Acepté ir a esa fiesta y descubrí mi lado sumiso
Todas las del grupo sabíamos que Bruna era distinta. Mientras el resto andábamos con miedos y vergüenzas, ella se movía por el mundo como si nada pudiera tocarla. Repetidora, mala estudiante, descarada, fumadora de lo que cayera, deseada por medio campus. Decían que jamás había dicho que no a nada, y que en la cama era capaz de volver loca a cualquiera.
Para muchas de nosotras era una especie de modelo prohibido. Yo entre ellas. Acabábamos de empezar la universidad, ya nos sentíamos mujeres adultas y no las crías del instituto, y ese primer verano de libertad nos había servido para conocernos de verdad.
Bruna me llevaba un año, pero salir con ella seguía siendo un riesgo calculado. Y, sin embargo, yo me estaba convirtiendo en su mejor amiga, casi en su confidente. Me calentaba escuchar sus aventuras, saber cómo disfrutaba y cómo hacía disfrutar. A veces se me insinuaba, medio en broma medio en serio, para que fuésemos algo más que amigas. Yo tenía miedo de entrar del todo en su juego, aunque más de una vez me sorprendí mojándome solo con oírla hablar.
Aquel verano me invitó unos días a la costa con ella y su madre, una mujer tan liberal que daba vértigo. Solo fueron nueve días, pero bastaron para cambiarme. Aprendí a no avergonzarme de mi cuerpo, a desear sin pedir permiso, a entender que el placer también era una forma de poder. Volví distinta, y entre Bruna y yo se selló una confianza que iba mucho más allá de la amistad.
Empezó el curso y salimos juntas a todas partes: discotecas, fiestas, noches largas regadas de alcohol. Demostramos que éramos las más atrevidas de nuestro entorno. Pero, a partir de cierto momento, Bruna empezó a desaparecer algunos fines de semana «por cosas privadas» de las que nunca soltaba prenda. Hasta que un viernes por la tarde me lo contó.
***
Al salir de clase me cogió de la mano y me arrastró, casi corriendo, hasta un parque pequeño que había cerca. Nos sentamos en un banco apartado y sacó de una cajita dos de sus famosos porros. Los encendimos y, mirándome fijo, me soltó:
—Marina, mañana tengo algo organizado. Una fiesta privada de varias horas. Necesito a una chica con ganas y quiero que vengas tú. Igual nos piden algo entre nosotras, y eso solo me apetece montarlo contigo. Nada de chavales del campus: hombres de verdad, adultos. Habrá bebida, habrá de todo, y nos pagan.
—A ver, Bruna —respondí, intentando ordenar la cabeza—. Sabes que de los de nuestra edad ya estoy hasta arriba, me gustan mayores. Pero una fiesta así, con desconocidos, y con la poca experiencia que tengo en estas cosas… me da miedo. No me importaría estar con un maduro con experiencia, incluso ser la amante de alguien que sepa lo que hace. Pero poco a poco. Además, ¿quién organiza esto? Porque me huele a que alguien gana dinero con nosotras.
Bruna no era solo descarada: sabía exactamente qué teclas tocar. Mientras yo hablaba, su mano se deslizó bajo mi falda con un descaro absoluto, sin importarle dónde estábamos. Subió despacio y empezó a acariciarme por encima de la ropa interior. Lo hacía tan bien que la idea de ser definitivamente suya volvió a atravesarme entera.
—Aún no sabes nada y ya te estás encogiendo —me susurró—. Seremos cuatro chicas y cuatro o cinco hombres. Es la fiesta de cumpleaños de uno de ellos, un contacto que sabe que me van estas cosas. Y sí, pagan, pagan muy bien. ¿De verdad me vas a decir que no?
Tendría que haberme levantado y haberme ido en ese mismo instante.
—Ven solo esta vez —insistió, sin dejar de moverse entre mis piernas—. Si no te gusta, no vuelves y en paz. Pero, si te gusta, entras en otra liga. Nada de cuatro euros que te dan en casa. ¿O piensas pasarte la carrera sin un duro para nada?
Casi sin darme cuenta, con los dedos y unas pocas palabras, me llevó al borde en pocos minutos. El morbo de estar así en un parque, a la vista de cualquiera, terminó de empujarme. No sé si no pude controlarme o si en el fondo quise descontrolarme. Mi brazo rodeó su nuca, nuestras bocas se aplastaron y, mientras nos besábamos con una desesperación nueva, dos de sus dedos se colaron del todo. Perdí la noción del tiempo. Cuando el orgasmo me sacudió, mi cabeza ya había dicho que sí.
Nos costó separarnos. Quedamos en vernos al día siguiente en su casa: me explicaría los detalles, me prestaría ropa y saldríamos juntas. Meses antes no habría aceptado ni loca. Pero aquel verano me había cambiado más de lo que yo misma reconocía.
***
Cuando salimos de su casa al atardecer, parecíamos otras. Tops ligeros y escotados hasta lo imposible, faldas de vaquero cortísimas y ceñidas, sin ropa interior, tacones altos que apenas sabía manejar. Maquilladas en exceso, deliberadamente. Su madre había elegido cada prenda con una sonrisa cómplice. Yo llevaba una bolsa con mi ropa de verdad para volver a casa.
Un coche nos recogió cerca de su portal y nos llevó a una zona moderna de la ciudad que yo no conocía. Bajamos en un garaje y, nada más salir, se acercó una mujer alta, operada, maquillada hasta el último milímetro, sobre unos tacones imposibles. Nos ofreció dos copas de cava.
—¿Bruna y Marina? Llamadme Renata. Voy a estar pendiente de vosotras esta noche —dijo, y bajó la voz—. Tomaos algo, relajaos. Estos hombres son incansables, así que disfrutad sin prisa.
Aquello empezaba a no sonarme a fiesta de cumpleaños de nadie. Un ascensor nos bajó a un sótano insonorizado, lujoso, enorme. Un salón amplio con sofás de piel negra y varias puertas que daban a dormitorios. Renata nos sirvió más cava en una mesa lateral, y en ese momento entraron los primeros hombres acompañados de otras dos chicas de nuestra edad, ya muy desinhibidas.
Los hombres rondaban los cincuenta y muchos. Grandes, fuertes, intimidantes. Yo estaba aterrada. Aquellos cuerpos, la mesa cargada de bebida fuerte, el ambiente entero. Quería despertarme y descubrir que todo era un sueño raro. Y, sin embargo, algo de aquel lugar tiraba de mí.
—Venga, chicas —alzó la voz Renata, poniendo música—. Bebed lo que queráis, fumad lo que queráis, aquí no están vuestras madres. Habéis venido a pasarlo bien. Las dos nuevas, desnudaos y dejad la ropa y el móvil en ese mueble. Nadie los va a tocar.
Con lo poco que llevábamos puesto, no nos costó nada. El cava de bienvenida me había dejado un calor extraño en el cuerpo, una desinhibición que no reconocía como mía. Bruna, a mi lado, ya no estaba caliente: estaba ardiendo. Nos trajeron unos zapatos rojos de tacón finísimo y, como con ellos caminábamos bien, los dejamos puestos.
Sin saber muy bien por qué, las dos empezamos a desear de verdad. Una necesidad densa, casi animal, de ser tomadas sin límites. Yo, que siempre había sido la prudente, sentía por primera vez el impulso de convertirme en un objeto y entregarlo todo.
***
Nos acercamos al grupo. Dos de ellos se adelantaron, nos abrazaron y nos besaron con lengua, intensos, dueños de la situación. Nos empujaron suavemente al suelo, de rodillas, y nos ofrecieron lo que querían. Hicimos lo que se esperaba de nosotras, y cuando terminamos nos levantamos abrazadas a ellos, sonrientes.
Renata se acercó con dos fajos de billetes y nos puso uno en cada mano.
—Para que no haya dudas —dijo—. Sois mayores de edad y habéis aceptado. Todo queda claro.
Le dimos un beso largo y guardamos el dinero junto con nuestras cosas. Nos pagaban como a profesionales, y ninguna de las dos lo dijo en voz alta.
Dos camareras, también desnudas, llenaron la mesa larga de comida y bebida fuerte. Entraron tres hombres más, igual de imponentes que los primeros. Renata nos miró a las cuatro.
—¿No tenéis ganas? Os han pagado bien para que las tengáis. Probad este vodka, está helado y buenísimo.
Estaba buenísimo, sí. Lo bebimos hasta el fondo, sin sospechar que cada copa nos empujaba un poco más lejos de quienes habíamos sido al entrar.
La chica de las dos que había llegado antes tumbó a uno en un sofá y se le subió encima sin pudor. Bruna fue directa a por un maduro rubio. Yo, que nunca había estado con un hombre como aquel coloso de hombros anchos que me miraba desde el fondo, me acerqué a él. Sonrió, me cogió de la mano y me llevó a uno de los dormitorios, una habitación enorme con una cama inmensa.
Me tumbó boca arriba y me abrió las piernas. Cuando vi lo que se me venía encima, cerré los ojos y apreté los puños. A pesar de todo lo que había bebido, el cuerpo se me tensó por instinto.
La primera embestida fue dolorosa de verdad. Nadie me había tocado nunca así. Pero, curiosamente, mientras él avanzaba sin compasión, mi deseo creció más rápido que el dolor. Un calor raro me invadió. Empecé a mover las caderas, a buscar el ángulo, a acoplarme. Un orgasmo silencioso lo facilitó todo, y entonces el placer y el dolor se mezclaron hasta volverse la misma cosa.
Y ahí lo entendí. Aquel dolor punzante, ese que se me clavaba en la cabeza, despertaba en mí la necesidad imperiosa de entregarme por completo, de obedecer sin importarme el sufrimiento. Comprendí que esa clase de dolor me atraía de un modo que jamás había sospechado. Y empecé a disfrutarlo.
Lo vi como algo más que un hombre: un dueño, un maestro. Alcé los brazos, le sujeté la cabeza y lo besé con una pasión que no sabía que tenía dentro. Él respondió con más fuerza, y mi cuerpo entero se movía a su voluntad. Algo irracional me pedía rendirme sin miedo, sin límites. Mi lado sumiso, dormido durante años, estalló. Me corrí varias veces antes de que él terminara.
***
Quedé destrozada, sudada, agotada. Él se tumbó a mi lado y me acarició con una dulzura inesperada, masturbándome despacio mientras me besaba, hasta que me hizo correrme otra vez. En aquel momento no me habría negado a nada.
Una sombra se acercó. Era Renata, sonriente.
—¿Qué tal la nueva? ¿Podremos manejarla a nuestro gusto? —preguntó sin reparo.
—Muy bien —contestó él—. Apenas usada, estrechísima, pero entregada. Se ha corrido conmigo varias veces y, mírala, todavía quiere más. Lleva dentro un apetito brutal que está empezando a salir.
—Tienes razón —dijo Renata, acariciándome el rostro—. Esta, bien guiada, va a dar mucho juego. Empieza a asomar algo entre sumisa y masoquista. Esta noche hay que llevarla al límite para ver hasta dónde aguanta.
Me besó con calidez y yo le devolví los besos, perdida. Me ayudó a girarme. De repente, una palmada brutal me cruzó el cuerpo y grité. Luego otra. Y otra más. Renata me sostenía el rostro, sin dejarme escapar, mientras me hablaba al oído.
—No te preocupes, mi niña, llora todo lo que quieras. Esto es solo el principio. Eres guapa, lista, te gusta el sexo de verdad. Nosotros te vamos a enseñar a perder ese miedo, a disfrutar de tu cuerpo sin frenos. A tu edad, eso vale mucho.
Los golpes pararon de golpe y se hizo el silencio. Renata me incorporó con ayuda de él, me calzó los tacones y me llevó hacia el salón. Al pasar junto a la habitación contigua vi a Bruna. No lloraba; jadeaba, animaba a su acompañante a ir más fuerte. Tenía razón Renata: mi amiga llevaba ventaja.
—¿Ves? —me dijo, sonriendo—. Lo está disfrutando. Qué buenas vais a ser las dos. Ahora ven, te has ganado un respiro. Esta va a ser tu primera noche de verdad salvaje.
Para entonces yo estaba tan lejos de mí misma que nada de lo que decía me asustaba. Si Bruna podía, yo también. Acepté un trago más, todavía con el cuerpo dolorido, y me dejé caer en un sillón.
No descansé mucho. Uno de los maduros, un oso enorme y barrigón, vino a por mí y volvimos a la misma habitación, ya limpia. Esta vez quiso algo nuevo, y no me opuse.
Yo misma subí a la cama y coloqué un cojín bajo el vientre. Renata me preparó con una crema, jugó con sus dedos hasta relajarme, y para mi sorpresa apenas me dolía. Sonreí, creyendo que todo sería sencillo. Entonces ella le dijo al hombre:
—Ya es tuya. Sin prisa. Tómate tu tiempo, ya sabes cómo hacerlo. Me gusta esta chica, me recuerda a mí cuando empezaba.
Pero, en cuanto noté que él empezaba a abrirse paso, dejé de sonreír.
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