Aquella mañana con mi padre cambió todo entre nosotros
Cuando abrí la puerta esa mañana, supe que iba a ser distinta. Tenía algo planeado que lo dejaría agotado, y mi marido había preparado una silla en el pasillo.
Cuando abrí la puerta esa mañana, supe que iba a ser distinta. Tenía algo planeado que lo dejaría agotado, y mi marido había preparado una silla en el pasillo.
Dos socios, doscientos kilómetros por delante y una pareja joven pidiendo que la subieran al coche. La decisión que tomaron en aquella cala lo cambió todo.
Un año después de la ruptura me arrastré hasta el gimnasio. En la séptima sesión, mi entrenadora cerró la puerta del vestuario y me ofreció algo que no estaba en ningún paquete.
Cuatro hombres poderosos aparecidos muertos en suites de hotel. La misma escena cada vez. Valeria fue sola a investigar y no salió intacta.
Cuando mi madre me llamó para decirme que estaría sola ese fin de semana, no imaginaba lo que tenía pensado para mí esa noche.
Mi marido me observaba a oscuras detrás del cristal espía. Él esperaba ver a su hermano caer ante mí. Yo iba a confesarle algo mucho peor.
Esa tarde me visitaron cuatro hombres. Ninguno sabía de los otros. Yo era la única con el cuadro completo y no sentía culpa ninguna.
La llave de mi jaula colgaba entre sus pechos toda la noche, brillando cada vez que ella se inclinaba para reírse con sus amigas. Yo solo podía servir.
No podía dormir. El calor me consumía desde adentro y ningún orgasmo era suficiente. Necesitaba que alguien me viera hacer lo que hago sola.
Mi tía estaba de viaje y mi tío me ofreció un café. Lo que pasó después no debería habernos pasado, y sin embargo no quise irme.
Cuando entré al salón, ella estaba sentada en el sofá con esa sonrisa que ya no engañaba a nadie. Y arriba, en la escalera, alguien escuchaba en silencio.
Dos copas de vino, su pregunta inesperada y yo contándole mi primera vez con otro hombre mientras él me escuchaba con una atención que pronto se convirtió en algo más.
Bajé por una salida cualquiera y me metí entre los eucaliptos, su mano todavía debajo de mi falda. Lo que vino después, con un desconocido pasando muy cerca, sigue volviendo a mi cabeza.
La lluvia golpeaba los cristales cuando Rodrigo abrió los ojos con esa expresión de quien acaba de descubrir algo que no puede explicar con palabras.
La puerta de mi cuarto no cerraba del todo por el lado izquierdo. Ella lo sabía. Yo también. Durante semanas fingimos que no.
Cayeron en el mismo accidente sin conocerse. Cuando abrieron los ojos en el más allá, supieron sin decir nada qué querían hacer con la eternidad.
Cuando Lucía se arrodilló frente a mí con esa sonrisa de quien tiene preparado cada argumento, supe que el libro solo había sido el primer movimiento.
Cuando me llevó a la escalera de servicio del salón, ya hacía media hora que su mano había decidido por las dos. Yo solo dejé que sucediera.
Bajé sola a la pista, cerré los ojos y dejé que el bajo me poseyera. No supe que aquel desconocido alto me esperaba detrás, observándome desde la oscuridad.