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Relatos Ardientes

Su hermano mayor nos miró por la rendija de la puerta

Después de la primera vez con Mateo, salí de su edificio con las piernas temblando y la certeza de que quería repetirlo cuanto antes. Tenía dieciocho años recién cumplidos, estaba a punto de terminar el último año del colegio, y por primera vez sentía que el deseo no era algo que leía en novelas: era algo que latía entre mis muslos cuando pensaba en él.

Pasaron casi tres semanas antes de que pudiera volver a verlo. Los exámenes finales se me echaron encima, las tardes se me iban entre apuntes y café cargado, y la única manera que tenía de aliviar la tensión era encerrarme en mi cuarto y tocarme rápido pensando en cómo Mateo me había mirado mientras me desnudaba. No era suficiente. Mi cuerpo pedía más, y yo ya había aprendido a escucharlo.

Cuando entregué el último examen, decidí que no iba a esperar a que él me llamara. Iba a aparecer en su casa sin avisar, vestida como nunca antes me había vestido.

Del fondo del armario saqué un vestido corto que mi tía me había regalado en Navidad y que jamás me había animado a usar. Era negro, de tela elástica, y se me ceñía al cuerpo de una forma que me hacía sentir grande y pequeña al mismo tiempo. Decidí no ponerme sostén: mis pechos eran chicos, los pezones no se transparentaban con esa tela oscura, y la sola idea de salir así me dejaba un cosquilleo entre las piernas. Debajo me puse una tanga de hilo finísima que se me clavaba en la raja con cada paso.

—Hoy lo dejo sin palabras —murmuré frente al espejo.

Tomé el bus de las cinco. El chofer, que ya me conocía de tantas mañanas de uniforme, levantó la vista del volante y se demoró un segundo de más en mis piernas. Me senté atrás, crucé las rodillas y miré por la ventana intentando no pensar en cuántos ojos podían estar siguiéndome a través del espejo retrovisor.

Bajé en el centro y caminé las tres cuadras hasta el edificio de Mateo. Toqué el timbre del 6 B.

—¿Sí? ¿Quién es? —respondió una voz masculina por el portero. No era él.

—Hola, busco a Mateo. Soy Camila, una compañera del colegio.

—Salió un momento, pero si quieres sube y lo esperas acá.

—Está bien. Gracias.

Subí en el ascensor mordiéndome el labio. Había imaginado todo el viaje hasta ahí, menos encontrarme con otra persona. Tenía que ser el hermano. Mateo me había hablado de él una sola vez: estudiaba ingeniería en otra ciudad y volvía solamente en vacaciones.

Cuando se abrieron las puertas del ascensor, lo vi parado en el umbral del departamento. Tendría unos veintitrés años, era alto, de espaldas anchas, en short de básquet y camiseta gastada. Sus ojos se me clavaron en las piernas antes de subir, lentamente, hasta encontrar mi cara. No disimuló ni un poco. Esa falta de pudor me halagó más de lo que me hubiera gustado admitir.

—Pasa, pasa. Soy Sebastián, el hermano del nene.

—Camila —dije, y al cruzar a su lado me pareció oírlo murmurar algo que no llegué a entender.

—¿Perdón?

—Nada, nada. Decía que no sabía que mi hermano tuviera amigas tan… puntuales.

Sonreí. Sabía perfectamente lo que había estado a punto de decir.

***

Me senté en el sillón del living, el mismo donde tres semanas antes había estado encima de Mateo por primera vez. Solo de acordarme se me prendió fuego algo adentro. Tiré del vestido hacia abajo, pero el gesto fue inútil: me quedaba como me quedaba, y los pezones, traidores, se me marcaban contra la tela como si quisieran salir a saludar. Lo noté tarde. Cuando levanté la vista, Sebastián ya estaba mirándolos.

Hice como si nada. Hacía rato que había descubierto que exhibirme un poco —solo un poco— me daba una sensación de poder difícil de explicar. Crucé las piernas y dejé que el silencio se estirara. Él se acomodó en el sillón de enfrente, los brazos por detrás de la cabeza, las rodillas abiertas, sin esfuerzo.

—¿Tienes frío? —preguntó al fin.

—No. ¿Por qué?

—Por nada. La casa es fresca aunque sea verano.

Volví a mirarlo de reojo y me costó procesar lo que vi. Entre el short y el muslo asomaba un pedazo de algo que no tenía nombre decente. Aparté la vista de inmediato y la fingí en la biblioteca, pero la curiosidad me venció y volví a mirar. No era mi imaginación. Era la punta de su miembro saliéndose del short, oscura, gruesa, sin pelos.

—Si te interesa tanto, te la presento —dijo, y al levantar la cabeza me di cuenta de que llevaba un buen rato mirándome a mí mirarlo.

Sentí el calor subiéndome por el cuello.

—¿Tú estás loco? Soy la novia de tu hermano.

—Si te ofende, dímelo y la guardo. Pero como no le quitabas los ojos de encima, pensé que te servía verla de cerca.

—Guárdatela. En cualquier momento llega.

—No te preocupes. La puerta del palier se escucha desde acá. Tengo el oído entrenado.

Me quedé callada. Yo también tenía el oído entrenado para esa puerta, por otros motivos.

—Igual te pasaste.

—¿Sí? ¿Y tú no te pasaste viniendo así vestida a una casa que no es tuya?

—¿Cómo «así vestida»?

—Mira cómo se te marca todo. Mira los pezones, Camila. Estás pidiendo a gritos que te miren.

—¿Estos? —dije, y antes de pensarlo dos veces me bajé los tirantes hasta dejar los pechos al aire.

Lo escuché aspirar entre dientes.

—Eres una atrevida. ¿Te das cuenta de lo que haces?

—Me doy cuenta. ¿Y tú te das cuenta de lo que tu hermanito no tiene?

—¿Qué le falta a mi hermano?

—Le falta la mitad —le dije, y le sostuve la mirada.

Me bajé del sillón y di un paso hacia él. No sé en qué momento decidí que iba a hacerlo. Solo sé que de pronto estaba arrodillada entre sus piernas, con la boca a centímetros de su miembro, sintiéndolo respirar entrecortado por encima de mí.

Y en ese instante, exactamente en ese instante, escuchamos la puerta del palier.

***

Me incorporé como un resorte. Me subí los tirantes, tiré del vestido hacia abajo, me pasé la mano por el pelo. Sebastián se acomodó el short y volvió a recostarse contra el respaldo como si llevara una hora en esa posición.

Mateo apareció en el living con una bolsa del quiosco.

—¡Cami! ¿Qué haces acá? Qué sorpresa.

—Esa era la idea —dije, y traté de que la voz me saliera firme.

—Le estaba haciendo compañía, hermanito —dijo Sebastián desde el sillón, sin levantar la vista—. No la dejé sola ni un minuto.

—Ah. Bueno, gracias, supongo —Mateo me miró con esa cara de cachorro confundido que a veces me daba ternura y otras me daba ganas de zarandearlo—. Ven, vamos al cuarto que te muestro lo que compré.

Antes de seguirlo, miré a Sebastián. Él me dedicó una sonrisa que no era amable. Era la sonrisa de alguien que sabía algo que yo todavía no había terminado de aceptar.

***

Entré al cuarto detrás de Mateo. La puerta quedó casi cerrada. Casi. Una rendija de cinco dedos quedó abierta hacia el pasillo, y yo —no sé en qué momento decidí esto tampoco— no me molesté en cerrarla del todo.

—Mira. Una lámpara de lava. ¿No es genial?

La miré. Era espantosa.

No le contesté. Me acerqué, le saqué la lámpara de las manos, la dejé sobre el escritorio y lo empujé contra la cama. Cayó sentado, con los pies todavía en el piso, y antes de que pudiera reaccionar yo ya me estaba sacando el vestido por la cabeza.

—Pero Cami… está mi hermano en el living, espera…

—Cállate.

Le bajé el pantalón hasta los tobillos. Estaba duro. Chico, comparado con el otro, pero duro para mí. Me lo metí en la boca con ganas, sintiéndolo gemir bajito, sintiéndolo apretarme el pelo con esa torpeza de chico que todavía no sabe qué hacer con las manos.

Lo miré desde abajo. Y por encima de su hombro, por la rendija de la puerta, vi un ojo. Un ojo oscuro, fijo, sin pestañear. Sebastián estaba ahí, mirándolo todo.

Sentí un golpe en el pecho. No era miedo. Era otra cosa.

Que mire. Que se quede ahí y que mire.

Me trepé encima de Mateo, le agarré el miembro con la mano y me lo fui metiendo despacio, sin dejar de mirar la rendija. Mateo tenía los ojos cerrados, la cabeza tirada hacia atrás. No iba a darse cuenta de nada.

—Ay, Cami, así, así…

—¿Te gusta? —pregunté yo, pero la pregunta no era para él.

Empecé a moverme arriba suyo despacio, después más rápido, sintiendo cómo la cama crujía y cómo afuera, en el pasillo, otro hombre estaba pegado a esa rendija mirando. Cuando giré la cintura y le di la espalda a Mateo, lo hice por una sola razón: para quedar de frente a la puerta. Para que Sebastián tuviera la vista completa. Mi culo subiendo y bajando, mi tanga tirada en el piso, mi espalda arqueada.

Por la rendija vi cómo abría la puerta unos centímetros más. Vi cómo se sacaba el miembro del short. Vi cómo empezaba a masturbarse, despacio al principio, con la mano izquierda apoyada en el marco para no perder el equilibrio. Vi cómo me miraba la cara mientras se la trabajaba, y vi cómo entendía —porque lo entendió— que yo estaba haciendo esto para él.

—Ah, Mateo, qué bien lo haces —dije, en voz justo lo bastante alta como para que se escuchara desde el pasillo.

—¿Te gusta, amor?

—Me encanta. Más rápido, más rápido.

Sebastián aumentó el ritmo de la mano. Yo aumenté el ritmo de la cadera. La rendija se había abierto un poco más; ahora ya no era un ojo, era media cara. Y esa media cara me miraba con un hambre que nunca le había visto a nadie.

Sentí que Mateo se tensaba debajo de mí.

—Cami, me voy a venir, espera…

—No esperes. Ven, ven ahora.

Mateo se vino con un gemido sordo, agarrándome de la cintura. Yo me incliné apenas hacia adelante, le di tiempo a Sebastián, y cuando vi por la rendija que él también estaba a punto, me dejé caer del todo y solté el grito que tenía guardado desde hacía media hora.

Sebastián se vino contra su propia mano, agachado, sin manchar el piso. Hasta para eso fue cuidadoso.

***

Me bajé de Mateo. Me besó la nuca, me dijo que era la mejor cosa que le había pasado en la vida, me dijo otras dulzuras que ya no escuché. Cuando me fui a vestir, la tanga no estaba donde la había tirado.

Alguien se la había llevado de recuerdo.

Bajamos a tomar un helado a la esquina. Mateo me contó que se iba de vacaciones con la familia a la costa por casi un mes. Yo lo escuché a medias, asintiendo, sonriendo cuando tocaba, pero por dentro pensaba en otra cosa. Pensaba en esa rendija. En ese ojo. En esa media cara que me había mirado como nadie me había mirado nunca.

Y mientras lo besaba en la parada del bus, sabía que iba a volver a ese departamento. Sabía que iba a volver pronto.

Y sabía perfectamente quién no iba a estar de vacaciones.

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Comentarios (5)

Curiosa_81

jaja el hermano mayor es lo mejor del relato, tremendo momento!!

MarceSalta

Por favor seguí, quedé con ganas de saber cómo terminó todo. Excelente!

Federico_MH

Me recordó a algo parecido que me pasó. Esas miradas lo dicen todo, sin necesitar palabras.

PacodelNorte

¿hay segunda parte? porque así no se puede dejar jajaja

Valentina_07

increible como describiste esa tension desde el principio, se sentía en cada linea

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