Espié a mis compañeros de piso una noche sin luz
Quiero contar algo que me pasó cuando vivía en una pensión cerca de la universidad. No quería irme del barrio al terminar la carrera, así que me mudé a un sitio que antes había sido residencia femenina. Llevaba meses cerrado y el dueño aceptó alquilarme una habitación con el resto vacío. Durante semanas fui el único inquilino.
Para mí era el paraíso. Tenía toda la casa para mí solo. Andaba en calzoncillos o desnudo de un cuarto al otro, sin preocuparme por toallas ni por horarios de baño. El dueño, don Hernán, pasaba los domingos a primera hora, me preguntaba si todo estaba bien, daba una vuelta rápida por las habitaciones vacías y se iba. Una maravilla.
Esa libertad me empujó a abrir Grindr con más constancia. No tenía sentido desperdiciar tanta intimidad sin compañía. Lo que pasó esas semanas con tres tipos distintos da para otro relato, no es lo que vengo a contar.
A los quince días, don Hernán me avisó que en unos días vendría un nuevo inquilino. Eso, claramente, se interponía en mis planes de seguir trayendo desconocidos a cualquier hora. Pero qué iba a hacer.
Un sábado por la tarde se estacionó una camioneta gigante frente a la casa. El padre, una camisa de botones planchada hasta la rigidez. La madre, vestido floreado y el pelo teñido de un rubio muy ensayado. Olían a dinero por todos lados. Y detrás de ellos venía el hijo. Un muchachón cuerpudo, más alto que el padre, hombros anchos, brazos gruesos cubiertos de un vello castaño espeso. El pelo corto, los ojos verdosos, los labios gruesos y rosados, las cejas tupidas. Se afeitaba la barba pero ya tenía sombra a media tarde. Después me enteré de que en una semana cumplía diecinueve.
Buscaba pensión porque en la anterior lo habían echado, eso lo soltó el padre como sin querer. También se cambiaba de carrera, de una pública a un instituto técnico a tres cuadras. Una historia de torpezas universitarias, vamos.
Esa tarde yo estaba en la cocina haciendo arroz. Los padres me miraron como si fuera un mendigo metido en su casa. La madre apretó el bolso contra el pecho. Pero a mí qué me importaba.
No volvieron en toda la semana. Pensé que el lugar les había parecido poca cosa. Pero a los pocos días don Hernán me dijo que sí, que habían pagado y que el chico llegaba pronto. Eso me daba margen para una última semana de excesos.
Hasta que llegó el día de la mudanza. Los padres cargando cajas, ropa, una nevera pequeña, todo a las apuradas, como si el hijo fuera a contaminarse si pasaba demasiado tiempo cerca de mí.
El muchacho era torpísimo. Se tropezaba con sus propios pies, se le caía todo. Pero a mí me gustaba mirarlo. Tenía la cara de esos chicos de campaña de ropa interior, la mandíbula marcada, los ojos perdidos. Me sacó conversación mientras yo limpiaba la mesa. Resultó simpático, hablador, con risa fácil. Luego lo vi cocinando en pantalón corto, se quitó la camiseta porque hacía calor, y entonces vi su torso. No era atlético, le sobraba algo de barriga, pero tenía dos pezones rosados, caídos por el peso del pecho, que me hicieron irme a la cama esa misma noche a masturbarme pensando en ellos durante días.
Se llamaba Tomás.
A la semana se mudó su mejor amigo, Bruno. Yo lo tomé como algo normal. Para entonces ya había aceptado que Tomás no era gay, ni bisexual, ni nada. La forma en que hablaba de mujeres, la música que ponía en el parlante, los partidos de fútbol que veía gritando en el sillón. Todo en él gritaba que era el tipo más heterosexual del barrio.
Bruno era más bajo, casi de mi estatura, flaco pero no del tipo escuálido. Piel oscura, el pelo casi rapado, una mirada cerrada que no invitaba a ninguna conversación. Apenas me saludaba. Cuando Tomás se iba algún fin de semana a casa de sus padres, Bruno se encerraba en el cuarto y yo no lo veía hasta el lunes.
Hasta que pasó una noche sin electricidad.
Habían cortado la luz en todo el barrio. Ellos pensaron que yo había salido, porque mi habitación estaba en silencio. Pero yo me había dormido temprano por aburrimiento, con el teléfono al cinco por ciento.
Eran las diez de la noche cuando me despertaron unos ruidos en la cocina. Tomás siempre hablaba a los gritos, y Bruno apenas le respondía. Pero esa noche era raro. Hablaban un poco, se callaban, hablaban otra vez. Silencios largos, demasiado largos.
Lamentablemente, compartíamos el baño y el mío estaba justo frente a la cocina. Me levanté con el teléfono casi muerto y salí al pasillo a oscuras. La puerta del baño estaba al fondo, había que pasar por delante de la cocina abierta.
Caminé descalzo, sin hacer ruido. Y los vi.
No podía ser. No eran solo amigos.
Bruno estaba arrodillado en las baldosas, mamándole la verga a Tomás. Todo en silencio, con una habilidad de alguien que lo había hecho cien veces.
La única luz era la linterna del celular de Tomás apoyada en la mesa, y la llama azul del fogón encendido al fondo. Esa luz temblorosa pintaba las gotas de sudor en la espalda de Bruno, los músculos contraídos en sus hombros, la curva de su nuca rapada. Yo estaba quieto en el pasillo, en la sombra, con el corazón a mil y la respiración cortada.
Bruno tenía la boca llena. Se le hinchaba la mejilla mientras succionaba con un ritmo lento, pesado. Tomás había apoyado una mano en la pared, había echado la cabeza hacia atrás y soltaba unos gemidos ahogados, roncos, casi susurros.
—Así… así, hijo de puta… —murmuró con la voz quebrada.
Bruno levantó la mirada sin sacar la boca. Los ojos le brillaban por la saliva y las ganas. No dijo nada. Solo metió más la cabeza, hasta que la punta de la nariz le tocó el vientre de Tomás. Tragó. Hizo un sonido húmedo, profundo, como de alguien que no quiere perder ni una gota.
Tomás le agarró la nuca y hundió los dedos en el pelo casi rapado.
—No pares —le ordenó, y le temblaba la voz.
Se notaba que llevaban un rato. La verga de Tomás brillaba toda, dura, con la piel tensa y las venas marcadas hasta la base.
Bruno la sacó de golpe. Un hilo largo de saliva se rompió en el aire.
—¿Te gusta que te la mame así? —preguntó con una sonrisa sucia.
Y antes de que Tomás contestara, volvió a bajar y se la tragó entera.
Tomás gruñó.
—Cállate… que nos va a oír el otro…
—No hay nadie —respondió Bruno con la boca ocupada, y volvió a chuparlo, lento, haciendo presión con la lengua en la punta.
Yo me toqué por encima del pantalón del pijama. La tenía dura, doliéndome. Me mordí el labio con fuerza para no soltar ningún ruido.
Me eché hacia atrás, temblando, y volví a mi habitación. No podía creerlo. ¿Tan mal andaba mi radar? Tantas semanas viéndolos hablar de mujeres y tirados en el sillón viendo partidos, y resultaba que entre ellos pasaba todo esto.
Hasta que dejé de oír sus voces de nuevo. Supe que volvían a estar en lo suyo.
Volví a asomarme.
¿Qué?, pensé para mis adentros.
Ahora era Tomás el que estaba arrodillado, mamándole la verga a Bruno. Y era más grande. Mucho más. Una verga oscura, gruesa, con la cabeza color rosa intenso, brillante de saliva. Tomás parecía nervioso. La chupaba con cuidado, casi con timidez, como si estuviera aprendiendo. Pasaba la lengua despacio, desde la base hasta la punta, y después daba besos húmedos en el costado.
Bruno estaba recostado contra la nevera, con los brazos cruzados, mirándolo desde arriba con media sonrisa.
—Más profundo —dijo con voz grave.
Tomás intentó meter más y se atragantó. Un poco de saliva le cayó por la barba recortada. Tosió. Pero no se detuvo. Lo volvió a intentar, cerró los ojos y bajó la cabeza hasta que la nariz casi le tocó el vientre.
Bruno gimió. Un gemido corto, ronco, que cortó el silencio de la casa. Después le agarró el pelo, lo enredó entre los dedos y tiró.
—Así me gusta… trágatela toda…
Tomás soltó un sonido húmedo, como un sollozo, y se le empezaron a brotar las lágrimas. Pero no paró. Subía y bajaba la cabeza con un ritmo desesperado, como si dependiera su vida de eso. Se oía el chasquido constante de la boca mojada contra la piel.
Yo apoyé la frente en la pared del pasillo. La verga me palpitaba dentro del pantalón. Olía mi propia excitación.
Entonces Bruno lo levantó de golpe del brazo.
—Para —dijo—. Si sigues me voy a venir.
Se besaron. No fue un beso suave. Fue un beso bruto, con la lengua entera, mordiéndose los labios. Tomás tenía la cara mojada de la saliva de la verga que se acababa de mamar. Bruno le pasó el pulgar por la comisura, recogió un hilo y se metió el dedo en su propia boca.
—Sabes bien —le dijo.
Yo me quedé ahí, temblando, con el teléfono ya muerto en la mano. Ya no tenía ni ganas de ir al baño.
Volví a mi cuarto caminando en puntas de pie, con el pecho a punto de estallarme y la verga tan dura que me dolía. Cerré la puerta sin hacer ruido, me tiré en la cama y me bajé el pantalón. No necesitaba ni saliva, ya estaba empapado de tanto excitarme mirándolos.
Empecé a tocarme despacio, recordando cada detalle. La forma en que Bruno se la tragaba sin pestañear. El gemido ronco de Tomás cuando le tiraron del pelo. La cara sumisa de Tomás cuando estaba arrodillado, todo babeado, con las lágrimas en los ojos.
Tenía la cabeza a mil revoluciones.
Eran ellos. Los que se hacían los amigos heterosexuales. Los que andaban en pantalón corto hablando de mujeres. Esos mismos. Cogiendo de esa manera tan sucia, tan desesperada, tan real. No se me había cruzado por la cabeza ni un segundo. Y vaya que lo escondieron bien.
Apreté los dientes y aceleré la mano. La verga me palpitaba caliente, la piel sensible. Me imaginé en el medio de los dos. Bruno tirándome del pelo a mí. Tomás besándome con esa boca todavía llena del sabor de la verga del otro.
—Mierda… —susurré en la oscuridad.
Me vine fuerte. Tan fuerte que tuve que taparme la boca con la almohada para no gemir. El semen me salió a chorros, caliente, manchándome el estómago y las sábanas. Me quedé temblando un rato, respirando hondo, escuchando si seguían en la cocina.
Pero ya no se oía nada. Solo el silencio y mi propia respiración agitada.
Limpié todo rápido con una camiseta vieja y me quedé mirando el techo. ¿Y ahora? ¿Cómo los miraba a la cara al día siguiente?
Lo que no esperaba era lo que pasó por la mañana.
Tomás me saludó con su normalidad de siempre.
—Buenos días, hermano, ¿todo bien? —con esa sonrisa de tipo encantador.
Bruno asintió desde la cocina mientras se preparaba un café. Ninguno me miró raro. Como si la noche anterior no hubiera existido. Como si yo no los hubiera visto.
Y yo, el cobarde, seguí el juego.
—Todo bien, ¿y ustedes?
—Tranquilos —respondió Tomás.
Tranquilos. Claro.
Esa noche no pasó nada. Tampoco la siguiente. Pero al tercer día empecé a oír los mismos silencios sospechosos. Ya no desde la cocina, sino desde la habitación de Tomás.
Yo estaba en el pasillo, otra vez de casualidad (o de pura obsesión), y escuché clarito un gemido ahogado. Después la voz de Bruno, grave y mandona.
—Cállate o te tapo la boca.
Me pegué a la pared. La puerta estaba entreabierta. Por la rendija se escapaba la luz tenue de una lámpara de escritorio.
Ya no tenía que imaginar nada.
Lo veía con mis propios ojos.
Bruno tenía a Tomás boca abajo en la cama. Las sábanas revueltas, una almohada en el suelo. Tomás estaba sin remera, el pantalón del pijama bajado hasta las rodillas, dejando al descubierto las nalgas blancas, llenas, suaves. Bruno estaba detrás, también con el pantalón abajo, la verga oscura y dura rozando el agujero de Tomás.
—¿Estás seguro? —preguntó Tomás con la voz temblando.
—Cállate y aguántame —respondió Bruno, y escupió en su propia mano. Se untó la verga con saliva, después empujó la cabeza contra el agujero.
Tomás mordió la almohada. Soltó un gemido largo, ahogado, mientras Bruno entraba despacio. Se veía la piel estirándose alrededor de esa verga enorme. Me quedé hipnotizado mirando cómo desaparecía centímetro a centímetro.
—Más —pidió Tomás con la voz rota.
Bruno le dio una nalgada. Un chasquido seco que retumbó en el cuarto.
—Tranquilo, zorra. Esto es mío y lo manejo a mi ritmo.
Metió hasta el fondo. Tomás arqueó la espalda y soltó un «ah… ah…» cortito, como si le faltara el aire. Bruno se quedó quieto unos segundos, disfrutando de cómo lo apretaba por dentro. Después empezó a moverse. Lento al principio. Profundo. Cada embestida hacía temblar la cama y los marcos colgados en la pared.
Yo tenía la mano en la verga otra vez. No lo pude evitar. La saqué del pantalón, me froté la punta con el pulgar, mirando cómo Bruno se cogía a Tomás como si fuera su perra personal.
—Dime que te gusta —gruñó Bruno, tirándole del pelo a Tomás para levantarle la cabeza.
—Me gusta… —susurró Tomás, la cara colorada, los ojos llorosos—. Me gusta que me cojas.
—¿Y quién te coge?
—Tú… tú, Bruno…
—Dilo bien.
—¡Tú, mi amo! —gritó Tomás casi sin voz.
Bruno sonrió, se inclinó y le mordió la nuca. Después aceleró el ritmo. Las embestidas eran rápidas, brutales. Se oía el choque húmedo de las pieles, los gemidos de Tomás que ya no podía disimular, la respiración rota de Bruno.
Me vine por segunda vez esa noche. Directo contra la pared del pasillo. Me quedé temblando, con el semen escurriéndome entre los dedos, viendo cómo los dos se retorcían juntos hasta que Bruno se vino dentro de Tomás con un gruñido ronco y se desplomó sobre su espalda.
Ahora lo sabía con certeza.
No eran amigos. Eran amantes. Y yo tenía el mejor espectáculo de sexo en vivo, gratis, todas las semanas, solo para mí.