Me masturbé en el cine y un desconocido se sentó al lado
Me llamo Renata y tengo veintidós años. Soltera, sin compromisos y con la cabeza llena de fantasías que llevaba meses guardando para mí. La que más vueltas me daba era una en particular: masturbarme en un cine, a oscuras, rodeada de extraños, con la película llenándolo todo de ruido y nadie sospechando lo que pasaba a tres butacas suyas.
La idea me obsesionaba desde una madrugada en la que no podía dormir y me puse a leer relatos en el celular. Cada vez que volvía al tema lo descartaba con un «no soy capaz», pero el deseo se quedaba ahí, raspándome por dentro. Una noche, después de dos copas de vino, decidí que iba a hacerlo. Que merecía cumplir aquella curiosidad de una vez.
Pedí el martes libre en la oficina con una excusa cualquiera. Elegí la primera función de la mañana en un cine viejo del centro, de esos que ya casi nadie pisa. La cartelera ofrecía un drama checo subtitulado que llevaba demasiado tiempo en cartel. Perfecto. Sabía que la sala iba a estar prácticamente vacía.
La noche anterior dormí mal. Me revisé el cajón de la ropa interior tres veces. Al final me decidí por unas bragas negras de algodón, finas, fáciles de mover sin levantar el vestido. Y un vestido suelto color crema, corto pero no demasiado, con un escote discreto. Sin sostén. Si iba a hacerlo, iba a hacerlo en serio.
Llegué al cine a las nueve y media. La taquillera bostezaba detrás del mostrador y apenas me miró cuando le pedí la entrada. Subí al primer piso, donde estaba la sala. Conté las personas al entrar: una pareja mayor en la fila de atrás, un señor solo dos hileras delante de donde yo planeaba sentarme y nadie más. Elegí la fila del medio, la butaca pegada al pasillo, por si necesitaba salir corriendo.
Llevaba en el bolso un abrigo negro doblado. Lo había metido pensando en eso desde la mañana, como si fuera la herramienta de un trabajo concreto. Lo extendí sobre las piernas en cuanto se apagaron las luces.
Los primeros minutos fueron de pura observación. Quería confirmar que nadie iba a entrar tarde, que el acomodador no daba una segunda ronda, que el señor de las hileras de adelante no se giraba para nada. La película era lenta, larguísima, con planos fijos de gente caminando por un pueblo nevado. Ideal.
Empecé despacio. La mano izquierda bajo el abrigo, los dedos rozando el muslo desde la rodilla hasta el borde de la braga. Me acaricié por encima de la tela, sin meter la mano todavía. Quería que mi propio deseo me empujara, no forzarlo. Funcionó: a los pocos minutos noté la humedad atravesando el algodón.
Subí la otra mano y, sin sacarla del cuello del vestido, me apreté un pecho. El pezón ya estaba tan duro que dolía. Lo apreté entre los dedos, lo solté, lo apreté de nuevo. La respiración me cambió. Tuve que recordarme que no podía suspirar.
Si alguien se gira ahora, estoy perdida.
Justo cuando empezaba a animarme a meter los dedos por debajo de las bragas, el señor de delante se levantó. Saqué la mano del pecho de un tirón, fingí mirar la pantalla y esperé. Salió por la puerta lateral. Probablemente al baño. La adrenalina me dejó en blanco por un instante, pero la mano de abajo no se detuvo. Aproveché que estaba sola un momento y aparté el algodón a un costado. Toqué piel con piel por primera vez esa mañana y casi se me escapa un gemido.
Tenía los dedos empapados. Jugué con la entrada, sin meterlos todavía, dando vueltas con suavidad. Cerré los ojos un segundo y los volví a abrir. Cuando los abrí, el señor estaba volviendo del baño.
No volvió a su butaca.
Se acercó por el pasillo, bajó por mi fila y se sentó dos asientos más allá del mío. Después, sin prisa, se corrió uno. Quedó al lado mío. No me miró ni una vez. Fingió interés por la película.
Tendría que haberme parado y haberme ido. Eso es lo que me dijo el pequeño rincón sensato del cerebro durante diez segundos. Pero la otra parte, la que me había llevado hasta ahí, ganó. Sentí su perfume —algo amaderado, caro— y noté que era bastante más grande que yo. No le veía la cara bien, solo el perfil iluminado a medias por la pantalla. Calculé que pasaba los cuarenta.
Mantuve la mano donde estaba. No la saqué. Tampoco moví un músculo de la cara. Si él iba a hacer algo, que lo hiciera. Si no, yo iba a seguir. Empecé a circular el clítoris con dos dedos, despacio, conteniendo el aire.
Pasaron dos minutos. Tres. Y entonces sentí su mano apoyarse en mi rodilla, por fuera del abrigo. Una mano grande, pesada, segura. No le tembló. Me quedé absolutamente quieta.
Su mano subió. Lentamente. Entró bajo el abrigo, encontró mi muslo y fue trepando. Me retiré la mía y la dejé caer al asiento, en una especie de invitación silenciosa. Él entendió perfectamente. Sus dedos llegaron a donde yo había estado y se detuvieron un segundo, como si comprobaran lo que ya intuían.
—Mojadita —me susurró, tan cerca del oído que sentí el aire caliente—. Mojadita y solita en el cine.
Tendría que haberme dado vergüenza. No me dio. Me dio un escalofrío que me bajó por la espalda hasta el ombligo. Abrí las piernas un poco más. Si esto iba a pasar, iba a pasar entero.
Metió un dedo. Despacio, midiéndome, como quien prueba la temperatura del agua. Era grueso. Tuve que apretarme el labio inferior con los dientes para no soltar nada por la boca. Mi cuerpo lo recibió y pidió más sin que yo dijera una palabra. Moví la cadera hacia adelante. Él se rió bajito.
—Tranquila —dijo.
Metió un segundo dedo. Empezó a moverlos. Despacio al principio, marcando el ritmo con una paciencia que me desarmó. La otra mano la subió por el costado, encontró el escote y se coló por dentro del vestido. Cuando descubrió que no llevaba sostén, contuvo la respiración un instante. Después me agarró un pezón entre el pulgar y el índice y lo apretó.
Me tapé la boca con el dorso de la mano. No quería pensar en lo que pasaría si alguien se daba vuelta. La pareja mayor de atrás llevaba media hora sin moverse, pero la sala devolvía cada sonido. Mordí mi propia piel para no gemir.
Sus dedos aceleraron. Cada cierto tiempo el pulgar subía y daba un par de vueltas al clítoris antes de volver al ritmo de los otros dos. Era un hombre que sabía lo que hacía. Lo decían sus manos. Lo decía la forma en que iba leyéndome la respiración para acompañarla.
***
De pronto, dejó de pellizcarme el pezón. Sentí que se inclinaba sobre mí. Lo siguiente que noté fue su boca caliente cerrándose alrededor del pecho que ya me había sacado del vestido. Chupó como si me debiera ese pecho desde hacía años. Tiró con suavidad y después se quedó succionando, con la lengua haciendo círculos lentos.
Eso fue lo que terminó de romperme.
Sus dedos se movían rápido ahora, profundos, y el pulgar había encontrado un ritmo sobre el clítoris que me estaba arrastrando a un sitio sin retorno. Sentí el calor subir desde los muslos. Sentí las piernas temblar. Apreté el muslo contra su mano, intentando que parara y que no parara al mismo tiempo. Mordí el reverso de mi mano hasta hacerme daño. Y entonces me corrí, en silencio, con la cabeza echada para atrás y las venas del cuello tensas como cuerdas de guitarra.
El orgasmo me dejó la vista borrosa. Tardé un momento en volver a registrar la película, los subtítulos, el murmullo lejano del proyector. Él no había sacado los dedos. Los retiró despacio, casi con respeto, y se llevó la mano al pantalón para limpiárselos sin mirarme.
Yo todavía tenía la respiración entrecortada cuando le miré por primera vez de frente. No era guapo en el sentido clásico. Tenía el pelo entrecano, una barba corta, ojos oscuros y una sonrisa torcida que me dijo que él tampoco había venido al cine a ver la película.
Bajé la mirada al bulto que se le marcaba en los pantalones. Era imposible no verlo. Me lo he ganado con su trabajo, pensé. Y yo se lo iba a devolver.
Sin pedir permiso, me bajé del asiento. La sala estaba a oscuras, la pareja mayor seguía hipnotizada con la pantalla y el suelo apenas se notaba pegajoso bajo las rodillas. Me acomodé entre sus piernas, debajo del abrigo que ahora caía por delante del asiento. Le abrí el cinturón con una mano. Él me dejó hacer. No movió un músculo.
Cuando le saqué la verga, era exactamente como la había imaginado. Gruesa, dura, con esa curva ligera hacia arriba que vuelve loca a cualquiera. Me la metí en la boca sin avisar. Lo escuché tomar aire de golpe. Una de sus manos se enredó en mi pelo, no para empujarme, solo para sostenerme.
Trabajé con la lengua primero. Lentamente, como él había hecho conmigo. Después aceleré. Lo cubrí de saliva, lo solté un instante para mirarlo de abajo hacia arriba —quería que se acordara de mi cara— y volví a tragármelo entero. Su mano apretó un poco más fuerte mi nuca y comprendí que ya no iba a tardar.
Acabó dentro de mi boca. Me lo tragué sin pensarlo, sin asco, casi con orgullo. Hubo un instante en el que ninguno de los dos se movió. Después subí, le acomodé el pantalón, me senté otra vez en mi butaca y volví a colocar el abrigo sobre las piernas como si nada hubiera pasado.
La película todavía no había terminado.
Aguanté quince minutos más. Él tampoco se movió. Cuando empezaron los créditos y se encendieron las luces de servicio, agarré el bolso, le di una última mirada de reojo y salí al pasillo. Él no me siguió. No me dijo su nombre. No me pidió el teléfono. No me dio el suyo.
Salí a la calle con el sol pegándome en la cara y una sonrisa que no me cabía en la boca. Crucé hasta la cafetería de enfrente y me pedí un café doble. Mientras esperaba, me di cuenta de que tenía las piernas todavía un poco flojas y que cada vez que me movía sentía el recuerdo entre los muslos.
Pensé que iba a estar nerviosa o arrepentida. No fue así. Llegué a casa, me quité el vestido, me metí en la ducha y, cuando el agua caliente me caía sobre los hombros, supe dos cosas: que aquella fantasía había sido aún mejor de lo que la había imaginado, y que iba a volver a aquel cine algún martes a la mañana, con otra película aburrida y otro abrigo encima de las piernas.