El secreto que guardé todo el día para él
En los destinos turísticos caros, hay cosas que se pagan con tiempo y esfuerzo, no con dinero. Una de esas cosas es caminar. Y yo ese día en Florencia caminé con un propósito muy concreto.
Me desperté esa mañana en una habitación pequeña del centro histórico, cerca del Duomo, envuelta en el calor de las sábanas y en el olor de Rodrigo. La luz que se filtraba por las persianas tenía ese tono dorado específico de las ciudades italianas a las nueve de la mañana. Él todavía dormía, con un brazo sobre mi cintura y la respiración lenta y pareja de alguien que no tiene ningún plan urgente.
Agarré el celular sin moverme demasiado. "10°C de máxima, nublado, sensación térmica de 7°C".
Perfecto.
Frío suficiente para que los pies se encierren todo el día. Suficiente para que se acumule calor dentro de las zapatillas durante horas de movimiento. Suficiente para darle exactamente lo que él necesita sin que yo tenga que hacer nada especial, solo caminar.
Me levanté despacito para no despertarlo. Tenía un plan y quería ejecutarlo sin decírselo todavía. Fui directo al bolso y saqué las zapatillas blancas que había traído desde casa: las mismas que usé en los primeros días del viaje, sin lavar. Las sostuve un momento y las olí con discreción. Apenas, muy suave, el principio de algo. Bien.
Busqué las medias. Las de algodón grueso, las que había usado durante el vuelo de catorce horas. Las guardé en una bolsita en el fondo del bolso precisamente para este momento. Las olí también. Sí. Eso era exactamente lo que buscaba.
Me las puse. Me calcé las zapatillas. Me puse los jeans más ajustados que tenía y una campera de abrigo larga. Mis pies iban a pasar el día entero encerrados, acumulando calor, acumulando ese olor específico que a Rodrigo lo saca de quicio y que a mí me cuesta bastante generar. No soy de las que transpiran mucho. Pero después de doce horas caminando con todo eso puesto, algo se logra.
Cuando salí del baño ya estaba despierto, sentado en la cama con el pelo revuelto y una sonrisa somnolienta.
—Buenos días, preciosa.
—Buenos días —dije, acercándome a besarlo—. Levantate. Tenemos mucho para ver hoy.
No le dije nada más. El secreto era mío.
***
Salimos después del desayuno y no paramos hasta la tarde. Primero la Piazza della Signoria, donde nos quedamos veinte minutos mirando la réplica del David y discutiendo si la estatua original valía la cola de dos horas en el Accademia. Después cruzamos el Ponte Vecchio dos veces: una para ver las joyerías que no íbamos a poder comprar y otra porque Rodrigo quería fotografiar la luz del mediodía sobre el río Arno.
Subimos hasta el Piazzale Michelangelo por la escalinata larga, que son cuatrocientos escalones de piedra despareja que a los veinte minutos hacen arrepentirse de todo, pero la vista de Florencia desde arriba es de esas cosas que no se discuten. Bajamos por el otro lado, cruzamos el barrio Oltrarno, entramos a una trattoria pequeña donde el menú del día estaba escrito a mano en una pizarra.
Calculé después: entre doce y trece kilómetros. Todo en zapatillas cerradas, todo sobre adoquines que hacen que los músculos del pie trabajen el doble que sobre asfalto. A mitad de la tarde ya sentía el calor acumulado dentro del cuero, la humedad suave en el algodón apretado contra los arcos. Notaba cómo las medias se habían adaptado a la temperatura de mis pies, y cada vez que pensaba en la noche me costaba concentrarme en los carteles informativos de los monumentos.
¿Todavía va a ponerse así después de cinco años? ¿Después de diez meses de distancia va a seguir necesitando esto con la misma urgencia de antes?
No me respondí. Ya iba a ver.
***
En la trattoria pedimos pasta y vino tinto. Era tarde para cenar según los estándares italianos pero temprano para los nuestros. El lugar estaba casi vacío, la iluminación era de vela, y afuera se escuchaba el ruido de la ciudad enfriándose con la llegada de la noche.
Rodrigo levantó su copa cuando llegó el vino.
—Por las dos semanas que nos quedan —dijo, mirándome con esa seriedad suave que pone cuando algo le importa de verdad.
—Por las dos semanas —respondí, y tomé un sorbito largo sin dejar de mirarlo por encima del borde de la copa.
Se quedó en silencio un momento, mirando el vino girar despacio.
—Estás muy tranquila esta noche —dijo después—. Te conozco. Algo estás tramando.
Me reí.
—¿Tramando? ¿Yo?
—Vos. Definitivamente vos.
Enrollé spaghetti en el tenedor y lo miré con toda la inocencia que pude reunir.
—Caminé mucho hoy. Me duelen los pies.
Lo vi cambiar. Fue sutil, solo un segundo, pero lo vi: los ojos se le oscurecieron un poco, bajó el tenedor, tragó saliva antes de responder.
—¿Sí? —dijo, con la voz levemente más grave.
—Sí. Todo el día con las mismas zapatillas. Con las medias que usé en el vuelo.
Silencio.
—Marina… —murmuró, y en esa sola palabra había todo: súplica, excitación, un reproche suave por haberle dicho eso en medio de una cena en la que todavía quedaba media botella de vino.
—Cómete la pasta, amor —le dije, dulce, sin apurarme—. Todavía hay postre.
—¿Qué postre?
—Uno que no está en el menú.
Se pasó una mano por la cara. Se rio, pero era una risa tensa, de alguien que ya está pensando en otra cosa y le cuesta disimularlo.
—No sé si voy a poder terminar de comer.
—Vas a poder —le dije—. Y vas a comer despacio. Que la noche es larga.
Cenamos así: con esa tensión silenciosa que solo existe cuando dos personas saben exactamente lo que va a pasar y deciden igualmente tomarse el tiempo. Él me miraba a los ojos y yo lo dejaba mirar. A veces cruzaba las piernas por debajo de la mesa y sentía el calor concentrado de mis pies dentro de las zapatillas, el peso de lo que le estaba guardando para después.
Cuando por fin pagamos, salimos al frío de la noche florentina. Me tomó de la mano apretando un poco más de lo normal.
—Apurémonos —me dijo al oído.
—No —respondí, caminando tranquila—. Despacio. Quiero sentir el frío un rato más.
Me miró. Entendió. Caminamos despacio.
***
Cuando cerramos la puerta de la habitación, me apoyé contra ella y lo besé. Con calma primero, después con más hambre. Le aflojé la campera, se la saqué. Me sacó la mía. Nos fuimos desarmando sin apuro, disfrutando del proceso, hasta que llegué al punto que había planeado desde la mañana.
Las zapatillas. Las medias.
Me senté en el borde de la cama, crucé las piernas y lo miré.
—Vení. Arrodillate.
Lo dije con voz tranquila, sin dramatismo. Era una instrucción, no una petición. Él la recibió exactamente así: se arrodilló frente a mí sin decir nada, con los ojos fijos en los míos, esperando lo que venía.
—Sacame las zapatillas primero. Despacio.
Las soltó con cuidado, una por una, dejándolas a un lado. Después se quedó quieto, con mis pies en sus manos, mirándome y esperando la siguiente instrucción.
—Ahora las medias. Más despacio todavía.
Empezó a bajarle el elástico a la primera, enrollándola centímetro a centímetro con una paciencia deliberada que me indicaba que entendía perfectamente el juego. Y cuando la sacó, el olor salió con ella: concentrado, cálido, con esa intensidad que se construye durante horas de movimiento y encierro. No era desagradable. Era exactamente lo que habíamos construido juntos a lo largo de años: algo que para cualquier otra persona no significaría nada, pero para él era como abrir algo que le pertenecía.
Cerró los ojos. Aspiró profundo.
—Dios —murmuró.
—Sí —dije—. Todo el día. Solo para vos.
Le acerqué el pie a la cara y lo dejé apoyarse contra su nariz, contra su boca entreabierta. Le pasé el arco despacio de los talones hasta los dedos, y escuché cómo su respiración se cortaba y se recomponía.
—La otra.
Sacó la segunda media con más urgencia. Le puse la mano en la cabeza.
—Despacio.
Obedeció.
Con los dos pies al descubierto, lo hice retroceder un poco y me recosté en la cama. Piel suave, arco pronunciado, uñas pintadas de borgoña oscuro que me había hecho tres días antes del viaje pensando en este momento exacto. Ligeramente húmedos todavía del encierro del día. Él los miraba con esa atención que me resulta difícil de describir: no era solo excitación, era algo más parecido a la reverencia, a la concentración total de alguien que finalmente tiene frente a sí lo que estuvo esperando.
—Masajeame —le pedí—. Con las dos manos. Empezá por las plantas.
Se puso a trabajar con los pulgares en los arcos, presionando en círculos desde el talón hasta la base de los dedos. Gemí genuinamente, porque trece kilómetros sobre adoquines florentinos se acusan en los músculos de una manera muy concreta, y sus manos en ese momento eran exactamente lo que necesitaba. Pero no era solo eso. Era el cuadro completo: él arrodillado frente a mí, obedeciendo cada indicación, con toda su atención puesta en darme exactamente lo que yo le pedía.
—Los empeines ahora.
—Los tobillos.
—Entre los dedos.
Cada instrucción la recibía y la ejecutaba sin protestar, sin apurarse, sin pedir nada para él todavía. Me gustaba verlo así: contenido, expectante, completamente concentrado en mis pies.
Cuando llevábamos un rato largo, lo miré.
—Ahora chupá.
Empezó por el dedo gordo, cerrando los labios con cuidado, usando la lengua despacio. Después fue uno por uno, tomando su tiempo, lamiéndoles la base, pasando la lengua entre ellos. Saboreaba el sudor acumulado con esa expresión de concentración intensa que me indica que está exactamente donde quiere estar.
—Toda la planta ahora. Pasate la lengua de abajo para arriba.
Lo hizo. Una vez, dos veces, tres. Yo tenía una mano en su pelo y lo guiaba sin apretar demasiado, solo marcando el ritmo.
Cinco años y todavía lo mismo. Cinco años y todavía se arrodilla así, sin que tenga que insistir ni negociar.
Me incorporé un poco.
—Desnudate y acustate boca arriba.
Se sacó todo con rapidez. Se tiró en la cama. Yo me senté a los pies de la cama y observé lo que el día entero de anticipación y treinta minutos de obediencia habían producido: completamente erecto, tenso, con una gota brillante en la punta que indicaba que el control que estaba manteniendo le costaba bastante.
Le apoyé una planta en el pecho primero, solo para sentir cómo respiraba. Después bajé despacio, deslizando la suela cálida por su abdomen, hasta llegar. Lo envolví con los dos pies, uno a cada lado, formando presión desde ambas direcciones. Empecé a moverlos con ritmo lento.
—No te corrás todavía —le dije—. Avisame cuando estés cerca.
Asintió, con los ojos entrecerrados y las manos agarradas a las sábanas como si necesitara algo a lo que sujetarse.
Le pasé las plantas por toda la longitud, lento al principio, después con más presión y firmeza. Apretaba y soltaba, variaba el ritmo deliberadamente para que no llegara antes de tiempo. Cada vez que lo veía apretar los dientes, aflojaba. Cada vez que lo veía relajarse, aumentaba la velocidad.
—Mirame —le dije.
Abrió los ojos. Me miró.
—Así. Sin cerrarlos.
Seguí moviéndome, sin perder el contacto visual. Le metí los dedos de un pie en la boca mientras con el otro continuaba el ritmo.
—Chupá —le dije—. Y seguís mirándome.
Obedeció: labios cerrados alrededor de mis dedos, lengua moviéndose entre ellos, ojos fijos en los míos. Así durante un tiempo que no supe cuánto duró porque había dejado de medir.
Sentí cómo se ponía más tenso, cómo la respiración se hacía más corta y menos controlada.
—Ahora sí —le dije, cuando vi que ya no podía aguantar más—. Acabá.
Se tensó desde los hombros hasta los pies, cerró los ojos un segundo, y después se corrió con la fuerza acumulada de todo el día: caliente, abundante, cayendo sobre las plantas, entre los dedos, sobre las uñas borgoña que le había preparado tres días antes pensando exactamente en este momento. Me quedé quieta, sintiendo el calor sobre mi piel, escuchando cómo su respiración lentamente se normalizaba.
—Abrí los ojos —le dije, cuando la respiración empezó a calmarse.
Los abrió.
—Mirá lo que hiciste.
Levanté un pie para que viera. Me lo miró con esa expresión de después, esa mezcla de satisfacción plena y algo que se parece mucho a la gratitud.
***
Después estuvimos un rato en silencio, yo apoyada en su pecho, él con una mano en mi pelo. La habitación olía a los dos mezclados.
—Rodrigo —dije, después de un momento largo.
—Mm.
—Nos quedan dos semanas. Y después otros cuatro meses de distancia.
Lo sentí apretar un poco más.
—Lo sé.
—Quiero grabarte algo antes de que nos separemos. Para que lo tengas cuando me extrañes.
Levantó la cabeza y me miró con esa mezcla de amor y curiosidad que me derrite desde hace años.
—¿Qué cosa?
—Agarrá el celular —le dije—. Y filmá.
Se estiró hacia la mesita de noche, tomó el teléfono y abrió la cámara. La luz tenue de la habitación era suficiente para que se viera todo bien.
Me senté frente a la cámara, lo miré directo al lente, y empecé. Despacio, con los pies todavía brillosos, acerqué un pie a la boca. Pasé la lengua por la planta con lentitud, saboreando lo que había quedado. Me metí los dedos en la boca uno a uno, los chupé despacio, sin dejar de mirar la cámara mientras lo hacía. Lo que quedaba en el arco lo recogí con los dedos y me lo llevé a la boca también, con la misma calma.
—Esto es para vos —le dije suave, con la voz todavía ronca—. Para los meses que vienen. Para cuando me extrañes.
Hice una seña. Cortó la grabación.
Nos tiramos los dos en la cama. Me abrazó fuerte, con la cara enterrada en mi pelo. Le acaricié el brazo en silencio.
—Quedan dos semanas —repitió él, en voz muy baja.
—Sí —dije—. Y todavía hay cosas que quiero hacer antes de volver.
Se separó un poco para mirarme.
—¿Qué cosas?
Lo besé despacio y le susurré contra los labios lo que había estado guardando para el final de la noche: lo que quería que me hiciera antes de que el viaje terminara y el océano volviera a quedarse entre los dos durante meses.
Se rio en voz baja, con el calor de su aliento en mi boca.
—Toda la noche tenemos —dijo.
—Exactamente —respondí—. Por eso no me apuro.