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Relatos Ardientes

El camionero que me cazó en el área de servicio

Llevaba meses obsesionado con cambiar de moto. Tengo una naked que uso para ir al trabajo y para escaparme algún domingo a la sierra, pero quería una custom, una de esas que pesan toneladas y te dejan rodar horas sin que se te quejen los riñones. Desde que me lié con Bruno, un motorista que conocí en una concentración, no podía sacarme la idea de la cabeza. Su Yamaha negra me obsesionaba casi tanto como el modo en que él me había follado en el aparcamiento del hotel.

Encontré por internet una Yamaha XV1900 del 2010 en Vigo, impecable, con parabrisas, alforjas semirrígidas y faros auxiliares cromados. El precio era razonable y los kilómetros, ridículos. Llamé al concesionario, hablé con el dueño, y al día siguiente cogí un vuelo que me dejó en Galicia en hora y media. Cuando la vi aparcada en la entrada, supe que era mía antes de tocarla. Sonaba grave, con un ronroneo que se te metía debajo de la piel.

Hice la transferencia, firmé los papeles —la documentación me llegaría por correo— y aproveché para comprar también el equipo. Un compañero de pista, veterano de viajes en moto, siempre me repetía la misma cantinela: hay que ir vestido como si te fueras a caer en el siguiente kilómetro. En verano me recomendaba ponerme debajo de la cazadora un culote de ciclismo y una camiseta técnica que absorbiera el sudor. Compré todo allí mismo: chaqueta y pantalón ventilados, casco modular, guantes cortos y botas reforzadas. Dormí esa noche en un hostal cercano al puerto y salí al amanecer.

La idea era cruzar a Portugal y bajar por la costa atlántica hasta Coimbra, luego cortar tierra adentro hacia Cáceres y enfilar Málaga por la ruta larga. Tres días sin prisa. La primera jornada fue dulce: carreteras secundarias, curvas tendidas, pueblos con nombres que no sabía pronunciar y un café portugués cada vez que paraba a poner gasolina. La moto pesaba mucho más que la mía, pero ese peso se convertía en serenidad en cuanto pasabas de los cien.

Almorcé en Coimbra y seguí hacia el sur. Crucé la frontera por una aduana fantasma, sin nadie, con el sol todavía alto. A media tarde el cansancio empezó a notarse en los riñones. Vi un área de servicio con dos camiones aparcados de cualquier manera y un cartel grasiento que prometía bocadillos y café. Tiré para allá. Me quité la cazadora y los guantes, los guardé en el arcón, dejé el casco enganchado al sillín y entré en la cafetería con la camiseta técnica pegada al cuerpo.

Dentro casi no había nadie. La camarera estaba apoyada en la barra mirando el móvil. Dos camioneros, cada uno en su mesa, ocupaban el comedor. Uno tendría sesenta y pico años y miraba un partido sin sonido. El otro me hizo levantar la cabeza nada más entrar.

Treinta y pocos, calculé. Camiseta blanca ajustada hasta el límite, brazos del tamaño de mi muslo, mandíbula cuadrada y cabeza rapada al cero. No era guapo en el sentido habitual de la palabra, pero tenía esa pinta de animal de gimnasio que hace que se te seque la boca. Y desde el primer segundo no me quitó los ojos de encima.

Pedí un café con hielo en la barra. Bebí despacio, intentando no mirar atrás. Cada vez que giraba un poco la cabeza, él seguía clavado en mí. Cuando dejé el vaso vacío, decidí que ya estaba bien de fingir. Pagué, salí al pasillo y entré en los aseos.

Los servicios eran amplios: a la izquierda, dos duchas separadas por cortinas; al fondo, una hilera de cuatro urinarios y, contra la pared opuesta, tres retretes con puertas hasta el suelo. Me coloqué en el último urinario, me desabroché el cinturón y los botones del pantalón, me bajé el culote hasta los muslos, saqué la polla y me puse a mear con el alivio físico de quien lleva horas aguantándose.

Estaba sacudiéndomela cuando oí la puerta abrirse y unos pasos pesados acercarse. Sin mirar, supe que era él. Olía a sudor limpio y a colonia barata. Se colocó en el urinario contiguo, se bajó el chándal y los calzoncillos sin ningún disimulo, y sacó la polla. No estaba meando.

Mis ojos fueron solos. La tenía gruesa y larga, todavía blanda, con un capullo grande y oscuro y un par de huevos colgándole pesados entre los muslos. Cuando levanté la vista, él me estaba mirando a mí.

—¿Te gusta?

Asentí. No me salió la voz a la primera.

—¿Eres mudo? —preguntó, medio sonriendo, medio retándome.

—No… no, claro que no. Es preciosa.

Cogió mi muñeca con una mano que parecía un guante de boxeo y me la guio hasta su miembro. Cerré los dedos a su alrededor.

—Tranquilo —dijo—. No muerde.

Empecé a acariciarle el pellejo arriba y abajo, despacio. Lo noté crecer en cuestión de segundos. La polla se le puso dura y caliente en mi mano y, mientras tanto, su otra mano se coló por la cintura abierta de mi pantalón. Encontró mi culo sin tener que buscar, y me deslizó un dedo entre las nalgas hasta el centro mismo del esfínter.

—Joder, qué sudadito lo tienes —dijo en voz baja—. Como a mí me gusta.

—Aquí no —susurré—. Nos puede ver alguien.

—¿Te preocupa eso?

—Sí.

—Ven.

***

Me arrastró del brazo hasta el último retrete y cerró la puerta con el pestillo. El espacio era estrecho, apenas cabíamos los dos. Me agarró la cara con las dos manos —cada una me cubría media cabeza— y me besó. No fue un beso suave: me chupó los labios, me mordió el inferior, me metió la lengua hasta el fondo y me la dejó ahí mientras me respiraba en la boca.

—En cuanto te vi entrar en la cafetería supe lo perra que eras —murmuró contra mis labios.

Me levantó la camiseta hasta la nuca, dejando mis pezones al aire. Bajó la cabeza y se prendió de uno con los dientes. Yo gemí, intenté ahogarlo, no pude. Me los pellizcaba, me los mordía, me los chupaba como si los quisiera arrancar.

—Cabrón —jadeé—. Me estás derritiendo.

Me empujó por los hombros hasta sentarme en la taza. Se quitó la camiseta de un tirón, se bajó el chándal y los calzoncillos hasta los tobillos y quedó delante de mí, completamente desnudo, con la polla apuntándome a la cara. Era un puto monumento al gimnasio: pectorales como bloques, abdominales marcados, venas en los antebrazos.

—Cómemela —ordenó—. A ver qué sabes hacer.

Cogí la base con la mano derecha y empecé por sus huevos. Le lamí los muslos, le chupé las pelotas una a una metiéndomelas enteras en la boca y haciendo chasquear la lengua contra ellas. Subí por el tronco con la punta de la lengua, despacio, marcando la vena gorda que la recorría hasta el frenillo. Le besé el glande, hundí la punta de la lengua en el agujero, jugué con él hasta que soltó el primer jadeo de verdad.

—Joder, perra…

Me la metí entera. Bueno, todo lo entera que cabía sin partirme la mandíbula. Empecé a chuparla con cabeza y manos coordinadas, subiendo y bajando, dejando un hilo de saliva entre mi boca y su cuerpo cada vez que la sacaba para tomar aire.

Él aguantó poco antes de tomar el mando. Me agarró la nuca con las dos manos y empezó a follarme la boca, embistiendo a su ritmo, sin importarle si yo respiraba o no. La punta me golpeaba la campanilla cada vez que entraba. Los ojos se me llenaron de lágrimas y un hilo espeso de saliva me caía desde el mentón hasta el pecho. Quise apartarlo con las manos en sus caderas, pero él era el doble de fuerte que yo.

—Ay, ay, perra, cómo tragas polla…

—Argg…

Y entonces sacó la polla de un tirón, se dio dos meneos con la mano y empezó a soltar. La primera tanda me dio en el ojo izquierdo y bajó por la mejilla. La segunda, en los labios. La tercera, en el mentón. Eyaculaba como si llevara una semana ahorrando, en chorros pesados que olían fuerte.

—Límpiala.

Me incliné, le pasé la lengua por la polla manchada hasta dejársela brillante, y luego, sin pensarlo demasiado, me limpié la cara con el dorso de la mano y me lamí también los dedos.

***

Me agarró por los pezones para obligarme a levantarme. Me hizo girar y colocar las manos contra la pared del retrete. Los azulejos estaban fríos. Yo no.

—Estás empapado de sudor —me dijo al oído—. Me encanta.

Empezó a lamerme la espalda. La columna, las paletillas, la nuca. Bajó hasta la cintura del pantalón y, sin dejar de besarme la piel, me lo bajó del todo. Me quitó una bota, sacó una pierna entera del pantalón y del culote, y me dejó la otra atrapada en la tela. Mejor para él: así estaba más abierto.

—Joder, qué culo tienes, mariconazo.

Yo arqueé la espalda y empujé las caderas hacia atrás. Él me mordió la nalga derecha, me abrió las dos con las manos y escupió fuerte en el centro. Sentí el lapo bajar por la raja antes de que su dedo entrara.

—Vaya. Este culo ha visto cosas.

—¿Vas a hablar todo el rato o vas a metérmela?

Se rio entre dientes. Yo notaba el calor de su cuerpo a centímetros del mío y el olor a sudor de hombre, esa mezcla a vestuario y a sexo que me pone más cachondo que cualquier otra cosa en el mundo. Lo oí rasgar un envoltorio —al menos había venido preparado—. Cuando volvió a posarse contra mi espalda, su polla me golpeaba ya el ojete por fuera.

Volvió a escupir. Me agarró por las caderas. Apoyó la punta. Y, sin avisar, empujó de golpe.

—¡Ah, joder! —se me escapó.

—Si está abierto, qué pasa.

—Cállate.

Sacó la verga casi entera y la volvió a clavar de un solo movimiento. Cada empujón me levantaba los talones del suelo. Cada vez que entraba hasta el fondo se quedaba un instante quieto, abrazado a mi espalda, lamiéndome la nuca, arañándome los costados, pellizcándome los pezones, dándome cachetadas secas en los glúteos.

—¿No querías que te follara el culo? —jadeó.

—Ay, cabrón.

—Pues toma culo.

Aumentó el ritmo. Yo aguantaba con los antebrazos contra la pared, sintiendo cómo el sudor me corría por la espalda y se mezclaba con la saliva que él me iba dejando entre los omóplatos. Mi polla, abandonada entre el muslo y la taza, goteaba presemen contra el suelo.

—Ay, las piernas… —se me escapó—. No me aguantan.

—Aguanta, perra.

Una mano me agarró la cintura para sostenerme. La otra subió y me cogió por la camiseta hecha un nudo en la nuca, tirando de ella como si fueran riendas. Las embestidas se volvieron cortas, rápidas, mecánicas.

—Me corro —gruñó—. Me corro.

Apreté el esfínter con todo lo que me quedaba. Quería notar cada contracción, cada pulso. Su último envite me empujó la cara contra los azulejos y entonces lo sentí: el temblor, la rigidez, las pulsaciones gruesas latiendo dentro del condón mientras él se vaciaba con los dientes clavados en mi hombro.

Cuando todavía estaba terminando, su mano libre encontró mi polla y empezó a pajearme con torpeza, con prisa. Tampoco hizo falta más. Cinco segundos después estaba regando la pared y la taza con mi propia leche, jadeando como un perro y con las rodillas a punto de fallarme.

***

Me hizo darme la vuelta y sentarme de nuevo en el inodoro. Ahí, frente a mi cara, su polla todavía firme con el condón puesto. En la punta había restos marrones. No mucho, lo justo para que los dos lo notáramos.

—Huy. Perdona.

—No te preocupes —dije sonriendo—. Si entras en la madriguera, sales con pelo.

Se rio de verdad por primera vez. Cogió papel del rollo, se quitó el preservativo con cuidado y, antes de que pudiera meterlo en la papelera, un hilo de semen le resbaló por la base hasta los huevos.

—Límpiala —repitió.

Me incliné otra vez. Le lamí los testículos, recogí la lefa con la lengua, fui subiendo por el tronco hasta el glande, glotón como si fuera la primera y la última vez. Cuando terminé, su polla brillaba.

—¿Te gusta el sabor, perra?

Iba a contestar algo, no sé qué, cuando oí un ruido seco encima de nosotros. Levanté la vista. En el retrete contiguo, asomado por el hueco entre la pared y el techo, había un par de ojos clavados en los dos. La cara desapareció en cuanto cruzó la mirada con la mía. Oímos el pestillo del otro retrete, los pasos rápidos, la puerta del baño abrirse y cerrarse.

—Vaya —dijo mi amante—. Hemos tenido público.

—¿Quién era?

—El otro camionero. Es un mirón. Se la pela viendo follar a la gente.

—De todo hay en la viña del Señor.

Nos vestimos en silencio, cada uno acomodándose la ropa con la rutina de quien ya ha hecho esto antes. Nos lavamos las caras en el lavabo, sin hablar. Antes de salir, él sacó el teléfono.

—Dame tu número. Si paso por Málaga, te aviso.

Salí al sol con las piernas todavía flojas. La moto seguía ahí, paciente, con el casco colgando del sillín. Me puse la cazadora, los guantes, el casco. Arranqué. El motor sonó grave debajo de mí.

Me quedaban tres horas hasta Cáceres y unas cuantas más hasta casa, pero llevaba el culo bien servido y un número nuevo en la agenda. Mientras salía del área de servicio y enfilaba la autovía, pensé que aquella moto ya estaba bautizada como tenía que estarlo.

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Comentarios (4)

DiegoLec

excelente!!! uno de los mejores relatos que lei por aca en mucho tiempo

TulioCba

por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber si volvieron a cruzarse

RuteroSur

me recorda a una parada nocturna que hice hace años en la ruta... esas miradas que no necesitan palabras son inconfundibles. muy bien captado

ViajeroNocturno22

tremendo el suspenso del principio, me tenia pegado a la pantalla sin poder parar de leer

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