La pareja que recogimos en el camino de vuelta
Cuando frenamos junto a ellos, la chica ya movía las caderas con una canción. Mateo llevaba las uñas pintadas. Ese viaje no iba a terminar como habíamos planeado.
Cuando frenamos junto a ellos, la chica ya movía las caderas con una canción. Mateo llevaba las uñas pintadas. Ese viaje no iba a terminar como habíamos planeado.
Viajaba sola, con ese vestido que siempre me da problemas. Él se sentó a mi lado en el bus y supe desde el primer momento que ese viaje no iba a terminar como había planeado.
Tenía acceso a cada pantalla del local y nunca debí mirar. Pero cuando vi lo que hacían con mis fotos, algo se encendió en mí que no supe apagar.
Cuando entré a su despacho a reclamar mi nota, él echó el cerrojo con una calma que me dejó sin palabras. Eso debería haberme hecho salir corriendo.
Cuando los primeros gemidos cruzaron la puerta del 412, todavía sostenía la cubeta de champán con las dos manos. Diez minutos después ya no pensaba en el hotel.
Había noches en que no miraba la cara de quien entraba. Contaba el dinero y esperaba que terminara. Pero una vez todo fue completamente distinto.
Lo vi salir por esa puerta y el corazón se me aceleró de golpe. Llevaba el vestido más rojo que tenía. Quería que lo primero que viera fuera yo.
Salté la reja a las tres de la mañana, con el vestido roto y las medias ensangrentadas, solo para mirarlo a los ojos y preguntarle si yo no estaba inventándome todo.
Me quedé parada frente a la puerta sin abrirla. Entonces oí sus pasos. Lo que pasó después duró más de lo que habría imaginado.
Estaba sentada en la silla del comedor con los ojos cerrados y los auriculares puestos. Su mano se movía bajo los shorts mientras sus labios envolvían algo.
A los 23 años, sin trabajo y a punto de volver a casa de mis padres, acepté quitarme la ropa frente a una cámara. Lo que pasó después cambió mi vida.
Si nos hubieran dicho esa mañana que íbamos a terminar en una habitación con espejo en el techo, ninguno de los dos lo habría creído.