El hijo del casero me espió desde el pasillo
Volver a la casa después de esa tarde fue lo más complicado del día. No por el cansancio, que también pesaba. Era el cuerpo: traía los ecos de todo metidos debajo de la piel. El aliento de Mateo contra mi nuca en plena marcha, las manos rápidas de Hernán en el callejón detrás de la plaza, la mirada del cabo de policía que me retuvo más de la cuenta y me devolvió la credencial con un roce que no fue casual. Llegué con la espalda empapada, el pantalón de licra pegado a la piel y un calor entre las piernas que no era el del sol.
Hernán me dejó en la entrada sin decir mucho. Apagó el motor, me miró, y yo le sostuve la mirada un par de segundos más de los que debía. No nos besamos. No hizo falta. Cuando bajé de la camioneta, la tela del pantalón se me subió por detrás y supe que él lo notó. No giré la cabeza para confirmarlo. Ya había sido demasiado para un solo día.
—Cuídese, maestra —murmuró antes de arrancar.
Crucé el patio en silencio. La luna estaba alta y el portón rechinó como siempre. La casa entera dormía. O eso creía yo.
Empujé la mosquitera con el codo y entré. Olía a leña apagada y al café que la señora deja preparado en la barra para el desayuno. Me llevé la mano al pelo, todavía húmedo de sudor. Pensé que iba a poder pasar de largo hasta mi cuarto, lavarme la cara, hundir la cabeza en la almohada y olvidar.
Pero no.
Felipe estaba sentado en el sillón del recibidor. Descalzo, con una cobija sobre las piernas y una taza vacía entre las manos. Despierto del todo. El hijo mayor de Don Eulogio. Veintidós años, callado, con esa manera de mirar que tiene la gente del campo cuando no encuentra las palabras pero las piensa todas.
—Ya llegó, profe —dijo en voz baja. No era pregunta.
—Sí. Ya. —Apenas pude respirar la respuesta.
Llevaba puesta una playera deportiva tan fina que cualquiera podía leerme el cuerpo a través de la tela. El top de abajo me apretaba como si quisiera escapársele a los pezones, y el pantalón, con todo ese sudor de horas, me marcaba cada costura. Debajo, una tanga negra húmeda desde la mañana, y no solo por el calor de la marcha.
Sentí su mirada bajándome desde la garganta hasta los muslos. Lenta, como quien teme que lo descubran. No dijo nada. Yo tampoco.
Caminé hacia el pasillo sin volver la cabeza, pero podía sentirlo. Sus ojos me ardían en las nalgas, en la curva de la cintura, en el lugar donde el pantalón se me hundía. Cada paso me costaba más. Me preguntaba si él se daba cuenta de lo que estaba viendo. Y, peor, me preguntaba qué iba a hacer si lo entendía.
Entré al cuarto. Dejé la puerta apenas recargada. No prendí la luz.
***
Me tumbé en la cama bocabajo, con el pantalón todavía puesto. La colcha estaba fresca y eso me hizo suspirar, pero bajito, casi por dentro. El cuerpo me latía entre las piernas con una fuerza que no recordaba. No era miedo. Eran ganas, puras, acumuladas durante todo el día, durante la marcha entera, durante las miradas que me devoraron sin tocarme.
Cerré los ojos y dejé que las imágenes volvieran. La sonrisa torcida de Mateo cuando me arrinconó detrás de la tarima. La mano de Hernán cerrándose alrededor de mi brazo y conduciéndome al callejón sin preguntarme nada. El cabo con la linterna apuntándome a la cara mientras me pedía la identificación, y esa voz suya bajándome la temperatura de la piel y subiéndomela en otro lado. Tres hombres distintos, tres maneras distintas de ponerme el cuerpo de punta.
Deslicé una mano por la cintura. Por las nalgas. Después por delante, entre los muslos. La tela estaba mojada en la entrepierna. La tanga, empapada. Mis dedos se colaron por la pretina, buscando piel. Calor. Movimiento.
Apreté las piernas. El top me molestaba. Lo subí, saqué los pechos, los dejé libres. Eran los pezones los que más reclamaban, los que más dolían. Me los pellizqué con dos dedos y se me escapó una respiración honda, atragantada.
Me acaricié por dentro. Estaba hinchada, abierta. Toda la tensión del día se me había juntado ahí, en un solo punto, como si el cuerpo entero conspirara para hacerme estallar de una vez. Pensé en Mateo, pero sobre todo en Hernán. En la manera en que me tomó del codo, sin pedir permiso. En la patrulla. En ese policía que me miró con un poder que me dio rabia y, al mismo tiempo, deseo.
Gemí bajito.
El aire del cuarto olía a mi sudor, a la humedad que me salía entre los dedos, a ese olor mío que no había sentido en mucho tiempo. Me giré de lado, bajé el pantalón hasta las rodillas. La tanga quedó hecha un nudo enredado en el tobillo. Las nalgas al aire. El pecho descubierto. La playera colgándome por un hombro. Estaba abierta, caliente, desbordada. Y me estaba tocando sin un solo gramo de pudor.
Fue entonces que lo escuché.
Un crujido. La tabla suelta del pasillo. Un paso muy leve, apenas sugerido.
Abrí los ojos.
La puerta estaba apenas recargada. No cerrada del todo.
No me detuve.
Más bien, abrí más las piernas. Apoyé el talón en el colchón y me dejé ver. Como si supiera que alguien podía estar mirando. Porque si lo estaba, no me importaba. O peor: lo deseaba.
***
Ese crujido sutil de madera, ese ruido que solo hace quien intenta no ser oído, lo decía todo. Supe sin mirarlo que estaba ahí. Pegado a la pared del pasillo. Conteniendo la respiración. Mirándome.
La puerta entreabierta. Mi cuerpo medio desnudo sobre la cama. El pantalón enredado en las piernas, la tanga colgando del tobillo, los pechos fuera del top. Mi mano en el medio. Mis dedos dentro.
Y él ahí. Viéndolo todo. Sin decir nada. Sin atreverse a entrar. Sin irse.
No sé qué me dio más calor: lo que me estaba haciendo o saber que él lo estaba viendo.
Que mire. Que mire todo.
Seguí. Me abrí más, me deslicé los dedos con un ritmo lento al principio, húmedo, profundo. Después más rápido. El cuerpo me temblaba, pero no de miedo. Era deseo crudo. Todo lo que no me pude sacar de encima durante el día se me concentró en ese pulso entre las piernas, en la palma de la mano apretada contra mi propio sexo.
Toqué mi clítoris con dos dedos. Lo froté, lo apreté contra mí. Me mordí la playera para no gemir fuerte, pero se me escapaban sonidos chiquitos, mojados, sucios. Y sé que los escuchó. Él también lo sabe.
Dejé caer la cabeza hacia atrás. El cuello expuesto. Los pezones duros, parados como si reclamaran una boca. Me recorrí todo el vientre, el monte, volví a meter los dedos. Estaba tan mojada que se escuchaba. Y ese pequeño ruido, ese chasquido pequeño y obsceno, era como si me susurrara que sí, que siguiera, que no parara.
Lo imaginé a él en el pasillo, con la mano debajo del pantalón de pijama. Tocándose mientras me miraba. Lo imaginé caliente, sorprendido, con el pulso acelerado y los labios apretados para no hacer ruido. Lo imaginé queriendo entrar, sabiendo que no podía. Y eso me prendió todavía más.
Pensé en decirle algo. Un susurro. Una invitación. La palabra «entrá» arrastrándose por el cuarto como una orden. Pero no la dije. No quería romper la magia de ese estar los dos ahí, separados por una puerta, juntos por una rendija de aire.
Me arqueé. Me retorcí. El colchón crujía cada vez que me movía y cada crujido era un golpe en el pasillo. Me lo imaginé tragando saliva. Apretando los dedos contra la pared. Apretando los dientes.
Y yo me vine.
Me vine mirando la puerta entreabierta sin verlo. Sintiendo cómo me subía el orgasmo como una ola lenta, tensa, inevitable. Apreté los labios para no gritar, pero el cuerpo se me arqueó solo. Se me contrajo entero, de la nuca a los pies. Y solté. Solté todo.
El temblor me duró un rato largo. No me importaba que él siguiera ahí. No me importaba lo que estuviera haciendo. No me importaba nada.
***
No sé si se fue después. No sé si se quedó quieto, si se tocó hasta el final, si me deseó hasta el dolor o si se asustó de sí mismo. Tampoco me importa demasiado. Lo que sé es que esa noche, durante esos minutos largos, su mirada fue mía. Su deseo también. Y yo lo usé. Lo exprimí hasta que no me quedó más que el temblor en las piernas y la humedad en los dedos.
Me quedé un rato así, tirada, sin acomodarme la ropa. Escuché otro crujido más leve, más lejos, y supe que se estaba yendo. Caminaba despacio, con cuidado, como había venido. Yo respiré hondo y dejé que el aire me llenara los pulmones por primera vez en horas.
Pensé en cerrar la puerta. No la cerré.
Ahora escribo esto recostada bocabajo, con la espalda todavía caliente y el corazón yendo despacio. La luna entra por la ventana y me toca un hombro. Tengo la mano debajo de la almohada, todavía con olor a mí.
Mañana voy a desayunar en la cocina. Felipe va a estar ahí, con la misma camisa de siempre, sirviéndose pan, sin levantar la vista. Y yo lo voy a mirar a los ojos. Voy a sostenerle la mirada el tiempo justo para que entienda que sé. Que sé que sabe. Que sé que lo sabe todo.
Y no voy a decir nada.
Pero sabré, mientras me llevo la taza a los labios, que algo cambió. Que ya no soy del todo la maestra rural de Don Eulogio. Que esta casa, este pueblo, este cuerpo que arrastro de un lado a otro son otra cosa desde anoche. Algo más libre. Algo más mío.
Mañana va a ser otro día. Pero la puerta voy a dejarla entreabierta otra vez.