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Relatos Ardientes

Empoderada de día, sumisa cuando él lo pide

No quería escribir esto. De verdad que no. Lo que voy a contar solo se lo he contado a tres o cuatro personas en toda mi vida, gente de absoluta confianza, el tipo de amigos con quienes puedes reírte hasta las lágrimas recordando las anécdotas más turbias que has vivido. Y las más extrañas suelen ser las mejores.

Pero esto es distinto. Es un encargo de mi novio. Diego es un morboso sin remedio, y eso es precisamente lo que más me gusta de él. No podría estar con alguien convencional, con quien no pudiera hablar de cualquier cosa sin sentirme juzgada. La verdad es que él me supera con creces en ese terreno, aunque yo nunca he sido precisamente inocente.

Desde muy joven sentí curiosidad por lo que no debía. Empecé a explorar mi cuerpo escondida bajo las sábanas con las revistas eróticas que le robaba a mi padre de un cajón cerrado con llave que yo había aprendido a abrir. Recuerdo mirarme el coño en el espejo del baño, abrirme los labios con dos dedos y estudiarme como si fuera un mapa desconocido, morderme la mano para no gemir cuando encontraba el punto exacto en el que todo se ponía a temblar. Algo en mi cabeza se reconfiguró entonces y ya no tuvo vuelta atrás.

***

Llevo cuatro años con Diego. Cada uno en su piso, con nuestros hijos de relaciones anteriores, sin ataduras innecesarias. Es un caballero en la calle y otra cosa completamente distinta en la cama, como a mí me gusta. Nos conocimos porque yo buscaba fotógrafo para actualizar mi book de imagen; hago trabajos ocasionales de modelo y necesitaba fotos nuevas. Cuando hablamos por teléfono por primera vez me conquistó su voz, ese timbre bajo y pausado, con ese acento difícil de ubicar que arrastra de haber vivido varios años fuera del país.

Al final no coincidimos en fechas y lo dejamos ahí. Nos seguíamos en redes sociales y su foto de perfil no me dejaba indiferente: un retrato en blanco y negro, cara de niño bueno con el ceño levemente fruncido y unos labios que desmentían por completo esa mirada inocente. La combinación me ponía nerviosa, pero de la manera que me gusta ponerme nerviosa. Muchas noches me metí la mano dentro de las bragas pensando en esa boca.

Unos meses después coincidimos en una fiesta privada. Yo llevaba encima dos copas de vino y llevaba puesto un vestido que no dejaba demasiado a la imaginación. Cuando lo vi aparecer entre la gente con esa sonrisa ladeada, supe que esa noche iba a pasar algo. Vi sus ojos bajar un momento, rápido, casi furtivo, y luego volver a mi cara como si nada. Ahí empezó todo.

Aunque no me he presentado todavía. Treinta y ocho años, metro setenta, morena, ojos oscuros y una melena ondulada a la altura de los hombros. Labios carnosos, dientes con ese pequeño espacio entre los incisivos que mucha gente parece encontrar atractivo. Llevo años haciendo ejercicio con constancia y se nota, especialmente en las piernas y en el abdomen. Pero lo que más comentarios recibe, lo que la gente mira sin disimulo cuando camino por la calle, es el culo. Soy muy consciente de ello y no me molesta en absoluto. Me he ganado cada centímetro.

***

La primera noche juntos llegó sin planificación. Diego me acompañó a casa después de hacer unos recados, y yo decidí que ya era hora de saber con quién estaba tratando. Tomé un par de cervezas para acelerar el proceso, lo empujé hacia el sofá y me moví delante de él hasta que noté la reacción que buscaba. Le mordí la boca. Moví las caderas adelante y atrás sobre su regazo, notando cómo la tela del pantalón se tensaba debajo de mí, cómo la polla se le levantaba dura contra mi coño solo separada por dos capas de tela.

Entonces me pellizcó un pezón. Fuerte. Retorciéndolo entre los dedos hasta que se me escapó un quejido.

Me dolió. Y me mojé entera. Sentí la humedad calarme las bragas y bajarme por la cara interna del muslo.

Ese instinto suyo, esa capacidad de intuir exactamente qué necesito sin que yo diga nada, fue lo que me decidió. Tengo la piel muy sensible, al mínimo contacto me quedo roja, y sin embargo empiezo a perder el juicio cuando me tratan sin demasiadas contemplaciones. Me arrancó el vestido por arriba de un tirón, me dejó en bragas encima de él y me chupó los pezones con la boca abierta, mordiéndolos, tirando de ellos hacia arriba con los dientes hasta que se me arqueó la espalda sola. Después bajó la mano, me apartó las bragas de un lado y me metió dos dedos hasta el fondo, sin transición, mientras me sujetaba la nuca con la otra.

—Estás empapada —murmuró contra mi cuello—. Joder, cómo mojas.

Me subí encima y no paré de moverme, cabalgándole los dedos, follándomelos yo sola. Estaba tan excitada que me vine varias veces seguidas sin apenas tiempo para recuperarme, con las piernas temblando y los pezones aún doloridos de sus mordiscos.

Cuando no pude más, me arrodillé entre sus rodillas. No había ninguna timidez en ese momento. Le desabroché el cinturón, le bajé el pantalón y la ropa interior de un tirón y me lo encontré delante de la cara: dura, gruesa, con una gota transparente asomando en la punta. La lamí despacio, de la base al glande, mirándolo a los ojos. Después abrí la boca todo lo que pude y me lo metí entero hasta el fondo, saqué la lengua todo lo que pude y empujé hasta que la nariz me chocó contra el vello de su pubis.

Tengo esa fijación, lo reconozco abiertamente: lo que más me excita es que me agarren de la cabeza y me usen la boca sin contemplaciones, como si fuera un coño más. Ese primer día no me atreví a pedírselo, pero él lo intuyó igualmente. Me enredó los dedos en el pelo, apretó el puño y empezó a marcarme el ritmo, a follarme la boca sin dejarme respirar entre embestida y embestida. Me quedé ahí bastante tiempo, con los ojos llorosos, la máscara de pestañas corriéndome por las mejillas y la garganta cerrada en ese punto exacto en el que la incomodidad y el placer se confunden y ya no distingues uno del otro. Se me caía la baba por la barbilla y me la dejaba caer sobre las tetas.

Cuando él se cansó de observarme, me giró de golpe, me tiró de rodillas contra el sofá con el culo en pompa, me sujetó por las caderas y me la clavó directamente por detrás. Sin previo aviso. Yo ya estaba tan abierta y tan mojada que se la tragué entera de una sola embestida, y solo pude gemir con la cara aplastada contra el cojín. Me aferró los antebrazos con fuerza, cruzándomelos en la espalda a modo de brida, y empezó a follarme con embestidas largas y profundas, sacándomela casi entera para volver a metérmela hasta el fondo. El sonido de sus caderas chocándome contra el culo llenó el salón. Me dio un cachete abierto, luego otro, hasta dejarme la nalga ardiendo. Arremetió hasta que sentí la polla hincharse dentro de mí y el calor de la corrida corriéndome por dentro, chorro tras chorro, y me quedé quieta, doblada, con el semen escurriéndoseme por la cara interna del muslo, sin poder mover un músculo.

***

Lo demás es historia. Ahí seguimos cuatro años después, aunque mantener el nivel no siempre es fácil. Diego me pide que le cuente mis fantasías, que le hable de mi pasado, que no me calle nada. Me costó mucho tiempo confesarle que soy sumisa. En el día a día soy una persona segura, independiente, con las ideas muy claras y la lengua afilada. No me dejo pisar por nadie. Pero cuando estoy en la intimidad con alguien en quien confío del todo, algo se apaga en mí. Me he dejado hacer de todo: atarme con las muñecas a la espalda, taparme la boca, humillarme con palabras, escupirme en la cara, follarme por los tres agujeros la misma noche, obligarme a tragarme corridas ajenas mientras alguien me miraba desde el otro lado de la cama. Sobre todo con hombres a los que apenas conocía, de los que no esperaba nada más allá de esa noche.

Tuve una juventud muy intensa. Durante años trabajé en el mundo del espectáculo y los eventos nocturnos. Aquel ambiente tenía sus propias reglas y su propio ritmo, y yo encajaba perfectamente en él. Creo que he archivado algunas escenas de esa época en alguna carpeta sin nombre. No porque me arrepienta, sino porque hay cosas que el cerebro decide guardar sin preguntar.

A Diego le vuelve loco que le cuente los detalles. Los más sucios, los que tienen menos de amor y más de instinto puro. Me pregunta por ellos mientras follamos, con la polla enterrada dentro de mí hasta el fondo, quiere más siempre, más nombres, más circunstancias, más vergüenza por mi parte. "Cuéntame cómo te la metió", "cuéntame dónde te corriste", "dime si te la tragaste". El problema es que soy muy cerebral, y en el momento en que empiezo a hablar y narrar, dejo de estar presente en mi cuerpo. Para mí el placer más intenso viene de apagar el interruptor. De no pensar. De convertirme en algo que solo existe para recibir vergas, dedos, lenguas, corridas, órdenes.

***

Hace algo más de un año me llamaron para trabajar como maquilladora en un rodaje en Almería. Dos días de trabajo para una producción europea, alojamiento incluido en un hotel de cinco estrellas cerca del set. Fue un regalo inesperado. Íbamos un equipo numeroso y el trabajo fue bien, sin grandes dramas. El último día, cuando ya habían desmontado y la tensión de los últimos dos días se había disuelto, un grupo nos fuimos a cenar al puerto.

Ahí estaba Marc.

Francés, alto, rubio casi blanco, con los ojos de ese verde grisáceo que no sabes bien si es azul o no. Lo conocía de vista: era amigo de un compañero de trabajo y había estado rondando el set durante los dos días sin que yo le prestara demasiada atención. No era mi tipo. Tengo una teoría que viene de familia: mi hermana mayor es rubia y quizás por eso nunca me han atraído los rubios, casi siempre me he sentido atraída por los rasgos oscuros. Pero Marc tenía una voz que compensaba todo lo demás. Grave, deliberadamente lenta, como si cada frase fuera un secreto que te confiaba solo a ti.

Durante la cena la conversación fue derivando hacia el territorio donde me siento más cómoda: sexo, deseo, los límites que cada persona dibuja de manera distinta. Acabamos jugando a ver quién aguantaba más sin reírse mientras decía barbaridades en distintos idiomas. Marc ganó sin despeinarse. Eso no hizo más que complicar las cosas.

Solo quería coquetear. Sentir esa energía específica del interés ajeno, esa sensación de ser deseada sin que nada tenga que pasar necesariamente. Pero los planes raramente sobreviven a la tercera botella de vino. Y yo ya llevaba encima el vino y la certeza de que las bragas estaban perdiendo la batalla desde el segundo plato.

***

Después de cenar, el grupo migró hacia un bar cercano al paseo marítimo. Era un local con una estética circense exagerada: lonas de rayas amarillas y rojas en el techo, focos cálidos y, en el centro, una barra de pole dance que nadie estaba usando todavía. Me tomé otra copa y traté de no mirar a Marc más de lo razonable.

Marc se apoyó en la barra a mi lado con esa indiferencia calculada de quien sabe exactamente lo que hace. Me preguntó si sabía bailar en esa barra. Le dije que sabía hacer muchas cosas que no esperaría de mí.

—¿Como cuáles, por ejemplo? —dijo en un español perfecto pero con la voz un tono más baja de lo necesario.

No contesté con palabras.

Me quité los zapatos y me subí a la barra.

No voy a fingir que no lo había hecho antes. Los años de baile y las horas de ejercicio sirven para algo. El silencio que se instaló en el grupo cuando empecé a moverme fue más elocuente que cualquier comentario. Marc no apartó los ojos ni un segundo. Cuando bajé, estaba esperando exactamente donde lo había dejado. Se inclinó hacia mi oído y me dijo algo en francés que entendí perfectamente, aunque tuve la educación de fingir que no. Algo sobre lo que quería hacerme con esa boca y con ese culo.

—Lo he entendido —le dije.

Sonrió. Y yo ya sabía cómo iba a terminar esa noche.

***

El pasillo del hotel olía a aire acondicionado y alfombra nueva. Marc abrió la puerta de su habitación y la dejó abierta para que yo decidiera. Entré sin dudar.

No hubo conversación innecesaria. Me empujó contra la pared de espaldas, con una mano en la nuca y la boca en mi cuello, y yo cerré los ojos y me entregué. Así funciona conmigo. No el romance ni los prolegómenos eternos: la certeza de que quien tengo delante sabe lo que quiere y no va a pedirme permiso para tomarlo. Me metió la mano por debajo del vestido, me apartó las bragas y me pasó dos dedos por la raja del coño de arriba abajo.

—Mouillée —murmuró contra mi oreja, casi riéndose—. Empapada.

Me arrancó las bragas de un tirón y se las guardó en el bolsillo de la chaqueta. Me giró bruscamente y me estampó la cara contra la pared. Sentí sus dedos volver a entrarme, esta vez tres, curvándose dentro para buscarme el punto exacto. Los sacaba, me los pasaba por los labios y me obligaba a chuparlos limpios de mi propio flujo. Cuando pensó que ya estaba lo suficientemente dócil, me arrastró hacia la cama tirándome del pelo.

Me dobló boca abajo sobre el borde del colchón, me sujetó las muñecas cruzadas sobre la espalda con una sola mano y pasó varios minutos demostrando que no tenía ninguna prisa. Me abrió las nalgas con la otra mano y bajó la cabeza. Sentí su lengua recorrerme entera, de abajo arriba, deteniéndose en el ojete, presionándolo con la punta, bajando después a metérsela toda en el coño. Comía como si le hubieran negado la comida durante semanas, chupándome los labios, mordisqueándome el clítoris, penetrándome con la lengua rígida hasta hacerme gritar contra la sábana.

Se levantó, se desnudó sin dejar de mirarme, y cuando me giré para verlo me quedé sin respiración. La tenía enorme, gruesa, curvada hacia arriba y goteando ya. Se acercó a mi cara y me la puso contra los labios.

—Abre —dijo.

Abrí. Me la metió hasta la campanilla de la primera embestida. La saqué con arcadas, hilos de saliva colgándome de la boca, y él me la volvió a meter, más hondo, sujetándome la cabeza con las dos manos ahora, follándome la garganta a su ritmo. Se me llenaron los ojos de lágrimas y se me corrió el maquillaje a manchones negros por las mejillas. No paró. Me la sacaba, me golpeaba los labios con ella, me daba bofetadas suaves en la cara con la polla mojada de mi propia saliva, y volvía a metérmela. Al cabo de un rato le pedí, con la voz rota:

—Fóllame ya. Por favor.

Volvió a doblarme sobre la cama. Alternaba la presión con la calma de una manera que me dejaba sin referencias. Me metía la polla hasta el fondo y se quedaba quieto un instante, dejándome sentir cada milímetro dentro, para después salir del todo y empezar a azotarme el culo con la mano abierta. Cuando pensé que ya no aguantaba más, se detuvo. Me hizo girarme. Me miró fijamente.

—Dime qué necesitas —dijo.

Fue esa frase. Esa fue la que lo cambió todo.

Porque nadie me lo había preguntado así antes. Sin rodeos, sin miedo, mirándome como si la respuesta le importara de verdad. Y lo que salió de mi boca fue la primera vez que lo decía en voz alta con alguien que no fuera Diego: qué necesitaba exactamente, cómo quería que me usara, qué parte de mí quería apagar esa noche. Le dije que quería que me tratara como a una puta cualquiera. Que me insultara. Que me follara los tres agujeros. Que me obligara a tragarme todo lo que soltara.

Marc escuchó. Asintió una sola vez. Y cumplió hasta el último detalle.

Me puso boca arriba, me abrió las piernas empujándomelas contra el pecho y me la clavó entera hasta hacerme gritar. Me follaba mirándome a los ojos, escupiéndome en la boca abierta, agarrándome del cuello con la mano justa como para hacerme sentir la presión sin cortarme el aire. Me llamó puta en tres idiomas. Me hizo repetir en voz alta que era su puta, que quería que me llenara entera, que no iba a parar hasta que me corriera tres veces.

Y me corrí. Me corrí sobre su polla con las piernas temblándome, apretándolo dentro de mí a espasmos. Antes de que pudiera recuperarme me giró a cuatro patas, me escupió en el ojete y me pasó la punta por ahí despacio, presionando hasta abrirme. Entró poco a poco, dejándome tiempo a acostumbrarme al calibre, y cuando estuvo dentro del todo empezó a follarme el culo con embestidas largas, sacándomela hasta el glande para volvérmela a hundir. Me metió los dedos en el coño al mismo tiempo, y esa doble sensación me hizo perder por completo la cabeza. Me corrí otra vez, mordiendo la almohada, con lágrimas cayéndome por la cara sin saber muy bien por qué.

Terminó tirándome sobre la espalda, sentándose a horcajadas sobre mi pecho y masturbándose encima de mi cara. Yo saqué la lengua y le abrí la boca en aceptación. Se corrió a chorros: en la lengua, en los labios, en la nariz, en los párpados cerrados. Un chorro grueso, caliente, que parecía no acabarse nunca. Me obligó a mantenerlo todo en la boca antes de tragar, mirándomelo escurrir por la comisura. Después metió dos dedos, recogió lo que se había caído a las mejillas y me lo empujó dentro también.

—Ahora tragas —dijo.

Tragué.

Cuando por fin me soltó, pasada la medianoche, me quedé mirando el techo durante un buen rato sin mover nada, desnuda, con las marcas de sus dedos en los muslos y las nalgas ardiendo. El interruptor seguía apagado y estaba bien así. Por primera vez en mucho tiempo no había ningún pensamiento dando vueltas, ninguna lista mental, ninguna preocupación. Solo el silencio, el olor a semen, y el cuerpo pesado sobre la cama.

***

Esto es lo que Diego me pidió que escribiera.

No sé si era exactamente esto. Probablemente quería más detalles, más crudeza, más de los momentos que he resumido en frases cortas porque mi cerebro sigue resistiéndose a verbalizarlos por escrito. Pero es lo que puedo dar hoy.

Mañana le preguntaré si le ha bastado. Y si no, ya encontraremos la manera de compensarlo. Seguramente de rodillas, con la boca abierta, mientras me hace repetir cada detalle en voz alta.

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Comentarios(9)

Tuki_87

increible, uno de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

Pili_lectora

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas. Tremendo relato

Roxana_del_sur

Me senti muy identificada con esto. Esa dualidad existe y pocas veces la cuentan tan bien

NocheLibre23

5 estrellas sin dudarlo

CarmenDelSur

Que bien que alguien ponga en palabras algo que tanta gente vive pero no sabe como explicar. Se siente real y sin artificios. Sigan subiendo relatos asi!

LectorAndaluz

Me pregunto si habra continuacion con el punto de vista de el... seria muy interesante verlo desde ese lado

DominioTotal

Relato muy bien logrado. La tension se mantiene de principio a fin. Saludos

Manu_del_norte

jeje me tuvo enganchado hasta la ultima linea, tremendo

RominaGV

Buenisimo. Me recordo a una situacion parecida que vivi hace unos años. Hay algo muy poderoso en esa dinamica que no se puede explicar facilmente, pero este relato se acerca bastante jaja

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