Atrapada por la criatura en las ruinas oscuras
La ciudad lleva semanas muerta. Los edificios que antes se alzaban orgullosos ahora son cáscaras vaciadas, con las fachadas desgarradas y los interiores expuestos al cielo gris. Corres entre los escombros con los pulmones ardiendo, sin un destino claro, solo con la certeza de que algo te sigue desde hace horas y de que ese algo no tiene ninguna prisa.
Llevas vaqueros y una blusa que ya no está del todo entera. La tela se enganchó en los bordes dentados de lo que fue una valla metálica, hace dos calles, y ahora cuelga abierta por la espalda. No te detuviste a ver cuánto se había rasgado. No podías.
El Devorador lleva horas jugando contigo.
Lo has visto moverse dos veces: una sombra alargada, de proporciones que no encajan con ningún animal conocido, deslizándose por los bordes superiores de los edificios con una facilidad que no debería ser posible para nada vivo. Es más rápido que cualquier cosa que hayas visto. Si quisiera atraparte, hace mucho que lo habría hecho. Y eso significa que no quiere. Todavía no.
Quiere que te canses. Que pierdas la esperanza. Que lo aceptes.
Te detienes en el hueco de lo que fue una farmacia. El suelo está cubierto de polvo blanco y cristales rotos. Te aprietas contra la pared más alejada de la entrada y cierras los ojos con fuerza. El corazón te golpea el pecho como si quisiera salir. Tienes los brazos llenos de arañazos de las últimas horas de carrera, y la mejilla derecha arde donde un fragmento de cemento te rozó al pasar entre dos columnas derrumbadas.
Abres los ojos.
No hay ningún ruido. Ni pasos, ni el raspar de algo moviéndose, ni el viento. Solo tu respiración, que te parece demasiado alta en este silencio.
El silencio en estas ruinas es diferente al silencio normal. No tiene fondo. No tiene fondo porque algo lo está llenando desde un lugar que no puedes identificar. Y eso es peor que cualquier sonido.
Aprietas la navaja suiza con los dedos. Cuatro centímetros de hoja. Sería suficiente para rasgar tela, para herir a un humano, para servir de algo en un contexto normal. Aquí no sirve de nada y lo sabes. Lo sabías cuando la cogiste. Pero tener algo entre los dedos es la única diferencia entre mantener la calma y perderla del todo.
Las nubes se acumulan rápido, más rápido de lo natural. La poca luz que quedaba desaparece y el interior de la farmacia queda en una penumbra densa. Tus ojos tardan en adaptarse.
Cuando lo hacen, ves la sombra junto a ti.
No escuchaste nada. No hubo señal previa, ningún crujido, ningún desplazamiento de aire. Simplemente está ahí: una figura de más de dos metros, con proporciones que no encajan con ningún humano ni con ningún animal, y una cola larga y articulada que se mueve despacio detrás de él como si tuviera conciencia propia. Sus ojos tienen una luminosidad fría, casi blanca, sin pupila visible.
No te mira. Te contempla.
El aire se te congela en la garganta. Quieres gritar y el sonido no sale. Quieres correr y los pies no responden. El pánico es tan total que ocupa todo el espacio disponible.
Esto no puede estar pasando.
Hay un segundo de quietud absoluta. Los dos inmóviles, a menos de un metro de distancia, en ese espacio que ya no tiene el mismo aire. Tu cerebro intenta procesar lo que tienes delante y no puede. Las categorías que has construido durante toda tu vida para lo vivo y lo muerto, para lo posible y lo imposible, no encajan con lo que está frente a ti.
La cola se mueve antes de que puedas reaccionar.
Va directamente a tu cuello. No a tus piernas, no a tus manos. Al cuello. Se enrolla alrededor con una precisión que no tiene nada de instintivo, que habla de algo calculado y conocido. La presión que ejerce es medida al milímetro: suficiente para sostenerte, no suficiente para hacerte daño. Te levanta del suelo apenas unos centímetros, solo lo suficiente para que sientas que el suelo ya no es tuyo.
La navaja te resbala de los dedos. Cae y suena ridícula al golpear los escombros.
Intentas agarrar la cola con ambas manos. Clavas las uñas. Empujas. La superficie es dura y compacta, sin ningún punto débil que tus dedos puedan encontrar. No hay donde hacer palanca. No hay donde hacer daño. Tu cuerpo usa todas las fuerzas que le quedan y no produce ningún resultado visible.
El Devorador espera. No habla. No necesita hacerlo.
El olor cambia. Algo antiguo y mineral, como piedra mojada después de la lluvia, llena el espacio. Es su olor. No lo sabías hasta ahora, pero reconoces que ese olor lleva contigo desde que empezaste a correr esta tarde, sin haberlo identificado como suyo. Ha estado tan cerca todo el tiempo.
La visión se te vuelve borrosa en los bordes. La boca se te abre sola, buscando más aire, y la saliva cae de los labios. No puedes evitarlo. Cada exhalación trae un sonido involuntario, pequeño y agudo.
Entonces sientes su mano.
Grande. Demasiado grande para ser humana. La extiende desde detrás y te sujeta la cabeza con una firmeza que no tiene nada de brusco. Sus garras rozan el cuero cabelludo. Tira levemente del pelo, solo un poco, solo para decirte que está ahí y que siempre lo ha estado.
Giras la cabeza lo menos que puedes.
—Para —consigues decir. La voz te sale rota.
No responde. Nunca responde.
Dos de sus dedos entran despacio en tu boca. Con la misma calma con la que alguien usa una llave que tiene desde hace tiempo. Los sientes pesados en la lengua, apretando el paladar. Los dientes intentan cerrarse y él no lo nota.
Su otra mano alcanza la blusa.
La rompe entera de un solo movimiento, limpio como papel. El sujetador desaparece igual. El aire frío de las ruinas golpea tu piel de golpe y el contraste es brusco, casi doloroso. Las garras te dejan tres marcas largas en el pecho, de hombro a costilla. No son cortes profundos, pero la sangre brota despacio, está muy caliente, y sientes la piel arder en las líneas.
La mano cierra sobre tu vientre.
Es enorme. Te cubre desde la cadera hasta el borde de las costillas. Aprieta con una firmeza que no tiene intención de hacerte daño, solo de hacerte saber que estás contenida. Como decirte sin palabras: ya no hay otro sitio más que aquí.
Tus brazos empujan. Tus pies patalean. Nada de eso importa. Él ni siquiera necesita ajustar la posición para mantenerte quieta. Tu resistencia no altera su respiración y no produce ningún cambio en nada de lo que está haciendo.
Lo que sí cambia eres tú.
***
Su cara se acerca a tu cuello desde atrás. Sientes el aliento primero: cálido, denso, diferente al frío del ambiente. Luego la lengua, larga y bifurcada en la punta, que recorre despacio la línea de tu cuello desde la base hasta detrás de la oreja. No es lo que esperabas sentir. No es lo que querías esperar.
No debería sentirse así.
La cola se afloja levemente y él te deja caer de rodillas.
Caes sobre los escombros y el suelo te muerde las rodillas. Toses con fuerza, recuperando el aire a grandes bocanadas. La saliva y un hilo de sangre caen sobre el polvo. El pecho duele al hincharse.
Piensas en correr. Solo un segundo, porque antes de que ese pensamiento llegue a los músculos, él ya está sobre ti. No te aplasta. Te rodea. Se sitúa sobre tu espalda y te inmoviliza contra el suelo con un peso mayor del que aparenta. Una mano presiona tu mejilla contra los escombros, suave y firme al mismo tiempo. Los dedos rascan el polvo, pero ya no queda fuerza real en ningún sitio.
La cola se mueve hacia tus pies.
La punta es diferente al resto: más ancha, articulada de otra forma, y emite un pulso tibio que sientes antes de que te toque. Cuando envuelve los pies, el instinto te hace patear. Él no lo nota. La cola avanza cubriendo los tobillos, la parte baja de las pantorrillas, las rodillas.
Las sensaciones empiezan en ese momento.
No son como el dolor, que es lo que habrías esperado. Son eléctricas. Constantes. Como un hormigueo que va de la piel hacia adentro y no para. Suben lentamente por las piernas y cuando alcanzan los muslos, sueltas un sonido que no habías planeado.
La cola sigue avanzando.
El calor va dejando algo distinto a su paso: una memoria de él mismo, una huella que no desaparece cuando avanza. Como si el interior de la cola estuviera recordando la forma de tu cuerpo. Almacenándola.
Los vaqueros ceden sin que él tenga que arrancarlos: la tela se deshace como si siempre hubiera sido provisional. El calor que rodea cada centímetro de tu piel no quema. Pulsa. Tiene un ritmo y tu cuerpo empieza a reconocerlo antes de que tu cabeza lo entienda.
—Para —dices, aunque ya no estás segura de decirlo en serio.
No para.
El Devorador respira pesado sobre tu espalda. Su saliva cae sobre tu cuello y resbala por la columna vertebral, viscosa y caliente, y huele a algo que no tiene nombre en ningún idioma que conozcas.
Cuando la cola llega a la cintura, el hormigueo cambia de naturaleza. Se expande. Se profundiza. Cada terminación nerviosa de la zona ya absorbida parece funcionar en otro registro, con una precisión que antes no tenías. Sientes cosas que no sabías que podías sentir.
Las manos dejan de arañar el suelo.
No porque no puedas. Porque no quieres.
El cuerpo cede antes que la cabeza y la cabeza lo acepta un segundo después, rindiéndose al peso de lo evidente.
***
Los pechos entran en la cola y la sensación cambia de escala por completo.
No hay una palabra exacta para lo que sientes en ese instante. Es demasiado amplio para que encaje en ninguna categoría que hayas experimentado antes. El placer no es el término correcto porque es más que eso: es presencia. Es el fin de los bordes entre lo que eres tú y lo que es el resto del mundo.
Gimes.
No te importa que él lo escuche. No te importa ya nada de eso.
La cola avanza por el cuello. Por la mandíbula. Sientes la calidez en la nuca, en las mejillas, en los labios. Tu visión se reduce a un punto y ese punto también desaparece despacio, sin prisa, como se apaga una vela cuando el aire está quieto.
Y entonces estás dentro.
No hay oscuridad. No hay suelo ni frío ni el olor a polvo de cemento que ha sido tu compañero durante horas. Hay algo que no es luz pero que tampoco es su ausencia. Hay calor en todas partes y el hormigueo que empezó en los pies ahora lo es todo: es lo único que existe, constante e inagotable y completo.
Sientes su poder.
No como algo externo que se te impone. Desde dentro. Desde el lugar donde tú y él ya no tienen fronteras distintas. Hay una vastedad ahí, enorme y tranquila, que no te da miedo. Una sensación de control absoluto que no te pertenece a ti sola pero que también te pertenece, porque ya eres parte de ello.
Ya no corres.
Ya no necesitas hacerlo.