Empoderada de día, sumisa cuando él lo pide
No quería escribir esto. De verdad que no. Lo que voy a contar solo se lo he contado a tres o cuatro personas en toda mi vida, gente de absoluta confianza, el tipo de amigos con quienes puedes reírte hasta las lágrimas recordando las anécdotas más turbias que has vivido. Y las más extrañas suelen ser las mejores.
Pero esto es distinto. Es un encargo de mi novio. Diego es un morboso sin remedio, y eso es precisamente lo que más me gusta de él. No podría estar con alguien convencional, con quien no pudiera hablar de cualquier cosa sin sentirme juzgada. La verdad es que él me supera con creces en ese terreno, aunque yo nunca he sido precisamente inocente.
Desde pequeña sentí curiosidad por lo que no debía. Empecé a explorar mi cuerpo muy joven, escondida bajo las sábanas con las revistas eróticas que le robaba a mi padre de un cajón cerrado con llave que yo había aprendido a abrir. A los doce años, durante unas vacaciones familiares en Extremadura, encontré en la tienda de campaña una novela que mi madre había dejado tirada por ahí. Era un libro que no era para mí, y me lo terminé en dos tardes. Creo que algo en mi cabeza se reconfiguró entonces y ya no tuvo vuelta atrás.
***
Llevo cuatro años con Diego. Cada uno en su piso, con nuestros hijos de relaciones anteriores, sin ataduras innecesarias. Es un caballero en la calle y otra cosa completamente distinta en la cama, como a mí me gusta. Nos conocimos porque yo buscaba fotógrafo para actualizar mi book de imagen; hago trabajos ocasionales de modelo y necesitaba fotos nuevas. Cuando hablamos por teléfono por primera vez me conquistó su voz, ese timbre bajo y pausado, con ese acento difícil de ubicar que arrastra de haber vivido varios años fuera del país.
Al final no coincidimos en fechas y lo dejamos ahí. Nos seguíamos en redes sociales y su foto de perfil no me dejaba indiferente: un retrato en blanco y negro, cara de niño bueno con el ceño levemente fruncido y unos labios que desmentían por completo esa mirada inocente. La combinación me ponía nerviosa, pero de la manera que me gusta ponerme nerviosa.
Unos meses después coincidimos en una fiesta privada. Yo llevaba encima dos copas de vino y llevaba puesto un vestido que no dejaba demasiado a la imaginación. Cuando lo vi aparecer entre la gente con esa sonrisa ladeada, supe que esa noche iba a pasar algo. Vi sus ojos bajar un momento, rápido, casi furtivo, y luego volver a mi cara como si nada. Ahí empezó todo.
Aunque no me he presentado todavía. Treinta y ocho años, metro setenta, morena, ojos oscuros y una melena ondulada a la altura de los hombros. Labios carnosos, dientes con ese pequeño espacio entre los incisivos que mucha gente parece encontrar atractivo. Llevo años haciendo ejercicio con constancia y se nota, especialmente en las piernas y en el abdomen. Pero lo que más comentarios recibe, lo que la gente mira sin disimulo cuando camino por la calle, es el trasero. Soy muy consciente de ello y no me molesta en absoluto. Me he ganado cada centímetro.
***
La primera noche juntos llegó sin planificación. Diego me acompañó a casa después de hacer unos recados, y yo decidí que ya era hora de saber con quién estaba tratando. Tomé un par de cervezas para acelerar el proceso, lo empujé hacia el sofá y me moví delante de él hasta que noté la reacción que buscaba. Le mordí la boca. Moví las caderas adelante y atrás sobre su regazo para medir el terreno.
Entonces me pellizcó un pezón. Fuerte.
Me dolió. Y me mojé entera.
Ese instinto suyo, esa capacidad de intuir exactamente qué necesito sin que yo diga nada, fue lo que me decidió. Tengo la piel muy sensible, al mínimo contacto me quedo roja, y sin embargo empiezo a perder el juicio cuando me tratan sin demasiadas contemplaciones. Me subí encima de él y no paré de moverme. Estaba tan excitada que me vine varias veces seguidas sin apenas tiempo para recuperarme.
Cuando no pude más, me arrodillé. No había ninguna timidez en ese momento. Me lo metí entero en la boca hasta el fondo, saqué la lengua todo lo que pude y empujé. Tengo esa fijación, lo reconozco abiertamente: lo que más me excita es que me agarren de la cabeza y me usen sin contemplaciones, pero ese primer día no me atreví a pedírselo. Me quedé ahí bastante tiempo, con los ojos llorosos y la garganta cerrada en ese punto exacto en el que la incomodidad y el placer se confunden y ya no distingues uno del otro.
Cuando él se cansó de observarme, me giró, me sujetó por las caderas y me penetró directamente por detrás. Sin previo aviso. Yo ya estaba tan abierta que no fue ningún problema. Me aferró los antebrazos con fuerza, arremetió hasta que sentí el calor corriéndome por dentro y me quedé quieta, doblada, sin poder mover un músculo.
***
Lo demás es historia. Ahí seguimos cuatro años después, aunque mantener el nivel no siempre es fácil. Diego me pide que le cuente mis fantasías, que le hable de mi pasado, que no me calle nada. Me costó mucho tiempo confesarle que soy sumisa. En el día a día soy una persona segura, independiente, con las ideas muy claras y la lengua afilada. No me dejo pisar por nadie. Pero cuando estoy en la intimidad con alguien en quien confío del todo, algo se apaga en mí. Me he dejado hacer de todo: atarme, humillarme, escupirme, golpearme. Sobre todo con hombres a los que apenas conocía, de los que no esperaba nada más allá de esa noche.
Tuve una juventud muy intensa. Durante años trabajé en el mundo del espectáculo y los eventos nocturnos. Aquel ambiente tenía sus propias reglas y su propio ritmo, y yo encajaba perfectamente en él. Creo que he archivado algunas escenas de esa época en alguna carpeta sin nombre. No porque me arrepienta, sino porque hay cosas que el cerebro decide guardar sin preguntar.
A Diego le vuelve loco que le cuente los detalles. Los más sucios, los que tienen menos de amor y más de instinto puro. Me pregunta por ellos mientras follamos, quiere más siempre, más nombres, más circunstancias, más vergüenza por mi parte. El problema es que soy muy cerebral, y en el momento en que empiezo a hablar y narrar, dejo de estar presente en mi cuerpo. Para mí el placer más intenso viene de apagar el interruptor. De no pensar. De convertirme en algo que solo existe para recibir.
***
Hace algo más de un año me llamaron para trabajar como maquilladora en un rodaje en Almería. Dos días de trabajo para una producción europea, alojamiento incluido en un hotel de cinco estrellas cerca del set. Fue un regalo inesperado. Íbamos un equipo numeroso y el trabajo fue bien, sin grandes dramas. El último día, cuando ya habían desmontado y la tensión de los últimos dos días se había disuelto, un grupo nos fuimos a cenar al puerto.
Ahí estaba Marc.
Francés, alto, rubio casi blanco, con los ojos de ese verde grisáceo que no sabes bien si es azul o no. Lo conocía de vista: era amigo de un compañero de trabajo y había estado rondando el set durante los dos días sin que yo le prestara demasiada atención. No era mi tipo. Tengo una teoría que viene de familia: mi hermana mayor es rubia y quizás por eso nunca me han atraído los rubios, casi siempre me he sentido atraída por los rasgos oscuros. Pero Marc tenía una voz que compensaba todo lo demás. Grave, deliberadamente lenta, como si cada frase fuera un secreto que te confiaba solo a ti.
Durante la cena la conversación fue derivando hacia el territorio donde me siento más cómoda: sexo, deseo, los límites que cada persona dibuja de manera distinta. Acabamos jugando a ver quién aguantaba más sin reírse mientras decía barbaridades en distintos idiomas. Marc ganó sin despeinarse. Eso no hizo más que complicar las cosas.
Solo quería coquetear. Sentir esa energía específica del interés ajeno, esa sensación de ser deseada sin que nada tenga que pasar necesariamente. Pero los planes raramente sobreviven a la tercera botella de vino.
***
Después de cenar, el grupo migró hacia un bar cercano al paseo marítimo. Era un local con una estética circense exagerada: lonas de rayas amarillas y rojas en el techo, focos cálidos y, en el centro, una barra de pole dance que nadie estaba usando todavía. Me tomé otra copa y traté de no mirar a Marc más de lo razonable.
Marc se apoyó en la barra a mi lado con esa indiferencia calculada de quien sabe exactamente lo que hace. Me preguntó si sabía bailar en esa barra. Le dije que sabía hacer muchas cosas que no esperaría de mí.
—¿Como cuáles, por ejemplo? —dijo en un español perfecto pero con la voz un tono más baja de lo necesario.
No contesté con palabras.
Me quité los zapatos y me subí a la barra.
No voy a fingir que no lo había hecho antes. Los años de baile y las horas de ejercicio sirven para algo. El silencio que se instaló en el grupo cuando empecé a moverme fue más elocuente que cualquier comentario. Marc no apartó los ojos ni un segundo. Cuando bajé, estaba esperando exactamente donde lo había dejado. Se inclinó hacia mi oído y me dijo algo en francés que entendí perfectamente, aunque tuve la educación de fingir que no.
—Lo he entendido —le dije.
Sonrió. Y yo ya sabía cómo iba a terminar esa noche.
***
El pasillo del hotel olía a aire acondicionado y alfombra nueva. Marc abrió la puerta de su habitación y la dejó abierta para que yo decidiera. Entré sin dudar.
No hubo conversación innecesaria. Me empujó contra la pared de espaldas, con una mano en la nuca y la boca en mi cuello, y yo cerré los ojos y me entregué. Así funciona conmigo. No el romance ni los prolegómenos eternos: la certeza de que quien tengo delante sabe lo que quiere y no va a pedirme permiso para tomarlo.
Me dobló sobre la cama, me sujetó las muñecas sobre la espalda y pasó varios minutos demostrando que no tenía ninguna prisa. Alternaba la presión con la calma de una manera que me dejaba sin referencias. Cuando pensé que ya no aguantaba más, se detuvo. Me hizo girarme. Me miró fijamente.
—Dime qué necesitas —dijo.
Fue esa frase. Esa fue la que lo cambió todo.
Porque nadie me lo había preguntado así antes. Sin rodeos, sin miedo, mirándome como si la respuesta le importara de verdad. Y lo que salió de mi boca fue la primera vez que lo decía en voz alta con alguien que no fuera Diego: qué necesitaba exactamente, cómo quería que me usara, qué parte de mí quería apagar esa noche.
Marc escuchó. Asintió una sola vez. Y cumplió hasta el último detalle.
Cuando por fin me soltó, pasada la medianoche, me quedé mirando el techo durante un buen rato sin mover nada. El interruptor seguía apagado y estaba bien así. Por primera vez en mucho tiempo no había ningún pensamiento dando vueltas, ninguna lista mental, ninguna preocupación. Solo el silencio y el cuerpo pesado sobre la cama.
***
Esto es lo que Diego me pidió que escribiera.
No sé si era exactamente esto. Probablemente quería más detalles, más crudeza, más de los momentos que he resumido en frases cortas porque mi cerebro sigue resistiéndose a verbalizarlos por escrito. Pero es lo que puedo dar hoy.
Mañana le preguntaré si le ha bastado. Y si no, ya encontraremos la manera de compensarlo.