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Relatos Ardientes

Bajé en toalla nueve pisos con todos mirándome

El movimiento empezó pasadas las siete y media de la mañana. Llevaba dos minutos bajo la regadera, todavía con espuma en el pelo, cuando el celular que había dejado sobre el lavamanos disparó esa alarma estridente que nadie quiere escuchar. Por un instante pensé que era un error. Al segundo siguiente, los azulejos del baño empezaron a vibrar.

Tengo veintisiete años, mido un metro sesenta y cinco, soy de tez clara, ojos color miel y el pelo castaño rojizo a la altura del omóplato. Vivo sola en el piso nueve de una torre nueva en el norte de la ciudad. Cuando firmé el contrato, lo que más me gustó fue la vista, el balcón y el aire que entra por la mañana. Esa mañana descubrí también cuánto pesa estar a nueve pisos del suelo en un sismo de verdad.

No había nada limpio en el cesto. La noche anterior había vuelto de las fiestas con todo sucio, hasta la ropa interior que llevaba puesta. Antes de meterme a la ducha la había arrojado a la lavadora con el resto, y solo había dejado al alcance una toalla pequeña, de las que se usan para las manos, porque las grandes estaban también en el ciclo. Total, en mi casa estoy yo sola, había pensado.

El edificio se sacudió como un barco. Cerré la llave de un manotazo, salté de la regadera con los pies resbalando en el piso mojado y arranqué la toalla del colgador. La rodeé alrededor del cuerpo justo por debajo de las axilas. Me llegaba a mitad del muslo si la estiraba al máximo, pero no podía soltar las puntas, porque entonces se abría por delante.

—Ay, dios mío, ay, dios mío —repetía, mientras intentaba calzarme las chanclas que estaban junto a la puerta del baño.

El movimiento seguía. Las llaves del departamento, colgadas en su gancho junto a la puerta, las pude ver de reojo. Tómalas, tómalas, tómalas. Pero el instinto me llevó hacia la salida directo, sin pensar. La puerta era de las que se cierran solas con un golpe. Yo no la sostuve.

Las escaleras de emergencia eran de cemento liso y frío. Bajé los escalones de dos en dos, agarrada al pasamanos con la mano izquierda mientras con la derecha intentaba sujetar el nudo de la toalla. A la altura del séptimo, sentí que el paño se aflojaba. Tuve que detenerme medio segundo para volver a anudarlo, y en ese instante alguien pasó junto a mí.

—Permiso, permiso —dijo un muchacho de espalda ancha, escapando hacia abajo.

No me miró a la cara. Me miró todo el resto. Yo continué, sintiendo el cemento bajo los pies y los ojos del muchacho clavados en mi espalda. Que no se me caiga, por favor que no se me caiga.

***

Cuando llegué a la calle, una decena de personas estaba ya afuera. Algunos en pijama, otros vestidos. Yo, con menos tela encima de la que cubriría un trapo de cocina. La toalla me llegaba justo a tapar la mitad de las nalgas por atrás y por delante apenas alcanzaba a cubrirme hasta debajo del ombligo. Mis pezones quedaban dentro por milímetros. Lo sentía con cada respiración.

Crucé los brazos por encima del pecho y me pegué a la pared del edificio. Sentía los ojos. Los del señor de la tienda de la esquina, los del muchacho del séptimo que me había rebasado en la escalera, los de la pareja que ya andaba en plan de chusmear con vecinos. Tres autos pasaron por la avenida y los tres pitaron. Uno frenó incluso. Yo no levanté la mirada.

Pasaron cinco minutos eternos. La gente empezó a moverse, a comentar, a llamar a sus familiares. Cuando un vigilante anunció que se podía volver a subir, sentí un alivio mezclado con angustia. Tenía que regresar al noveno piso. En toalla. Y luego darme cuenta —todavía no, pero darme cuenta— de que la puerta del departamento estaba cerrada con la llave puesta del lado de adentro.

Subí pegada al pasamanos, con la cabeza baja. Detrás de mí venían otras dos personas. Una mujer mayor que no decía nada y un señor de unos cincuenta años, calvo, con una bata de seda. Sentía su mirada en la parte de atrás de mis muslos cada vez que daba el siguiente paso. La luz del edificio se había ido. Las escaleras estaban iluminadas solo por las ventanas del descanso de cada piso, y el resto era penumbra. Yo tenía el corazón en la boca.

Cuando llegué al noveno, la mujer mayor siguió hacia arriba. El señor calvo se detuvo en el suyo, dos pisos abajo, pero antes de seguir giró sobre los talones.

—Si necesita algo, joven, estoy en el setecientos dos —dijo.

Asentí sin contestar. Le di la espalda, caminé hasta mi puerta y la empujé. Nada. Probé con la perilla. Cerrada. Quise gritar.

—No puede ser —murmuré.

***

El celular se había quedado del lado de adentro. La llave también. Yo del lado de afuera, en una toalla del tamaño de un trapo, sin nadie en mi piso que respondiera al timbre —habían bajado o no estaban— y con la oscuridad del corte de luz cayendo sobre el pasillo. Bajé dos pisos descalza, porque las chanclas también se habían quedado adentro. No recordaba siquiera cuándo me las había quitado.

Toqué la puerta del setecientos dos. Tres golpes secos.

Abrió el señor calvo, todavía con la bata de seda. Se llamaba Bernardo, eso lo supe después. En ese momento era solo un hombre de cincuenta y tantos, con los ojos pequeños y muy despiertos, que se quedó un par de segundos largos mirándome de arriba abajo antes de hablar.

—Dígame.

—Disculpe, me quedé fuera del departamento. Necesito que me ayude a abrir, por favor. No tengo celular, no tengo llaves.

Él asintió lentamente, como evaluando la situación.

—Entre un momento, busco unas herramientas.

—Lo espero aquí, gracias.

—Está fresco el pasillo. Entre.

Lo dijo sin sonreír, casi como una orden suave. Yo dudé, miré por encima del hombro hacia las escaleras vacías y decidí que estar adentro era mejor que seguir parada en la penumbra. Crucé el umbral. Su departamento olía a café recién hecho. Él me señaló el sofá y yo me quedé de pie, todavía sujetando la toalla con las dos manos.

Bernardo tardó cinco minutos en aparecer con una caja de herramientas y un destornillador largo. Me miró otra vez, y esta vez tomó su tiempo. Sentí el calor subiéndome desde el cuello hasta las orejas.

—Vamos —dijo.

Subimos los dos pisos. Yo adelante, él detrás. Sabía perfectamente que tenía la vista clavada en mi espalda. La toalla se levantaba con cada escalón. No podía hacer nada con eso, porque si la jalaba hacia abajo, los pezones quedaban al aire por arriba.

Llegamos a mi puerta. Bernardo se arrodilló frente a la chapa, probó con un par de ganzúas que tenía en la caja, y al cabo de unos minutos negó con la cabeza.

—No es de las que se abren con maña. Habría que romperla o esperar al cerrajero, y hoy dos de enero no sé si vendrá rápido.

—¿Y romperla?

—Se puede. Pero no es fácil. Y va a ser difícil para mí, así que… te pediría algo a cambio.

—¿Algo?

Él levantó la mirada hacia mí desde el suelo. Sus ojos tenían algo que no era exactamente lujuria, sino una especie de cálculo paciente.

—Quítate la toalla mientras lo intento. Solo eso. No te voy a tocar.

Me quedé sin aire. Miré hacia ambos lados del pasillo. No había nadie. No había timbre que pudiera tocar en mi piso, no había mecánico, no había cerrajero. La luz seguía cortada y la mañana ya estaba avanzada. La idea de quedarme cinco horas en el rellano, en toalla, esperando a un cerrajero que tal vez no iba a venir, era todavía peor que la alternativa.

—¿Solo eso? —pregunté.

—Solo eso.

Tragué saliva, solté el nudo y dejé que la toalla cayera a mis pies.

El aire del pasillo me tocó la piel como si tuviera dedos. Sentí el frío del suelo en las plantas y los ojos de Bernardo recorriéndome despacio, desde los hombros hasta los muslos. No hizo ningún gesto, no se levantó, no se acercó. Solo miró. Mi cuerpo, que normalmente vive entre el espejo del baño y las sábanas, esa mañana estaba expuesto en un pasillo iluminado por una claraboya, frente a un hombre al que había visto tres veces en el ascensor.

—Gracias —dijo Bernardo, y volvió a la chapa.

***

Empezó a forcejear con el destornillador, hincando la punta entre el marco y la puerta, dándole vueltas con la muñeca. Yo crucé los brazos sobre el pecho de manera instintiva, pero él levantó la cabeza otra vez.

—Sin taparte.

Bajé los brazos. Sentí cómo el rubor me subía desde el esternón hasta las mejillas. Bernardo trabajaba, pero cada vez con más pausas, y las pausas las usaba para mirarme. Sus ojos me recorrían despacio, como si estuviera tomando medidas: el arco de las tetas, los pezones puestos duros por el frío del pasillo, la curva del vientre, el vello del pubis que llevaba recortado en una franja delgada, los muslos que no sabía cómo poner.

—Abre las piernas —dijo, sin dejar de mover el destornillador.

—¿Qué?

—Un poco. Que quede a la vista. Si no, no puedo concentrarme y no te abro la puerta.

Miré hacia el pasillo. Vacío. Miré la puerta cerrada de mi propio departamento. Cerrada. Miré los ojos pequeños del hombre arrodillado. Separé las piernas hasta el ancho de los hombros. Sentí el aire frío contra los labios del coño, y él soltó el aire de golpe, como si acabara de servirse un vaso de agua después de una caminata.

—Así. Muy bien.

Volvió a la chapa un minuto, dos. Después dejó el destornillador en el suelo con cuidado, como si ya no le hiciera falta.

—Esta cerradura no cede con esto. Voy a necesitar otra cosa para abrirla.

—¿Qué necesita?

—Que hagas algo más por mí.

—Ya me quité la toalla —dije, con la voz temblándome—. Dijo que era solo eso.

—Y era solo eso mientras funcionara. No está funcionando. ¿Quieres seguir aquí afuera hasta la noche esperando al cerrajero, o quieres entrar a tu casa?

Tragué. La palabra cerrajero en su boca ya no sonaba a nada. Sonaba a hora tras hora en el rellano, desnuda, con la luz volviendo, los vecinos entrando y saliendo, los muchachos del piso doce apareciendo en cualquier momento.

—¿Qué quiere?

—Que te toques. Los pezones primero. Con las dos manos.

Levanté las manos temblando y me apreté los pezones con el pulgar y el índice. Los sentí duros, calientes, palpitando entre los dedos. Bernardo se acomodó mejor en el suelo, con el destornillador olvidado a un costado, y se abrió la bata de seda por delante. No llevaba nada debajo. Su polla estaba dura, gruesa, un poco curvada hacia la izquierda, y él la envolvió con la mano derecha y empezó a acariciársela despacio, sin apartar los ojos de mí.

—Sigue. Con la otra mano, más abajo.

Bajé la mano izquierda. Me pasé los dedos por el vello del pubis, y de ahí a la raja del coño. Estaba mojada. No sabía cuándo había empezado a mojarme; solo sabía que los dedos se me deslizaron adentro sin resistencia y que un jadeo me subió por la garganta antes de poder tragármelo.

—Eso es. Métete uno adentro. Que yo te vea.

Me metí el dedo del medio hasta el nudillo. Cerré los ojos un segundo, y cuando los abrí Bernardo se estaba pajeando más rápido, con el pulgar dándole vueltas al glande. Un hilo de líquido preseminal le brillaba en la punta.

—Ven aquí. Arrodíllate.

—No, por favor…

—Arrodíllate o me voy a mi departamento y te dejo aquí como estás.

Di dos pasos hacia él y me arrodillé sobre el suelo frío del pasillo. Tenía la polla justo frente a mi cara, olía a jabón y a algo más viejo, más íntimo. Bernardo me puso la mano en la nuca sin apretar, solo apoyándola, y me guio hacia adelante.

—Ábrela.

Abrí la boca. Él metió la punta primero, restregándomela contra los labios, humedeciéndomelos con la gota que ya le brillaba en el glande. Después empujó hasta el fondo, y yo sentí la verga golpeándome el paladar y luego la campanilla. Me atraganté una vez, dos, y él aflojó la presión de la nuca lo suficiente para dejarme respirar.

—Chúpala bien. Con la lengua. Y mírame.

Cerré los labios alrededor de la polla y empecé a mamársela, subiendo y bajando, con la lengua recorriendo la vena gruesa que le corría por debajo. Bernardo dejó escapar un gemido ronco. Le puse la mano derecha en la base y la izquierda le buscó los huevos, se los apreté suavemente en la palma. Él respiró más hondo.

—Así, puta, así. Qué bien mamas.

Yo no protesté por la palabra. Estaba concentrada en no atragantarme, en aflojar la mandíbula, en tragarme la saliva que se me escapaba por las comisuras y me caía en gotas gordas sobre las tetas. El pasillo entero olía a nosotros. Cada tanto, entre chupadas, levantaba la vista para mirarlo, y él sonreía sin apartar la mano de mi nuca, guiándome un poco más hondo cada vez.

—Trágate toda la baba. No la escupas.

Tragué. Sentí el hilo bajándome por la garganta y otro rebalsándome por el mentón. Él me acercó dos dedos a la boca, alrededor de la polla, y con esos dedos recogió la saliva que se me escurría y me la restregó por las tetas y los pezones, empapándomelas como si me estuviera preparando.

Después de unos minutos me sacó la polla de la boca de un tirón. La tenía brillante, palpitando, con las venas hinchadas.

—Ponte de pie. Contra la puerta.

Me levanté con las piernas temblando. Él me giró contra mi propia puerta cerrada y me empujó suavemente por la espalda hasta que quedé encorvada, con las manos apoyadas contra la madera y el culo hacia fuera.

—Abre.

Separé más las piernas. Sentí el aire, sentí los dedos gordos de él abriéndome los labios del coño, revisando lo mojada que estaba. Uno, dos dedos entraron y salieron con un ruido líquido que resonó en todo el hueco del rellano. Yo apoyé la frente contra la puerta y cerré los ojos.

—Estás empapada, cochina. Se te sale sola.

—Cállese —susurré.

Se rio bajito, detrás de mí. Sentí la punta de la polla apoyándose en la entrada del coño, restregándose de arriba abajo por la raja, y después el empuje. Entró de una sola vez, hasta la base. Se me escapó un grito que traté de tragarme mordiéndome el labio de abajo hasta hacérmelo doler.

Bernardo empezó a follarme contra la puerta con embestidas largas y lentas, sosteniéndome de las caderas con las dos manos. Podía sentir cómo su vientre chocaba contra mis nalgas cada vez que se hundía hasta el fondo, cómo los huevos me golpeaban el clítoris, cómo el ruido húmedo del coño chorreando llenaba todo el pasillo. La puerta crujía con cada empujón.

—Mira cómo entra —murmuró contra mi oreja, agachándose sobre mi espalda—. Mira cómo te la traga entera.

Yo no miraba. Tenía los ojos cerrados y la cara pegada contra la madera. Él me apretó una teta desde atrás, retorciendo el pezón entre los dedos hasta que se me escapó otro gemido, y aceleró el ritmo. Las embestidas se volvieron más cortas, más duras. Me clavaba la polla hasta el fondo y sacaba solo la punta, como si estuviera midiéndome por dentro.

—Di que te gusta.

—…

—Di que te gusta o paro y no te abro nada.

—Me gusta —musité contra la puerta.

—Más fuerte.

—Me gusta, me gusta cómo me la mete.

—Buena puta.

Me pasó la mano por el vientre, buscó el clítoris con el dedo medio y empezó a frotármelo en círculos, sin dejar de follarme. Se me doblaron las rodillas. Tuve que apoyar los antebrazos contra la puerta para no venirme abajo. Cuando llevaba un minuto así, con la verga entrándome hasta el fondo y el dedo dando vueltas sobre el clítoris, me corrí con la boca abierta contra la madera, mordiéndome la mano para no gritar. Sentí el coño apretándose alrededor de la polla en oleadas, chupándosela, empapándosela todavía más.

Él resopló.

—Ah, cochina. Te acabaste con mi polla adentro. Ahora me toca a mí.

Me agarró del pelo con la mano derecha y me tiró la cabeza hacia atrás. La izquierda me apretaba el cuello sin ahogarme, solo sosteniéndome. Las embestidas se volvieron brutales, entera la verga entrando y saliendo, el ruido de las nalgas contra su vientre resonando por todo el rellano.

—Voy a acabar adentro.

—No, adentro no…

—Adentro. O no abro.

Le clavé las uñas en el antebrazo. Él me penetró tres veces más, con la mano abierta agarrándome del cuello, y al cuarto embate se hundió hasta el fondo y se corrió. Sentí el semen caliente inundándome, chorros gruesos, uno, dos, tres, resbalándome por dentro. Cuando por fin sacó la polla, un hilo espeso me bajó por la cara interna del muslo hasta la rodilla.

Se quedó un segundo detrás de mí, jadeando. Después dio un paso atrás, se limpió la punta contra el borde de mi nalga, ensuciándomela con la corrida que le quedaba, y se ajustó la bata.

—Ahora sí. Ahora abro la puerta.

—Antes traiga algo —dije, con la voz rota, todavía encorvada contra la madera—. Un trapo. Algo.

—Estás bien así. Voy a bajar a buscar la ganzúa buena.

Bajó al setecientos dos dejándome contra la puerta, con las piernas todavía separadas y el semen bajándome en un reguero brillante desde el coño hasta el tobillo. Yo me deslicé hasta quedar en cuclillas, la espalda contra la madera, temblando de frío y de otra cosa. Recogí la toalla del suelo con la mano temblándome y traté de limpiarme entre las piernas. Cuando aparté el paño, quedó manchado de blanco y de rosa. Lo tiré a un rincón.

Y entonces se escucharon voces.

Risas masculinas, pasos múltiples, alguien diciendo algo sobre una resaca y otro respondiéndole. Subían por la escalera. Me lancé por la toalla usada y me la enredé como pude —el nudo no aguantó, el paño se me abría por delante, y estaba tibio y húmedo en el lugar equivocado— y me pegué contra la puerta.

Aparecieron en la curva del descanso: cuatro muchachos de no más de veintidós años, con caras de noche larga, dos en pijama y los otros dos con jeans. Se detuvieron en seco al verme. Uno olfateó el aire con la nariz, y su cara cambió. El más alto miró la toalla manchada, el hilo brillante que todavía me bajaba por el muslo, y sonrió despacio.

—Hola, vecina. ¿Todo bien?

Yo asentí. No me salía la voz.

—Un vecino... está intentando abrirme la puerta —logré decir al fin—. Volverá en un minuto. Me quedé afuera con el sismo.

Los cuatro se miraron entre sí. No movieron un solo músculo más que los ojos, y los ojos los movieron mucho. Mis pezones, mi ombligo, el triángulo entre mis muslos que la toalla ya no alcanzaba a esconder. Uno de ellos, el más bajo, señaló el reguero que me bajaba por la pierna con un movimiento de mentón.

—Vecina, tiene ahí…

—Ya sé. No me haga hablar.

El más alto se aclaró la garganta, pero la sonrisa no se le fue.

—Le ayudamos, vecina. Entre cuatro o cinco seguro tumbamos la puerta.

Antes de que pudiera contestar, ya estaban rodeándome. Uno sacó el celular, y al principio pensé que era para llamar al cerrajero. Después me di cuenta de que tenía la cámara apuntando hacia mí, y hacia el suelo, y hacia la toalla manchada que se me abría por delante con cada respiración.

—¿Estás grabando? —pregunté.

—Solo de paso, vecina, no te preocupes.

No le insistí. Bernardo apareció en las escaleras con la ganzúa buena, evaluó la escena sin mover un músculo, y bajó la vista con una media sonrisa, como quien encuentra la mesa servida. Los muchachos hablaban entre ellos, comentaban opciones, probaban con tarjetas, con ganzúas, con una bisagra. Pasaron cinco, siete, diez minutos. Yo permanecía de pie, cruzada de brazos pero sin tapar nada importante, sintiendo cinco pares de ojos cada vez que algún plan fallaba y todos se daban la vuelta al mismo tiempo. El de la cámara no la bajaba nunca. El más alto se puso detrás de mí en algún momento, con el pretexto de mirar la bisagra desde ese ángulo, y sentí su aliento en la nuca y sus rodillas rozándome apenas la parte de atrás de los muslos.

Al cabo del rato, el más corpulento se separó del grupo.

—La voy a embestir. Háganse a un lado.

Lo dejaron solo frente a la puerta. Tomó carrera de un metro, le pegó con el hombro. Nada. Tomó carrera de dos metros, le pegó otra vez. Nada. A la cuarta embestida, la madera del marco cedió. A la quinta, la puerta se abrió de par en par.

El alivio fue tan grande que se me escaparon las lágrimas. Sin pensar, me lancé hacia el corpulento y lo abracé. Él me devolvió el abrazo, con las manos bien abiertas, una en la cintura y otra bajando directo hasta el culo, apretándome una nalga entera con la palma abierta. Sentí sus dedos rozándome la raja todavía pegajosa por atrás. Me dio una palmadita corta y firme en el otro cachete. Yo tardé más de la cuenta en separarme.

—Gracias, gracias, gracias.

—Cuando quieras, vecina. Estamos en el mil doscientos tres. Pásate cuando se vaya esto del temblor. ¿Me das tu instagram, o mejor tu whatsapp?

Le di los dos sin pensar, sin entender muy bien lo que estaba haciendo, solo queriendo que se fueran ya. Recogí la toalla manchada del suelo, me la enrollé con torpeza y entré dando un paso atrás, sin darles la espalda. Bernardo me miraba desde el rellano con una sonrisa pequeña, casi resignada. Los muchachos me sonreían sin disimulo.

—Oye —dije, recordando de pronto—. El que estaba grabando, borra ese video.

El de la cámara se la guardó en el bolsillo.

—Con gusto, vecina. Pasamos esta noche por tu departamento y vemos juntos cómo lo borramos.

Cerré la puerta como pude —el marco estaba reventado pero la hoja todavía calzaba— y me quedé recargada contra ella, jadeando, con el semen de Bernardo todavía chorreándome por dentro de los muslos y la marca húmeda de la mano del corpulento en la nalga derecha. Le había dado a Bernardo el número del departamento. Les había dado a los muchachos mis redes y mi whatsapp en algún momento del barullo que ya no recordaba con claridad. Y tenían el video.

Lo que pase esta noche en el mil doscientos tres ya se los contaré. Deséenme suerte.

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Comentarios(9)

CuriosoBA

jajaja el vecino del septimo me mató!! tremendo relato

Silvina_hn

Por favor una segunda parte!! me quede con muchisimas ganas de mas

VicenteDCP

Me encanto la forma en que lo narraste, se siente muy real sin ser exagerado. Seguí así!

GonzaLP

Nueve pisos enteros... ese vecino es un crack jajaja. Muy bueno!!

MONSERRATE

Excelente relato, de los mejores que leí en esta categoría

MireyaNocturna

La premisa ya es genial de por sí, y el desarrollo la supera con creces. Tenes buen ojo para el detalle, sin duda. Seguí publicando por favor

PatricioV

El vecino mas afortunado del edificio sin ninguna duda jajaja. Espero la continuacion pronto!

NoviaDeNadie27

Me recordo a una situacion incomoda que me pasó años atras, nada tan... interesante claro jajaja, pero algo parecido. Buen relato, me gusto mucho

LorenaBA

Buenísimo!!! queremos mas de este tipo :)

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