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Relatos Ardientes

Mi primera sesión de sumisión terminó como no esperaba

El día había sido brutal. Doce horas de pie, un jefe insoportable y un viaje en metro que me dejó las piernas como de algodón. Cualquier otra noche me habría desplomado en la cama sin cenar, pero esa noche tenía un compromiso que pesaba más que todo el cansancio del mundo. Había prometido presentarme, y a Damián no se le promete en vano.

Subí los tres pisos despacio, ensayando lo que iba a decir. No me sirvió de nada. En cuanto él abrió la puerta y me miró de arriba abajo, las palabras se me secaron en la garganta. Tenía esa calma de quien no necesita levantar la voz para que lo obedezcan, y yo, que llevaba todo el día dando órdenes a nadie, sentí un alivio extraño al dejar de decidir.

—Pasa —dijo, y nada más.

Me refugié en lo único que conocía: el protocolo. Dejé el bolso donde me había indicado en nuestros mensajes, fui a la cocina y serví dos copas de vino. La suya primero. Luego me quedé de pie junto a su sillón, con la copa en la mano, esperando el permiso para sentarme. Él me hizo esperar lo justo para que yo lo notara.

—Siéntate.

Hablamos un rato. De cosas normales, casi, aunque nada en esa habitación era normal para mí. Quería conocerme antes de empezar: qué me asustaba, qué me gustaba, dónde estaba la línea que no debía cruzar. Le di nuestra palabra de seguridad como quien entrega una llave. Mientras tenga esto, estoy a salvo, pensé. Y me agarré a esa idea con las dos manos.

Entonces la conversación se apagó y el aire cambió de densidad.

—Ve a prepararte —dijo—. Tienes cinco minutos. Desnuda. Todo fuera. Y quiero verte las tetas duras cuando vuelvas, así que piensa en lo que vas a hacer aquí conmigo.

***

En el baño me lavé la cara con agua fría y me sostuve un momento del borde del lavabo. El corazón me iba a mil, partido en dos mitades que no se ponían de acuerdo: una quería salir corriendo, la otra estaba más despierta y más viva de lo que había estado en meses. Respiré hondo tres veces, me solté el pelo y me miré en el espejo. La mujer que me devolvía la mirada parecía dispuesta a todo.

Me quité la ropa pieza por pieza, dejándola doblada sobre la tapa del inodoro. Cuando llegué a las bragas noté que ya estaban húmedas, pegajosas contra el coño, un hilo tirando del labio cuando me las bajé por los muslos. Me toqué un segundo, solo para comprobarlo: los dedos me salieron brillantes. Estaba empapada sin que él me hubiera tocado siquiera. Me pellizqué los pezones despacio, uno y otro, hasta sentirlos duros como piedras contra las yemas, tal como me había ordenado. Salí desnuda al pasillo con el pulso golpeándome entre las piernas.

Volví, pedí permiso para entrar y crucé el umbral de la habitación. La sesión había comenzado.

Lo primero fue la posición que él llamaba «el muro»: de espaldas a la pared, sin tocarla, las piernas flexionadas como si estuviera sentada en una silla invisible, las rodillas abiertas. Parece fácil hasta que el segundo minuto te hace temblar los muslos. Aguanté. Siete minutos que se estiraron como horas, con los brazos rígidos a los costados y los dientes apretados, las tetas expuestas subiendo y bajando con cada respiración, y la única orden que importaba retumbándome en la cabeza: no te muevas, no cierres las piernas.

Él se acercó y me miró el coño abierto de esa manera, sin tocarlo todavía. Solo mirarlo. Sentí la vergüenza subirme por el cuello como una bofetada. Se agachó lo justo para tenerlo a la altura de los ojos y sopló, un soplo largo y tibio contra los labios hinchados. Se me escapó un gemido y las rodillas me temblaron más fuerte.

—Estás chorreando —dijo con esa calma suya—. Ni te he tocado, puta.

—Lo sé, señor.

—Abre más.

Abrí. Los muslos me ardían, la espalda me raspaba contra el gotelé, y él se quedó ahí, mirándome el coño empapado como quien estudia un mapa. Pasó un dedo, uno solo, por toda la raja, de abajo hacia arriba, sin llegar al clítoris, y se lo llevó a la boca. Chupó despacio. Yo lo miré hacer y estuve a un pelo de correrme ahí mismo, contra la pared, sin más estímulo que verle la lengua.

Mientras yo sostenía la postura, su otra mano cayó sobre mi piel. El primer azote me arrancó un gemido que no supe si era de dolor o de otra cosa. El segundo lo entendí mejor. Hay un punto exacto en el que el escozor se convierte en calor y el calor en algo que sube por la espalda y se instala en la nuca. Yo vivo por ese punto. Lo descubrí esa noche y desde entonces no he dejado de buscarlo. Las manos se le fueron alternando: cachete, culo, cara interna del muslo, otra vez cachete, cada golpe seco haciéndome apretar el coño en el aire, buscando un roce que no llegaba.

—¿Sigues aquí? —preguntó.

—Sí, señor.

—Bien. Al suelo. A cuatro patas. Culo arriba.

Obedecí. Soy pequeña, delgada, de las que parece que se quiebran con un soplido. Bajé al parqué y arqueé la espalda como me pidió, la cara contra la madera, el culo levantado, las tetas colgando. Él se sentó frente a mí y, sin prisa, apoyó los pies descalzos sobre mi espalda. No todo su peso de golpe, sino poco a poco, midiéndome, comprobando hasta dónde llegaba. Yo clavé las rodillas en el suelo y los codos firmes, y aguanté cada gramo. No porque me lo ordenara, sino porque necesitaba demostrarme que podía ser eso: un apoyo, una superficie útil, algo que él pudiera usar y que no se rompiera.

—No pesas nada —murmuré, medio en broma, con la cara pegada al parqué.

—Calla y sostén.

Y sostuve. Hubo algo en el contacto de sus plantas contra mis omóplatos que me desarmó por dentro. No era el peso. Era lo que significaba. Estar debajo, literalmente, y descubrir que ahí abajo se respiraba mejor de lo que jamás habría imaginado. Uno de sus pies bajó por mi costado, rodeó la cadera y encontró el coño empapado. Me lo restregó despacio con el empeine, y yo, sin permiso, empujé las caderas contra el pie buscando más.

—Quieta —dijo, y me dio un cachete en el culo tan fuerte que me hizo saltar—. Nadie te ha dicho que te frotes contra mi pie, zorra.

—Perdón, señor.

—Aguanta la posición. Y si te corres sin permiso, no te dejo mamármela esta noche.

Se me escapó un gemido ahogado. Solo la amenaza de no tenerla en la boca me cerró la garganta de deseo. Cerré los ojos y dejé que el suelo y sus pies me marcaran el contorno del mundo, apretando los dientes para no correrme con el mero recuerdo de la palabra mamármela.

—Eso es —dijo, y esas dos palabras me llenaron más que el día entero de elogios huecos en el trabajo.

Al rato me hizo darme la vuelta, tumbada boca arriba, y se plantó de pie a mi lado. Se abrió la bragueta y sacó la polla dura, gruesa, con la punta ya brillante. Me la puso encima de la cara sin metérmela todavía, apoyada contra la mejilla, y yo giré la boca buscándola como una perra hambrienta. Me la dejó lamerle solo la punta, un roce de lengua, antes de retirarla.

—Abre.

Abrí la boca todo lo que pude. Me la metió despacio hasta el fondo, hasta hacerme lagrimear, y ahí la sostuvo, la mano en mi frente, mientras yo me atragantaba y babeaba por las comisuras. La sacó, me dejó respirar, y volvió a metérmela. Follarme la boca a su ritmo, sin prisa, sintiendo mi garganta cerrarse alrededor. Yo me llevé una mano al coño sin pensarlo y él me la apartó de un manotazo.

—Esas manos donde yo pueda verlas. La única que se corre aquí soy yo.

Asentí con la boca llena. Cuando la sacó del todo, un hilo de saliva me unía el labio a la punta de la polla. Se lo rompí con la lengua.

***

No todo fue revelación. Cuando sacó la correa y me la ajustó al cuello, algo en mí se resistió. Avanzar a gatas por la habitación, tirada con suavidad de esa tira de cuero, con el culo todavía rojo y el coño chorreándome por los muslos, me llenó de una vergüenza espesa que todavía no termino de entender. Las rodillas me ardían contra el suelo, la cabeza me decía que aquello era humillante, y sin embargo la presión justa del cuero alrededor de la garganta me producía un mareo que no era del todo desagradable. Dos sensaciones peleándose en el mismo cuerpo. Aprendí esa noche que la incomodidad y el deseo no siempre viven en cuartos separados.

—¿Cómo vas? —Su voz se había suavizado un grado, apenas.

—Rara —admití—. Pero bien. Y con el coño hecho un desastre.

—Ya lo veo. Vas dejando un rastro en el parqué, guarra. Sigue.

—«Rara» está permitido —añadió—. Avísame si pasa de ahí.

Asentí. Y seguimos. Me llevó hasta la cama tirando de la correa y me tumbó de espaldas al borde, con la cabeza colgando por fuera del colchón. Se plantó delante y volvió a metérmela en la boca, así, del revés, hasta el fondo de la garganta. Desde ese ángulo entraba distinta, más honda, y yo apenas podía respirar entre embestida y embestida. Me apretó las tetas con las dos manos mientras me follaba la cara, pellizcándome los pezones hasta que gemí alrededor de la polla. Sentí la corrida acumularse en la punta y creí que se iba a correr en mi garganta, pero se retiró antes.

—Todavía no —murmuró, y me pasó el pulgar por los labios hinchados—. Quiero corrérteme en el coño primero.

Lo que de verdad me puso a prueba fue el flogger. Antes de que me tocara siquiera, el sonido ya me daba pánico: ese silbido seco de las tiras cortando el aire. Lo escuché una vez de prueba contra el colchón y el cuerpo entero se me tensó. La segunda vez que lo levantó, el miedo pudo más que yo y dije la palabra. La dije sin pensar, como un reflejo.

Él se detuvo de inmediato. Soltó el flogger sobre la cama, se agachó a mi altura y me apartó el pelo de la cara.

—Estás a salvo —dijo—. Aquí no pasa nada que tú no permitas. Respira.

Respiré. Tardé un par de minutos en reunir el coraje, pero los reuní. Le dije que quería intentarlo, que el miedo no podía ganar esa noche, y él esperó a que yo se lo pidiera con todas las letras antes de volver a empezar.

El primer golpe fue una explosión. Ardor puro, extendiéndose por la piel del culo y la espalda como agua hirviendo, y detrás del ardor, pisándole los talones, un placer que me dejó sin defensas. Cada impacto me vaciaba un poco más, me iba quitando capas hasta dejarme tan expuesta que sentí ganas de llorar y de reír al mismo tiempo. No de tristeza. De alivio. De entregar algo que llevaba demasiado tiempo cargando sola. El coño no dejaba de contraerse en el vacío, apretando aire, buscando algo que llenarlo.

Cuando ya no quedaba nada que sostener, él dejó el flogger y me volteó boca abajo sobre la cama, el culo en pompa, la cara hundida en la sábana. Sus dedos recorrieron donde quisieron. Dos entraron en el coño de una sola vez, hasta el fondo, sacándome un gemido largo que amortiguó la almohada. Los sacaba brillantes, empapados, me los pasaba por los labios para que yo probara a qué sabía mi propio calentón, y volvía a metérmelos. Un tercer dedo entró y me estiró de un modo que me hizo apretar los dientes. Me follaba con la mano a un ritmo lento, torturándome, deteniéndose cada vez que sentía que iba a correrme.

—Pídemelo —dijo con la boca pegada a mi oreja—. Pídeme que te folle.

—Por favor —jadeé—. Por favor, señor, fólleme.

—¿Dónde?

—En el coño. Métamela en el coño, por favor.

La sentí colocarse contra los labios abiertos, tantear un segundo, y de un solo empujón entrar hasta el fondo. Grité contra la almohada. Era ancha, más de lo que me había parecido en la boca, y me llenó tanto que sentí punzadas de dolor mezcladas con el placer. Se quedó dentro un segundo, respirándome en la nuca, dándome tiempo, y luego empezó a moverse. Embestidas lentas primero, cada una hasta el fondo, sacándome sonidos que no reconocía como míos. Después más rápido. El sonido de sus caderas contra mi culo golpeado llenó la habitación, mezclado con el chapoteo húmedo del coño empapado tragándosela una y otra vez.

Me agarró del pelo y tiró hacia atrás, arqueándome la espalda, forzándome a levantar la cara de la almohada para que él pudiera oír cada gemido sin filtros.

—Dime lo que eres.

—Su puta, señor.

—Otra vez.

—Su puta, su zorra, lo que usted quiera.

Cuando tanteó ese otro lugar más íntimo, más cerrado, todo se complicó de golpe. La intrusión —solo el pulgar, mojado con mis propios jugos, presionando el ojete mientras la polla seguía moviéndose en el coño— fue dolorosa y me llenó de un pudor ardiente, las mejillas en llamas, la respiración entrecortada. Y aun así, entre el dolor y la vergüenza, había chispazos de algo nuevo, destellos que me hacían empujar hacia atrás en lugar de huir hacia adelante. El pulgar apenas entró un centímetro, tanteando, y aquella doble presión —el coño lleno, el culo empezando a ceder— me hizo temblar de un modo distinto.

—Despacio —pidió él, leyéndome—. No tenemos prisa. Este agujero es para otro día.

No la teníamos. Es un terreno que apenas empiezo a conocer, uno que quiero aprender a habitar para poder entregárselo entero cuando él lo pida. Esa noche solo cruzamos el umbral. Fue suficiente para saber que volveré a cruzarlo.

Retiró el pulgar y se concentró en el coño. Aumentó el ritmo, brutal, sin piedad, cada embestida sacándome el aire. Metió la mano por debajo y encontró el clítoris, hinchado, resbaladizo. Dos círculos y ya no pude más.

—Señor, por favor, me voy a correr, por favor.

—Córrete. En mi polla. Ya.

Me corrí como no me había corrido nunca. Un espasmo largo que me subió desde los pies, me atravesó el vientre y me salió por la garganta convertido en un grito ahogado contra la almohada. El coño se apretó alrededor de la polla en oleadas, ordeñándola, y él aguantó un par de embestidas más antes de sacarla y correrse a chorros sobre mi culo enrojecido y sobre la espalda todavía marcada por el flogger. Sentí los latigazos calientes del semen aterrizando en la piel dolorida y aquello me arrancó otro pequeño orgasmo, más suave, casi de propina.

Se quedó ahí de rodillas detrás de mí, respirando fuerte, la polla vaciándose sobre mi cuerpo, y yo con la cara mojada de saliva y lágrimas, temblando entera sobre las sábanas revueltas.

***

Después vino el silencio bueno. Me limpió la espalda y el culo con una toalla tibia, me envolvió en una manta, me dio agua, me dejó temblar contra su pecho hasta que el cuerpo entendió que ya había terminado. Y mientras me acariciaba la espalda dolorida, fui haciendo el recuento de lo que esa noche me había enseñado.

Aprendí que la mente puede más que el cuerpo. Llegué reventada, segura de que no aguantaría ni el primer ejercicio, y el cansancio se evaporó en cuanto apareció algo más fuerte que él: las ganas de servir, de estar a la altura, de no decepcionarlo ni decepcionarme.

Aprendí que soy más resistente de lo que mi cabeza me deja creer. Mi cuerpo soportó el peso, los azotes, el ardor del flogger, la polla entrando hasta el fondo, cosas que esa misma mañana habría jurado imposibles. Lo pequeña y delgada que soy dejó de ser una excusa. La fuerza no estaba en los músculos.

Y aprendí lo más importante: que entregarse no es perder el control, sino confiar en quién lo sostiene por ti. La palabra de seguridad no fue una rendición. Fue la prueba de que en ese cuarto, por más que yo estuviera de rodillas con la polla en la boca y el culo en el aire, había alguien cuidando de que no me pasara nada que yo no quisiera. Esa certeza es la que me hace querer volver.

Salí de allí magullada, con las rodillas rojas, la piel ardiendo y el coño dolorido y satisfecho, y más entera de lo que había entrado en mucho tiempo. Damián me acompañó hasta la puerta, me sostuvo la cara entre las manos un segundo y me dijo que lo había hecho bien. Tres palabras. Bajé los tres pisos flotando, con el semen todavía secándome bajo la ropa.

Escribo esto todavía con el cuerpo dolorido y la cabeza llena de preguntas nuevas. Sé que apenas empiezo, que esto fue solo la primera página de algo largo. Ojalá disfrutéis leyéndolo tanto como yo disfruté —y sufrí— viviéndolo. Gracias por llegar hasta aquí, y por acompañarme en este camino que recién abro.

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Comentarios(8)

CariolaM77

increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

Ramiro_Mza

Por favor tiene que haber segunda parte, quede con ganas de mas

SandraB_Bsas

Me llego mucho el relato, ese mix de miedo y emocion lo describe muy bien. Se siente autentico.

TucoLector

Me recordo a cuando yo tambien me anime a algo parecido por primera vez... esa sensacion de no saber que esperar es exactamente asi. Bien narrado.

Curioso_PBA

Una pregunta, esto es autobiografico o ficcion? Se siente muy real la forma en que lo contas

MarcosK_Mdq

Tres horas... yo no hubiera durado ni una jajaja. Muy bueno

anitta_m

Me encanto la descripcion de las emociones, no es facil transmitir esa mezcla de sensaciones sin volverlo crudo. Espero que sigas escribiendo, tenes un estilo muy fluido y te lei de un tiron.

ValenRO

excelente!!

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