Mi prometido me enseñó lo que es obedecer
Adrián sonrió con esa satisfacción suya, la de quien siempre sabe lo que va a hacer mucho antes de hacerlo. Al día siguiente, fiel a su costumbre de adelantarse a todo, apareció con un anillo. Era sencillo y elegante a la vez, exactamente como Valeria lo había imaginado en las noches en que se permitía imaginarlo. Al verlo, los ojos se le llenaron de lágrimas. El compromiso por fin se sentía real, oficial, y ella estaba lista para contárselo al mundo entero.
Esa noche, después de cenar, él la tomó de la mano y la condujo al dormitorio sin decir una palabra. Mañana te daré lo tuyo, le había prometido la víspera, y Valeria había guardado la frase como quien guarda una brasa bajo la lengua. Sentía el calor instalado en el vientre, esa mezcla de deseo y entrega que solo él sabía despertarle con una mirada.
Se desnudaron despacio, mirándose, sin prisa. Ella se tumbó boca arriba y abrió los brazos sobre la cama, ofreciéndose sin reservas, el pelo castaño rojizo extendido sobre la almohada. Adrián se inclinó sobre su cuerpo y empezó por el cuello, bajó por los hombros, recorrió el pecho con los labios y se detuvo en cada pezón el tiempo justo para hacerla arquearse. Cuando su boca alcanzó el vientre, ella ya respiraba entrecortada.
Entonces le separó los muslos con las dos manos, despacio, como quien abre algo que le pertenece, y bajó la cabeza. Valeria contuvo el aire al sentir la lengua. Era una sensación que la enloquecía, esa combinación de ternura y posesión con la que él la reclamaba allí abajo. Los dedos se le aferraron a las sábanas mientras la lengua trabajaba, lenta al principio, después insistente, midiendo cada reacción. Los gemidos empezaron a escapársele sin permiso.
—Adrián... —susurró, arqueando la espalda contra el colchón.
Él no se detuvo. La llevó al borde una vez, dos veces, retrocediendo justo antes de que estallara, disfrutando de verla retorcerse de necesidad, de tenerla así, suspendida en el filo. Cuando por fin la dejó terminar, Valeria gritó su nombre con las piernas temblando contra sus orejas, contra la barba corta que le raspaba el interior de los muslos.
Apenas le dio tiempo a recuperarse. La giró de lado y la penetró despacio, encontrándola húmeda y palpitante todavía. Ella gimió al sentirlo dentro, llenándola por completo. Él movió las caderas con ese ritmo que ella conocía de memoria, profundo y constante, hasta que la piel de ambos empezó a brillar de sudor y la respiración se les rompió.
—Así, justo así... —murmuraba ella, empujando hacia atrás para salir a su encuentro.
Adrián la agarró por las caderas y aceleró. Las embestidas se volvieron más duras, más urgentes, casi una orden. Valeria sintió que se deshacía, que perdía la noción de todo menos de él dentro de ella. El segundo orgasmo llegó más hondo que el primero, y se mordió el antebrazo para no gritar demasiado fuerte y despertar a medio edificio.
Él aún no había terminado.
Se apartó un momento y la ayudó a colocarse a cuatro patas sobre la cama. Valeria supo lo que venía y un nervio dulce le recorrió la espalda. No era la primera vez, pero siempre le imponía un poco, y ese poco era parte de lo que la encendía. Él se situó detrás, la lubricó con saliva y le introdujo un dedo en el ano apretado, no sin esfuerzo. Después, con una mano firme en su cadera y la otra guiando la erección, empezó a presionar contra el esfínter tembloroso.
—Respira hondo —le ordenó él en voz baja, y ella obedeció.
Cuando entró, Valeria soltó un gemido ahogado, una sensación que oscilaba entre el dolor y un placer distinto, más oscuro, que la llenaba de un modo nuevo. Adrián se quedó quieto unos segundos, dejándola acostumbrarse, acariciándole la espalda con la mano libre, paciente y atento.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —jadeó ella—. Sigue. Por favor.
Y él siguió. Poco a poco el ardor se transformó en oleadas cada vez más intensas, más íntimas, como si esa entrega fuera la prueba última de todo lo que estaba dispuesta a darle. Los gemidos de Valeria se volvieron agudos a medida que él aumentaba el ritmo. Cuando lo sintió tensarse, supo que estaba cerca.
—Vamos juntos —le pidió, y él asintió sin dejar de moverse, llevando los dedos de la mano izquierda desde la cadera hasta el clítoris, acariciándolo al mismo compás con que la penetraba.
El orgasmo de ella llegó como una sacudida que la atravesó entera, y un segundo después sintió cómo él se vaciaba dentro con un gruñido ronco, el calor extendiéndose en su interior y aliviando el escozor. Se quedaron así un rato, enredados, recuperando el aliento, el corazón de los dos latiendo a destiempo.
Luego él se retiró con cuidado y se dejó caer boca arriba, el pecho subiendo y bajando deprisa. Valeria, aún temblando, se giró hacia él. Los ojos castaños de Adrián se posaron en los suyos, verdosos, que le devolvieron la mirada con una adoración apenas teñida de la timidez que ella había aprendido a vencer a su lado.
Sin decir nada, bajó la cabeza. Besó primero el vientre, después la piel todavía húmeda, y con la lengua recorrió despacio su sexo, saboreando la mezcla de los dos cuerpos. Él suspiró, posó una mano en su nuca y le acarició el pelo mientras ella seguía, lamiendo también con una devoción lenta, satisfecha, agradecida.
Estaba feliz. Completamente feliz.
El cansancio empezó a pesarle, pero no quería separarse de él. Así que, con la cabeza apoyada en su abdomen y los labios rozándole todavía la piel, fue cerrando los ojos. Adrián sonrió en la penumbra y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos. Poco a poco los dos se quedaron dormidos, enredados en esa intimidad tan suya, tan completa.
***
A la mañana siguiente él despertó primero. La encontró acurrucada contra su costado, la mejilla apoyada en su vientre, un hilo de saliva resbalándole por la piel. Sonrió y le apartó el pelo de la cara. Valeria abrió los ojos poco después y, antes que cualquier palabra, le dio un beso lento a modo de buenos días.
—Hoy podríamos anunciar el compromiso —dijo con voz mimosa, casi de ruego—. Si tú quieres.
Él concedió con una sonrisa y le acarició la mejilla.
—Lo quiero. Pero recuerda lo que acordamos.
—Lo recuerdo —respondió ella en voz baja.
Y lo recordaba bien. Adrián había aceptado el matrimonio con una condición que no admitía discusión: conservaría el derecho, no recíproco, de gozar de otras mujeres, con la única regla de hacerlo siempre de forma abierta, sin engaños ni medias tintas. Valeria se había preguntado mil veces si su dignidad y su amor propio soportarían esa cláusula sin resentirse. Esa mañana, mirándolo, volvió a preguntárselo. Y volvió a decidir que sí, que estaba dispuesta a entregarse incluso a eso, porque la entrega completa era justamente lo que le quemaba por dentro.
***
La primera en enterarse fue Sonia. En la oficina, Valeria no pudo contener la emoción y se acercó al escritorio de su secretaria y amiga. A pesar de que Sonia había tenido tiempo atrás un breve enredo con Adrián, no quedaba rencor entre ellas, solo el deseo sincero de compartir la alegría.
—Sonia, tengo que contarte algo increíble —exclamó Valeria, con una sonrisa que iluminaba toda la sala.
La secretaria levantó la vista, atrapando el brillo en sus ojos.
—¿Qué pasa? ¡Dímelo ya!
Valeria extendió la mano y mostró el anillo con orgullo.
—Adrián y yo nos casamos.
Sonia dejó escapar un grito y la abrazó con fuerza.
—¡Felicidades! Sabía que esto iba a pasar tarde o temprano. El anillo es precioso.
—Gracias. Estoy tan emocionada... Ha sido un camino largo, y por fin lo vamos a hacer —dijo, y luego bajó un poco el tono—. Y tengo otra cosa que decirte. Hoy quiero llevarle yo misma el café a Adrián.
Sonia arqueó una ceja, entre divertida e intrigada.
—¿Tú? Esto tengo que verlo —comentó, riendo—. Si siempre lo hago yo, ya sabes lo específico que es él con eso.
—Lo sé —admitió Valeria, con un gesto travieso—. Pero quiero que los demás lo vean. Que sepan que estamos comprometidos y que vean lo servicial que soy con mi hombre. Quiero que entiendan que, a partir de ahora, él y yo somos un equipo, y que yo estoy a su servicio, pendiente de cada detalle.
Sonia la miró con una mezcla de admiración y complicidad, comprendiendo perfectamente la intención detrás del gesto.
—Está bien, hazlo. Eso sí, no olvides una entrada triunfal. Que todos noten que hoy el café es especial.
—Eso está garantizado —respondió Valeria, ajustándose el cuello de la blusa con un aire nuevo de seguridad.
Sabía que llevarle el café a Adrián ese día sería mucho más que un gesto de cortesía. Cuando entrara en su despacho, frente a todos, sería su manera de declarar sin palabras que estaba completamente comprometida, no solo en la relación, sino en el papel que había elegido ocupar a su lado. Quería que sus compañeros lo entendieran: ella se entregaba, y lo hacía con la frente en alto.
Después de Sonia llegó el turno de Mariana, su prima. Se vieron para tomar algo en su casa, y apenas cruzó la puerta, Valeria mostró el anillo con una sonrisa enorme.
—Mariana, mira —dijo, sin necesidad de añadir nada más.
Su prima la abrazó de inmediato.
—¡Felicidades! Sabía que este día llegaría. Estoy tan feliz por ti.
Las dos se sentaron a charlar sobre cada detalle del compromiso. Mariana, con su humor de siempre, no pudo evitar pinchar.
—¿Y bien? ¿Qué le prometiste a cambio?
Valeria sonrió al recordar las condiciones de Adrián, pero decidió no compartirlas. Algunas cosas pertenecían solo a la intimidad de los dos.
—Ya sabes cómo es él. Solo me pidió que siga siendo yo misma.
—Me lo imagino —dijo Mariana, riendo—. Y me alegro muchísimo. Esto es lo que querías, y lo tienes. Cuídalo, que él te valora.
Esa misma tarde, desde el sofá de Mariana, llamaron juntos a los padres de ambos y al hermano de Adrián, con quien él tenía poco trato pero a quien quiso avisar igual. Las felicitaciones se sucedieron una tras otra, cálidas, entusiastas.
De vuelta en el trabajo, la noticia corrió rápido entre los compañeros. Adrián, siempre discreto, se mantenía al margen de los comentarios, pero el anuncio voló de escritorio en escritorio. Varios colegas bromearon sobre la suerte que tenía Valeria de casarse con él.
—¡Ya era hora! Se veía venir —le dijo uno, palmeándole el hombro.
Ella agradeció cada felicitación con una sonrisa, sintiéndose inmensamente feliz. Y cuando por fin tomó la bandeja, preparó el café exactamente como a él le gustaba y cruzó la oficina entera con paso firme, supo que todos los ojos la seguían. Llamó a la puerta del despacho, entró sin esperar respuesta y dejó la taza sobre el escritorio, frente a Adrián, sosteniéndole la mirada un segundo más de lo necesario.
Él entendió el mensaje, y también lo entendieron los que miraban desde fuera. Valeria salió con la barbilla alta, consciente de que acababa de empezar una etapa nueva, una en la que su entrega no era debilidad sino la forma más íntima de poder que conocía. Su vida estaba a punto de cambiar, y no podía esperar para vivirla.