Capturada en la selva y atada a merced de la tribu
Era la mañana del séptimo día de nuestra expedición botánica por el curso alto del río Caroní. Ya habíamos reunido material de sobra de aquella zona, así que, mientras el resto del equipo clasificaba las muestras y recogía el campamento, decidí que era buen momento para reconocer un terreno nuevo y ampliar nuestros registros. Me recogí el pelo, me calcé las botas, tomé el sombrero y salí de la tienda.
—Chicos, me acerco a explorar la franja norte. Vuelvo en dos o tres horas como mucho.
—De acuerdo, Serra. Nosotros terminamos de ordenar todo esto —me respondió Andrade, el jefe de la expedición, sin levantar la vista de las cajas.
La zona que pensaba recorrer no me era del todo desconocida. Sabía que no escondía ningún peligro especial, pero aun así cargué el rifle al hombro. En la selva nunca estás completamente a salvo, y esa costumbre me había salvado más de una vez.
Llevaba algo más de una hora caminando, ya muy cerca de mi destino, cuando me pareció oír un crujido leve entre la maleza. La selva está llena de ruidos, pero algo en aquel me puso en alerta. Abrí bien los ojos y empuñé el rifle por si aparecía un animal. Todo ocurrió demasiado rápido. Sin que me diera tiempo a reaccionar, un golpe seco en la nuca me derribó de bruces y me arrancó la noción del tiempo.
No debí de tardar mucho en recobrar el sentido, pero al abrir los ojos el terror me paralizó. Estaba tendida boca arriba y, frente a mí, tres hombres corpulentos, con el cuerpo pintado y poco más que un taparrabos, me observaban. Dos me apuntaban con sus lanzas. Giré la cabeza y vi mi rifle, pero había caído a más de dos metros, completamente fuera de mi alcance.
Cruzaron unas pocas palabras en un dialecto que no entendí. Después, dos de ellos me sujetaron con fuerza por los brazos y me alzaron del suelo. El tercero se acercó despacio, agarró los tirantes de mi camiseta y la rasgó de un tirón brutal, dejándome el sostén a la vista. Se me escapó un grito involuntario al adivinar sus intenciones. Forcejeé cuanto pude, lancé patadas al aire, pedí auxilio a voces, pero aquel hombre me arrancó también el sostén. Y no le bastó. A pesar de mi resistencia, me bajó los pantalones hasta las rodillas, dejándome en bragas y con las piernas casi inmovilizadas.
Comprendí entonces que estaba por completo a su merced. Supliqué para mis adentros que ya tuvieran suficiente, que me soltaran. En cambio, el que me había desnudado sacó un trozo de cuerda del cinto y me ató los tobillos, no sin antes terminar de quitarme los pantalones. Con otra cuerda me unió las dos muñecas por delante del cuerpo.
Ahora sí estaba indefensa del todo. Intentaba cubrirme los pechos con los brazos atados mientras veía cómo traían una gruesa vara de madera de unos dos metros. Me tumbaron de espaldas, con las manos por encima de la cabeza, y pasaron la vara bajo las ataduras de tobillos y muñecas. Dos de ellos la izaron por los extremos y quedé colgando como una presa cazada. Quizá era exactamente eso: una pieza que iban a transportar. Iniciamos la marcha, y en cada paso mi cuerpo se bamboleaba sin remedio. Por mi mente cruzó la idea de que al menos conservaba las bragas.
Iluso pensamiento. A los pocos minutos, el que parecía el jefe se acercó por detrás, me agarró la última prenda y me la arrancó de un tirón violento. Solté un gemido, mitad de dolor, mitad de humillación. Más lo segundo, creo. Colgada como estaba, sabía que ofrecía a sus ojos mucho más de lo que me habría atrevido a imaginar.
El camino se me hizo eterno. Cuando por fin llegamos a un poblado, hombres, mujeres y niños salieron entre vítores a recibir a los cazadores y a ver lo que traían. Todos me miraban con un interés descarado y yo no pude más que enrojecer de vergüenza.
***
Desde mi posición no alcanzaba a ver adónde me llevaban, pero cuando se detuvieron me pareció estar al pie de un gran tótem de madera, muy tallado, en lo que debía de ser la plaza central. Me depositaron en el suelo, retiraron la vara y me arrastraron hasta el poste. Ya no me resistía: sabía que en aquellas condiciones todo esfuerzo era inútil. De lo alto del tótem colgaban dos cuerdas con las que me ataron las muñecas, después de liberarlas. Luego me soltaron los tobillos, solo para volver a sujetarlos, cada uno por separado, a la base del poste.
Así me dejaron un buen rato, bajo las miradas inquisitivas de cuantos pasaban. Yo intentaba mantener las piernas lo más juntas posible, con la vana esperanza de ocultar algo de mí misma.
Al cabo de un tiempo regresaron los dos porteadores y el jefe de los cazadores. Los dos hombres se inclinaron y empezaron a desatar mi tobillo derecho. Por un instante creí que llegaba mi liberación, pero me equivocaba: una vez suelta, me levantaron la pierna hasta la altura de la cintura y la amarraron a otra cuerda que pendía de lo alto y que yo no había visto antes. La pierna quedó en el aire. Hicieron lo mismo con la izquierda, hasta dejarme suspendida con las piernas levantadas y abiertas. No pude reprimir un sollozo. En esa postura, mi sexo quedaba por completo expuesto, y no había nada que yo pudiera hacer.
La cosa empeoró cuando, a una orden del jefe, los dos hombres tensaron las cuerdas y me izaron las piernas por encima de la cabeza, obligando a mi espalda a curvarse hacia delante. Miré hacia abajo, desesperada, y vi mi propio sexo abierto y ofrecido a aquellos desconocidos. No creo que se pueda estar más humillada. La vergüenza era tal que no quería abrir los ojos, pero aun así alcancé a ver al jefe acercarse con un tarro en la mano.
Lo destapó, tomó algo de su contenido y, sin más, empezó a frotar mi sexo expuesto con una especie de pasta espesa. Al instante sentí un picor. A pesar de mis protestas y de mi inútil forcejeo, siguió con aquel masaje un par de minutos, hasta darse por satisfecho. Después, los tres se alejaron y me dejaron colgada en esa postura incómoda y degradante.
***
Empezaba a perder la noción del tiempo. No entendía por qué me sucedía aquello; quise convencerme de que estaba atrapada en una pesadilla. Pensé en mis compañeros, que a esas horas debían de estar esperando mi regreso. Y entonces noté algo extraño entre las piernas: un calor que crecía en toda la zona. Al mirar, la vi enrojecida. El tiempo pasaba y la sensación aumentaba. El pulso se me aceleraba sin que yo supiera por qué. Volví a observar y descubrí que mis labios se habían hinchado un poco. ¿Qué me estaba pasando? Tenía que ser aquel ungüento. Algo profundamente irritante.
Seguía colgada, mostrando mis partes sin pudor, alarmada por la reacción de mi cuerpo. El corazón me latía con fuerza cuando volví a bajar la mirada. Para mi asombro, mis labios no solo estaban más hinchados, sino que se habían abierto, dejando ver la entrada de mi vagina. Más arriba sobresalía mi clítoris, antes siempre oculto bajo su capucha. Era como si me hubiera invadido un grado de excitación que jamás había experimentado en mis treinta y un años de vida.
Y todo iba a más de forma incontrolable. Sentí un hilo de humedad descender hasta el ano. Mis pezones estaban tan erectos que empezaban a dolerme. El clítoris, del tamaño de una cereza, se alzaba ya sin protección alguna, y mis labios, rojos e hinchados, dejaban la entrada de mi sexo enteramente al aire.
Aún intentaba asimilarlo cuando se me acercó un hombre tocado con un penacho de plumas. Tras él venía un séquito numeroso que fue formando un círculo para contemplar de cerca el espectáculo. Y el espectáculo, por supuesto, era yo.
Colgada como estaba, no pude impedir que su cabeza se colocara entre mis piernas. El primer lametazo en mis labios me sacudió como una descarga eléctrica. El segundo fue directo a mi clítoris inflamado, un blanco demasiado fácil. La corriente me recorrió de la cabeza a los pies. Mi cuerpo ardía, descontrolado, y noté cómo su lengua se hundía sin esfuerzo en mi interior. Gemí sin poder evitarlo mientras un orgasmo brutal me atravesaba.
Quedé exhausta, pero el hombre no había terminado. Rodeó mi clítoris con los labios y lo succionó sin piedad. El cosquilleo dio paso enseguida a un placer enorme y, poco después, a un segundo orgasmo igual o más intenso que el primero. Estaba empapada y derrotada, y aun así la excitación no cedía.
***
El hombre del penacho se apartó para dejar su lugar a otro, más joven, que se plantó frente a mí y se desató el taparrabos. No tuve tiempo de pensar antes de que me penetrara de una sola embestida, hasta el fondo. Que algo así me cupiera me decía cuánto me había dilatado el ungüento. Cuando empezó a moverse dentro de mí, ya no pude más que convulsionarme y gritar. Mi propia humedad lo lubricaba todo, hasta que volví a estallar. Mi espasmo debió de arrastrarlo, porque lo sentí vaciarse del todo en mi interior, alargando mi orgasmo hasta dejar mi cuerpo temblando.
Después se acercó una mujer. Yo aún temblaba cuando empezó a lamerme el sexo, despacio, con una habilidad asombrosa. Recorría mis labios, rodeaba la entrada y rozaba apenas el clítoris. Me llevaba al borde del clímax y, justo entonces, se detenía para retomarlo segundos más tarde. Era una tortura: necesitaba correrme y ella no me lo permitía. Estaba pidiendo piedad en voz alta cuando noté un dedo deslizarse en mi ano. La molestia inicial cedió pronto y el placer creció. A ese dedo se sumó otro, y a la vez dos más entraron en mi vagina. Luego un tercero, un cuarto, un quinto: tenía su mano entera dentro de mí. Empezó a moverla con sabiduría mientras me lamía el clítoris sin tregua. El terremoto que me invadió superó cualquier cosa que pueda describirse con palabras. Grité, arqueé la espalda y volví a caer, sin fuerzas, sostenida solo por las cuerdas.
***
Me dejaron descansar apenas un instante antes de desatarme. Aunque era consciente de todo lo ocurrido, seguía excitada, con los pezones a punto de estallar y el sexo rezumando. Deseaba, más bien necesitaba, más.
De rodillas en el suelo, vi acercarse a dos hombres con sus miembros apuntándome. No lo dudé: comencé a lamerlos con avidez, como si me fuera la vida en ello. Casi sin darme cuenta, mi mano derecha bajó a mi propio sexo. Lo sentí abierto todavía, y mi clítoris, más grande aún, se estremecía al menor roce. Lo masajeé con suavidad mientras chupaba. Uno de ellos se corrió pronto sobre mi cara; el otro, sin aviso, me inundó la boca y casi me hizo atragantar. El morbo fue tal que, con unos pocos toques más, volví a gritar presa de otro orgasmo.
No me había recuperado cuando una muchacha de poco más de veinte años se plantó frente a mí, ofreciéndome su sexo. Fuera de mí, me lancé a degustarlo. Le lamí los labios y el clítoris como nunca antes lo había hecho con una mujer, mientras seguía dándome placer a mí misma. Aunque carecía de experiencia con otra mujer, conseguí que se corriera deprisa. Después me concentré en mí, ante la mirada de todos: dos dedos para acariciar mi punto más sensible y, al final, esa cereza enorme entre los dedos, estimulada casi como un sexo, hasta arrancarme otro clímax con grito incluido.
Estaba medio tendida cuando me pusieron a cuatro patas y otro me penetró. Cansada, seguía excitadísima. Cada embestida hacía saltar mis pechos, dolor y placer a la vez. Cuando estaba a punto, retiró el sexo de mi vagina y pugnó por entrar en mi ano. Nunca lo había permitido, pero no estaba en condiciones de oponerme. Quizá por la excitación, quizá por lo mojada que estaba, la penetración no fue difícil: una molestia inicial y después un placer indescriptible, que culminó en otro orgasmo largo cuando, sin querer, mi propia mano apretó la cereza en el instante justo.
***
Aunque cueste creerlo, estaba agotada y terriblemente excitada al mismo tiempo. Me tendí en el suelo con las piernas abiertas, esperando ser penetrada de nuevo. Y así fue, una y otra vez, hasta perder la cuenta de los hombres y de mis propios orgasmos. La verdad, ya no me importaba. Me sentía como una hembra en celo, suplicando más.
El final llegó cuando varios me alzaron y me bajaron lentamente sobre uno que estaba tendido, empalándome por detrás. Doloroso al principio, placentero poco después. Otro me penetró el sexo a la vez, y alguien más llenó mi boca. Me tomaban por todos lados mientras unas manos me apretaban los pechos. Tuve un orgasmo tras otro, encadenados, hasta que casi al unísono recibí su descarga en la boca, en el sexo y en el ano.
Me apartaron y me dejaron tendida, aún insatisfecha. Salté hacia el primer cuerpo que vi, pero dos hombres me sujetaron y me arrastraron de vuelta al tótem, donde volvieron a atarme de pies y manos. Presa de mi propia calentura, los maldije hasta romper a llorar. Necesitaba más, y ellos consideraban que ya era suficiente. Moví las piernas cuanto me permitían las cuerdas, buscando rozar el clítoris, pero, aunque estuve cerca, no lo logré.
Ahí estaba: atada, ardiendo y llorando sin consuelo.
El cansancio acabó por adormecerme. Cuando desperté, me estaban soltando. Me dieron de beber agua de un cuenco y dejaron a mis pies unas prendas. Dos hombres me indicaron que los siguiera. Recogí la ropa y obedecí. Comprendí que me acompañaban al lugar donde me habían capturado, para que pudiera encontrar el camino de regreso. Una vez allí, se internaron de nuevo en la espesura y me dejaron sola.
Vi mi rifle en el suelo y lo recogí, pensando en lo poco que me había servido. Me sentía extraña. La excitación había pasado, pero, al ajustarme las prendas, comprobé que el efecto del ungüento todavía persistía en parte. Ahora buscaría a mis compañeros. Era evidente que no podría contarles la historia tal como había sucedido; ya inventaría algo. Solo deseaba volver pronto a la civilización para averiguar de qué tribu se trataba y, quién sabe, tal vez regresar algún día a probar de nuevo aquella pócima.