Su hermano mayor nos miró por la rendija de la puerta
Después de la primera vez con Mateo, salí de su edificio con las piernas temblando y la certeza de que quería repetirlo cuanto antes. Tenía dieciocho años recién cumplidos, estaba a punto de terminar el último año del colegio, y por primera vez sentía que el deseo no era algo que leía en novelas: era algo que latía entre mis muslos cuando pensaba en él, un pulso húmedo y caliente que me apretaba el coño hasta hacerme cerrar los ojos en el bus.
Pasaron casi tres semanas antes de que pudiera volver a verlo. Los exámenes finales se me echaron encima, las tardes se me iban entre apuntes y café cargado, y la única manera que tenía de aliviar la tensión era encerrarme en mi cuarto y tocarme rápido pensando en cómo Mateo me había mirado mientras me desnudaba. Metía dos dedos entre mis labios ya empapados, me frotaba el clítoris en círculos, y me corría mordiendo la almohada en menos de cinco minutos. No era suficiente. Mi cuerpo pedía más, y yo ya había aprendido a escucharlo. Quería una polla dentro, no mis dedos. Quería sentirme llena, abierta, taladrada hasta lo hondo.
Cuando entregué el último examen, decidí que no iba a esperar a que él me llamara. Iba a aparecer en su casa sin avisar, vestida como nunca antes me había vestido.
Del fondo del armario saqué un vestido corto que mi tía me había regalado en Navidad y que jamás me había animado a usar. Era negro, de tela elástica, y se me ceñía al cuerpo de una forma que me hacía sentir grande y pequeña al mismo tiempo. Decidí no ponerme sostén: mis pechos eran chicos, los pezones no se transparentaban con esa tela oscura, y la sola idea de salir así me dejaba un cosquilleo entre las piernas. Debajo me puse una tanga de hilo finísima que se me clavaba en la raja con cada paso, rozándome el culo y el coño al mismo tiempo. Antes de salir me pasé la mano por la entrepierna y comprobé que ya estaba mojada de solo pensar en lo que iba a hacer.
—Hoy lo dejo sin palabras —murmuré frente al espejo.
Tomé el bus de las cinco. El chofer, que ya me conocía de tantas mañanas de uniforme, levantó la vista del volante y se demoró un segundo de más en mis piernas. Me senté atrás, crucé las rodillas y miré por la ventana intentando no pensar en cuántos ojos podían estar siguiéndome a través del espejo retrovisor.
Bajé en el centro y caminé las tres cuadras hasta el edificio de Mateo. Toqué el timbre del 6 B.
—¿Sí? ¿Quién es? —respondió una voz masculina por el portero. No era él.
—Hola, busco a Mateo. Soy Camila, una compañera del colegio.
—Salió un momento, pero si quieres sube y lo esperas acá.
—Está bien. Gracias.
Subí en el ascensor mordiéndome el labio. Había imaginado todo el viaje hasta ahí, menos encontrarme con otra persona. Tenía que ser el hermano. Mateo me había hablado de él una sola vez: estudiaba ingeniería en otra ciudad y volvía solamente en vacaciones.
Cuando se abrieron las puertas del ascensor, lo vi parado en el umbral del departamento. Tendría unos veintitrés años, era alto, de espaldas anchas, en short de básquet y camiseta gastada. Sus ojos se me clavaron en las piernas antes de subir, lentamente, hasta encontrar mi cara. No disimuló ni un poco. Esa falta de pudor me halagó más de lo que me hubiera gustado admitir.
—Pasa, pasa. Soy Sebastián, el hermano del nene.
—Camila —dije, y al cruzar a su lado me pareció oírlo murmurar algo que no llegué a entender.
—¿Perdón?
—Nada, nada. Decía que no sabía que mi hermano tuviera amigas tan… puntuales.
Sonreí. Sabía perfectamente lo que había estado a punto de decir.
***
Me senté en el sillón del living, el mismo donde tres semanas antes había estado encima de Mateo por primera vez. Solo de acordarme se me prendió fuego algo adentro. Tiré del vestido hacia abajo, pero el gesto fue inútil: me quedaba como me quedaba, y los pezones, traidores, se me marcaban contra la tela como si quisieran salir a saludar. Lo noté tarde. Cuando levanté la vista, Sebastián ya estaba mirándolos.
Hice como si nada. Hacía rato que había descubierto que exhibirme un poco —solo un poco— me daba una sensación de poder difícil de explicar. Crucé las piernas y dejé que el silencio se estirara. Él se acomodó en el sillón de enfrente, los brazos por detrás de la cabeza, las rodillas abiertas, sin esfuerzo.
—¿Tienes frío? —preguntó al fin.
—No. ¿Por qué?
—Por nada. La casa es fresca aunque sea verano.
Volví a mirarlo de reojo y me costó procesar lo que vi. Entre el short y el muslo asomaba un pedazo de algo que no tenía nombre decente. Aparté la vista de inmediato y la fingí en la biblioteca, pero la curiosidad me venció y volví a mirar. No era mi imaginación. Era la punta de su verga saliéndose del short, oscura, gruesa, sin pelos, con el glande brillante asomándose como si tuviera vida propia. Se me hizo agua la boca antes de darme cuenta.
—Si te interesa tanto, te la presento —dijo, y al levantar la cabeza me di cuenta de que llevaba un buen rato mirándome a mí mirarlo.
Sentí el calor subiéndome por el cuello.
—¿Tú estás loco? Soy la novia de tu hermano.
—Si te ofende, dímelo y la guardo. Pero como no le quitabas los ojos de encima, pensé que te servía verla de cerca.
—Guárdatela. En cualquier momento llega.
—No te preocupes. La puerta del palier se escucha desde acá. Tengo el oído entrenado.
Me quedé callada. Yo también tenía el oído entrenado para esa puerta, por otros motivos. Y mientras tanto Sebastián, muy despacio, se levantó el elástico del short con dos dedos y dejó que la polla se le saliera entera, apoyada sobre el muslo. Era enorme. Larga, gruesa, con las venas marcadas subiendo hasta la cabeza, y una gota transparente asomando en la punta. Me apreté los muslos con fuerza y sentí cómo la tanga se me empapaba en un segundo.
—Igual te pasaste.
—¿Sí? ¿Y tú no te pasaste viniendo así vestida a una casa que no es tuya?
—¿Cómo «así vestida»?
—Mira cómo se te marca todo. Mira los pezones, Camila. Estás pidiendo a gritos que te miren.
—¿Estos? —dije, y antes de pensarlo dos veces me bajé los tirantes hasta dejar los pechos al aire.
Los pezones me estaban tan duros que dolían. Se los ofrecí sin taparlos, y me pellizqué uno con el pulgar y el índice mientras le sostenía la mirada. Lo escuché aspirar entre dientes. Vi cómo la polla le pegaba un tirón contra el muslo y se le paraba del todo, apuntando al techo, dura como una piedra.
—Eres una atrevida. ¿Te das cuenta de lo que haces?
—Me doy cuenta. ¿Y tú te das cuenta de lo que tu hermanito no tiene?
—¿Qué le falta a mi hermano?
—Le falta la mitad —le dije, y le sostuve la mirada.
Me bajé del sillón y di un paso hacia él. No sé en qué momento decidí que iba a hacerlo. Solo sé que de pronto estaba arrodillada entre sus piernas, con la boca a centímetros de su verga, sintiéndola latirme casi contra los labios. Se la agarré con la mano. No me entraba entera en el puño. Le pasé la lengua desde la base hasta la punta, muy despacio, y sentí cómo se le escapaba un jadeo. La abrí con los labios y le chupé el glande, lo saboreé, me lo metí hondo hasta que la punta me tocó la garganta y me hizo lagrimear.
—Mira cómo mamas, puta… —murmuró él, agarrándome del pelo—. Y esto que te falta la práctica. Tragála, tragala toda.
Yo la sacaba con un hilo de saliva colgándome del mentón y volvía a meterla, cada vez más hondo, sintiéndolo respirar entrecortado por encima de mí. Le lamí los huevos, le chupé el tronco de arriba abajo, le bombeé con la mano mientras le pasaba la lengua por la punta. Estaba tan mojada que me chorreaba por los muslos.
Y en ese instante, exactamente en ese instante, escuchamos la puerta del palier.
***
Me incorporé como un resorte. Me subí los tirantes, tiré del vestido hacia abajo, me pasé la mano por el pelo y por la boca para limpiarme la saliva. Sebastián se acomodó el short embutiendo la polla como pudo hacia un costado y volvió a recostarse contra el respaldo como si llevara una hora en esa posición.
Mateo apareció en el living con una bolsa del quiosco.
—¡Cami! ¿Qué haces acá? Qué sorpresa.
—Esa era la idea —dije, y traté de que la voz me saliera firme.
—Le estaba haciendo compañía, hermanito —dijo Sebastián desde el sillón, sin levantar la vista—. No la dejé sola ni un minuto.
—Ah. Bueno, gracias, supongo —Mateo me miró con esa cara de cachorro confundido que a veces me daba ternura y otras me daba ganas de zarandearlo—. Ven, vamos al cuarto que te muestro lo que compré.
Antes de seguirlo, miré a Sebastián. Él me dedicó una sonrisa que no era amable. Era la sonrisa de alguien que sabía algo que yo todavía no había terminado de aceptar.
***
Entré al cuarto detrás de Mateo. La puerta quedó casi cerrada. Casi. Una rendija de cinco dedos quedó abierta hacia el pasillo, y yo —no sé en qué momento decidí esto tampoco— no me molesté en cerrarla del todo.
—Mira. Una lámpara de lava. ¿No es genial?
La miré. Era espantosa.
No le contesté. Me acerqué, le saqué la lámpara de las manos, la dejé sobre el escritorio y lo empujé contra la cama. Cayó sentado, con los pies todavía en el piso, y antes de que pudiera reaccionar yo ya me estaba sacando el vestido por la cabeza. Quedé en tanga, con los pechos al aire, los pezones puntudos y el coño empapado goteándome por la cara interna del muslo.
—Pero Cami… está mi hermano en el living, espera…
—Cállate.
Le bajé el pantalón y el bóxer hasta los tobillos. Su polla saltó afuera, dura, apuntando al techo. Chica, comparada con la del hermano, pero dura para mí. Me arrodillé rápido y me la metí en la boca con ganas, hasta la base, sintiéndolo gemir bajito, sintiéndolo apretarme el pelo con esa torpeza de chico que todavía no sabe qué hacer con las manos. Le chupé el glande, se la bombeé con la mano y con la boca al mismo tiempo, se la mojé de saliva.
Lo miré desde abajo. Y por encima de su hombro, por la rendija de la puerta, vi un ojo. Un ojo oscuro, fijo, sin pestañear. Sebastián estaba ahí, mirándolo todo.
Sentí un golpe en el pecho. No era miedo. Era otra cosa.
Que mire. Que se quede ahí y que mire.
Me trepé encima de Mateo, me arranqué la tanga de un tirón y la mandé al piso. Le agarré la polla con la mano, la froté un par de veces contra mis labios abiertos para mojarla bien con mi propio flujo, y me la fui metiendo despacio, sin dejar de mirar la rendija. Sentí cómo me entraba centímetro a centímetro, cómo se me abría el coño para recibirla, cómo le apretaba con las paredes hasta que él soltó un quejido. Mateo tenía los ojos cerrados, la cabeza tirada hacia atrás. No iba a darse cuenta de nada.
—Ay, Cami, así, así…
—¿Te gusta? —pregunté yo, pero la pregunta no era para él.
Empecé a moverme arriba suyo despacio, subiendo y bajando, sacándomela casi toda para volver a clavármela hasta el fondo. Después más rápido, con la cadera girando en círculos, sintiendo cómo mi propio jugo bajaba y le mojaba los huevos y el pubis. La cama crujía. Yo me apretaba los pechos con las manos, me pellizcaba los pezones, me lamía los dedos y volvía a bajarlos hasta mi clítoris para frotármelo mientras cabalgaba. Y afuera, en el pasillo, otro hombre estaba pegado a esa rendija mirando cómo me follaba a su hermano.
Cuando giré la cintura y le di la espalda a Mateo, lo hice por una sola razón: para quedar de frente a la puerta. Para que Sebastián tuviera la vista completa. Mi culo subiendo y bajando sobre la polla de su hermano, mi tanga tirada en el piso, mi espalda arqueada, mis tetas rebotando con cada envión. Abrí las piernas todo lo que pude, me apoyé con las manos en las rodillas de Mateo, y empecé a rebotar sobre él dándole a Sebastián una vista clarísima de cómo la verga de su hermano entraba y salía de mi coño chorreante.
Por la rendija vi cómo abría la puerta unos centímetros más. Vi cómo se sacaba la polla del short. Vi cómo empezaba a masturbarse, despacio al principio, con la mano izquierda apoyada en el marco para no perder el equilibrio, la derecha subiendo y bajando por ese tronco enorme que le había estado chupando cinco minutos antes. Vi cómo me miraba la cara mientras se la trabajaba, y vi cómo entendía —porque lo entendió— que yo estaba haciendo esto para él.
Me pasé dos dedos por la boca, los mojé bien con saliva, y me los bajé al clítoris. Empecé a frotármelo en círculos mientras seguía subiendo y bajando sobre Mateo, sin dejar de mirar a Sebastián a los ojos. Le abrí más las piernas. Le mostré todo. Cómo el coño se me estiraba alrededor de la verga de su hermano, cómo el clítoris me pulsaba entre mis propios dedos, cómo el culo me temblaba cada vez que caía a fondo.
—Ah, Mateo, qué bien lo haces —dije, en voz justo lo bastante alta como para que se escuchara desde el pasillo—. Métemela toda, dámela toda.
—¿Te gusta, amor?
—Me encanta. Más rápido, más rápido. Rómpeme.
Sebastián aumentó el ritmo de la mano. Se la sacudía duro, con el puño cerrado, mordiéndose el labio para no hacer ruido. Yo aumenté el ritmo de la cadera hasta que las nalgas me hacían un ruido húmedo cada vez que aterrizaba sobre el pubis de Mateo. La rendija se había abierto un poco más; ahora ya no era un ojo, era media cara. Y esa media cara me miraba con un hambre que nunca le había visto a nadie. Me relamí. Me pasé la lengua por los labios muy despacio, para él. Me apreté una teta y me llevé el pezón a la boca, sin dejar de cabalgar, sin dejar de mirarlo.
Sentí que Mateo se tensaba debajo de mí. La polla se le puso más dura todavía dentro mío, hinchada, a punto de explotar.
—Cami, me voy a venir, espera…
—No esperes. Ven, ven ahora. Vaciate adentro.
Mateo se vino con un gemido sordo, agarrándome de la cintura, clavándome los dedos en la piel mientras descargaba chorros calientes en el fondo de mi coño. Sentí cada latido de su verga vaciándose dentro mío, y me mordí el labio para no reírme de lo rápido que le había durado. Yo me incliné apenas hacia adelante, seguí frotándome el clítoris con dos dedos, le di tiempo a Sebastián, y cuando vi por la rendija que él también estaba a punto —que se le tensaba la mandíbula, que se le aceleraba la mano, que le brillaba la punta de la verga— me dejé caer del todo sobre Mateo, apreté los muslos, y solté el grito que tenía guardado desde hacía media hora. Me corrí durísimo, con espasmos que me hacían temblar las piernas, sintiendo cómo el semen de Mateo empezaba a chorrearme por afuera mezclado con mi propio flujo.
Sebastián se vino contra su propia mano, agachado, sin manchar el piso. Vi los chorros blancos escurriéndosele entre los dedos, gruesos, abundantes. Hasta para eso fue cuidadoso.
***
Me bajé de Mateo. Me besó la nuca, me dijo que era la mejor cosa que le había pasado en la vida, me dijo otras dulzuras que ya no escuché. Sentí cómo la corrida de Mateo me bajaba por la cara interna del muslo mientras me paraba. Cuando me fui a vestir, la tanga no estaba donde la había tirado.
Alguien se la había llevado de recuerdo.
Bajamos a tomar un helado a la esquina. Mateo me contó que se iba de vacaciones con la familia a la costa por casi un mes. Yo lo escuché a medias, asintiendo, sonriendo cuando tocaba, pero por dentro pensaba en otra cosa. Pensaba en esa rendija. En ese ojo. En esa media cara que me había mirado como nadie me había mirado nunca. Pensaba en esa polla enorme que había tenido en la boca y que no había alcanzado a tener en el coño.
Y mientras lo besaba en la parada del bus, sabía que iba a volver a ese departamento. Sabía que iba a volver pronto.
Y sabía perfectamente quién no iba a estar de vacaciones.