Pillé al profesor sustituto a solas en el aula
Mateo llevaba dos meses arrastrándose por el ciclo medio de informática del instituto Valdurias. Su padre se había puesto pesado hasta que aceptó matricularse, y allí estaba, rodeado de compañeros con los que apenas tenía nada en común. La mayoría rondaban los treinta y tantos y vestían como si la palabra ducha hubiese caducado el siglo pasado. La excepción era Diego: cabeza rapada, tatuajes en el antebrazo, mandíbula marcada de quien ha cargado sacos de cemento más años de los que tocaba. No le caía bien, pero tampoco podía evitar mirarlo cuando se levantaba a por agua.
Mateo era rubio platino, de piel tostada y ojos grises. Sabía que se le notaba menos la pluma de lo que pensaban los porreros del fondo. Cuando un día les soltó sin más que era gay, casi todos lo aceptaron sin parpadear. Casi. Diego no dijo nada en ese momento, pero a partir de ahí empezaron las pullitas. Comentarios sobre quién tenía la boca más entrenada, risitas a su espalda cuando volvía del baño. Mateo le devolvía cada chiste con otro más afilado, y la clase celebraba el cruce como si fuera un combate de boxeo barato.
Aquel tira y afloja podría haberse prolongado todo el curso si la tutora no se hubiera estampado contra la trasera de un camión en la autovía. Latigazo cervical, baja indefinida. Y mandaron un sustituto.
Adrián entró en clase un martes por la mañana, dejó la mochila sobre la mesa y se apoyó en el respaldo de la silla como si llevara años dando esa asignatura. Treinta y pocos, alto, fibroso de bicicleta más que de gimnasio, con la cara angulosa y unos ojos azules que parecían no encajar con el resto. Llevaba alianza en el dedo y una sonrisa fácil. Explicaba como nadie había explicado allí desde septiembre. Mandaba pocos deberes y los corregía rápido. La hora se acababa antes de que Mateo se diera cuenta.
—Seguro que te pones de rodillas entre sus piernas —murmuró Diego a su espalda una mañana, y soltó una risa que su amiguito celebró con un codazo.
Mateo se puso los cascos y siguió tecleando.
Como si tú no estuvieras pensando lo mismo.
Porque lo estaba pensando. Diego había bajado el volumen de sus tonterías desde que Adrián daba clase, hasta entregaba los deberes a tiempo. Iba de chico bueno y, sospechaba Mateo, no era para sacar el curso adelante. Era una forma rara de tirarle los tejos a un profesor.
***
—Para el examen necesito todos los trabajos entregados —avisó Adrián el viernes—. También los de vuestra profesora anterior.
—Eso está hecho, profe —proclamó Diego, con esa seguridad que se sacaba de la nada cuando no tenía nada que ofrecer.
Mateo aprovechó la cola para colocarse junto a Adrián tras la mesa. Mientras el profesor pasaba el dedo por la lista de trabajos pendientes, él no podía dejar de pensar en lo que escondía aquella bragueta tan correctamente abrochada. Se lo imaginó encima, sudando, con el cuerpo apretado contra el suyo, y se sobó el paquete sin disimular. Adrián desvió la mirada un segundo. Solo un segundo.
—Te falta un trabajo —dijo Adrián, sin levantar del todo la vista—. No te acuerdas de cuál era, ¿verdad?
—Pues no.
—Vuelve cuando acaben las clases. Te lo explico en cinco minutos.
—Perfecto.
Mateo le devolvió la sonrisa convencido de que aquella tarde iba a ser la mejor del trimestre. Hasta que Diego se acercó por detrás como si lo hubieran llamado por megafonía.
—Yo también tengo ese trabajo a medias, ¿no? ¿Puedo pasarme?
Adrián vaciló dos segundos antes de asentir.
Hijo de puta.
***
A las tres de la tarde estaban los dos en la acera, esperando a que pasaran los veinte minutos de cortesía que les había pedido Adrián. Diego se fumaba el quinto cigarrillo apoyado en una farola; Mateo hacía como que miraba el móvil mientras se carcomía por dentro.
—¿Por qué te has apuntado, en serio? —preguntó al final, sin disimular el fastidio.
—Porque me da la gana.
—Qué pesados sois los porreros cuando os ponéis tontos.
—Y qué pesadas las maricas cuando se les escapa el postre.
Mateo se rió sin ganas y dio media vuelta hacia el portal.
—Me voy yendo.
—¿Subes a comerle la polla al profe antes de que lleguemos?
—Ojalá fueras lo bastante listo para perderte por el camino —respondió sin volverse.
Diego apagó el cigarrillo en la suela y entró detrás de él.
***
Subieron al tercer piso con un par de metros de distancia entre los dos, como dos perros que se vigilan sin enseñar los dientes. La puerta del aula era metálica, gris, con una pequeña ventana redonda a la altura de la cara. Antes de empujar el picaporte, Mateo se asomó por costumbre. Y entonces lo vio.
Hostia.
Adrián estaba recostado en su silla giratoria, al fondo, con la mano derecha hundida en la entrepierna y el brazo moviéndose despacio, marcando un ritmo que Mateo conocía demasiado bien. Tenía los ojos clavados en la pantalla del portátil, que había orientado hacia la mesa para que el resto del aula no pudiera ver lo que estaba viendo él.
Diego llegó por detrás. Mateo se llevó el dedo a los labios sin volverse, pidiendo silencio, y notó la respiración del otro pegada a su cuello mientras los dos se apretaban contra el cristal para mirar.
—Joder… —susurró Diego—. El profe es un pajillero.
Estuvieron así medio minuto, sin decir nada. Mateo sentía la cabeza rapada de Diego rozándole la sien y el aliento caliente en la oreja, y por una vez no le importó. Tenía cosas más interesantes que mirar.
Diego le tocó el hombro y le indicó la puerta con la barbilla. Mateo tragó saliva y asintió. Tiraron del picaporte muy despacio. La puerta cedió sin chirriar. Cerraron desde dentro con la misma delicadeza con la que habían entrado. Adrián no se enteró. Tenía el volumen del vídeo lo bastante alto para tapar cualquier ruido y los ojos demasiado fijos en la pantalla como para mirar al fondo del aula.
Se quedaron pegados al último pupitre. Los gemidos masculinos de quien fuera que estuviese protagonizando aquel vídeo salían del altavoz del móvil de Adrián, mezclados con los gruñidos cortados del profesor, cada vez más agitado.
Mateo vio cómo Diego se llevaba la mano al pantalón y se palpaba el bulto.
Mira a quién se le ha despertado la vena.
No dijo nada. Se desabrochó él primero la bragueta y se sacó la polla con una calma que no sentía, mirando a Diego de reojo. El otro tardó tres segundos en imitarlo. Y entonces los dos estaban de pie, al fondo del aula, con la polla dura en la mano y los ojos clavados en su tutor, que se cascaba un pajote sin saber que tenía público.
Mateo se la tocaba despacio, racionando. Cada movimiento del brazo de Adrián le encendía el pulso. Quería acercarse, ponerse de rodillas, terminar él lo que el otro había empezado. Pero no se atrevía a romper la magia. Aún no.
El zumbido del móvil llegó como una sierra mecánica en mitad del cuadro. Adrián se enderezó con un bufido, paró el vídeo y descolgó.
—Hola, cariño. ¿Cómo va todo?
Mateo sonrió.
Adiós a la película.
Y entonces Adrián levantó la mirada. Sus ojos azules se abrieron como si acabara de ver a la policía entrar por la ventana.
***
Hubo dos segundos de silencio absoluto por su parte, mientras su mujer le piaba al oído algo sobre pañales. Adrián los miraba a los dos, plantados al fondo del aula con la polla fuera, y la cara se le había quedado petrificada.
Y entonces se movieron ellos.
Mateo y Diego avanzaron entre las filas de mesas, despacio, sin dejar de mirarlo, sin perder la sonrisa. Llegaron a la mesa del profesor, uno a cada lado de la silla. Adrián tragó saliva.
—Sí, cariño —dijo al teléfono, con una voz milagrosamente normal—. Hoy puede que llegue un poco tarde, tengo que dar una clase de repaso.
Mientras hablaba miraba primero a uno, luego al otro, como si esperase encontrar una salida. Diego se sobaba la polla tranquilamente. Mateo no la disimulaba: la suya estaba a la altura de los ojos del profesor, y Adrián no podía no verla.
—Sí, bueno…
Mateo deslizó las manos por los muslos de Adrián, pasó los dedos sobre el calzoncillo y agarró la polla por encima de la tela. Estaba durísima. Cuando tiró del elástico hacia abajo, la cosa salió a tomar el aire: larga, gruesa, con el capullo rosado y reluciente. Adrián se sobresaltó pero no apartó la silla.
—Claro que sí, cariño —siguió diciendo al teléfono, mientras Mateo se ponía de rodillas entre sus piernas y le pasaba la lengua por la punta.
Diego soltó una risa sorda y se cascó la polla más despacio, sin perder detalle.
—Tardaré un poco —dijo Adrián con la mano apoyada en la nuca de Mateo, marcándole el ritmo sin que se notara en la voz—. Termino y voy para allá.
—Mmmm… —tragó Mateo, hundiendo media polla en la boca.
—Vale, compraré pañales. Hasta luego. Te quiero.
Colgó. Dejó el móvil sobre la mesa como si pesara veinte kilos y soltó el aire que llevaba acumulando desde la primera campanada del reloj.
—De esto, ni una palabra a nadie —dijo, casi sin voz—. Me juego el trabajo y el matrimonio.
—A mí no tienes por qué decírmelo, profe —respondió Diego, sin dejar de sacudirse—. Por el chupapollas este no respondo.
Mateo sacó la polla de la boca solo para mirar a Adrián. Tenía hilos de saliva colgándole del labio inferior y los ojos vidriosos.
—Ni una puta palabra —dijo.
Adrián lo agarró por la barbilla con suavidad, lo levantó hasta que sus caras estuvieron a un palmo y lo besó. Fue un beso lento, casi tímido al principio, que se volvió hambriento en cuanto Mateo abrió la boca. Diego soltó otro «joder» entre dientes.
—Ahora voy a follarte —murmuró Adrián.
—Eres la hostia, profe. Métemela entera.
***
Adrián se levantó de un salto, mandó la silla con ruedas contra la pared y tiró de la camiseta de Mateo hasta sacársela por la cabeza. Lo empujó contra un lateral de la mesa, le bajó los vaqueros de dos tirones y se acuclilló detrás de él. Mateo sintió la respiración del profesor en el culo antes de notar la lengua, ancha y caliente, abriéndole camino. Se aferró al borde de la mesa con los nudillos blancos.
—¡Aaaah!
Diego se había apoyado en una mesa a un metro y se cascaba la polla mirándolo, con esa sonrisilla que le sacaba siempre de quicio.
—Ya se ve que te gusta —comentó—. Seguro que ahí han entrado un buen montón.
—Por lo menos el profe tiene una buena con la que entrar —respondió Mateo entre jadeos—. La tuya parece de prácticas.
—Espera a que sea yo el que te la meta hasta el fondo, hijo de puta.
—Hablas mucho, chucho. Ya veremos cuánto aguantas.
Adrián se incorporó y le metió un azote seco que dejó a Mateo sin respiración.
—Vosotros dos. Callaos. Y centraos en la follada.
Se sacó la camiseta y la dejó caer al suelo. Tenía el torso fibroso y bronceado de bicicleta, los abdominales marcados sin exageración. Mateo y Diego se miraron, en una tregua silenciosa. Mateo volvió a ponerse de espaldas, con el culo en pompa contra el borde de la mesa.
Diego se acercó antes de que Adrián pudiera colocar la punta.
—Un momento. Solo un segundo.
Le abrió los cachetes a Mateo, escupió sin contemplaciones sobre la raja y le metió dos dedos del tirón. Mateo soltó un gruñido entre dolor y rabia.
—Ya está. Métesela. No hace falta que seas delicado.
—Cabrón… —murmuró Mateo, pero Adrián ya estaba colocando la punta contra su entrada.
Entró centímetro a centímetro, con paciencia, sin la prisa que Diego había mostrado. Mateo cerró los ojos, apretó la frente contra la mesa y dejó que el aire le saliera despacio mientras la polla del profesor se abría paso. Cuando la tuvo dentro entera, Adrián se quedó quieto un segundo, le acarició la espalda con una mano y empezó a moverse.
Diego se acercó al lado de la mesa y le puso a Mateo la polla a la altura de la boca. Mateo abrió sin pensarlo. La tomó hasta donde pudo y la mantuvo ahí, mirándolo desde abajo con una sonrisa que no necesitaba palabras.
Estuvieron así un buen rato, en silencio salvo por los gemidos, los golpes secos de la cadera de Adrián contra el culo de Mateo y los gruñidos sofocados de Diego al sentir cómo lo tragaba entero. Adrián se inclinó hacia delante, apoyó las manos a ambos lados de Mateo en la mesa y aceleró el ritmo hasta que las patas vibraban con cada embestida.
—Joder… —jadeó Adrián—. Llevaba meses sin… joder.
—Acaba dentro, profe —murmuró Mateo cuando soltó a Diego el tiempo justo para hablar—. Hazlo.
Adrián gruñó una última vez y se vino con un espasmo largo que le hizo apretar los dedos contra las caderas de Mateo. Diego se corrió un segundo después, con la mano enredada en el pelo platino del otro. Mateo se sacudió él mismo dos veces más y terminó sobre la baldosa, sin soltar el borde de la mesa.
Se quedaron los tres sin decir nada. Sin respiración. La pantalla del portátil se había apagado sola y el aula estaba en silencio absoluto.
Adrián se apartó despacio, se subió los pantalones, se sentó en la silla y se pasó las dos manos por la cara.
—Recoged. Si os pregunta alguien, hemos estado repasando.
—Discos duros y particiones —apuntó Diego con la sonrisa más socarrona del repertorio, mientras se abrochaba la bragueta—. Lo tenemos clarísimo, profe.
Mateo se rió por primera vez en toda la tarde. Recogió la camiseta del suelo, se la puso al revés y la dejó así. Salió del aula detrás de Diego con las piernas todavía blandas y el corazón tronándole por todo el cuerpo.
En el descansillo del tercero, antes de bajar, Diego se giró.
—Otro día subes tú primero, Mateíto. Para variar.
—Si aguantas más de un minuto, igual te dejo —respondió.
Diego se rió y bajó las escaleras de tres en tres. Mateo se quedó un segundo en el rellano, mirando hacia la puerta gris del aula que acababa de dejar atrás, y se preguntó cuánto tardaría Adrián en proponerles otra clase de repaso.
No mucho, esperaba.