La embarazada que me hipnotizó con su vicio y morbo
Salí del gimnasio pasadas las ocho de la tarde. Viernes, el comienzo del frío, ese aire quieto que anuncia el invierno sin declararlo todavía. Aparqué la moto junto a la puerta del bar de Rodrigo y entré a la terraza cubierta. Era el ritual habitual: los del grupo de fútbol del barrio se pasaban por allí al terminar el partido, y yo me sumaba cuando podía para charlar y tomarme una cerveza.
Lo primero que me llegó al cruzar el plástico de la carpa fue una nube de humo densa y estancada. Me fastidió, como siempre. Era el precio a pagar por esas reuniones.
Lo segundo fue ella.
Morena. Muy guapa. El pelo recogido en un moño alto que dejaba al descubierto la nuca. Los ojos oscuros y brillantes con un punto de picardía que se intuía desde el otro extremo de la terraza. Llevaba un vestido negro de tela fina, bastante ajustado a pesar de la barriga pronunciada que exhibía sin ningún pudor. Varios botones desabrochados arriba y otros tantos abajo. Sus pechos, que debían de ser grandes de por sí y con el embarazo se habían vuelto desproporcionados, asomaban con insolencia sobre el escote. Sus muslos, visibles hasta casi la rodilla, eran perfectos.
Calculé que estaría de unos cinco o seis meses.
Me acerqué a la barra. Rodrigo me puso una cerveza sin que se la pidiera.
—¿Quién es la embarazada? —pregunté en voz baja.
—Valeria. La chica de Marcos.
—¿Marcos del gimnasio?
Asintió mientras secaba un vaso con un trapo.
—¿Es suyo el embarazo?
—Sí. Llevan casi un año juntos. Ha sido buscado, creo yo.
Fue entonces cuando la vi encenderse un cigarrillo. Marcos le dio fuego con total naturalidad, como si fuera algo que hacía todos los días. Y supongo que lo era. Ella aspiró para encenderlo, se recostó en la silla y exhaló una columna de humo larga y pausada hacia el techo de la carpa, con esa calma absoluta de quien hace algo completamente normal.
Sentí un acceso de rabia que se mezclaba con algo que todavía no quería nombrar.
—¿Y bebiendo también? —murmuré.
—Lleva tres combinados —respondió Rodrigo sin inmutarse—. Tío, que tengo un bar. Si me pongo exquisito me quedo sin clientes. Ella sabrá lo que hace.
Era una irresponsable. Y no podía dejar de mirarla.
***
Cuando el grupo decidió pasarse por el piso de Andrés para que él se cambiara antes de salir, me apunté sin pensármelo demasiado. Dos manzanas a pie. Me dije que era por la costumbre. Mentira. Seguía a aquella mujer como si llevara un imán en el pecho.
En el salón de Andrés se sirvieron copas y la conversación se animó. Al cabo de media hora, el ambiente era el de cualquier noche de viernes: alcohol, risas, una nube de humo que se asentaba en el techo. Valeria se había instalado en el centro del sofá como si fuera su casa. Fumaba sin parar. A su lado, una chica llamada Lucía la igualaba cigarrillo a cigarrillo.
En algún momento su mirada y la mía se cruzaron.
—¿Tanto te molesta que fume? —preguntó con una sonrisa que no era inocente.
—Estás embarazada —respondí.
—Eso ya lo sé.
Marcos rió sin percibir el tono que había debajo del intercambio. Valeria dio una calada larga y, sin apartar los ojos de los míos, exhaló el humo directo hacia donde yo estaba. Lento. Con toda la intención del mundo. Me envolvió la cara entera.
—Relájate —dijo—. El humo es bueno para la salud.
Aquella mujer era un demonio con cara de ángel.
Marcos se fue pasada la medianoche. Tenía cosas que hacer por la mañana. Le dio a Valeria un beso en la frente y se despidió de todos. Ella lo dejó marcharse sin levantarse del sofá. En cuanto la puerta se cerró, se volvió hacia Diego, un rubio de ojos claros que no llegaría a los veintitrés, y lo besó en la boca con una calma absoluta.
El grupo continuó charlando como si nada. Yo fui el único que necesité un momento para recomponerme.
Lucía se inclinó hacia Valeria y, tras dar una calada a su propio cigarrillo, le lanzó el humo a la cara. Valeria cerró los ojos un instante e inhaló profundamente, como si fuera la cosa más agradable del mundo.
—¿No hay demasiado humo aquí para una embarazada? —me escapó decir.
—A mí me encanta el humo —respondió ella—. Llevo fumando desde los catorce años. Antes consigues que nieve en el Caribe que yo lo deje.
—Es que fuma por dos —añadió Diego, que le tenía la mano en el muslo—. Dice que el crío le roba la mitad de la nicotina.
—Un gorrón, el bastardo —confirmó Valeria con una sonrisa—. Por eso fumo más que antes. Para compensar.
Lucía volvió a lanzarle humo a la cara. Valeria lo recibió inclinando la cabeza hacia atrás, los ojos entrecerrados.
—Anda, pregúntame —dijo de repente, mirándome a mí.
—¿Que te pregunte qué?
—Por el vicio. Llevas rumiándolo desde que llegaste al bar.
Hice una pausa.
—Está bien. ¿No te importa hacerle daño?
—No.
Una sola palabra. Sin titubeos. Sin disculpas.
—¿Nunca lo has pensado?
—Lo pienso constantemente. —Dio otra calada—. En realidad por eso fumo más ahora que antes. Me excita saber que soy una mala madre. Que le mando nicotina cada vez que inhalo. Ser una auténtica hija de puta me pone a cien.
No respondí. No tenía respuesta para algo así.
Diego tomó entonces el paquete de tabaco. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Valeria se desabrochó los botones centrales del vestido y abrió las piernas de par en par. Sin ropa interior. Todo expuesto, sin el menor pudor, con esa sonrisa de quien lleva años siendo el centro de todas las habitaciones.
—Vamos, que lo está deseando —dijo.
Diego colocó la boquilla encendida contra el orificio de su coño. Valeria arqueó la espalda levemente. Nadie habló durante varios segundos. El efecto era como si el propio cuerpo fumara.
Rieron todos. Yo también, aunque no hubiera podido decir con exactitud de qué.
***
La fiesta fue menguando. Varios se marcharon al pub prometiendo que los seguíamos. Diego empezó a distanciarse de Valeria para centrarse en sus amigos, y luego en un grupo de chicas de su edad. Valeria lo notó. El fastidio asomaba en la comisura de su boca aunque se esforzaba en disimularlo.
Acabamos en la barra del pub, ella y yo solos, con sendos combinados delante.
—¿Sabrá Marcos algo de esta noche? —pregunté.
—No lo sabrá —respondió ella—. Porque tú no se lo vas a contar.
No era una pregunta.
—Los hombres creéis que si ella te pone los cuernos es porque algo falla —dijo—. Pero tú te tirarías a una mujer atractiva que se te pusiera a tiro aunque tu pareja te diera todo lo que necesitas, ¿no?
—Sí —reconocí.
—Pues lo mismo. Si aparece alguien que me ponga lo suficiente y se da la ocasión, sois cornudos aunque os desvivís por nosotras. No tiene nada que ver con vosotros.
Le pregunté por el embarazo. Me contó que tenía ya una hija de otro hombre y que vivía sola con ella. Que su padre había muerto dos años antes dejándole un usufructo sobre un fondo de inversión: tres mil euros al mes, de por vida, con el capital reservado para su hija cuando ella falleciera.
—Quedarme embarazada de Marcos fue cosa de morbo —dijo—. Pero no sé si quiero otro crío en casa. Ya veremos qué hago con él cuando llegue el momento.
—¿Y no te genera ningún conflicto?
—¿El niño o los cuernos?
—Todo.
Se encogió de hombros con una indiferencia que resultaba casi obscena.
—Esta noche me he pasado diez pueblos provocándote —dijo entonces—. Me he puesto a cien haciéndolo. Ahora mismo tengo el coño tan encharcado que casi siento sus paredes al caminar. Alguien tiene que poner solución a eso, y visto que Diego parece tener otros planes esta noche.
—O sea, que soy el segundo plato.
—Algo así —reconoció sin el menor rubor—. Llevas toda la noche mirándome los pechos. Estás a cinco minutos de hacerme una propuesta. Lo sabes perfectamente.
—¿Y si no lo hiciera?
—Entonces lo hago yo. Y no me harías la cobra. También lo sabemos los dos.
Extendí el brazo y le cogí un pecho con la mano, sin rodeos. Duro como una piedra a través de la tela del vestido.
—Me he cambiado de vestido en casa de Andrés por ti —dijo—. La tela anterior era más gruesa. Quería que lo sintieras perfectamente.
—¿Llamamos un taxi?
—Primero otro combinado. Quiero que estés bien borracho cuando lleguemos.
Sonrió. Era una sonrisa preciosa, grave y cómplice.
***
Nos besamos en el ascensor con una urgencia que llevaba horas acumulándose. Le tenía ambas manos en los pechos. Ella me agarraba del cuello. Cuando se abrió la puerta en el séptimo, ninguno de los dos miramos si había alguien en el rellano. Tampoco nos habría importado demasiado.
En el dormitorio, lo primero que vi fue la foto de Marcos en la mesita de noche. Los dos posando en alguna playa, muy abrazados.
—¿La quitamos? —pregunté.
—Ni hablar —respondió con un brillo que no era en absoluto inocente—. Soy una chica mala. El morbo mueve mi alma.
La empujé sobre la cama. Sin suavidad. Ella soltó un grito divertido y extendió los brazos, recibiéndome.
La penetré de un solo golpe. Estaba empapada desde hacía horas. La embestí con ganas, sujetándola por las caderas, mirando cómo sus pechos se sacudían con cada impacto. También se movía la barriga, y yo empujaba ese pensamiento al fondo de mi cabeza cada vez que asomaba.
Al cabo de un rato me ordenó que parara.
—Por detrás —dijo—. Apenas te siento. Tengo el coño demasiado acostumbrado a tipos más dotados.
—Gracias por la delicadeza.
—No te lo tomes así. No tienes un rabo pequeño. Pero el de Marcos es enorme y el de Diego tampoco se queda atrás. Tengo el coño habituado a bates de béisbol, y menos con el charco que llevo dentro. —Se recolocó boca abajo, puso la almohada bajo el vientre—. De un solo golpe. Quiero que me lo dejes dolorido para toda la semana.
Lo hice.
Su grito fue tan agudo que me pregunté si los vecinos llamarían a alguien.
—¡Más! —exigió.
Le di más.
—¡Más fuerte! ¿No puedes más, cabrón?
Perdí cualquier intento de contención. La embestía con toda la fuerza que tenía, sujetándola por las caderas, sin importarme el golpe rítmico de la cabecera contra la pared. Ella no pedía piedad. Pedía más. Me insultaba entre embestida y embestida, me desafiaba, y conseguía exactamente lo que buscaba.
—¡Así! ¡No pares! ¡Me importa una mierda lo que le pase! ¡Dame con todo lo que tienes!
Fue el orgasmo más intenso de mi vida. Sin ninguna excepción posible.
***
Nos quedamos tendidos en silencio durante un rato. Ella alargó la mano hacia la mesita, sacó el paquete y encendió un cigarrillo con total naturalidad, como si llevara haciéndolo veinte años en esa misma cama.
—El humo me molesta —dije.
—Ya lo sé.
Y me lo lanzó a la cara. Con esa sonrisa.
Apoyó la cabeza sobre mi pecho y siguió fumando hacia el techo. Al cabo de un momento acercó la boquilla a mis labios.
—Vamos.
—No fumo.
—Antes no fumabas. —Me miraba con un brillo tranquilo, sin prisa—. Pero llevas toda la noche con ganas de saber qué se siente. Te fascina verme hacerlo. Lo he visto desde el primer momento en el bar.
La boquilla contra mis labios. Suave. Una invitación que no era del todo inocente.
—Te va a encantar.
Abrí la boca y aspiré. El humo me recorrió la garganta con una calidez densa y pausada que no esperaba. Recordaba algo desagradable de algún intento adolescente. Esto era completamente distinto. Exhalé despacio, deleitándome en la sensación.
Ella sonrió y acercó el cigarrillo de nuevo a mis labios.
—Bienvenido al mundo del vicio —dijo.
Y apagó la colilla contra el cenicero con la misma calma con que hacía absolutamente todo lo demás.