Mi madre entró en mi cuarto y no volvimos a ser iguales
Me llamo Marcos. Tengo 22 años, y desde los dieciséis no me han faltado relaciones. No lo digo con arrogancia: soy de complexión atlética, me cuido, y físicamente no tengo motivos de queja. Lo menciono porque tiene relevancia en lo que voy a contar.
Lo que voy a contar no es fácil de ordenar. No por lo que pasó, sino por cómo llegué a entenderlo. Hay cosas que uno sabe durante años sin permitirse pensarlas del todo, y un día alguien las dice en voz alta y ya no hay marcha atrás.
Mi madre tiene 39 años. Se casó con mi padre a los 22, cuando él ya tenía 44. Veintidós años de diferencia. Él era calvo entonces, con algo de barriga y una vida ordenada según sus propias reglas. Ella era joven, guapa, y sin muchas opciones reales. No me lo dijo nunca con esas palabras, pero uno crece y aprende a leer entre líneas. El matrimonio fue una salida, no una elección.
Mi padre tiene ahora 61 años. Mi madre, en cambio, sigue pareciendo diez años menos de los que tiene. Lleva el pelo castaño oscuro a media melena, tiene los pómulos altos y marcados, y una figura delgada que a ella le parece irrelevante pero que yo notaba que no dejaba indiferente a nadie. Lo notaba cuando algún amigo venía a casa y tardaba demasiado en despedirse de ella en la puerta. Lo notaba en los ojos de los hombres en el supermercado.
También notaba otra cosa. Una tensión que mi madre cargaba encima como si fuera parte de la ropa. Un sobresalto cada vez que sonaba el teléfono. Cierta rigidez cuando yo aparecía en el pasillo sin camiseta después de entrenar. La manera en que miraba hacia la ventana cuando yo traía a alguna chica a casa, como si necesitara ocupar la vista con algo inocuo. Nunca lo había pensado con claridad hasta que alguien me lo dijo.
Una amiga mía, Natalia, tiene esa clase de inteligencia que incomoda. Un día, después de que le contara sin querer demasiado, me lo dijo de frente:
—Tu madre lleva años sin que nadie la toque de verdad. Eso se nota en todo.
—No me hables así de mi madre.
—No te estoy hablando mal de tu madre. Te estoy diciendo lo que veo. Y tú también lo ves, si no, no me lo habrías contado.
Me quedé sin respuesta porque tenía razón. Se lo había contado porque ya lo había pensado. Pero pensarlo en silencio y escucharlo dicho en voz alta son cosas completamente distintas.
—¿Y qué hago yo con eso? —pregunté.
—Nada que no quieras hacer —respondió Natalia, y cambió de tema.
Pero yo no pude cambiar de tema tan fácilmente.
***
Mi habitación tiene una puerta corredera que nunca cierra del todo por el lado izquierdo. Por el derecho no hay problema, pero si la dejas deslizada hacia ese lado, queda una rendija de tres o cuatro centímetros abierta hacia el pasillo. Y desde el pasillo, si alguien está sentado en el sofá del salón donde está el teléfono fijo, puede ver directamente la cama.
Llevaba años siendo consciente de esa rendija. Me había obligado a moverme al extremo opuesto de la habitación o a echar el pestillo cuando quería intimidad. Pero esa tarde de octubre, varios días después de la conversación con Natalia, decidí no echar el pestillo. Solo por ver. Solo para saber si lo que yo creía era real o era algo que me había inventado.
Me tumbé sobre la cama, sin ropa, y esperé. Sabía que mi madre estaba en casa.
Cuando sonó el teléfono, no me moví.
Escuché sus pasos en el pasillo. El chasquido del auricular. Una voz breve:
—No, se ha equivocado de número.
Y luego silencio. Los muelles del sofá siempre crujen cuando alguien se levanta, y en ese momento no crujieron. Mi madre no se había movido.
Pasó un minuto. Quizás dos. El apartamento estaba completamente quieto.
Levanté apenas la cabeza y, por la rendija, la vi. Estaba sentada con las manos cruzadas sobre el regazo, mirando hacia mi cuarto con una fijeza que no tenía nada de casual. Cuando nuestros ojos se encontraron por un instante, ella bajó la vista y escuché, por fin, el crujido familiar del sofá.
No dije nada. No hice nada. Me quedé tumbado con el pulso en la garganta y una pregunta que no sabía cómo formular.
***
Dos días después, casi a la misma hora, se repitió. Había algo casi ritual en ello: el teléfono, los pasos, el chasquido del auricular.
Esta vez no levanté la cabeza. Me quedé como estaba, respirando despacio, con los ojos entreabiertos mirando el techo.
Pasaron varios minutos.
Cuando por fin miré hacia la rendija, ella me estaba mirando. Y sonreía. No era una sonrisa incómoda ni culpable. Era la sonrisa de alguien que acaba de tomar una decisión que llevaba tiempo postergando.
Me levanté de la cama. Salí al pasillo. Le tendí la mano.
Ella la tomó sin decir nada.
***
En mi cuarto hay dos camas individuales. La mía, junto a la ventana, y la otra frente a ella. La llevé a esa. Se sentó en el borde con las manos en el regazo y me miró con una atención que no supe cómo sostener.
—No tiene que pasar nada que tú no quieras —le dije.
Mi madre no respondió. Solo seguía mirando.
Se quitó el jersey despacio. Debajo llevaba solo el sujetador. Tenía los hombros estrechos y blancos, y cuando se lo soltó y lo dejó caer en el suelo, me quedé sin palabras. Su cuerpo no tenía nada que envidiarle a ninguna chica de mi edad: pechos firmes, cintura que no hacía ningún esfuerzo por ser delgada porque ya lo era, una piel sin marcas ni huellas de los años.
Nunca había sentido una tensión tan quieta. Como el momento antes de que empiece a llover.
Ella no se tocaba. Solo miraba. Y yo tampoco me moví, dejándola mirar todo el tiempo que necesitara.
Después se levantó y se arrodilló lentamente al lado de mi cama, con una deliberación que me dejó la mente en blanco. Me miró a los ojos una última vez y luego bajó la vista.
Lo que hizo a continuación no fue lo que esperaba. No había nada torpe ni urgente. Pasó la lengua despacio, de abajo hacia arriba, y luego besó la punta con una suavidad que me cortó la respiración.
Lo tomó en la boca con cuidado, sujetándolo con una mano, y empezó a moverse con una cadencia lenta y completamente deliberada. No hacía ruido. Solo respiraba por la nariz. Yo cerraba los ojos y los volvía a abrir porque no quería dejar de ver lo que estaba viendo.
Con la mano libre se tocaba. Lo vi: sus dedos moviéndose entre sus piernas con un ritmo que iba en aumento. Su respiración se entrecortó una vez, luego se hizo más profunda. Siguió así durante varios minutos, con la boca llena y los ojos cerrados, completamente perdida en algo que yo no podía ver pero sí escuchar.
Cuando se detuvo, se limpió los labios con el dorso de la mano, se levantó sin decir nada y salió de la habitación.
Yo me quedé mirando el techo durante un buen rato.
***
Pasaron dos semanas.
Una tarde traje a casa a la chica con la que llevaba meses saliendo. Éramos bien, o eso creía. Pero esa tarde me dijo que lo nuestro no tenía futuro, que se mudaba fuera por trabajo, y se fue sin drama y sin lágrimas. Mi madre lo escuchó desde el pasillo, sin querer.
Me tumbé en la cama con los vaqueros puestos y la cabeza vacía. Ella entró al cabo de un rato.
—Quítatelos —dijo.
Su voz era diferente. Más baja. Más directa, sin el peso de disculpa que siempre llevaba encima.
—No estoy bien ahora mismo —respondí.
—Lo sé. Por eso.
Salió de la habitación. Creo que esperaba que la siguiera. No lo hice.
Estuve tumbado durante casi una hora, con la vista fija en el techo, sin pensar en nada en particular y pensando en todo a la vez. Y entonces el deseo volvió, sin aviso, sin contexto, con toda la fuerza de algo que había estado esperando su momento. La llamé.
Entró y me encontró como otras veces. Pero en ella había algo distinto. Una urgencia que antes no tenía, algo más suelto, menos contenido. Se quitó la ropa con menos ceremonia y se arrodilló, pero antes de empezar me miró a los ojos con una intensidad que no pude sostener.
—Cabrón —dijo. Sin rabia. Con otra cosa que no supe nombrar en ese momento.
Me besó en la boca. No lo esperaba. Fue largo y profundo, con la lengua, sin pedir permiso. Luego volvió hacia abajo.
Esta vez no era lenta ni delicada. Era completamente otra cosa. Subía y bajaba con fuerza, con la mano apretando la base, sin detenerse, con los ojos cerrados y la respiración convertida en gemidos que no se parecían a nada que yo hubiera escuchado antes.
Fue bajando. Lamió el interior de mis muslos. Pasó la boca por el vientre. Me mordisqueó el pecho y volvió a besarme en la boca, enredando los dedos en mi pelo con una firmeza que me sorprendió.
—Levanta las piernas —dijo. Su voz parecía haber perdido cualquier control.
Lo hice sin pensar.
Lo que siguió fue un choque que no anticipé. Su boca en un lugar donde yo nunca había dejado que nadie llegara sin aviso. No supe si era placer o sorpresa o las dos cosas al mismo tiempo. Intenté decirle algo pero no salieron palabras coherentes.
Ella no paró. Se entregaba a ello con una concentración que no tenía nada de improvisado, mientras con la mano me seguía tocando. Yo cerré los ojos y dejé de resistirme a lo que estaba ocurriendo.
Todo llegó a la vez: la tensión acumulada de semanas, la tarde, ella, los años de algo que ninguno de los dos había sabido nombrar. Terminé con una intensidad que me dejó sin voz durante varios segundos.
Ella se levantó, fue al cuarto de baño, y cuando volvió ya era otra vez mi madre.
Limpió todo antes de que llegara mi padre.
***
Han pasado meses. Vivimos en la misma casa. Yo sigo saliendo con otras chicas. Mi padre sigue siendo mi padre, con sus sesenta y un años y su vida ordenada.
Lo que ocurre entre mi madre y yo ahora es más tranquilo. A veces, cuando hay un momento de silencio en la casa y los dos lo sentimos en el ambiente, entramos en mi cuarto y cerramos la puerta. Nos tumbamos cada uno en su cama y nos miramos mientras nos tocamos. Sin hablar. Sin tocarnos el uno al otro. Es un acuerdo que nadie pronunció pero que los dos cumplimos.
Nunca hemos llegado más allá de eso.
No sé si algún día lo haremos. Tampoco sé si quiero saberlo.