La diosa que sometía demonios en su lecho de runas
Arrodillada sobre sus talones, sin más adorno que el collar de su dueña, Lirea temblaba cada vez que la cámara se abría para dejar pasar a algo que ningún mortal debería desear.
Arrodillada sobre sus talones, sin más adorno que el collar de su dueña, Lirea temblaba cada vez que la cámara se abría para dejar pasar a algo que ningún mortal debería desear.
Nunca pude distinguirlas. Una me besaba con ternura; la otra me ataba y me usaba. Tarde entendí que jamás hubo un error: las dos lo planearon todo.
Llevábamos meses rozándonos en los pasillos sin decir nada. Esa noche, en el bar, ella se apoyó contra la pared y supe que ya no había vuelta atrás.
Nadie en mi barrio imagina que la mujer aburrida del cuarto piso sueña cada noche con perder el nombre, la ropa y la dignidad ante alguien mucho más joven que ella.
Dos amigas salen del trabajo, se cambian de ropa y se pierden en la noche. Esta vez la presa es un chico borracho a la salida de la discoteca, y la cala desierta lo verá todo.
Cuando le dije que había sido una niña mala, ya sabía lo que vendría. La até, la castigué y tomé lo que era mío. Ella solo pedía que no parara.
La varilla de bambú silbó en el aire y Clara no parpadeó. Éramos amigas. Ahora ella sostenía el cronómetro y yo estaba de rodillas sobre la rejilla helada.
A once mil metros de altura, controlaba sus cuerpos desde mi asiento. Lo que les esperaba en Río era apenas el preludio del sometimiento real.
Le mandé un mensaje a mediodía y volví a las nueve, marcada como un trofeo. Mateo me esperaba arrodillado sin saber lo que iba a oler.
No le daban agua en un vaso. Se la vertían sobre el pie, y él tenía que lamerla de las tiras de cuero si quería sobrevivir.
Me puse las zapatillas ya usadas y las medias gruesas, lista para un día entero de turismo. Él no sabía que cada paso era un regalo preparado para él.
Trece kilómetros a pie, medias gruesas y zapatillas cerradas. Esa noche iba a darle el regalo que le había preparado desde que subí al avión.