dos dedos a la boca, los ensalivó y se los pasó por el clítoris, dos veces, tres, con los ojos cerrados. Después suspiró profundo, se acomodó el vestido y se quedó así, esperando.

***

Pasaron tres minutos, tal vez cinco. La puerta volvió a abrirse y entró un hombre que yo nunca había visto. Era moreno, alto, con la camisa pegada al cuerpo por el sudor. Tenía los brazos gruesos y una mirada lenta, segura, de alguien acostumbrado a obtener lo que pide. Cerró la puerta con seguro y se quedó mirándola.

—Pensé que no ibas a venir —dijo Marisol, todavía sentada en la cama.

—Te dije que iba a esperar a que tu marido se quedara —respondió él. Tenía una voz baja, ronca—. Marisol, esto no se planea. Esto se hace o no se hace.

—Andrés, esto no está bien.

—Eso ya lo sabíamos cuando me besaste en la cocina la semana pasada. Cuando me agarraste la polla por encima del pantalón y me dijiste que la querías probar.

Ella se quedó callada. Andrés se acercó, le tomó la cara con las dos manos y la besó como si llevara meses esperando ese momento. Marisol respondió enseguida, aferrándose a su camisa, abriendo la boca, dejando que la besara hasta quedarse sin aire. Le vi la lengua metiéndose entre los labios de mi tía, el hilo brillante de saliva cuando se separaron un segundo para respirar.

Andrés le bajó los tirantes del vestido y le sacó los pechos por encima del corpiño. Eran pesados, morenos, con los pezones oscuros y ya duros como piedras. Se agachó y se metió uno entero en la boca, chupando con hambre, mientras con la otra mano le apretaba el otro pecho hasta que Marisol soltó un quejido.

—Chúpame las tetas, Andrés —murmuró ella, aferrándole la nuca—. Muérdemelas.

Él le mordió el pezón, tiró de él con los dientes, y mi tía se arqueó contra su cara. Después le agarró la mano y se la llevó entre las piernas. Andrés le levantó el vestido y comprobó, con dos dedos rectos, lo que ya sabía. Los dedos se le metieron enteros al coño sin resistencia y salieron brillando.

—Empapada —dijo él, y se llevó los dedos a la boca—. Empapada me estabas esperando.

—Desde que me lo dijiste.

Yo, en el ropero, no me reconocía. Tenía las manos apretadas contra los muslos y las piernas cruzadas con una fuerza que no sabía que poseía. El aire ahí dentro olía a naftalina y a perfume viejo, pero mi propia piel empezaba a soltar otro olor, uno que conocía bien. Con muchísimo cuidado deslicé la mano bajo mi falda, aparté la tela de la ropa interior a un costado y encontré mi coño ya chorreando. Empecé a tocarme el clítoris con la yema del dedo del corazón, en círculos lentísimos, mordiéndome la lengua para no jadear.

Andrés la puso de pie y la hizo girar hacia la pared. Le levantó el vestido por encima de las caderas, le besó la espalda, le mordió la base del cuello. Marisol apoyó la frente y los pechos contra la pared, las palmas abiertas, y empezó a respirar hondo, como si cada exhalación fuera un permiso.

Él se arrodilló detrás de ella, le abrió las nalgas con las dos manos y enterró la cara. Mi tía gimió contenida, mordiéndose el brazo, y el sonido me atravesó. Andrés le hablaba contra la piel, palabras que yo oía cortadas: «así», «quieta», «no te muevas». Le mordía las nalgas, le pasaba la lengua entera desde el coño hasta el culo y volvía a bajar, chupando, sorbiendo, comiéndosela con una glotonería que hacía sonar la habitación entera. Le vi la lengua entrarle al ojete, hundirse ahí, y a mi tía temblarle las piernas de golpe.

—Más, Andrés, más así —decía ella—. No pares. Cómemelo todo, cómete mi culo, hijo de puta.

—Cállate y abre —respondió él, y le clavó dos dedos en el coño mientras la lengua seguía trabajándole el otro agujero.

Marisol se sacudió contra la pared. Los muslos se le mojaban, un hilo de flujo le bajaba por la cara interna hasta la rodilla. Andrés se lo lamió también, subiendo la lengua desde ahí hasta el coño, y mi tía gimió tan fuerte que tuvo que morderse el antebrazo para no despertar a media casa.

***

Estuvieron así un rato largo. Después él la cargó hasta la cama, la puso en cuatro y siguió. Marisol enterró la cara en la almohada para no gritar. Yo metí la mano debajo de mi falda con más decisión, me abrí los labios con dos dedos y los otros los usé para clavarme el coño en un ritmo cortito, mordiéndome el labio para que la respiración no me delatara.

El primer orgasmo me llegó antes de lo que hubiera querido. Tuve que morderme el labio inferior hasta casi sangrar. Las piernas me temblaban dentro del armario, los pies casi se enredaron con los zapatos guardados en el fondo. Aguanté de pie por puro instinto, con los dedos empapados y el coño palpitándome como un segundo corazón.

Andrés se desnudó por completo. La luz de la luna entraba por la rendija de la persiana y dibujaba franjas blancas sobre sus muslos. Y sobre su polla. Dios mío, la polla de aquel hombre. Larga, gruesa, con la punta hinchada y morada, curvada apenas hacia arriba, con las venas marcadas a lo largo. Le rebotaba contra el vientre cuando se movía. Ahora entendía a Yulissa, entendía a Bibiana, entendía por qué mi tía se había arriesgado.

Le agarró el cabello a Marisol, le hizo girar la cabeza y la obligó a mirarlo. Después se la acercó a la boca.

—Mírame —dijo él—. Mírame mientras te la meto en la boca.

—Sí, mi rey.

—Abre.

Mi tía abrió la boca y sacó la lengua. Andrés le pasó la punta de la polla por los labios, por la mejilla, por el mentón, marcándole la cara con hilos de líquido preseminal. Después le agarró la nuca y se la metió entera, hasta el fondo, hasta que Marisol tuvo arcadas y las lágrimas le salieron de golpe.

—Tragátela, puta. Tragátela toda.

Mi tía se dejó. Andrés la agarraba del pelo con las dos manos y la usaba como si fuera un juguete, moviéndole la cabeza al ritmo que él quería, metiéndose hasta la garganta y sacando la polla brillante de saliva. Marisol le babeaba encima, le lamía los huevos entre embestida y embestida, le miraba a los ojos con una sumisión que yo no le conocía a nadie de mi familia.

—Dime para qué me dejaste subir —jadeó él, sacándosela un segundo.

—Para que me cojas, Andrés. Para eso.

—¿Y así como te la chupas te la vas a dejar meter?

—Métemela ya, por favor. Métemela toda.

Andrés la tiró boca abajo contra la cama, le levantó el culo con una mano y con la otra se guio la polla hasta el coño. Le pasó la punta por los labios, arriba y abajo, mojándola en el flujo que ya le corría a mi tía. Marisol empujó el culo hacia atrás, buscándolo, y él la penetró con un solo movimiento, entero, hasta los huevos.

Mi tía soltó un grito ahogado contra la almohada. Empezaron a moverse juntos, sincronizados, con la cama crujiendo bajo el peso. Andrés le agarraba las caderas con las dos manos y la clavaba contra su polla en cada estocada. Se oía el chasquido húmedo, el golpe de la cadera contra las nalgas, el jadeo de los dos. Yo me tocaba sin parar, con la mano izquierda apretándome un pecho por dentro de la blusa, retorciéndome el pezón hasta que me dolía.

—Marisol, ¿cuántos hombres han pasado por este cuerpo? —le decía él, jadeando—. ¿Cuántos te han hecho gemir así? ¿Cuántos te han partido este coño?

—Ahora estás tú, Andrés. Ahora eres tú el que me parte.

—¿Te gusta mi polla?

—Me encanta. Me encanta tu polla, me encanta como me la metes, no pares, hijo de puta, no pares.

—¿Y por atrás te gusta?

Hubo una pausa. Andrés siguió empujando, más lento, más profundo, mientras esperaba. Mi tía giró la cabeza, lo miró por encima del hombro y sonrió como nunca la había visto sonreír.

—Por atrás solo dos hombres me han tenido —dijo—. Pero esta noche vamos a ser tres.

***

Andrés gimió como si aquellas palabras le hicieran más efecto que cualquier caricia. Salió de ella con un tirón que la hizo gemir de vacío, se escupió en la mano y se untó la polla de arriba abajo, brillante ya de los jugos del coño de mi tía. Después le escupió también entre las nalgas, se lo trabajó con el pulgar, metiéndoselo despacio primero hasta el nudillo, después entero, mientras Marisol se aferraba a las sábanas y respiraba por la boca.

—Ábremelo, mi amor —le murmuró él—. Ábreme ese culo que quiero rompértelo.

—Despacio, Andrés. Es grande, despacio.

—Despacio, tranquila.

Se acomodó contra ese segundo agujero. Le vi apoyar la punta de la polla contra el ojete de mi tía, presionar, esperar, presionar otra vez. Marisol soltó un quejido largo cuando la cabeza entró. Andrés se quedó quieto ahí, la respiración cortada, dándole tiempo.

—Así, mi amor, así —murmuraba Andrés—. Tranquila, despacio. Estoy adentro, ¿lo sientes?

—Lo siento. Lo siento entero.

—Ahora te la meto toda. Aguanta.

Empujó, lento, centímetro a centímetro, hasta enterrarle la polla completa. Mi tía gimió con la cara aplastada contra la almohada, un gemido animal que no le conocía. Andrés se quedó quieto un segundo, agarrándole las nalgas, apretándoselas, y después empezó a moverse.

Lo que vino después fue lento al principio y desbocado al final. Mi tía boca abajo, con la cara contra la almohada, recibiendo a Andrés con un ritmo que ya no era de ella. Él le agarró el cabello, le arqueó la espalda, la obligó a levantar la cabeza mientras le clavaba la polla en el culo con estocadas cada vez más profundas. Marisol se metió tres dedos al coño al mismo tiempo y se los movió sola, follándose ella misma por delante mientras Andrés le rompía el culo por detrás.

Yo tampoco era yo. Mi otra mano había encontrado mi pecho por debajo de la blusa y los dedos no paraban de amasarme el pezón. La rendija del ropero parecía un cine privado al que yo había comprado entrada sin saberlo. Me subí la falda del todo, me bajé la ropa interior mojada hasta los tobillos y me abrí de piernas dentro del armario, metiéndome dos dedos hasta el fondo, siguiendo el ritmo de Andrés en el culo de mi tía como si fuera yo la penetrada.

—Dime quién fue el primero —le exigía Andrés, sin dejar de embestirla—. El primero que te hizo esto.

—No, eso no.

—Dímelo. Dímelo y te acabo adentro.

—Andrés.

—Dímelo. Quiero acabarme en tu culo y quiero saber quién estuvo antes.

Marisol se aferró a las sábanas, tensó todo el cuerpo, y soltó un gemido largo, partido en dos, antes de hablar.

—Mi padre —dijo, casi llorando—. Mi padre fue el primero. Yo tenía dieciséis y me metí en su cama una noche que él volvió tomado. Nunca lo conté.

No puede ser. No puede ser lo que acabo de oír.

El aire del ropero se volvió denso. Cerré los ojos un segundo, después los abrí, y los volví a cerrar. Andrés soltó un rugido, la agarró de las caderas con las dos manos y la clavó contra su polla tres, cuatro, cinco veces seguidas, hondo, brutal, y después se hundió hasta los huevos y se quedó ahí, temblando. Le vi el culo apretarse, la espalda arquearse, y supe que le estaba llenando el culo de semen. Mi tía se corrió al mismo tiempo, con los dedos todavía metidos en el coño, gritando contra la almohada un grito ronco que se le rompía en la garganta. Yo me corrí por segunda vez con los muslos apretados y la mano contra la boca, sintiendo la corrida bajarme por los dedos hasta la muñeca, sin saber bien si era placer, asombro o algo más oscuro que no me atrevía a nombrar.

Andrés sacó la polla despacio y le cayó a mi tía un hilo blanco por la cara interna del muslo. Ella se quedó con el culo levantado unos segundos, jadeando, dejando que el semen le escurriera sobre la sábana. Después se dio la vuelta, se sentó sobre los talones y le agarró la polla a Andrés, todavía dura, todavía brillante, y se la metió en la boca. Se la limpió entera con la lengua, chupándole hasta la última gota, mirándolo a los ojos.

—Puta —le dijo él, con una ternura rara—. Mi puta.

***

Se quedaron abrazados unos minutos. Hablaban en voz baja, riéndose por lo bajo, prometiéndose silencio. Andrés se vistió primero. Le dio un beso a mi tía en el hombro, en la frente, en la boca. Le acomodó el cabello con una ternura que no le encajaba al hombre que la había tomado contra la pared.

—¿Mañana? —preguntó él.

—Mañana —respondió ella.

—Cuídate.

Salió. Marisol se quedó sentada al borde de la cama, mirándose las manos. Después se levantó, fue al baño contiguo y la escuché orinar, lavarse la cara, ajustarse el vestido. Bibiana apareció a los pocos minutos, golpeando la puerta del cuarto con dos toques rápidos.

—Hermana, baja —le dijo—. Tu marido pregunta por ti. Le inventé que fuiste a ver al bebé. Pero apúrate, ya casi no queda nadie arriba.

Las dos salieron riéndose. Cerraron la puerta. Por primera vez en horas pude respirar con la boca abierta y los hombros sueltos.

Esperé otros cinco minutos, con las piernas dormidas y un sudor frío en la espalda. Cuando estuve segura de que el pasillo estaba vacío, salí del ropero como una ladrona. Las rodillas me crujieron. Mi vestido estaba empapado entre los muslos, el olor de mi propia corrida me subía hasta la nariz. Bajé descalza, escalón por escalón, agarrándome del pasamanos como si el mundo se hubiera vuelto otro.

Llegué a mi habitación. El bebé seguía dormido, ajeno a todo, con la respiración pesada de los niños felices. Me metí en la cama vestida, con los ojos abiertos, mirando el techo. Esa madrugada no dormí. Repasé cada imagen, cada palabra, cada confesión, hasta que el sol entró por la persiana.

Marisol bajó a desayunar a las once, fresca, perfumada, con una camisa de algodón blanca y la sonrisa de siempre. Me miró como si nada hubiera pasado. Yo intenté hacer lo mismo. Pero esa mañana, mientras le servía el café, supe que ya no era la sobrina inocente que ella creía conocer. Algo se había abierto dentro de mí, y todavía no termina de cerrar.

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Comentarios(9)

Horacio_MDQ

increible!! uno de los mejores que leí en esta categoría

Lorena_V

que nervios debia tener ahi metida en el armario jajaja, yo me habría desmayado del susto. buenisimo

Ernesto68

Me enganché desde el primer párrafo y se me hizo cortísimo. Muy bien narrado, seguí escribiendo!

NocheEterna

Por favor que haya segunda parte, quedé con ganas de saber más. Excelente relato

cinthia_BA

Morboso y entretenido a la vez, me encantó

Maxi_Rdz

Eso que contás es real? jaja tiene demasiados detalles para ser inventado...

RobertoCba

Bien escrito y con buena tensión durante todo el relato. Felicitaciones, se nota el trabajo puesto

PedroPanadero

Me recordó a una situacion similar de cuando era chico, aunque mucho menos picante jaja. Tremendo

Romi_23

excelente!!! ojalá haya continuacion pronto

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