Mi fan vino a casa y se sometió mientras escribía
Poco después de publicar mi último relato me llegó un mensaje de una mujer a la que le habían gustado mis historias. Empezamos a escribirnos sin más intención que charlar, y entre cosa y cosa descubrí dos detalles. El primero, que vivía en un pueblo a media hora del mío. El segundo, que se había enterado hacía poco de que su marido era de los que, cada vez que salía de viaje por trabajo, terminaba la noche con sus compañeros en el club de carretera más cercano.
A los pocos días pasamos de los mensajes largos a la conversación de teléfono, y de ahí a un coqueteo que ya no disimulaba nada. Dejo aquí las líneas que importan para entender cómo terminó todo.
—... y en esas ando —me escribió—. Por cierto, ya te dije que me encantan tus relatos. Me gustaría que escribieras más.
—Ya, a mí también me gustaría —contesté—. Pero cuesta horrores ponerse.
—Pues te marcas un horario. Diez minutos al día, aunque sean diez.
—Lo intento, pero forzarme no me funciona. Si no estoy inspirado, no sale nada.
—Para el tipo de cosas que escribes, ya me imagino qué clase de inspiración necesitas —respondió, y casi pude oír la sonrisa.
—Pues seguramente aciertas. Solo me siento a escribir cuando estoy cachondo.
—Entonces deberías escribir muchísimo más. ¿O me vas a decir que solo te pones cachondo una hora al mes?
—No es eso. Es que cuando me pongo, mi instinto es aliviarme primero y dejar lo de escribir para después. Y cuando acabo, se me van las ganas. Y si me siento a teclear estando caliente, escribo una frase y la mano se va sola a otro sitio. Tres minutos perdidos, otra frase, y así no avanzo. Lo curioso es que tocándome se me ocurren mil ideas. Lo que me faltan son manos.
—Qué poca seriedad con tus lectoras.
—Lectoras, dice. Ojalá tuviera una de verdad. Una que se encargara de mí mientras escribo, para tener yo las manos libres.
—A mí me gustan tus relatos y quiero más. Creo que podría considerarme tu lectora.
—Pues si de verdad quieres que el próximo salga antes de lo previsto, ya sabes ;)
—Encantada. Todo sea por el arte.
—El arte lo tienes tú.
***
Quedamos para que viniera a echarme una mano con el dichoso relato. Eran las 15:47 de un jueves cuando sonó el timbre. Llegaba trece minutos antes de la hora, cosa que me gustó por dos motivos: la tendría más rato y, sobre todo, significaba que tenía tantas ganas del encuentro como yo.
La había visto en fotos, pero en persona no decepcionó. Rondaba la cincuentena y, aunque aparentaba su edad, se notaba que era una mujer que se cuidaba, que se sabía seductora y que presumía de ello. Melena rubia hasta media espalda, ojos castaños bajo unas pestañas larguísimas cargadas de rímel, labios pintados de un rojo intenso. Camiseta blanca ajustada bajo una cazadora de cuero negro, a juego con un pantalón del mismo material y unas botas claras que le subían casi hasta la rodilla.
—Hola —dijo, poniendo la mejilla para los dos besos de rigor, como si fuéramos dos conocidos cualquiera.
—Hola, ¿qué tal? —respondí antes de dárselos.
—Encantada de venir a ayudarte —añadió con una sonrisa socarrona, clavándome la mirada.
—¿Me das la chaqueta? —pregunté mientras abría el armario de la entrada.
—Claro —dijo, y se quitó la cazadora para tendérmela.
Debajo de la camiseta ceñida no llevaba sujetador. Los pezones se le marcaban sin pudor contra la tela. Por el tamaño y, sobre todo, por la firmeza con que aquellos pechos se sostenían bajo una simple camiseta, deduje que habían pasado por quirófano.
Colgué la cazadora y, con la misma naturalidad, extendí la mano.
—¿Me das ahora la camiseta, por favor?
Tardó un par de segundos en reaccionar. Luego sonrió de medio lado.
—¿No vas demasiado al grano?
—¿Esperabas que te invitara antes al cine, niña? —dije en tono serio, recalcando lo de niña para picarla.
Funcionó. No tardó ni dos segundos en dejarme la camiseta en la mano. Sus pechos estaban operados, sí, pero de un modo impecable. Ni demasiado grandes ni artificiales, redondos, con dos pezones rosados apuntando al frente.
Colgué la prenda, la agarré por los hombros y la giré de espaldas a mí. Le junté los brazos detrás de la espalda y se los até con una cuerda fina de nailon que había dejado preparada en la entrada. No protestó. La volví a girar de cara. El gesto serio, la mirada de pura provocación. Me estaba costando aguantar el tipo, pero me había prometido mantenerme firme y no caer antes de tiempo.
Me arrodillé, le bajé la cremallera de las botas y la ayudé a descalzarse. Después le desabroché el pantalón. Sacárselo fue más cómico de lo que pedía la escena: si unos pantalones de cuero ya cuestan de quitar a quien los lleva, imaginad la faena cuando lo hace otro y la dueña está atada de manos. Hubo alguna risa por el camino que, por dignidad de ambos, vamos a fingir que no ocurrió.
Debajo llevaba un tanga blanco que apenas cubría nada por delante y nada en absoluto por detrás. Estuve tentado de arrancárselo, pero preferí dejar algo para más adelante. Lo que no pude evitar fue darle un buen mordisco en ese culo que se notaba trabajado a conciencia en el gimnasio. No se quejó ni por el mordisco ni por el azote que vino después. Luego volví a calzarle las botas.
—Sígueme —le dije, y eché a andar hacia el despacho escuchando sus pasos detrás de mí.
Llegué a la silla y, con toda calma, me quité el pantalón y la ropa interior.
—¿Eso es para mí? —preguntó con malicia al ver mi erección.
—Más bien diría que hoy tú eres para ella. Así que pórtate bien, a ver si le gustas.
Me senté frente al ordenador. Como debajo del escritorio no había hueco para que cupiera ella, giré la silla de modo que la pantalla me quedara a un lado pero pudiera seguir tecleando sin problema.
—Venga. Te toca cumplir tu parte y encargarte de mí mientras escribo.
Y empecé a teclear.
***
Ella se puso en cuclillas y acercó la boca. Empezó lamiéndome de abajo arriba, una y otra vez, con una paciencia que era casi peor que la prisa. Más que el placer físico, lo que me estaba volviendo loco era la situación entera. Pero me había propuesto terminar un relato completo aunque fuera corto, y a eso me agarré.
Los dedos me iban a toda velocidad por culpa de la excitación. Por morboso que fuera el momento, tenerla atada y de rodillas le impedía desplegar todo su arsenal, y eso jugaba a mi favor: me daba margen para no estallar antes de tiempo. La historia ya la tenía entera en la cabeza; solo paraba un instante para volver a meterle la polla cuando, por el ímpetu, se le escapaba. Y, por qué no decirlo, también para recrearme en la imagen: una mujer madura, atada, sometida y entregada a darme placer.
—Creo que de aquí va a salir algo bueno —dije, tomándome un respiro para contemplar la escena—. Y si no, te aseguro que el recuerdo no lo olvido en la vida.
Ella se apartó, respiró hondo y, mirándome a los ojos, abrió la boca para hablar.
—La verdad es que... ugh.
No la dejé terminar. La agarré de la nuca y la atraje de nuevo hacia mí, presionándola para que se tragara más de lo que había aceptado hasta entonces. Apartó la cabeza, tosiendo, y volvió a dejarme libre.
Con lágrimas asomándole a los ojos me miró, descolocada.
—No estás aquí para hablar —le dije, firme.
Su mirada pasó del desconcierto a la furia. Por un momento pensé que la había hecho enfadar de verdad. Pero, sin bajar los ojos, se metió otra vez la polla en la boca y, subiendo y bajando despacio, engulló más de lo que había conseguido antes. Aquello no era furia. Era provocación y orgullo. Me estaba demostrando que podía con todo, que aguantaba lo que le echaran y que en aquello era la mejor.
Y, si soy sincero, me ganó la partida. No pude resistirme a esa mirada, a esa mujer que se había sometido porque quería, porque era una bestia y disfrutaba de aquello casi más que yo.
Llegado ese punto, dejé de contenerme. La sujeté con las dos manos y le follé la boca a un ritmo que ya no tenía nada que ver con escribir. Emitía sonidos guturales por la dificultad para respirar, se le saltaban las lágrimas, pero ni una sola vez hizo ademán de retirarse. Al contrario: noté cómo colocaba la lengua para facilitarme el camino y dejarme hacer a mi gusto.
Estaba al límite. Me levanté de la silla y, mientras con una mano le mantenía la cabeza firme, con la otra me masturbaba a un palmo de su cara. Aquella mujer era increíble. Alternaba la mirada entre mis ojos y mi polla, relamiéndose. Cuando me vio a punto, clavó los ojos en los míos, abrió la boca y sacó la lengua. Con las últimas fuerzas volví a metérsela y, tras un par de embestidas, la saqué justo a tiempo para correrme sobre su rostro, al lado mismo de la nariz. En pleno éxtasis le golpeé la cara mientras tres descargas, cada vez más débiles, terminaban de dejársela hecha un mapa.
Se relamió el contorno de los labios para recoger lo que pudo, pero la cara le quedó perdida y el resto fue resbalando desde la barbilla hasta sus pechos redondos. Caí rendido en el asiento. Ella me miraba con una sonrisa de quien sabe que ha hecho un buen trabajo. Me acerqué, le agarré el pelo con toda la delicadeza que fui capaz de reunir y la besé largo, con la boca todavía con su propio sabor. Al separarnos, volví a llevar su cabeza hacia mi polla aún palpitante.
—Sigue ocupándote de ella hasta que termine, que ya queda poco —dije, y me puse de nuevo a teclear.
Como si no llevara un buen rato de rodillas, como si no acabara de pasar por aquello, sacó la lengua sin rechistar y empezó a limpiarme. Se centró en la punta, lamiéndola a conciencia, recogiendo hasta la última gota. Cada lamida me provocaba un espasmo por la sobreexcitación de haberme corrido; cada roce de su lengua era a la vez un latigazo de dolor y un orgasmo comprimido. Me sacaba de mis casillas y, aun así, adoraba la sensación. Escribía cuatro palabras y tenía que parar unos segundos para recuperarme.
Aun con todo, media hora después logré cumplir la misión que me había marcado a cambio de la ayuda de tan entregada asistente. Y así, mientras esta diosa rubia de cuerpo escultural volvía a metérsela en la boca, terminé el relato que no es otro que el que estás leyendo.
—Ya está —dije—. Gracias por ayudarme con esto.
La ayudé a levantarse.
—Ahora sígueme, que me toca a mí devolverte el favor.