Lo que vi en la caseta el día del cumpleaños de mi hijo
15 de mayo
Estoy escribiendo este diario porque me lo pidió Beatriz, la psicóloga que nos asignaron en la seguridad social para tratar a mi hijo, Hugo. Es argentina y tiene esa manía de mirarte hasta que dices algo. Nos dijo a mi mujer y a mí que escribiéramos cada uno por separado, sin censura, todo lo que se nos pasara por la cabeza. Sobre todo lo referente al niño. Yo no he escrito un diario en mi vida, así que perdón si me voy por las ramas.
Me presento: me llamo Ricardo, tengo cuarenta y cinco años, vivo en el barrio de Tetuán, en Madrid. Mi mujer y yo llevamos una papelería desde antes de casarnos. Hago jiu jitsu tres veces por semana desde hace una década, salgo a correr cuando me acuerdo y, aunque me está saliendo algo de barriga, todavía aguanto el ritmo de los chavales del gimnasio.
Mi mujer se llama Cristina. Es cinco años más joven que yo. Desde el segundo embarazo se ha ido redondeando y a mí ya no me atrae igual, aunque la sigo queriendo. Estamos un poco distanciados, pero la culpa es sobre todo del crío. Del mayor, claro. El pequeño no da problemas.
El mayor es Hugo. De niño era una alegría andante: sonriente, bromista, siempre con un chiste preparado. Sigue siendo así, y reconozco que es un poco mi favorito. Hace gimnasia deportiva desde los siete años y se está poniendo bastante fuerte. Saca buenas notas sin estudiar, y creo que ese es el problema: como la universidad no le exige nada, se busca él solito sus entretenimientos. Heredó el pelo rubio de su madre y mis ojos verdes. Tiene una sonrisa que desarma. Hasta que descubres lo que esconde detrás.
Lo del sábado pasado fue el colmo. Pero llevo años acumulando capítulos. Con dieciocho se escapó una noche entera y fuimos a buscarlo a casa de un amigo donde se había ido a dormir sin avisar. Con diecinueve acabó en urgencias por un coma etílico que se trajeron sus colegas en taxi. Lo castigamos un mes, pero como llevaba la resaca dentro no creo que lo notara. Luego vino el episodio de los poppers que «le estaba guardando a un amigo». Y otras tantas que prefiero no recordar.
No es mal chaval. Tiene corazón, ayuda en la tienda los fines de semana, se preocupa por su abuela. Pero estas cosas suyas nos están matando. Por eso lo llevamos a la psicóloga. Por suerte entró por la seguridad social, porque la consulta privada no nos la podemos permitir.
El pequeño se llama Daniel. Tiene diecinueve y, de momento, no nos ha dado un disgusto. Es callado, educado, buen estudiante. Le ha dado por el baile, va a una academia del barrio donde hacen funky y otra cosa que se llama no sé qué urbano. Este no me preocupa.
Pero el sábado fue el cumpleaños de Hugo. Cumplía veintiuno. Mi cuñado tiene una casita con piscina por Cercedilla y nos invitó a hacerlo allí. Fuimos todos: mis hermanos, las hermanas de Cristina, las dos abuelas, los primos. Hugo pidió invitar a algunos amigos suyos de la universidad y a los padres de Bruno, que es su mejor amigo desde críos. Tomás, el padre de Bruno, se pasa de vez en cuando por la papelería a charlar, y su mujer, Patricia, va a yoga con Cristina. Así que los invitamos. Buena gente, los dos.
Hugo estuvo raro desde que pisamos la casa. Nosotros queriendo que estuviera con sus primos, que son de su edad, y él desapareciendo cada quince minutos. Una vez lo encontró Daniel en el desván. Otra vez su prima Carla detrás de la caseta de la piscina. Cristina y yo nos cruzábamos miradas de hartazgo.
A la hora de comer se relajó. Estuvo encantador, contando anécdotas de la universidad, imitando al profesor de matemáticas, riéndose con los tíos. Todo el mundo encantado. Después del segundo plato, los chavales se tiraron a la piscina y nosotros nos quedamos de sobremesa con el café. Cristina me pidió en algún momento que fuera a por la tarta.
Entré a la cocina, clavé las velas, las encendí y salí con la fuente entre las manos, protegiéndolas del viento. Cuando llegué al jardín, ni rastro de Hugo. Los primos pequeños empezaron a buscarlo por la casa, las velas se me iban apagando una a una, yo cabreado intentando que no se derritiera la nata sobre la masa. Cristina chistaba y reclamaba al hijo de Dios.
—A ver si está escondido en la caseta —dije, casi seguro—. Es muy de él gastar este tipo de bromas.
Cristina asintió. Nos colocamos todos alrededor de la caseta, en semicírculo, los críos con cara de expectación. Patricia, la madre de Bruno, se ofreció a abrir la puerta de golpe. Yo iba a contar hasta tres y arrancar el cumpleaños feliz justo al verlo aparecer. Imaginaba la cara de susto del muy idiota.
—Tres, dos, uno…
—¡Cumplea…!
Patricia tiró del pomo y nos quedamos todos en silencio, con la boca abierta y las velas a punto de extinguirse. Ahí estaba Hugo, el hijo de su madre, apoyado de cara contra un mueble auxiliar, con el bañador en los tobillos y el culo respingón en pompa, dos nalgas pálidas y firmes de gimnasta. Detrás, Tomás, el padre de Bruno, con la camisa hawaiana abierta enseñando ese pecho peludo y sudado, y las bermudas a la altura de las rodillas, le tenía agarrado con fuerza de las caderas y se la estaba metiendo hasta el fondo, una polla gorda que entraba y salía del culo de mi hijo con la facilidad de quien lo lleva haciendo meses. La caseta olía a sudor, a lubricante y a esos poppers dulzones que ya conocía yo de un episodio anterior. Se le veía la verga brillante, empapada, cada embestida arrancándole a Hugo un jadeo ahogado, mordiéndose el labio, arqueando la espalda para meterla más adentro. Y lo peor: no pararon enseguida. Tomás reaccionó un segundo tarde, le dio dos o tres embestidas más, esas caderas velludas chocando contra el culo de mi crío con un chasquido húmedo y obsceno, antes de darse cuenta de que tenía media familia mirándolo. Cuando por fin se la sacó del susto —y le vi el pollón entero, gordo, venoso, colorado como una berenjena madura— le salieron tres o cuatro chorros gruesos y blancos sobre la espalda baja de mi hijo, cordones espesos de semen que se le pegaron a la piel y le resbalaron hasta el hueco del culo.
Se me cayó la tarta al suelo. Manché de nata a media familia y a las dos abuelas. Patricia empezó a darle a Hugo con un flotador hinchable mientras él intentaba subirse el bañador con la corrida ajena todavía chorreándole por la espalda. Tomás trataba de calmar a su mujer con las manos en alto, como ante un atraco, con la polla aún medio dura balanceándose fuera de las bermudas. Una abuela tuvo bajada de tensión y la otra rezaba el Ave María santiguándose. Las tías taparon los ojos a los primos pequeños. Daniel sacó el móvil y miró la pantalla como si no fuera con él. Bruno, agarrado a la cintura de su madre, sollozaba:
—Mi padre, tío… mi padre no, joder.
Cristina, que cuando se enfada es de armas tomar, fue directa a Tomás, le agarró de una oreja como a un crío y lo arrastró hasta la verja. Le dijo, con esa voz baja que usa cuando ya no hay vuelta atrás:
—El autobús sale en veinte minutos. Lárgate.
Luego volvió, abrazó a Patricia, le ofreció acompañarla a casa y, antes de salir, me clavó la mirada y dijo:
—Yo me quedo con ella esta noche. Tú llévate a los niños y habla con Hugo.
Cuando quiere es lista, la tía. Sabe escabullirse de los marrones.
No le grité a Hugo. No le di una colleja. Me salió una voz de decepción que ni yo me reconocí. Le dije que se metiera en el coche. Me despedí de la familia pidiendo mil disculpas, aunque sé que son buena gente y no nos lo iban a tener en cuenta. Recorrimos los cuarenta y cinco minutos de vuelta a Madrid en silencio. Hugo mirando por la ventanilla, consciente de lo que había pasado. Daniel con el móvil.
Cuando llegamos a casa todavía lucía el sol. Yo solo quería que se hiciera de noche. Cada uno se metió en su habitación. Me tumbé en la cama mirando el techo, dándole vueltas a lo que acababa de ver.
Lo primero: esa había sido, oficialmente, la salida del armario de mi hijo. Cristina y yo lo sospechábamos desde hacía tiempo, igual que sospechamos del pequeño, pero preferíamos esperar a que ellos lo dijeran. Lo segundo: Tomás se la metía con una facilidad que no se improvisa. Aquello no era un primer encuentro. Mi hijo había hecho aquello otras veces, y no pocas. Lo tercero: lo hacía sin condón.
Me llegó un mensaje de Cristina: «Habla con el niño». Joder con Cristina. Habla con el niño tú, que para algo eres la madre.
Me levanté y di dos golpecitos en la puerta de su cuarto.
—Adelante —contestó una voz solemne desde el otro lado.
Estaba tumbado en la cama sin camiseta. La gimnasia se le notaba: los pectorales empezaban a marcársele, una línea de vello rubio le bajaba del ombligo hacia la goma del calzoncillo. Hizo ademán de ponerse algo encima, por respeto, supongo, pero le indiqué que no hacía falta. Se sentó en el borde de la mesa y yo en la silla del escritorio.
Lo miré a los ojos y apliqué una técnica que aprendí hace años: callarme y dejar que la incomodidad fuera llenando el cuarto.
—Papá, lo siento mucho —dijo. Dos lagrimones le cayeron por la cara y empezó a sollozar.
Me senté a su lado y le pasé el brazo por los hombros. La rabia se me fue del cuerpo. Pobre crío.
—Para mí era un juego —murmuró—. Hasta que vi la cara de Bruno. Yo no quería hacerle daño a nadie.
—Hijo, eres muy joven y a veces no calculas las consecuencias. Para lo listo que eres en todo lo demás, en estas cosas eres muy cabra loca.
—Papá, a veces no me sé controlar.
—¿Cómo hemos llegado a esto? —le dije—. Porque no habrá sido solo hoy. —Negó con la cabeza—. Tomás te ha manipulado de alguna manera…
Me miró con sus ojos verdes y volvió a negar.
—Es todo culpa mía, papá —sollozó contra mi hombro.
—Necesito que me cuentes cómo empezó.
Se sorbió la nariz. Se quedó callado un momento, eligiendo por dónde empezar.
—Hace unos meses fui a casa de Bruno y tuve que esperarlo porque se le había alargado el dentista. Tomás estaba solo, en calzoncillos, viendo el fútbol. Se le marcaba el bulto por debajo de la tela, papá, gordo, aplastado contra el muslo. No pude quitarle la vista de encima. Me dijo si quería sentarme y me puse a su lado en el sofá. Papá, de verdad que no me sé controlar. Yo notaba algo… sabía que era peligroso, que se podía cabrear conmigo… pero le rocé la pierna con la mía y él no la apartó.
—Ya —dije. Me costaba decidir si quería sonar comprensivo.
—Y entonces me acerqué más. Le puse la mano en la pierna. —Yo le quité la mía del hombro sin darme cuenta—. Y él no se movió. Subí la mano por el muslo, muy despacio, y la metí por debajo del calzoncillo. Papá, le noté el… ¿pito?
—Mejor di… —no había palabra elegante para esto— pene. Polla, hijo, polla.
—La polla, papá. La tenía muy dura. Muy, muy dura, gorda, hinchada. Tenía una gotita transparente en la punta que se le escurría por el glande.
—Ya veo, hijo. —No sabía cómo seguirle la conversación.
—Es que no me sé controlar. Se la agarré con las dos manos y era tan grande que no llegaba a rodearla del todo. Empecé a moverle la piel arriba y abajo, muy despacio al principio. Él se abrió más de piernas y echó la cabeza para atrás. Le bajé los calzoncillos hasta las rodillas y se la vi entera, papá, entera, con esos huevos gordos colgándole, y no me pude controlar y empecé a… ¿masturbarlo?
—Sí, masturbarlo. Hacerle una paja.
—Le hice una paja larga, papá. Le escupí encima para que resbalara mejor y me miraba muy fijo, como retándome a que siguiera. Me puse muy caliente. Se me hizo la boca agua. Me la metí en la boca. Empecé a… ¿chuparle?
—Mejor di chupar, sí. Mamársela.
—Se la mamé, papá. Se la mamé entera. De arriba abajo, hasta que se me clavaba en la garganta y me atragantaba. Él me agarraba de la nuca y me empujaba para meterla más adentro. Gemía mucho y decía guarradas, y al final me avisó y acabó… —se quedó pensando— eyaculando.
—Corriéndose.
—Corriéndose, papá. Se corrió a chorros dentro de mi boca. Tanto que no me daba tiempo a tragar y me chorreó por la barbilla.
—¿En tu boca? —Asintió—. ¿Y te lo tragaste?
—Todo, papá. Hasta la última gota. Le limpié la polla con la lengua. No estaba pensando.
—¿Y las enfermedades?
—Lo he mirado, por tragar no pasa nada.
—¿No? —Negó con la cabeza—. ¿Y después de aquello?
—Empezamos a vernos a escondidas. Cuando Patricia iba a yoga con mamá, o cuando Bruno tenía entrenamiento. A veces íbamos a un hotel de esos por horas de la Gran Vía. Pero era complicado.
—Hijo, cómo te la metía hoy… esa no era la primera vez.
—No. Lo hemos hecho unas cuantas veces, papá. Muchas. Suele ser muy cuidadoso. Primero me pone boca abajo en la cama y me abre las nalgas con las manos. Me lame el… ¿culo?
—Sí, hijo, el culo.
—Me lame el culo, papá. Con la lengua entera, dando vueltas, metiéndomela dentro. Yo me pongo a cien, es una sensación… Lo lubrica todo con saliva. Luego me pone crema y me mete un dedo, después dos, hasta que se me abre. Cuando entra, entra despacio, muy despacio, hasta el fondo. Y luego ya empieza a follarme fuerte. Me la mete hasta que se le sale del todo y me la vuelve a clavar. Dice que nunca ha probado un culito así de prieto. Que le da envidia lo bien que aguanto esa polla suya sin quejarme. Me hace correrme sin tocarme, papá. Solo con la verga dentro.
Se enjugó la última lágrima. Sacárselo del pecho parecía aliviarle la conciencia. A veces ser padre es muy difícil. Las preguntas son imposibles.
—Hijo, tienes que ser muy sincero conmigo. ¿Has estado con más hombres?
Se encogió de hombros.
—Tienes que tener mucho cuidado.
—Siempre tengo cuidado, papá. Pero con Tomás era distinto. Con su mujer ya no hacían nada. Solo se veía conmigo.
—Vale. Una relación monógama, si hay confianza, se puede no usar protección. Aun así…
—Sí, papá.
—Prométeme que vas a tener cuidado. ¿Has aprendido la lección de hoy?
—Sí, papá.
—Sabes que a mí me lo puedes contar todo, ¿verdad? Todo, todo. No te voy a juzgar. Pero no puedes meterte en estos líos.
—Claro, papá.
Nos dimos un abrazo, le di un beso en la frente y lo dejé en su cuarto con su cargo de conciencia. Al salir me acordé de Daniel. Llamé a su puerta.
—¿Qué pasa, papá? —preguntó, ya incómodo antes de que le dijera nada.
—Hoy has visto algo… fuera de lo normal. Quería comentarlo contigo. ¿Sabes lo que has visto?
—Papá, tengo diecinueve años. No soy un niño. Estaban —bajó la voz— teniendo sexo. Es así como lo hacen los chicos.
—Claro que no eres un niño. Entonces todo en orden. ¿Tú ya te masturbas?
—¡Papá! ¡Vete!
Me fui aliviado de no tener que seguir la conversación. Ya había cumplido con mi obligación paterna. Cristina escribió diciendo que se quedaba haciendo la cena para Patricia. Me tumbé en la cama desnudo, con el calor que hacía y la ventana abierta.
Me pasaron muchas cosas por la cabeza que no me dejaban dormir. Mi hijo estaba ya plenamente activo sexualmente. A mí, aunque se me hacía raro, me parecía bien. Siempre quise ser un padre progresista. Lo que no podía quitarme de la cabeza era la imagen de aquel hombre, Tomás, alto y corpulento, algo más alto que yo, con ese pecho peludo apretado contra la espalda lampiña de Hugo. Cómo lo sujetaba contra el mueble mientras lo penetraba con tanta facilidad. Volvía a ver, una y otra vez, la polla saliendo del culo de mi hijo en el momento en que Patricia abrió la puerta: gruesa, venosa, colorada, embadurnada de todo. Recordaba el grosor de los chorros de semen que le cayeron sobre la espalda baja, cuatro cordones espesos, blancos, tan largos que uno le llegaba casi hasta la nuca. No era un miembro pequeño.
Recordé cómo le besaba el cuello, la excitación que debía de estar sintiendo Hugo, esa cara de placer con la boca entreabierta y los ojos entrecerrados un segundo antes de que abriéramos la puerta. Me pregunté qué se sentiría ser penetrado así. Yo nunca lo había probado, ni dando ni recibiendo. Cristina no me había dejado nunca metérsela por el culo. Tampoco me la chupaba. Hacía años que solo me cascaba a solas en el baño mientras ella dormía.
Me acaricié el cuerpo. La barriga era poca, casi todo era músculo con alguna cervecita acumulada. Más fuerte que Tomás, seguro. El pelo del pecho, negro y bien repartido, mejor puesto que el suyo. Los brazos, definitivamente más gruesos. Y al final, casi sin querer, me toqué la polla. Esa también, seguro, más grande que la suya. La tenía ya medio empalmada de estar dándole vueltas a la escena de la caseta. Empecé a menearla despacio, con la mano seca, sintiendo cómo se ponía dura del todo, cómo el glande se me hinchaba y se me despuntaba una gota gruesa de líquido preseminal que usé para lubricar el capullo.
Me imaginé la escena entera otra vez. Pero ahora la veía en cámara lenta, con detalle. Veía la verga de Tomás entrando y saliendo del culo de mi hijo, la piel del glande abriéndose paso por ese anillo apretado, los huevos golpeándole las nalgas. Oía el chapoteo, el sonido carnal de dos cuerpos empapados en sudor. Le veía la cara a mi hijo, esa cara de puta feliz, mordiéndose el labio, echando el culo hacia atrás pidiendo más. Se me escapó un gemido y me tapé la boca con la mano libre para no despertar a Daniel, al otro lado del pasillo.
Empecé a cascármela más rápido. Escupí en la palma y seguí, la polla dura como una piedra, palpitándome en el puño, gorda y venosa. Pensé en la polla de Tomás, en cómo se la sacó brillante del culo de mi hijo, en el pedazo de corrida que le voló encima. Pensé en Hugo mamándosela en aquel sofá, tragándose la lefa entera sin rechistar. Pensé en Tomás lamiéndole el culo a Hugo, abriéndole las nalgas con las manos, metiéndole la lengua hasta el fondo. Y luego, sin quererlo, empecé a imaginarme a mí. A mí en el sitio de Tomás. A mí con las manos en unas caderas jóvenes, apretándolas fuerte. A mí clavándosela hasta los huevos a un culito apretado que se me abría sin resistencia. Sentí un calambre subir desde la punta de los pies.
La corrida me llegó de golpe, sin aviso. Me arqueé sobre el colchón, la polla explotándome en la mano, y empecé a echar chorros de semen sobre mi propia barriga, sobre el pecho, hasta la clavícula. Cuatro, cinco, seis lefadas, más que en mucho tiempo, más espesas que en mucho tiempo. Me quedé quieto, respirando fuerte, con la mano pegajosa y el pecho salpicado de mí mismo, mirando al techo. La habitación olía a sudor y a corrida.
Me costó un rato reconciliarme con la emoción que me impedía dormir. No era rabia. No era vergüenza. Era envidia.
***
Decidimos no castigar a Hugo. Entendimos que había aprendido la lección, aunque tomamos medidas preventivas. El lunes siguiente lo llevé al médico, le contamos la verdad sin maquillar y le recetaron la PrEP inyectable, esa que dura seis meses. Así me quedaba mucho más tranquilo.
—Papá, ¿esto significa que ahora puedo follar como yo quiera?
—Practicar sexo.
—¿Significa esto que ahora puedo practicar sexo como yo quiera?
—No. Vas a practicar sexo solo cuando yo te diga.
—¿Cómo?
—Quiero decir que no es una excusa para hacer tonterías. Y que me lo tienes que contar todo.
Salimos del centro de salud y le compré un kebab para comer en la calle. Me quedé mucho más tranquilo después de aquello. Pero este no se libra. Tenemos que modificar este comportamiento. Espero que este diario me sirva para entenderme mejor a mí mismo. Y, sobre todo, a Hugo.