Mi confesión: el chico del cine vino a casa con nosotros
Lo invitamos a casa con la promesa de no tener reglas. Lo que pasó esa madrugada en el sofá rompió todo lo que creíamos saber sobre nosotros.
Lo invitamos a casa con la promesa de no tener reglas. Lo que pasó esa madrugada en el sofá rompió todo lo que creíamos saber sobre nosotros.
Tres meses después de dejarlo, la vi besándose con otro en aquel bar. Esa misma noche entré en uno de ambiente y empecé a hundirme sin saber hasta dónde llegaría.
Crucé el salón pensando en mi cama. Lo que no esperaba era encontrarlo a él de pie, con esa sonrisa nueva y algo escondido detrás de la espalda.
Cuando subió al balcón a buscarme, fue su voz contra mi oído lo que me prendió. No estaba en mis planes terminar la noche con el hermano menor de mi mejor amiga.
Cuando abrí la puerta esa mañana, supe que iba a ser distinta. Tenía algo planeado que lo dejaría agotado, y mi marido había preparado una silla en el pasillo.
Dos socios, doscientos kilómetros por delante y una pareja joven pidiendo que la subieran al coche. La decisión que tomaron en aquella cala lo cambió todo.
Un año después de la ruptura me arrastré hasta el gimnasio. En la séptima sesión, mi entrenadora cerró la puerta del vestuario y me ofreció algo que no estaba en ningún paquete.
Cuatro hombres poderosos aparecidos muertos en suites de hotel. La misma escena cada vez. Valeria fue sola a investigar y no salió intacta.
Cuando mi madre me llamó para decirme que estaría sola ese fin de semana, no imaginaba lo que tenía pensado para mí esa noche.
Mi marido me observaba a oscuras detrás del cristal espía. Él esperaba ver a su hermano caer ante mí. Yo iba a confesarle algo mucho peor.
Esa tarde me visitaron cuatro hombres. Ninguno sabía de los otros. Yo era la única con el cuadro completo y no sentía culpa ninguna.
La llave de mi jaula colgaba entre sus pechos toda la noche, brillando cada vez que ella se inclinaba para reírse con sus amigas. Yo solo podía servir.
No podía dormir. El calor me consumía desde adentro y ningún orgasmo era suficiente. Necesitaba que alguien me viera hacer lo que hago sola.
Mi tía estaba de viaje y mi tío me ofreció un café. Lo que pasó después no debería habernos pasado, y sin embargo no quise irme.
Cuando entré al salón, ella estaba sentada en el sofá con esa sonrisa que ya no engañaba a nadie. Y arriba, en la escalera, alguien escuchaba en silencio.
Dos copas de vino, su pregunta inesperada y yo contándole mi primera vez con otro hombre mientras él me escuchaba con una atención que pronto se convirtió en algo más.
Bajé por una salida cualquiera y me metí entre los eucaliptos, su mano todavía debajo de mi falda. Lo que vino después, con un desconocido pasando muy cerca, sigue volviendo a mi cabeza.
La lluvia golpeaba los cristales cuando Rodrigo abrió los ojos con esa expresión de quien acaba de descubrir algo que no puede explicar con palabras.
La puerta de mi cuarto no cerraba del todo por el lado izquierdo. Ella lo sabía. Yo también. Durante semanas fingimos que no.
Cayeron en el mismo accidente sin conocerse. Cuando abrieron los ojos en el más allá, supieron sin decir nada qué querían hacer con la eternidad.