El día que una desconocida me pidió ser mi esclava
Era diciembre y, como cada año en la costa, la mitad de la ciudad había desaparecido de vacaciones. Yo no. Llevaba desde octubre dándole vueltas a la misma idea, barriendo perfiles en páginas de contactos y foros liberales, leyendo descripciones hasta que las palabras se me mezclaban. Buscaba algo concreto: una sumisa que me perteneciera de verdad, no un fin de semana, sino con reglas, con horarios, con consecuencias. Quería una zorra entrenada a mi gusto, con el coño depilado y el culo listos para mi polla cuando yo lo decidiera, no cuando a ella le picara. No la encontraba. Y entonces, como suele pasar con lo que uno desea demasiado, llegó cuando ya casi había dejado de buscarla.
Estaba en una cena familiar, de esas largas y ruidosas, con el teléfono boca abajo sobre el mantel. Vibró. Un número que no tenía guardado, un mensaje de texto y un archivo de esos que se borran apenas los miras.
—«Busco un macho dominante que me trate como su esclava. Vi tu perfil y me gustaste. Escríbeme si te interesa. Te dejo una foto.»
Iba por mi tercer whisky con hielo y la prudencia se me había evaporado hacía rato. Abrí la imagen ahí mismo, con la familia hablando a mi alrededor. Lo que vi me hizo apretar los dientes y notar cómo la verga se me hinchaba de golpe dentro del pantalón: ella de espaldas, de rodillas, el peso del cuerpo cargado sobre los pies, dos nalgas anchas y pálidas captadas a media luz, entreabiertas lo justo para que se adivinara el ojete rosado hundido entre ellas y, más abajo, la sombra tumefacta del coño asomando entre los muslos. Una foto sin filtros, sin pose estudiada. Cruda, obscena, de puta cansada de esperar. Me levanté con la polla marcándoseme contra la bragueta, dije algo sobre una llamada de trabajo y me encerré en el baño.
—Hola. Me gusta tu foto. ¿Qué buscas exactamente? —escribí.
La respuesta no tardó ni un minuto.
—Lo busco todo. Soy una hoja en blanco. Quiero que me moldees a tu gusto, papi. Quiero ser tu perra, tu puta, tu agujero.
Ese «papi» me recorrió el pecho como una corriente, y lo de «tu agujero» me bajó directo a la entrepierna. Hay palabras que valen más por cómo las dice quien las escribe que por lo que significan, y esas, en esa pantalla, a esa hora, significaban rendición absoluta. Me llevé la mano al bulto y me apreté la polla por encima del pantalón mientras releía el mensaje. Decidí ponerla a prueba antes de creérmelo.
—Si de verdad quieres esto, vas a hacer dos cosas. Primero, me mandas una foto ahora mismo, en tiempo real, abriéndote los dos agujeros para mí con las dos manos, coño y culo, sin trampas. Y segundo, lees con atención lo que viene.
***
Le escribí las reglas despacio, saboreando cada una. No improvisaba: era una lista que llevaba meses puliendo en mi cabeza, esperando a alguien que la mereciera.
—Uno. Estarás depilada en todo momento, el coño liso como el de una muñeca y el ojete sin un solo pelo. Dos. Cualquier juguete o actividad sexual la apruebo yo, y con dos días de aviso; lo que no se pida con tiempo no se concede, sin excepciones. Ni un dedo tuyo entra en tu coño sin mi permiso. Tres. El teléfono encendido y conectado las veinticuatro horas, todos los días; si te pido una foto abriéndote las nalgas en pleno supermercado, me la mandas. Cuatro. Trabajarás tu imagen, dentro y fuera de la cama, porque ahora me representas; ese culo es mío y lo quiero perfecto. Cinco. Cuando llegue el momento, llevarás puesto el collar que yo te dé, siempre, incluso cuando te folle a cuatro patas.
Y debajo, una nota:
—Si tienes dudas sobre alguna condición, antes o durante, me preguntas. Preguntar no es negociar. Las reglas no se discuten. Romper una tiene castigo: azotes, ayuno de corridas, lo que yo decida. Romper varias termina el contrato. ¿Está claro?
Respiré hondo y envié el bloque entero. Que sea lo que tenga que ser, pensé, esperando que el silencio me dijera que la había asustado.
El teléfono sonó casi de inmediato. La foto era exactamente lo que le había ordenado: de pie, inclinada hacia adelante, las dos manos separándose las nalgas hasta desencajárselas, mostrándome un ojete depilado de un marrón claro, rodeado de unos pliegues marcados que delataban experiencia, y justo debajo un coño rosado, hinchado, con los labios menores asomando gruesos entre los mayores, brillante de una humedad que se le había juntado en la raja. Me gustó, y al mismo tiempo me molestó. Se me hacía la boca agua imaginando la lengua ahí, y la polla me palpitaba dentro del calzoncillo.
—Tienes un culo bonito y un coño de puta empapada —le escribí—, pero algo me dice que estás demasiado acostumbrada a los juguetes grandes. Ese ojete no se abre así de fácil sin haber tragado mucha silicona. ¿Me equivoco?
—No del todo, jeje.
Esa risita me sacó de quicio. Le mandé una nota de voz, baja, seca, dejándole oír el filo en cada palabra.
—¿Cómo que «no del todo»? Contéstame como una zorra decente, no como una niña.
Pensé que ahí se rompía todo, que la había presionado demasiado y que cerraría la conversación. En vez de eso, hizo lo contrario. Me llegó una foto de su colección: un consolador descomunal con una vena gruesa recorriéndolo de punta a base, del grosor de una muñeca de mujer, un par de bolas chinas del tamaño de pelotas, tres tapones anales negros que iban de grande a imposible, el último con base ancha y una cabeza que solo de mirarla apretaba el culo. Junto a los juguetes, ropa interior doblada: unos shorts rojos, un bikini rosa pálido, una tanga negra tan fina que se transparentaba la trama. Y un pie de foto que me terminó de desarmar.
—Experta en juguetes. Me abro sola el coño hasta el fondo y el culo con el tapón grande. Pero todavía no he probado una polla de verdad. Ninguna. Estoy virgen de verga, papi. Solo silicona.
***
Ahí entendí lo que tenía entre manos. No era una mujer cansada de mil hombres; era alguien que había pasado años masturbándose sola, ensartándose consoladores hasta las tripas, entrenándose el culo tapón a tapón, corriéndose contra almohadas y espejos, ensayando en privado la vida de perra que nunca se había atrevido a vivir con un hombre de carne, y que ahora me ofrecía esa primera vez —el primer coño real, el primer culo real, la primera boca real llena de semen ajeno— como quien entrega una llave. La crudeza de la foto dejó de molestarme. Lo que sentí fue otra cosa: la certeza de que, si era paciente, podía moldear de cero a aquella criatura ansiosa, dejarle marcado a fuego el sabor de mi polla como el único que iba a conocer.
No le contesté enseguida. Aprendí hace tiempo que el silencio dosificado es la herramienta más afilada que tiene un dominante. Un castigo no siempre es un golpe; a veces es solo una ausencia bien calculada, un vacío que el otro se encarga de llenar con su propia ansiedad. Dejé el teléfono sobre la pila de toallas y me quedé mirándolo, contando los segundos, imaginando la escena del otro lado: ella con el teléfono en la mano, releyendo mi último mensaje, los muslos apretados, el coño chorreando en la silla, preguntándose si había dicho demasiado, si me había espantado con la honestidad de aquella confesión.
Dejé pasar el tiempo justo para que dudara de verdad, ni un segundo más, y entonces le escribí.
—Adiós por ahora, niña. No toques los juguetes, no metas ni un dedo en ese coño, no te vengas. Ese coño no es tuyo desde hace media hora. No apagues el teléfono. A las once de la noche quiero una foto tuya en bata, de confirmación, con las piernas abiertas para que vea que sigues obedeciendo. No la pido. La espero.
El teléfono sonó dos veces más. No leí los mensajes. Quería que entendiera, desde el primer día, que su tiempo me pertenecía y el mío no le pertenecía a ella. Yo era libre; ella, prisionera de mis caprichos, con las bragas empapadas y sin permiso para aliviarse. Volví a la cena, me senté como si nada y dejé que la noche corriera.
A las once en punto, como un reloj, el teléfono vibró tres veces seguidas, poniendo a prueba mi disciplina. Aguanté. No abrí nada hasta la mañana siguiente, con el café delante, y comprobé que mi indiferencia había funcionado a la perfección. La ansiedad de aquellos mensajes me dejaba claro que ya la tenía en la palma de la mano, con el coño hinchado y la cabeza llena de mí.
***
Eran cinco mensajes sin leer. Los dos primeros, imágenes inocentes casi: ella arrodillada frente a un espejo de armario, con un top corto azul eléctrico ceñido a unas tetas grandes y caídas que se le marcaban duros los pezones a través de la tela, la lengua afuera lamiéndose el labio superior como si tuviera una polla imaginaria contra la cara, una mano rozándose por encima de unos shorts a juego, apretándose la raja del coño hasta hundir la tela entre los labios. Provocación de principiante, todavía midiendo hasta dónde podía llegar.
Las otras tres eran de otro mundo. En ellas aparecía envuelta en una bata negra transparente, sin nada debajo, con unas orejas de oso panda y unas medias rosa pálido que le subían hasta la mitad de los muslos y los hacían resaltar, gruesos y blancos, con la carne desbordando por encima del elástico. En las dos primeras, de pie frente al espejo, la bata abierta de par en par, se pellizcaba con saña un pezón entre dos dedos, estirándoselo hasta ponerlo morado, mientras con la otra mano se separaba los labios del coño, un coño gordo, liso, rosado por dentro, con el clítoris asomando duro como una perla al final de la raja empapada. Un hilo de flujo le colgaba del labio inferior. En la tercera, el broche de oro: tumbada de costado sobre la cama, las piernas juntas y flexionadas, una mano pequeña abriéndose una nalga para mostrarme el ojete pulsando abierto, un anillo marrón y arrugado que se contraía y se abría solo, como pidiendo algo, y atrapado entre los muslos, todo lo demás —el coño hinchado hasta reventar, brillante, con dos dedos suyos hundidos hasta los nudillos y un reguero que le corría por el perineo hacia el ano.
Se me cortó la respiración. Me la saqué ahí mismo, en la cocina, y me la agarré con la mano libre, la punta ya perlada, mientras pasaba las tres fotos una y otra vez. Decidí no contestar con palabras; a esas alturas sobraban. Abrí el armario, saqué una correa de cuero marrón, la enrollé en el puño junto a mi propia dureza —una polla gruesa, venuda, la cabeza morada empujando entre los dedos—, hice una foto que dejaba ver correa, mano y verga en el mismo plano, y la mandé sin texto.
La respuesta llegó en segundos y supe, al abrirla, que mi vida acababa de cambiar de ritmo. Era un video corto: ella boca abajo, el culo levantado hacia la cámara, las dos manos separándose las nalgas hasta el límite; primero un dedo hundiéndose despacio en el ojete depilado, luego dos, entrando y saliendo con un chasquido húmedo, la boca del ano cediendo con la práctica de los años, un hilo de saliva escurriéndosele por la raja hasta el coño abierto de par en par debajo. Se oía su respiración entrecortada, un gemido bajo repetido —«papi, papi, papi»— y un chapoteo pequeño, obsceno, cada vez que los dedos volvían a entrar. Sin fingir nada. Y debajo del video, un pin de ubicación en tiempo real.
Lo miré un buen rato, con la polla en la mano y la boca seca. La dirección estaba a menos de veinte minutos de mi casa. Toda la noche había imaginado a una desconocida del otro lado del país, una fantasía de pantalla que jamás aterrizaría; y resulta que la tenía ahí, al alcance de la mano, ofreciéndome su puerta junto con todos sus agujeros.
—Bien hecho, niña —escribí al fin—. Esta noche no necesitas juguetes. Esta noche me tienes a mí, mi polla, mi lengua, mis manos y mi correa. A las nueve quiero la puerta abierta, la bata puesta, de rodillas, con las nalgas separadas y la boca abierta esperando. Si llego y no estás exactamente así, con los dos agujeros a la vista, nos saltamos las presentaciones y empezamos directamente por el castigo: correa en el culo hasta que no puedas sentarte, y la primera corrida te la tragas sin derecho a la tuya.
—Sí, papi —respondió—. Te espero abierta. Ven a estrenarme.
Dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa, igual que la noche anterior, y por primera vez en meses sentí que el silencio jugaba a mi favor. Tenía nueve horas por delante para decidir con qué agujero empezar, y una hoja en blanco esperándome de rodillas al otro lado de la ciudad, con el coño chorreando y el culo hambriento.
Pasé el día con una calma extraña, casi quirúrgica. Ordené en la cabeza lo que iba a pasar esa noche como quien prepara un guion: la entrada en silencio, la primera orden en voz baja, la mano en la nuca empujándole la cara contra mi bragueta, la polla sacada de golpe hasta el fondo de esa garganta virgen de vergas, el collar que llevaba meses guardado en un cajón esperando un cuello que lo mereciera. No había prisa. La prisa es de los que no controlan; yo tenía todo el tiempo del mundo y, por primera vez, alguien dispuesta a regalarme cada minuto del suyo, cada centímetro de sus tres agujeros y cada gota de saliva y de semen que hiciera falta.
Dios los cría y el diablo los junta, pensé, y guardé la dirección.





