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Relatos Ardientes

Encadené a la prisionera que el gobernador olvidó

Ya se acabó el vino. Miro la bolsa que cuelga de mi cinturón, todavía me quedan unas monedas. Podría pedir otra jarra. Sé que no debo. Saludo al posadero y salgo de la taberna esquivando borrachos y rateros.

Hay mujeres aquí dentro, media docena, todas con grandes escotes y los hombros al aire. Regalan sonrisas a cualquier hombre que pase. A todos menos a mí. A mí me tienen miedo. No me importa. Las sonrisas se regalan; lo demás se vende en los cuartos de arriba, donde una polla dura vale unas monedas y un coño mojado, unas más.

Camino doscientos pasos por la calle sin empedrar. Al fondo se levanta mi casa, mi lugar de trabajo, el sitio que todos temen: una de las torres de la muralla, la más alta, cuatro pisos de piedra oscura. La llaman la Torre Ciega, porque sus sótanos no tienen una sola ventana.

Soy el carcelero. Fui soldado, sargento, condecorado. Estuve a punto de ser nombrado oficial el día en que una lanza me atravesó la pierna salvando a un capitán de buena cuna. Desde entonces cojeo. El gobernador me concedió este empleo hace casi veinte años, y aquí sigo.

La torre tiene tres usos. En la planta donde vivo recibo a los presos que me trae la guardia. En el piso de las celdas encierro a los delincuentes menores: ladrones de pan, borrachos, mujeres que arman escándalo. Y abajo, en los dos sótanos, están las mazmorras. Húmedas, ciegas, llenas de aire podrido. En el segundo sótano, en el centro, hay un pozo. El cura no entierra en sagrado a los condenados, así que yo los arrojo ahí. Ese pozo es hoy un depósito de huesos.

***

Cuando llego a mi morada, el sol está alto. No tengo que cocinar: la ciudad paga a una posadera de un barrio vecino para que alimente a sus guardias, y eso me incluye. Siempre viene ella en persona. Siempre soy la última parada de su reparto.

—Hola, Brígida —digo al oír sus pasos en la escalera de madera.

—¡Hola! —responde, ya sonriendo.

Brígida es una mujer fuerte, de carnes generosas, cinco años más joven que yo. Destapa la olla de barro y un olor a alubias con tocino llena el cuarto. Se sienta a mi mesa, como siempre. Ha traído vino, como siempre.

Comemos y bebemos. Ella se afloja los cordones del corpiño y juega con un mechón de su pelo negro. Cuando apura el último trago, separa las piernas, cierra los ojos y deja que sus pechos asomen por encima de la tela. Los tiene pesados, blancos, con pezones anchos y oscuros que se le endurecen solo con el aire de la habitación. No hace falta más.

La abrazo y la beso. Mi lengua entra en su boca con el sabor ácido del vino. Le meto la mano dentro del corpiño y le apreso una teta entera; le pellizco el pezón hasta arrancarle un gemido. Nos desnudamos como dos animales, tirando de cordones y sayas, y caemos sobre el montón de paja cubierto por una manta que me sirve de cama. Ella ya tiene la mano en mi verga antes de que yo termine de quitarme los calzones. Me la aprieta, me la sacude despacio, me la escupe para que se deslice mejor entre sus dedos ásperos.

—Está dura como un mango de hacha —murmura, riendo—. Métemela ya.

—Todavía no.

Beso su cuello, muerdo sus pechos, chupo cada pezón hasta dejarlos rojos e hinchados. Bajo por su vientre blando, le abro los muslos gruesos y hundo la cara en su coño. Está peludo, oscuro, con un olor fuerte a mujer madura. Le paso la lengua de abajo arriba, sin prisa, saboreando la sal de su piel. Le clavo la punta en el clítoris y lo lamo en círculos, primero suave, después con toda la lengua plana. La oigo jadear, contener un grito, agarrarse a la manta con los dedos.

—Sigue, sigue, no pares —jadea—. Cómemelo entero, joder.

Le meto dos dedos mientras la chupo. Los siento resbalar en su humedad, empujar contra las paredes calientes de su coño. Ella empuja las caderas contra mi boca, se corre así, aullando bajo, con los muslos apretándome la cabeza. La lengua se me llena de un jugo espeso que trago sin asco.

Se da la vuelta y me ofrece las nalgas. Son grandes, blancas, con las marcas rojas de la tela todavía en la piel. Le separo los cachetes con las dos manos y le miro el coño abierto, brillante, y el ojete apretado más arriba. La escupo entre las nalgas, me escupo la polla y me la paso por la raja, arriba y abajo, resbalando entre humedades. Cuando ya no aguanto más, la penetro despacio, empujando hasta el fondo, sintiendo cómo se abre para tragarme entero.

—Ay, mi carcelero… —gime—. Rómpeme, follame como si fuera una perra.

La embisto. Al principio despacio, midiendo, después más fuerte, más rápido, hasta que el sonido de mis muslos golpeando sus nalgas llena la habitación como aplausos. Le agarro las caderas con las dos manos y tiro de ella contra mí en cada estocada. Ella baja una mano y se soba el clítoris mientras la follo. Se corre otra vez, apretándome la verga con su coño en espasmos calientes. Yo aguanto tres golpes más y me derramo dentro de ella, chorro tras chorro, con la cabeza echada hacia atrás y un rugido ronco entre dientes. Siento cómo mi corrida se le escurre por los muslos cuando saco la polla.

Luego la acaricio largo rato, en silencio. Me gusta verla respirar desnuda, con las tetas colgando hacia el costado y el semen brillándole entre las nalgas. Ya no es joven ni hermosa, pero cuando está cerca no deseo otra cosa en el mundo.

Sé lo que dicen de ella en el barrio: que se acuesta con los viajeros jóvenes que pasan por su posada, que se la chupa por debajo de la mesa a los mercaderes que pagan bien. No la juzgo. Solo quiero que siga viniendo.

***

Era ya de noche y la puerta de la torre estaba cerrada cuando golpearon. La guardia traía a una mujer joven, vestida de campesina, con la cara llena de moratones y las manos atadas.

—¿Qué ha hecho? —pregunté.

—Robó una joya de la Virgen. Directa a la mazmorra más profunda.

—¿Qué?

—Lo que oyes. El gobernador estaba en la misa, la juzgó allí mismo. Ordenó colgarla del árbol de la plaza y se arrepintió cuando el verdugo ya anudaba la soga. Sus palabras fueron «directa a la mazmorra más profunda». Y añadió: «de por vida».

Las mazmorras siempre son de por vida. Sujeté a la mujer del brazo y la metí en la torre. Cerré la puerta. Aquellos brutos ya no mandaban; ahora mandaba yo.

A la luz de las antorchas vi a una mujer pequeña, de piel tostada y pelo negro, rizado y alborotado alrededor de la cara. El vestido verde estaba roto en varios sitios, sin duda por el trato de los soldados. No pude evitar mirar sus pechos, redondos y firmes, con un pezón moreno asomando por un desgarro de la tela. Como los de Brígida con quince años menos. Sentí un tirón en la entrepierna que no supe si esconder.

La senté en el banco de madera. Tomé un saco y le hice un agujero en el fondo y dos en las esquinas con la daga.

—Esto va a ser tu vestido —dije—. Voy a cortar tus ataduras.

Vi alivio en su rostro mientras se frotaba las muñecas. Luego volví a asustarla.

—Quítate toda la ropa y las sandalias y ponte el saco. Puedes hacerlo detrás de aquel armario.

No respondió. Solo miedo. Pero obedeció.

Volvió descalza, con el saco que apenas le tapaba el cuerpo. Yo la esperaba junto al fuego con un par de grilletes pequeños, de bronce, cubiertos de pátina verde. Eran los únicos de ese tamaño; alguien los había forjado, hacía mucho, para los tobillos de una dama. Al verlos colgar de mi mano, se aterró.

—Aquí, de rodillas.

Obedeció sin protestar. Coloqué los aros de metal alrededor de sus tobillos y los aseguré con un cordel de cáñamo. Calenté un remache de plomo casi hasta fundirlo.

—Si no quieres quemarte, no te muevas.

Puse el remache en el cierre y lo golpeé con el martillo. Un solo golpe, seco. El metal caliente se deformó como mantequilla. Lo enfrié con agua, que saltó convertida en vapor. Ella tembló de la cabeza a los pies, pero no se movió. Repetí la operación en el otro tobillo. Esta vez el vapor le alcanzó la cara y se echó a llorar.

—Yo no lo hice —repetía—. Yo no lo hice.

Por alguna razón la dejé llorar junto al fuego. Después la conduje escaleras abajo, hasta el segundo sótano. «La mazmorra más profunda», habían dicho. La senté junto a una columna, bajo uno de los minúsculos tragaluces, y enganché sus grilletes a una cadena de siete pies clavada en la piedra. Esa sería su libertad a partir de entonces.

—La antorcha durará una hora. Come y bebe si quieres vivir —le dejé pan, agua y una manta—. Mañana volveré con más.

No abrió la boca. Solo miraba el hierro en sus tobillos con ojos tristes.

***

A la mañana siguiente bajé con un tazón de comida caliente. Antes de llegar oí una voz suave. Me asomé por el tragaluz sin ser visto: estaba sentada sobre la paja, con una calavera en la mano, hablando con ella. Cambiaba la voz para responderse, como dos jóvenes coqueteando en una verbena. Había estirado la cadena hasta el pozo y sacado el cráneo. Primera noche y ya parecía enloquecida.

Al verme escondió la calavera bajo la manta. Le tendí el tazón. Me senté a esperar, sin saber por qué; quizá ella necesitaba ver a alguien, aunque fuera a mí. Al terminar, empezó a hablar sola.

—Me llamo Leonor, hija de Elvira y Rodrigo, campesinos libres. Ayer era día de mercado y de procesión. Sacaron a la Virgen por la plaza y, cuando pasó a mi lado, vi en el suelo un collar de oro con una piedra roja, una de sus joyas. Me agaché y lo cogí. Iba a devolverlo, lo juro. Entonces un fraile empezó a gritar y a señalarme: ladrona, sacrílega. Los guardias me sujetaron, uno metió la mano en mi escote y sacó la joya.

Se detuvo, tragó saliva y siguió.

—Me llevaron ante el gobernador. Juré que iba a devolverla. No me creyó. Mientras salía la procesión, dos soldados me encerraron en una sala de la sacristía. Me arrancaron el vestido de un tirón, me arrancaron la ropa interior, me inclinaron sobre una mesa de piedra fría. El primero me abrió las piernas de una patada y me metió la polla de golpe. Grité de dolor cuando me rompió por dentro; sentí la sangre bajarme por los muslos. Me follaba mientras el otro me tapaba la boca con la mano y me manoseaba las tetas por debajo. Cuando el primero se corrió dentro de mí, se apartó y el segundo se me metió por el mismo agujero, sin importarle la sangre. Me embistió hasta vaciarse. Cuando terminaron, me arrastraron por el pelo hasta el árbol, con los muslos pegajosos de semen y sangre. El verdugo ya tenía la soga abierta sobre mi cabeza cuando el gobernador gritó «alto», dijo que no quería estropear la fiesta y ordenó que me trajeran aquí. De por vida.

Apoyó la cabeza en la columna. Me senté a su lado y la dejé recostarse sobre mí. Tenía el cuerpo frío. La abracé en silencio hasta que se durmió. Subí la escalera sin saber qué pensar. ¿De verdad pensaba devolver la joya? ¿Por qué el gobernador tiene poder absoluto sobre la vida y la muerte? Por primera vez en veinte años dudé de la justicia que servía.

***

Aquella tarde le bajé la cena. Brígida había mandado comida de sobra, como si quisiera compensar que no había venido en persona. Al llegar junto a Leonor, ella se quitó la manta de encima. Estaba desnuda. Me sonrió y empezó a comer.

—¿Por qué estás desnuda? —pregunté.

—El saco pica y no abriga. Aquí abajo no tengo de quién avergonzarme. —Me miró—. Solo a ti.

No me disgustaba mirarla: un cuerpo joven, fresco, curvilíneo, con dos tetas pequeñas y firmes coronadas por pezones oscuros, la cintura estrecha, el vientre plano y una mata de vello negro entre los muslos. Pensé en hacer lo que habían hecho los soldados. ¿Quién me lo impide? ¿A quién le importaría? Me lo impedí yo mismo. Algo dentro de mí.

Cuando terminó, levantó la manta por un lado y me invitó a tumbarme con ella. Acepté con dudas. Sentí su piel, ahora cálida y suave. Cerré los ojos e intenté dormir. Ella se quedó abrazada a mí, enroscada, los ojos cerrados.

Pasó casi una hora. No podía dormir. Entonces se movió, pegó las nalgas a mi entrepierna y empezó a frotarse despacio, de un lado a otro. Sentí cómo mi polla se despertaba entre las telas y crecía contra sus nalgas duras.

—Penétrame —dijo, con una voz extrañamente firme—. Sé que quieres. Noto tu verga clavándoseme en el culo.

—¿Por qué? —¿No era una muchacha decente? ¿Me mintió? No parece una virgen recién forzada.

—Aquí solo puedo estar contigo o hablar con las calaveras. Te prefiero a ti, aunque seas mayor. Me has tratado mejor que los soldados. Y que fuera virgen hasta anteayer no significa que no hubiera jugado con los muchachos del pueblo. Les chupaba la polla en los pajares, les dejaba correrse en mis tetas. Solo no dejaba que me metieran nada. Ahora ya no importa.

No pude aguantar más. Me subí la túnica y la agarré por detrás. Le acaricié los pezones, se los pellizqué hasta oírla suspirar, mordí su espalda, le lamí la nuca. Bajé una mano y busqué con los dedos entre sus piernas. Estaba empapada, con el coño abierto y caliente como si llevara horas esperando. Le pasé el dedo medio por la raja, arriba y abajo, hasta que encontré su clítoris pequeño y duro. Se lo froté en círculos mientras ella jadeaba y empujaba las caderas contra mi mano.

—Métemela ya, por favor —susurró—. Te necesito dentro.

Me agarré la polla con la mano y le busqué la entrada. La punta se me hundió en su humedad. Empujé despacio, sintiendo cómo se abría para mí, apretada, ardiendo. Ella soltó un gemido largo cuando llegué al fondo. Me quedé quieto un instante, apretándola contra mi pecho, con una mano en su teta y otra entre sus muslos.

Después empecé a moverme. Salir casi entero y volver a hundirme hasta el fondo. Ella acompañaba cada estocada con un jadeo. Le tapaba la boca de vez en cuando, no fuera que sus gritos subieran por el tragaluz. La follé de costado, despacio primero, luego con fuerza. Le mordía el hombro, le apretaba las tetas, le hundía los dedos entre las piernas para tocarle el clítoris al mismo tiempo que la embestía.

—Más fuerte, más fuerte —gemía ella—. Follame como si fuera una puta, no me tengas miedo.

La puse boca arriba, le abrí las piernas y se las eché sobre mis hombros. Se me clavaron sus tobillos encadenados en la nuca; el hierro estaba frío. La miré a los ojos y volví a metérsela, más honda ahora, más brutal. Sus pequeñas tetas rebotaban con cada embestida. Le lamí una, luego la otra, le chupé los pezones hasta dejarlos hinchados y morados. Ella se agarraba a mi espalda con las uñas, arqueaba la cadera para buscar más.

—Ay, sí, así, me estás partiendo —jadeaba, apretando los dientes—. No pares.

La sentí temblar entera. Un espasmo largo la sacudió; su coño se cerró sobre mi polla en oleadas calientes y le arrancó un grito ahogado. Aguanté unos golpes más, viéndola correrse debajo de mí, y ya no pude sostenerme. Me hundí hasta el fondo y me dejé ir sin control, vaciándome dentro de ella en chorros que sentí golpear contra las paredes de su coño. Caímos rendidos sobre la paja, sus tobillos encadenados rozando los míos, mi semen escapándosele por la raja mientras jadeábamos pegados.

Se me acurrucó contra el pecho, todavía con la polla dentro, y me lamió el sudor del cuello. Nos quedamos así, oyendo gotear el agua entre las piedras, hasta que la verga se me ablandó y salió de ella con un ruido húmedo.

***

Pasó una semana. Cada noche bajaba a alimentar a Leonor y me quedaba con ella, a veces un rato, a veces hasta el amanecer. Aprendí a conocer su cuerpo mejor que el mío. Sabía dónde tocarla para hacerla temblar, cómo mamársela para que se corriera dos veces seguidas, cómo doblarle las piernas para llegar hasta el fondo. Ella aprendió a chuparme la polla como si llevara toda la vida haciéndolo. Se arrodillaba entre mis piernas, me miraba desde abajo con esos ojos oscuros y se metía toda mi verga en la boca hasta que le tocaba la garganta. Me lamía los huevos, se los metía en la boca uno a uno, me chupaba hasta que yo le tiraba de los rizos y me corría en su cara, en sus tetas, en su lengua. Ella se relamía después, sonriendo, con hilos de semen bajándole por el mentón.

Una noche se puso a cuatro patas sobre la paja y me pidió que se lo hiciera por el culo. Le escupí ahí, le metí un dedo primero, luego dos, hasta que se abrió lo suficiente. Cuando le hundí la polla, gritó de dolor, pero me pidió que no parara. La follé por el ojete con embestidas cortas y firmes, sujetándola por las caderas, mientras ella se sobaba el coño con la mano. Se corrió así, con mi verga clavada en el culo y sus propios dedos en el clítoris, sacudida por espasmos que casi la tiran de rodillas. Yo me corrí después, hasta el fondo, y le vi la corrida escapársele por el agujero cuando saqué la polla.

Brígida seguía mandando la comida con otras muchachas que entraban en la torre con cara de espanto y se iban corriendo. Empecé a oír que en su posada había un viajero rico que la cortejaba y mandaba en el negocio. Ella vive en el mundo; yo, en la torre. Quizá vuelva, quizá no. Ya no me importaba tanto. Tenía a Leonor cada noche, desnuda, cálida, con las piernas abiertas para mí en la mazmorra más profunda.

Una tarde la guardia subió presa a una de las rameras de la taberna de Beltrán. Constanza, se llamaba. Había bebido demasiado y armado un escándalo. La até y la encerré en la celda de arriba a esperar la sentencia. Cuando subí con su comida y a comunicarle el mes de encierro que le había caído, la encontré tumbada, fría, sin pulso. Había muerto.

Bajé su cuerpo al hombro como un saco y lo eché al pozo de los huesos. Luego fui hasta Leonor. Tenía la cara desencajada de terror.

—Estaba presa. Acaban de condenarla a un mes. Ha aparecido muerta en su celda —le expliqué, y saqué un cincel y un martillo del saco.

—¿Qué haces? —preguntó al verme romper el remache de uno de sus grilletes.

—Esa mujer tiene tu altura y tu complexión. Es mayor, pero en un mes nadie podrá saberlo.

—No entiendo…

—Leonor ha muerto hoy en la mazmorra. Tú, a partir de ahora, eres Constanza. He lavado su ropa y te la daré. Pasarás un mes en la celda de arriba y al cabo de treinta días te dejaré libre. No busques a tus padres ni a tus amigos. Vete de la ciudad. Entra a servir en una casa o en una posada, donde puedas. Y si no, mendiga o vende tu cuerpo. Cualquier cosa será mejor que pudrirte aquí, enterrada en vida.

Rompí el segundo grillete. Por primera vez en veinte años, el carcelero de la Torre Ciega abría una cadena para devolverle a alguien la vida en lugar de quitársela.

***

Historia completamente ficticia, ambientada en lugares ficticios, con personajes ficticios y mayores de edad.

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Comentarios(8)

Inquisidor88

tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!

LectorNocturno

Se me hizo muy corto, necesito una segunda parte urgente. Dejo con muchisima intriga el final.

Denacho72

Me encanto la ambientacion, se siente que hay algo mas alla de lo obvio. Muy bien escrito.

RosaDeNight

Lo que mas me gusto es el clima que crea desde el principio, esa tension entre los dos personajes es increible. No hace falta que explique todo, uno se imagina el resto. Ojala hubiera una continuacion con mas de la historia de ella.

nocturno88

excelente!!! sigue escribiendo por favor

CastilloViejo_Fan

Me recordo a una historia medieval que lei hace años pero esta es mucho mejor, tiene mas profundidad y los personajes se sienten reales.

MartinaV

¿hay segunda parte? pregunto porque quede muy enganchada jaja

Fercho_G

Muy buen relato, la escritura es fluida y se nota el cuidado en los detalles. Espero mas historias asi, saludos!

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