La llave que mi esposa guardó en nuestra boda
—Cómo pasa el tiempo, ¿verdad?
La miré a través del espejo del vestidor. Todavía llevaba puesto el vestido de novia, y en mi cabeza seguía sonando el «sí, quiero» que habíamos pronunciado apenas unas horas antes. Marina se acercó por detrás, sin prisa, con esa mirada dulce que tan bien sabía fingir cuando le convenía.
—Esto es un antes y un después, mi amor —dijo, sonriendo.
Me besó con calma, casi con ternura. Y, como cada vez que su cuerpo se pegaba al mío, el cinturón de castidad apretó y me recordó que aquello que un día fue mío ahora le pertenecía a ella. Me removí, incómodo, e intenté acomodarme sin conseguirlo.
—¿Sabes que desde hoy tu vida es mía? —murmuró contra mi oído.
Busqué sus ojos en el reflejo. Bajo la dulzura había un fondo frío, calculado, mientras me rodeaba el pecho con los brazos.
—Lo sé —contesté, sin más.
—Tranquilo —añadió, mirando de reojo mi entrepierna enjaulada—. Esta noche te lo quito.
Sonreí como un idiota. Al fin me lo iba a quitar. Llevaba meses encerrado, contando los días, suplicando con la mirada cada vez que se desnudaba delante de mí sin dejarme tocarla. Aquel era el día más feliz de mi vida, y se lo debía entero a ella. Le pertenecía a ella.
—Te espero después del banquete —dijo—. Cuando yo me vaya, cuenta veinte minutos y sube.
Y salió del vestidor con su precioso vestido, rumbo al gran comedor.
***
Las horas se diluyeron entre brindis y risas. La finca estaba en mitad de la montaña, con una piscina larga partiendo el jardín en dos y el cielo tan limpio que parecía pintado. Todos bebimos, todos bailamos. Marina abrió el baile nupcial apoyada en mí, sonriendo a los invitados, y al terminar la cena se levantó, me rozó la nuca con los dedos y desapareció escaleras arriba.
Conté los veinte minutos como un condenado cuenta los segundos antes de su sentencia. Cuando se cumplieron, crucé el jardín casi corriendo, tropezando con mis propios zapatos al bordear la piscina. Subí, llegué a la puerta de la suite y, antes de abrir, escuché el escándalo del otro lado.
Empujé la puerta y me quedé clavado en el umbral.
Marina estaba a cuatro patas sobre la cama, con el vestido de novia arremangado hasta la cintura, y un hombre al que yo no había visto en mi vida —aún con la camisa y el pantalón del traje a medio bajar— la embestía por detrás. Sentí que la vergüenza me subía por el cuello como una fiebre. Él me miró y se rió sin dejar de moverse.
Ella notó mi presencia. No se detuvieron. Giró la cabeza y me dedicó esa cara de descaro que ponía antaño, cuando era yo quien la follaba; la misma, o todavía peor. No apartó la mirada de mí, y juraría que se corrió justo en ese instante, mordiéndose el labio mientras un gemido largo me señalaba como si fuera el culpable.
Me hizo un gesto con la mano para que me acercara. Intentó hablar, pero la voz se le rompió en otro jadeo. Avancé despacio y, a mitad de camino, las piernas me fallaron y terminé de rodillas. Marina se llevó la mano al cuello, arrancó de un tirón una cadena fina de la que colgaba una llave pequeña y la lanzó al suelo, a mis pies, antes de inclinarse para besarme mientras volvía a correrse.
—Qué zorra eres —dijo el desconocido, y un azote sonó seco en toda la habitación.
Recogí la llave del parqué. Ella intentó decir algo otra vez, pero el placer la cortó en seco.
Por dentro me nacía una rabia sorda que mi parte sumisa apagaba al instante, como si dos hombres distintos convivieran bajo mi piel: uno que quería arrancar a ese tipo de encima de mi mujer, y otro que solo deseaba obedecer. Ganó el segundo, como siempre.
Miré la cara de Marina, expectante, esperando que me liberara de una vez. Metí la llave en el candado del cinturón sin dejar de observarla, dolido, y lo abrí. Llevaba tanto tiempo encerrado que el simple roce del aire me pareció una caricia ajena.
El hombre se detuvo, y los dos, como si hubieran ensayado la coreografía, cambiaron de posición. Marina se tumbó boca arriba, recogió las piernas, y él volvió a la carga. Ella aún conservaba puestos los tacones. Estiró el pie hacia mí y me hizo entender, solo con la mirada, lo que quería.
Me arrimé y la dejé agarrarme del cuello. Me clavó las uñas, encendida, y empujó el pie contra mis labios. Le quité el zapato con cuidado y, en cuanto la planta quedó libre, me metió los dedos del pie en la boca. Los lamí porque era lo que ella esperaba de mí.
—Córrete —dijo, casi sin aire.
Empecé a masturbarme mientras veía cómo el desconocido la sujetaba del cuello, le metía dos dedos en la boca y, justo después, le cruzaba la cara de una bofetada. Marina lo disfrutaba; lo disfrutaba más de lo que jamás había disfrutado conmigo.
Me bastaron tres tirones para sentir que iba a estallar. Paré en seco, conteniéndome.
Los dos me miraron. Yo solo le respondí a ella.
—Llevo mucho sin correrme… —me excusé.
—No pares —ordenó.
Me masturbé un par de veces más y me corrí casi sin sentirlo, vaciándome en mi propia mano con una mezcla de alivio y humillación.
—Guárdatela —consiguió decir entre embestidas.
—¿Me limpio? —pregunté, esperando su permiso.
—No —respondió, molesta, cortándole la frase a otro orgasmo.
Me volví a colocar el cinturón de castidad con todo el semen encima y me subí los calzoncillos. El metal frío atrapó de nuevo aquello que ya nunca volvería a ser mío del todo.
***
Entonces me agarró del pelo y me llevó la cabeza hasta su vientre, obligándome a mirar de frente cómo el sexo del otro entraba y salía de ella. El sonido no cesaba, palmada tras palmada de carne contra carne. Cada embestida era más dura, y los gritos de Marina perforaban las paredes como si la estuvieran castigando, como si estuviera sufriendo y eso fuera exactamente lo que buscaba.
El hombre le levantó una pierna y se la apoyó en el hombro, dejando una nalga al descubierto. Empezó a azotarla con la mano, cada vez más fuerte. Cuanto más intensos eran sus orgasmos, con más rabia me apretaba ella la cabeza contra su piel. Una lágrima se me escapó sin permiso. No de pena: de algo que no sabría nombrar.
Cuando se detuvieron, me apartaron de un empujón. Marina me agarró otra vez del cuello y me tumbó de espaldas sobre la cama. Se montó encima de mí del revés, con su sexo sobre mi cara y su cabeza a la altura de mi entrepierna enjaulada. Él se colocó detrás de ella. Vi, a un palmo de mi cara, cómo volvía a penetrarla, los testículos colgando, el olor espeso a sexo metiéndoseme en la garganta.
La azotó de nuevo y aceleró hasta que, al fin, llegó al final. Se la sacó, apuntó y el semen salió disparado sobre el sexo y el culo de mi mujer, resbalando despacio hasta gotearme en la cara. Ella se incorporó, se abrió de piernas boca arriba y me miró con esa cara de triunfo, como si quien la acabara de follar hubiera sido yo.
—Límpiame —dijo, relamiéndose.
Me arrastré hacia ella como un perro y, con miedo, saqué la lengua.
—Vamos, con ganas, que se note que es tu esposa —dijo el tipo a mi espalda.
Escuché reír a Marina mientras yo empezaba a lamer. Se calló de golpe para correrse una vez más, supongo que por lo morboso de la escena.
—Sí… —jadeó, temblando—, límpiame bien, perrito.
Saboreé su sexo usado, su piel sudada, el rastro del otro hombre. Saboreé su noche de bodas entera y limpié hasta el último resto. Cuando terminé, me levantó la cara con dos dedos y me besó con cara de enamorada.
—Te amo —dijo.
No respondí.
—Tss —me advirtió, alzando una ceja, dejándome claro que más me valía contestar si no quería enfadarla.
—Te amo, mi vida.
—Te espero ahí fuera —le dijo al desconocido, en un tono que conmigo nunca había usado—. Zorra.
Él solo sonrió. Cuando los dos nos levantamos, yo ya estaba vestido. Marina se puso el tanga con el vestido de novia todavía encima, y al girarse vi su nalga amoratada por los azotes.
—Vamos, o se preguntarán dónde se han metido los novios —dijo, burlona.
***
De vuelta en el comedor, donde todos seguían bebiendo, riendo y bailando, se me acercó un amigo de la universidad con dos copas en la mano.
—Joder, podríais haber disimulado un poco.
Lo miré, asustado, sin entender a qué se refería.
—No habría pasado nada si os hubierais esperado al final de la fiesta. Mírala, qué pelos lleva. Habrás gozado, ¿eh?
Busqué a Marina con la vista. Bailaba en el centro del salón, rodeada de sus amigas, junto al hombre que acababa de follársela delante de mí. Se movía como una diosa, dueña de cada mirada de la sala.
—Ni te lo imaginas —contesté.
El desconocido cruzó la mirada conmigo y se rió por lo bajo, comentando algo con sus colegas. Me imaginé a todos ellos riéndose de mí. Di media vuelta y procuré no cruzarme con él en lo que quedaba de noche.
Mientras volvía a la mesa, sentí el peso del cinturón entre las piernas y el sabor de ella todavía en la boca. Era mi noche de bodas. Era el día más feliz de mi vida. Y, por primera vez, no estuve seguro de a quién pertenecía aquella felicidad.