Mi ama me marcó en pleno campo aquella tarde
El sol de la tarde caía blando sobre los campos, uno de esos días del final de la primavera en que el aire huele a hierba cortada y a tierra todavía caliente. Caminábamos despacio, sin rumbo, rozándonos los brazos cada pocos pasos. Renata llevaba una falda fina de algodón que el viento le levantaba un poco con cada racha. Yo iba en vaqueros y camiseta, con la ropa interior ya tirante desde que habíamos salido, y ella me miraba de reojo con esa sonrisa suya que siempre significaba lo mismo.
De pronto se detuvo. Me clavó la mirada sin decir nada. Solo eso, los ojos fijos. Luego, sin avisar, metió las dos manos por la cintura del pantalón, me desabrochó el botón con dedos rápidos y me bajó los vaqueros y los calzoncillos de un tirón hasta medio muslo. El aire fresco me golpeó la piel y se me puso dura casi al instante, más por la sorpresa que por otra cosa.
Se agachó un poco. Me miró desde abajo, con los ojos brillantes, y sin tocarme todavía con las manos acercó la boca y dejó caer un escupitajo largo y caliente justo en la punta. El líquido resbaló despacio por el glande, bajó por todo el tronco y goteó hacia abajo. Sentí el calor contra el frío del aire, el cosquilleo húmedo, un escalofrío que me subió por la espalda hasta la nuca.
No dijo una palabra. Se quedó mirando cómo su saliva se extendía, cómo brillaba bajo el sol. Después, con la misma calma con la que se había parado, me subió los calzoncillos y los ajustó bien contra la erección que ya era imposible disimular. Subió los vaqueros, me abrochó el botón y la cremallera como si acabara de recolocarme la ropa tras un tropiezo.
Se giró, me dio la mano como si no hubiera pasado nada y siguió andando.
—¿Seguimos? —dijo con voz tranquila, casi inocente.
Yo apenas podía hablar. La tenía latiendo dentro de la tela empapada, rozando el algodón con cada zancada. Cada movimiento era una tortura deliciosa. El camino seguía igual de calmo, los pájaros cantaban, el viento mecía las espigas, y yo avanzaba con esa sensación pegajosa y caliente entre las piernas, sabiendo que en cualquier momento podía volver a parar y repetirlo.
Caminamos un rato más, en silencio al principio. El sol bajaba ya, alargando las sombras de los olivos y los almendros que bordeaban el sendero. Cada paso hacía que la tela húmeda se pegara y se despegara, recordándome todo el tiempo lo que acababa de pasar. Renata me apretaba la mano de vez en cuando, como si nada, pero yo notaba que su respiración iba más rápida que antes.
***
Volvió a detenerse, esta vez junto a un matorral bajo que nos tapaba un poco del camino principal. Se giró hacia mí con la misma mirada traviesa, aunque ahora había algo más oscuro en sus ojos, algo más sucio.
—Date la vuelta —me dijo en voz baja, casi un susurro.
No pregunté. Me di la vuelta despacio y apoyé las manos en el tronco rugoso de un olivo viejo. Sentí sus dedos meterse otra vez por la cintura del pantalón. Esta vez no bajó todo de golpe: primero el botón, después la cremallera muy despacio, y luego tiró de los vaqueros y los calzoncillos juntos, lo justo para dejarme al aire. El frescor me rozó las nalgas y se me puso la piel de gallina.
Me separó las piernas con la rodilla y me abrió las nalgas con las dos manos, sin delicadeza. Noté el roce de sus uñas, el calor de sus palmas. Luego se agachó detrás de mí. Sentí su aliento muy cerca, primero en la piel, después más abajo.
Y entonces lo noté: un escupitajo largo, espeso, que cayó justo en el centro. Caliente, viscoso, resbaló despacio antes de que la gravedad lo arrastrara hacia abajo. El contraste fue brutal, el aire frío contra la saliva tibia que se enfriaba deprisa. Un escalofrío me recorrió entero, se me endureció todavía más y empecé a gotear solo contra la tela que aún me cubría por delante.
Renata no tocó nada más. Se quedó mirando cómo su saliva se extendía, cómo brillaba un segundo bajo la luz que se colaba entre las hojas. Luego, con los mismos dedos con los que me había abierto, empujó un poco hacia dentro, solo la yema, lo justo para que sintiera la presión y el resbalón húmedo. No entró del todo. Solo marcó territorio.
—Buen sumiso —murmuró, riéndose por lo bajo.
Volvió a subirme los calzoncillos y los vaqueros con calma, recolocándolo todo como si estuviera doblando una camisa. Cuando terminé de abrocharme, se puso delante, me miró a los ojos y me dio un beso suave en la boca.
—Ahora camina despacito —me dijo—. Quiero que lo sientas todo el rato.
Y seguimos. Cada paso movía la saliva, la extendía, la dejaba secar un poco y volvía a humedecerla. Todo me latía abajo, me contraía solo cada pocos metros, recordándome dónde habían estado su boca y su dedo.
El camino se estrechaba y entraba entre árboles más densos. Ella iba delante ahora, balanceando las caderas a propósito, sabiendo que yo la seguía tieso, mojado y con la cabeza llena de lo que podía pasar si paraba una tercera vez.
***
El sendero se había vuelto casi un pasillo entre zarzas y olivos retorcidos. El sol era ya un resplandor rojizo entre los troncos, el aire se había enfriado, pero yo seguía ardiendo por dentro. Renata caminaba delante, balanceándose con esa lentitud deliberada que sabía que me volvía loco.
De pronto se paró en seco, se giró y me encaró. Sus ojos tenían ese brillo peligroso, el que aparece cuando ya no hay marcha atrás.
—Para —me ordenó, aunque ya lo había hecho yo solo.
Se acercó hasta pegarse a mí, pecho contra pecho. Noté su calor a través de la ropa fina. Sin decir nada, levantó una mano y me agarró la mandíbula con fuerza, los dedos clavándose en las mejillas. Me obligó a abrir la boca despacio, como quien fuerza una puerta que no quiere ceder. Intenté resistirme un segundo, por puro instinto, pero ella apretó más y cedí. La boca se me abrió del todo, la lengua medio fuera, expuesta.
Entonces se inclinó, acercó su cara a la mía hasta que sentí su aliento en mis labios. Abrió la boca también, y sin aviso soltó un escupitajo fuerte, directo, abundante, que cayó justo en el centro de mi lengua. Húmedo, con ese sabor ligeramente salado que era puro ella. El impacto me hizo cerrar los ojos un instante; sentí cómo se extendía por la boca, cómo se mezclaba con la mía, cómo goteaba un poco por la comisura antes de que pudiera tragarlo.
No me dejó cerrar todavía. Me mantuvo la mandíbula abierta con la mano, mirándome fijo mientras aquello se deslizaba hacia atrás, hacia la garganta.
—Trágatelo todo —susurró, la voz ronca—. No desperdicies ni una gota.
Tragué. El sabor se me quedó pegado al paladar, cálido y dominante. Un escalofrío me bajó por la columna hasta donde todavía quedaba el rastro húmedo de antes. Me latía tan fuerte que dolía contra la tela.
Solo entonces me soltó la cara. Me limpió la comisura con el pulgar, como si borrara una mancha inocente, y sonrió con esa media sonrisa suya que siempre prometía más.
—Buen perrito —dijo otra vez, pero más bajo, más íntimo.
Me dio un beso rápido, uno que sabía a los dos mezclados, y siguió andando como si nada. Yo me quedé un segundo quieto, con la boca todavía marcada por ese regusto fuerte y la cabeza dando vueltas.
El sendero se metía ahora en una zona más cerrada, donde los árboles formaban casi un túnel. La luz entraba en rayos finos y el suelo estaba cubierto de hojas secas que crujían bajo los pies. Ella se giró un momento, me miró por encima del hombro y dijo:
—Ven. Aquí no nos ve nadie.
Y siguió andando, sabiendo que la seguiría. Sabiendo que lo que venía después iba a ser aún más sucio.
***
El camino se había vuelto casi invisible entre la maleza, un túnel de ramas que amortiguaba cualquier ruido del mundo exterior. El sol era ya solo un brillo rojizo entre los troncos y el aire olía a tierra húmeda. Renata se detuvo de nuevo, esta vez sin decir nada al principio. Se giró, me miró de arriba abajo como si evaluara una mercancía, y mantuvo la mirada con esa lentitud que me ponía los nervios de punta.
Primero vino lo de siempre, pero más intenso. Me agarró por la nuca con una mano, me obligó a inclinarme hacia ella, y con la otra me bajó de golpe los vaqueros y los calzoncillos hasta las rodillas. Salí tieso, brillante de saliva anterior. Se agachó, abrió la boca y soltó un escupitajo grueso, directo, que impactó con ruido húmedo y se escurrió rápido por todo el tronco. No se conformó con uno; repitió dos veces más, escupiendo con fuerza, como si quisiera marcarme entero y dejar claro que era suyo.
Después me giró de espaldas sin miramientos, me abrió las nalgas con las dos manos y repitió el ritual atrás: un escupitajo largo y caliente, seguido de otro que cayó más abajo y resbaló despacio. Sentí cómo la saliva se mezclaba con el sudor y con el rastro de antes, cómo todo se volvía un desastre pegajoso y caliente entre mis piernas.
Pero esta vez no se detuvo ahí.
Se enderezó, se metió las manos bajo la falda y, sin apartar los ojos de los míos, se bajó las bragas despacio. Eran de algodón negro, ya bastante usadas; el olor fuerte, íntimo, llegaba hasta mí antes de que terminara de quitárselas. Las sostuvo un segundo delante de mi cara, dejándome por fin olerlas bien, y luego me las acercó a la boca como si fueran una mordaza.
—Abre —ordenó.
Abrí. Me metió la tela dentro, húmeda y caliente, pegándose a la lengua, el sabor llenándome la boca entera. Las dejó ahí un momento, observándome, y después volvió a sacarlas. Las desdobló con cuidado y me las pasó por la punta, frotando para que se impregnara de mí mezclado con su olor.
—Póntelas —dijo, y me las tendió.
Me las puse. La tela ajustada, ya húmeda, se pegó a la piel dura y a la parte de atrás todavía mojada de saliva. El roce era brutal: cada movimiento hacía que la mancha de ella rozara mi glande. Me subí los vaqueros por encima, pero se notaba todo, el bulto, el olor que se escapaba por la cremallera entreabierta.
***
Seguimos andando. Apenas habíamos dado unos pasos cuando Renata se giró otra vez, se levantó la falda del todo y se agachó un poco, las piernas separadas.
—Mírame.
Se relajó visiblemente. Un chorro caliente empezó a salir de ella, salpicando el suelo entre sus pies, empapando la tierra seca. Fue abundante, dorado, con un olor fuerte que se me metió en la cabeza. Continuó hasta que el chorro se volvió más fino y goteante, resbalándole por los muslos.
—Límpialo, perro —me ordenó, señalando con la barbilla—. Con la lengua, todo, hasta la última gota.
Me arrodillé delante de ella sin pensarlo. Primero al frente: lamí de abajo hacia arriba, recogiendo lo que todavía goteaba, el sabor salado y amargo mezclándose con su flujo. Metí la lengua entre los pliegues, limpiándolos, succionando con avidez cuanto encontraba.
Después me dediqué a la parte de atrás: le separé las nalgas y lamí, todavía húmeda de gotas, metiendo la punta de la lengua, saboreándolo todo.
Ella gemía bajito, una mano en mi pelo empujándome más adentro, la otra sujetándose la falda subida hasta la cintura. Soy suyo del todo, pensé, y no quiero estar en ningún otro sitio.
Cuando lo creyó suficiente se apartó un poco y me miró desde arriba con esa mirada sucia que reserva para cuando me humilla.
—Ahora córrete en mis bragas como el perro salido que eres. Quiero que las llenes.
Me bajé los vaqueros lo justo y saqué la polla de dentro de sus bragas, ya pegajosas de los dos. Empecé a masturbarme delante de ella, rápido, furioso, con la imagen de todo lo que había pasado grabada en la cabeza: los escupitajos, el chorro caliente, su olor en mi boca.
No tardé mucho. El orgasmo llegó como un latigazo, en chorros gruesos y calientes que cayeron directos dentro de la tela que sostenía en la mano, empapando justo la parte que antes la cubría a ella, mezclándose con todo lo demás.
Terminé jadeando. Me quitó las bragas de la mano, las dobló con cuidado para que nada se escapara y volvió a ponérselas. Se las ajustó, frotándose un poco para que todo entrara bien.
Se bajó la falda, me dio un beso con lengua que sabía a todo lo que habíamos hecho y seguimos caminando como si nada.
***
El sol ya se había escondido del todo. El camino de vuelta era largo. Yo sentía en cada paso cómo todavía latía el deseo de tenerla, y ella sentía el rastro caliente enfriándose dentro de la tela, contra la piel, recordándole lo mismo que a mí.
Yo iba con la parte de atrás aún húmeda y la boca con regusto a ella. Los dos queríamos llegar. Los dos sabíamos lo que nos esperaba en casa.