El mecánico que nos quiso sumisas a las dos
El silencio que siguió al desahogo en la oficina de «Talleres Casimiro» no era de paz, sino de puro agotamiento. El aire estaba tan cargado que casi se podía masticar: sudor, tabaco negro y esa fragancia a gasoil que aquel hombre llevaba pegada a la piel como si la usara de colonia.
Casimiro se subió el pantalón del mono con la calma de quien acaba de cambiar una rueda. Se rascó la barriga, tensa y maciza como un tambor, y las miró con una sonrisa de dientes amarillos.
—Bueno, mozas, me habéis dejado seco —dijo—. El tío se va al sobre. Mi casa está ahí detrás, pegada a la nave. La cama es grande, de las de antes. Si queréis veniros a dormir, cabemos los tres apretados. ¿Qué decís?
Raquel y Noelia cruzaron una mirada rápida. Tenían los cuerpos magullados, la piel pegajosa, las mentes hechas un torbellino. La oferta era tentadora en su misma brutalidad, pero la realidad de lo que acababan de hacer las golpeó de golpe.
—No… gracias —acertó a decir Raquel, con la voz ronca—. Es demasiado por hoy. Preferimos quedarnos aquí, en el sofá.
—Allá vosotras, las de ciudad sois raras de narices —rio él—. Ahí hay mantas en el armario. Si pasáis frío, pegaos la una a la otra.
Abrió la puerta, dejó entrar una ráfaga helada de la nave y desapareció en la oscuridad, silbando.
***
Cuando se oyó un portazo metálico a lo lejos, Raquel se dejó caer sobre el escay rajado y sacó el móvil del bolso. Poca batería, pero ya había algo de cobertura. Buscó el número de su madre.
—Mamá, soy yo. No vamos a poder ir este fin de semana —dijo, con una naturalidad que la asustó—. Se nos ha roto el coche en mitad de la nada. Estamos en un taller esperando presupuesto, pero tardarán días. Nos quedaremos en un hostal cercano.
—¿Lo sabe Andrés?
—No le digas nada a Andrés. Ya le aviso yo cuando volvamos. Tú tranquila.
Colgó. El silencio volvió, roto solo por el zumbido agónico de la nevera. Ya no había vuelta atrás.
—¿Por qué has dicho que tardarán días? —preguntó Noelia, levantando la vista. Le brillaban los ojos con una mezcla de miedo y esperanza.
—Porque quiero quedarme —confesó Raquel, y al decirlo sintió un alivio físico—. Aquí. Con él.
Noelia se sentó junto a su madre. El olor de Casimiro seguía impregnado en la tapicería, y ahora les resultaba tan adictivo como el aire mismo.
—Yo también —admitió la joven—. Cuando me ha puesto sobre la mesa me sentía un trozo de carne. Y me ha encantado.
—La terapeuta tenía razón —dijo Raquel, acariciándole el pelo—. Lo de Severino y Ramón no fue un accidente. Tenemos algo dentro, hija: una adicción. No al sexo de tu padre, sino a esto. A que nos manden sin preguntar. Es descanso. —Tomó aire—. Este va a ser nuestro retiro. Nadie sabe dónde estamos.
Se acomodaron bajo una manta raída que olía a perro, abrazadas en la oscuridad de la nave. No había miedo al futuro ni remordimiento por el marido. Solo una expectativa voraz por el amanecer.
***
La mañana no trajo el canto de los pájaros, sino el chirrido de persianas lejanas, el ladrido ronco de un mastín y una luz grisácea que se filtraba por los tragaluces sucios. Las despertó un estruendo de cacharros y blasfemias alegres al otro lado del cristal. Cada músculo les protestaba: aquel sofá había sido una trampa de muelles y mugre.
—¡Arriba, dormilonas, que ya ha cantado el gallo! —tronó Casimiro, entrando de una patada a la puerta, con cajas y una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Espabilad, que hoy tendremos visita!
Noelia se incorporó tapándose el pecho con los brazos.
—¿Visita? ¿La policía?
—¡Quiá! Viene mi primo Lucio, el del bar «El Émbolo». Me trae los suministros. Le he dicho que tengo una sorpresa: dos potras nuevas en el corral que tiene que ver para creérselo.
Raquel sintió un escalofrío. No de miedo: de una vergüenza eléctrica mezclada con la excitación.
—No estamos vestidas —balbuceó, mirando su ropa rota en un rincón.
—Ni falta que hace. Pero, como Lucio es hombre de familia, poneos esto.
Les lanzó dos camisetas grises de publicidad, algodón barato, talla enorme. En el pecho, bajo una llave inglesa cruzada con un pistón, rezaba: «TALLERES CASIMIRO — LO ARREGLAMOS O LO ROMPEMOS DEL TODO».
—Así todo el mundo sabrá de quién sois —dijo con orgullo—. Y nada de bragas. Que corra el aire.
La orden fue directa. La lógica de la mujer civilizada intentó protestar, pero ganó la otra, la que había gemido bajo aquel peso horas antes. Las camisetas les llegaban a medio muslo y, por las sisas anchas, dejaban ver medio costado. El algodón áspero les rozó los pezones, que se endurecieron al instante, traicionándolas.
***
Las llevó a la casa, una construcción de piedra y teja vieja con el desconchado de quien vive solo desde que enviudó. Olía a leña, a café recalentado y a tabaco de pipa metido en las cortinas de ganchillo. Las empujó hacia la mesa de madera maciza justo cuando un motor remontaba el repecho.
—¡Quieto, Toro! —saludó una voz ronca al mastín. Pisadas pesadas sobre el porche, y la puerta se abrió de par en par.
—¡Lucio! ¡Entra, redios, pasa a la cocina!
Si Casimiro era un oso, Lucio era un jabalí: más bajo, rechoncho, con una barriga que amenazaba los botones de la camisa de cuadros y una calva brillante rodeada de pelo grisáceo. Llevaba un palillo en la boca y una caja con botellas y embutidos. Se detuvo en seco al verlas.
—¡La virgen, Casimiro! —exclamó, dejando la caja sobre la mesa—. ¡No mentías! ¡Son de verdad!
Casimiro se hinchó como un pavo real y pasó un brazo por los hombros de Raquel, cuyas rodillas temblaron al sentir el peso de aquel hombre.
—Se les jodió el coche en el kilómetro 14 y Ramón me las mandó para acá.
Lucio se acercó, rodeándolas, inspeccionándolas como quien mira un coche de segunda mano. No había disimulo en su mirada, solo una lujuria rústica.
—¡Madre del amor hermoso! —silbó, mirando las piernas desnudas de Noelia—. Buena chapa y pintura, ¿eh? Un poco finas de tobillo, pero tienen pinta de buen motor.
Raquel ardió. La estaban tasando, discutiendo como un objeto delante de sus narices. Y lo peor, lo que la hizo apretar los muslos, era que quería pasar la inspección. Quiero que diga que tengo buen motor.
—De la capital, nada menos —confirmó Casimiro, y le dio una palmada sonora en el culo—. Pura clase. Pero maman como terneras y aguantan como mulas de carga. Anoche casi me desbielan.
Lucio soltó una risotada grasienta. Raquel bajó la cabeza fingiendo sumisión, pero le brillaban los ojos. Ya no era la ejecutiva, la esposa aburrida. Era «la fina que aguanta como una mula». Un título. Un rol.
—Menos cháchara y más almuerzo —dictaminó Casimiro—. Raquel, corta el queso. Noelia, el vino. Rapidito, que mi primo trae el gaznate seco.
Dejaron de ser estatuas para volverse sirvientas. Al servirle, Noelia se inclinó y la camiseta se separó de su pecho. Lucio no se cortó: miró descaradamente por el hueco de la sisa.
—¡Cago en todo! —exclamó, y deslizó la mano callosa bajo el borde de la camiseta. No fue una caricia: fue un agarre. Palpó el muslo subiendo hacia la cadera, con dedos ásperos como papel de lija—. Está prieta. Muy prieta.
Noelia soltó un jadeo, pero no se apartó. Si te toca es porque vales algo, le gritaba una voz dentro.
—Eh, eh, que la pintura está fresca —intervino Casimiro, con una posesividad burlona—. No me la rayes.
Raquel, cortando el chorizo, sintió unos celos absurdos y corrosivos. Su hija recibía la atención del macho nuevo, y ella, la madre, estaba siendo ignorada. Esa punzada fue la confirmación de su enfermedad: ya no le importaba su dignidad, sino su estatus en la manada. Se acercó a Lucio con un trozo de pan y, en lugar de dárselo en la mano, se lo acercó a la boca. El hombre mordió rozándole los dedos con los labios manchados de vino.
—Esta sí que sabe tratar a un hombre —dijo—. Casimiro, me das una envidia que me corroe.
—Es el don, primo —respondió él, sentando a Raquel sobre su rodilla como a una niña—. Pero, como hoy es día de fiesta… igual te dejo hacer una «cata».
El silencio cayó sobre la cocina. La palabra flotó en el aire, cargada de promesas sucias.
—¿En serio? —preguntó Lucio, pasándose la lengua por los labios—. ¿Me dejas darles un tiento?
—Un tiento, he dicho. No te la lleves a casa. —Apretó la cintura de Raquel y la miró a los ojos. No había amor en esa mirada: había mandato—. ¿Verdad, guarras?
—Sí… Casimiro —susurró Raquel. El corazón le latía en la garganta.
—¿Y tú, niña?
Noelia, con la cara roja por el vino que la habían hecho beber en ayunas, asintió.
—Sí… quiero que tu primo nos vea.
—Pues al lío. Pero aquí no, que la cocina se queda pequeña. Vamos al taller.
***
La nave era una catedral de chatarra y sombras. Motores destripados colgaban de cadenas, había neumáticos apilados y charcos de aceite iridiscente en el suelo. En el centro, bajo un foco halógeno que parpadeaba, descansaba el capó de un coche antiguo sobre dos caballetes, limpio de herramientas.
—La mesa de operaciones —anunció Casimiro—. Lucio, ponte cómodo.
El primo se apoyó en un banco de trabajo, cruzado de brazos, con una erección marcándole el pantalón de pana. Era el público. El juez.
—Quiero que le enseñéis al primo lo bien que os portáis. Subíos ahí. Y quitaos las camisetas. Despacito. Que vea la mercancía antes de comprar.
Madre e hija se sentaron en el metal frío. Noelia lloraba en silencio, no de tristeza, sino de una intensidad que la desbordaba: desnudarse en un taller frío, ante un extraño que la miraba como a carne, le disparaba la libido. Raquel fue más rápida; la necesidad de ser la favorita la impulsó a quitarse la camiseta de un tirón. Allí quedó, madura, de curvas suaves y blancas contra la suciedad del entorno, los pechos pesados subiendo y bajando con su respiración agitada.
—¡Bravo! —aplaudió Lucio, con un silbido largo—. ¡Qué jamonas, primo, qué jamonas!
Casimiro se acercó ya desnudo de cintura para abajo, su miembro balanceándose con cada paso, grueso y venoso. A la luz de la mañana, sin la oscuridad ni el nerviosismo de la noche, las dejó sin aliento: lo que ayer parecía una amenaza, hoy se revelaba como una presencia colosal.
—Ahora daos un beso. De los que manchan. Calentadle el motor al primo.
Raquel agarró a su hija. Ya no había tabúes: era solo otro peldaño en la escalera de su entrega. La besó con hambre, buscando en su boca el sabor de su propia desesperación. Noelia respondió, y sus lenguas se entrelazaron mientras las manos recorrían pechos, vientres y muslos.
—¿Lo ves, primo? —dijo Casimiro—. Son viciosas. Solo necesitaban a un hombre de verdad. El marido ese seguro que les pide permiso hasta para tocarlas. Aquí no se pide permiso: aquí se toma.
Se metió entre las piernas abiertas de Raquel, le agarró los muslos y los separó al máximo.
—Acércate, Lucio. Comprueba el nivel.
El primo se inclinó, con la cara a centímetros de su intimidad. Ella sintió el aliento caliente a vino. Cuando le introdujo dos dedos gruesos y callosos, Raquel gritó: eran toscos, raspaban, pero la llenaron.
—¡Joder, qué húmeda! —exclamó él—. ¡Si esto resbala que no veas!
—Te lo dije. Es una máquina —rio Casimiro. Luego giró la cabeza de Noelia hacia su primo—. Y tú, pajarilla, atiende al hombre. Lucio, sácatela.
Lucio liberó su sexo con toda naturalidad. No tenía las proporciones de Casimiro, pero sí un vigor saludable. Empujó la pelvis hacia la cara de Noelia, que abrió la boca guiada por una inercia imparable. El olor era distinto: más ácido, más punzante. Pero seguía siendo olor a macho, a dominio. Empezó con torpeza y fue cogiendo ritmo.
—¡Ay, la hostia! —gimió Lucio, agarrándose a su cabeza—. ¡Qué boquita tiene la niña!
—Ahora yo —gruñó Casimiro. Penetró a Raquel de pie, de golpe, seco y duro. El capó crujió bajo el impacto.
El ritmo se volvió frenético. Casimiro embestía con una violencia que movía todo el coche sobre los caballetes; su primo aceleraba contra la boca de Noelia. La nave se llenó de sonidos obscenos: el repiqueteo de la carne, los gemidos agudos, los gruñidos roncos, el chirrido del metal.
—Mírate… —jadeó Casimiro, apretándole los muslos hasta dejar marcas—. Estás disfrutando de que te use como a una cualquiera, ¿verdad? Te gusta que un hombre de pueblo te ponga en tu sitio.
—Sí… dame lo mío… —balbuceó ella entre espasmos—. Úsame. Mira a mi hija. Enséñanos lo que es un hombre de verdad.
Espoleado por aquellas palabras, redobló las embestidas. Mientras la sacudía como a un muñeco, Raquel miraba a su hija atragantarse, las lágrimas resbalándole por las mejillas mientras chupaba con devoción. Y en ese momento supo la verdad más oscura de todas: estaba orgullosa. Orgullosa de que su hija sirviera tan bien, de que ninguna de las dos juzgara a la otra.
—¡Joder, primo, que descargo! —avisó Casimiro, la cara congestionada, las venas del cuello a punto de estallar.
—¡Y yo, la virgen, y yo!
Fue un final caótico. Casimiro se retiró justo antes y disparó su carga sobre el vientre y los pechos de Raquel, pintándola de blanco caliente. Lucio, menos controlado, no avisó: se corrió en la boca de Noelia con espasmos violentos, sujetándole la cabeza, obligándola a tragar entre toses.
***
Cuando terminaron, el silencio volvió al taller, roto solo por un coro de respiraciones agitadas. Casimiro sacó tabaco del bolsillo de su mono y le ofreció un cigarrillo a su primo.
—¿Qué, Lucio? ¿Ha merecido la pena el viaje?
El primo dio una calada y miró a las dos mujeres, que yacían como despojos hermosos sobre el metal frío.
—Eres el puto amo. Estas dos son oro puro. ¿Cuánto tiempo se quedan?
Casimiro miró a Raquel. Ella, desnuda y cubierta de su semen, le devolvió la mirada desde el capó. No había súplica de libertad: había súplica de permanencia.
—El coche tiene una avería muy mala —dijo el mecánico, rascándose la barba—. Hay que pedir piezas. Va a tardar… semanas.
Raquel suspiró de alivio. Semanas. Semanas de ser la mujer del taller.
—Mejor —dijo Lucio, palmeándole la espalda a su primo—. Así vendré a traerte el desayuno más a menudo. Y oye, tengo un amigo, Honorio, el del matadero, que también está muy solo. Igual le gustaría echarle un vistazo al coche.
Casimiro soltó una carcajada.
—Todo se andará, primo. Que estas dos tienen mucho amor que dar. —Se acercó a Raquel y le dio una palmada cariñosa en la mejilla—. Venga, quedaos así un rato, que se os seque el barniz.
Justo antes de seguir a su primo, se detuvo. Buscó la mirada de Noelia y, con una mueca que por un instante suavizó la dureza de su rostro, le guiñó un ojo. Un gesto rápido, casi cómplice, como diciéndole que lo del bruto era solo parte del papel.
Los dos hombres se alejaron hacia la salida, riendo, hablando de potencias y de cosechas. Raquel se incorporó despacio. Le dolía todo, pero se sentía ligera, flotando en una nube de endorfinas. Miró a su hija, que se pasaba la lengua por los labios con una extraña sonrisa.
—Mamá… ¿has oído? Semanas.
—Sí, hija —respondió Raquel, recogiéndose con el dedo una gota del vientre y llevándosela a la boca—. Semanas.
Y mientras empezaban a limpiar el capó, obedeciendo la orden de su nuevo dueño, ambas supieron que nunca volverían a ser las mismas. Y, lo que era más aterrador y más excitante: no querían serlo.