Dos moteros la sometieron en aquella nave perdida
Marisa había tenido una vida de manteles caros y coches que cambiaba cada dos años. Todo eso se evaporó la mañana en que ella y Damián firmaron la quiebra y descubrieron que, después de pagar al último acreedor, no les quedaba nada. Ni siquiera ellos dos: el dinero se fue y el matrimonio se fue detrás.
A los cuarenta y dos años, sin oficio que figurara en ningún papel, lo único que encontró fue un puesto de camarera en un mesón de carretera a cien kilómetros de la ciudad. El Cruce de los Álamos, lo llamaban, junto al pueblo de Las Tordas. El sueldo era miserable y el contrato incluía una habitación. Esa fue, se dijo, la única ventaja.
La ventaja se le cayó a los pies el primer día, cuando supo que la habitación tenía dos camas y que la otra ya estaba ocupada.
—Perdona el desorden —dijo una chica que salía de la ducha enrollada en una toalla—. Soy Noa.
Noa tenía veinte años, el pelo teñido de un rojo imposible y tatuajes que le subían por las costillas. La habitación olía a tabaco frío, había ropa interior por el suelo y el rótulo de neón del mesón entraba por la ventana y lo teñía todo de rosa. Marisa dejó la maleta y entendió, sin necesidad de palabras, en qué clase de sitio había caído.
El primer turno fue una humillación lenta. Se le cayó la bandeja, confundió las comandas, los demás camareros se reían de su torpeza. A medianoche, derrotada, subió a la habitación y se durmió como un tronco, sin desvestirse del todo.
***
La despertaron los ruidos a las seis y media de la mañana. El resplandor del neón le dejó ver, en la cama de enfrente, unas caderas que subían y bajaban a un ritmo brutal. Noa estaba a cuatro patas debajo de un motero corpulento, un tipo al que había visto fumar en la barra horas antes, con un escorpión tatuado en la espalda. La cama golpeaba la pared en un tableteo seco. Los jadeos de la chica se mezclaban con el gruñido sordo de él y con el chapoteo obsceno de una polla entrando y saliendo empapada de un coño.
Marisa cerró los ojos y fingió dormir. Pero por la rendija de los párpados lo veía todo: la verga gruesa del motero saliéndose entera, brillante, para volver a hundirse hasta las pelotas en el culo levantado de Noa; los dedos del hombre clavándose en las nalgas de la chica, separándoselas para verse entrar; la lengua de Noa colgando mientras balbuceaba «así, más fuerte, rómpeme, dámela toda». Cada embestida sonaba a bofetada, carne contra carne, y la cama chirriaba como si fuera a partirse.
En mitad de la arremetida, el hombre giró la cara y la miró directamente. No buscaba a Noa. La buscaba a ella, sabiendo que estaba despierta, disfrutando de tener público. Sin dejar de follar, le sacó la polla a Noa del culo, se la enseñó a Marisa —enorme, venosa, lubricada— y volvió a metérsela de un golpe, arrancándole un aullido a la chica. Acompasó las embestidas a esa mirada, más lentas, más profundas, obligándola a que Marisa viera cada centímetro entrar y salir. Cuando estuvo a punto, sacó la verga de golpe, agarró a Noa del pelo, se la puso en la boca y descargó dentro con un rugido largo. Un hilo de semen se le escapó por la comisura de los labios a la chica, que tragó con los ojos vidriosos, mirando también a Marisa.
Después el motero se levantó, desnudo, con la polla todavía a medio bajar chorreando saliva y corrida, encendió un cigarrillo con toda la calma del mundo y se vistió sin prisa, como un dueño en su casa. Antes de salir volvió a mirarla y se agarró el paquete por encima del cuero, apretándoselo como una promesa. Marisa apretó los párpados y no respiró hasta que oyó la puerta. Notó que tenía las bragas empapadas y la respiración cortada. Cuando estuvo segura de que no volvería, deslizó la mano por debajo de la sábana y se tocó despacio, mordiéndose los labios para no gemir, hasta que se corrió sola pensando en aquella polla.
***
Los días siguientes conoció a Carmen, una compañera de treinta y siete años, morena, de piernas fuertes y manos rápidas. Carmen llevaba tres años allí, vivía en el pueblo con su marido Diego y dos hijos, y tenía una forma despreocupada de hablar de todo.
—Esos dos no están mal —le dijo una noche, señalando con la barbilla a dos surfistas que bajaban hacia la costa. Altos, treintañeros, uno con coleta—. Me han propuesto que vinieras.
—¿Tú? ¿Casada?
—No me digas que tú no miras —se rió Carmen—. Ponte algo ligero. Tienen una caravana en la explanada y yo no puedo tardar.
Marisa llevaba meses sin que nadie la tocara. Se cambió, se puso un vestido de flores sin bragas debajo, y salió por la puerta de atrás con el corazón golpeándole en la garganta y una humedad ya empezada entre los muslos.
En la caravana las cosas fueron directas. El de la coleta la besó con lengua mientras le subía el vestido y descubría que no llevaba nada debajo. Soltó una risa ronca contra su boca.
—Vienes servida, guapa.
Le metió dos dedos de golpe, sin preámbulos, y encontró el coño ya empapado. Los movió dentro con calma, buscando, hasta que Marisa se agarró de sus hombros. En la otra litera, Carmen ya estaba desnuda, con las piernas abiertas y el rubio comiéndole el coño con hambre; se oían los chasquidos húmedos de su lengua y los gemidos apagados de ella diciéndole «ahí, más adentro, chúpame ese clítoris».
El de la coleta le arrancó el vestido por la cabeza, le mordisqueó los pezones hasta ponérselos duros como piedras y la empujó de rodillas. Se sacó la polla del bañador: gruesa, morena, curvada. Marisa la agarró con las dos manos, la lamió desde las pelotas hasta el glande y se la metió entera. La sintió empujarle contra el fondo de la garganta y arcadeó, pero volvió a por ella, chupándole hasta la base, dejando hilos de saliva colgando. El surfista le agarró la cabeza con las dos manos y empezó a follarle la boca a su ritmo, con embestidas cortas y profundas, gimiendo «así, joder, así, cómo mama esta zorra».
Se puso el condón deprisa y la tumbó boca arriba en la litera. Le abrió las piernas de un tirón, se colocó y de una sola estocada se la metió hasta las pelotas. Marisa arqueó la espalda y soltó un grito. La empezó a follar duro desde el primer segundo, con embestidas que la hacían resbalar sobre la sábana, los pechos rebotándole a cada golpe. En la otra cama el rubio ya se había puesto encima de Carmen y la clavaba en el colchón mientras ella le mordía el hombro para no gritar demasiado.
—Ponte a cuatro —le dijo el de la coleta, y le dio la vuelta sin esperar respuesta.
Le agarró las caderas y volvió a entrarle por detrás. Marisa se agarró al cabecero. La polla le entraba entera, le golpeaba el fondo, le sacaba jadeos que ella misma no reconocía. El teléfono de Carmen no paraba de sonar en el bolso —su marido, los niños—, así que todo fue rápido, casi mecánico, dos hombres acostumbrados a follar a diario y dos mujeres con prisa.
Carmen terminó la primera, mirando el reloj, con el rubio corriéndose fuera sobre sus tetas. Marisa, en cambio, sintió que su hombre se contenía: no quería acabar con el preservativo puesto. Entonces ella se lo sacó del coño, le arrancó el condón de un tirón y se arrodilló. Le agarró la polla mojada de sus propios flujos, se la metió entera en la boca y empezó a mamársela con una destreza que la sorprendió incluso a sí misma. Le acariciaba las pelotas con una mano mientras con la otra se la bombeaba en la boca, chupando fuerte, hundiendo la nariz en el vello del pubis. Le notó los testículos apretarse y él soltó un gruñido.
—Me corro, joder, me corro en tu boca.
Marisa no la sacó. Sintió el primer chorro azotarle el paladar, el segundo llenarle la lengua, y tragó con los ojos clavados en los del hombre. Chupó hasta la última gota, sacando la polla despacio, limpiándole el glande con la lengua. Al vestirse, el rubio le pidió las bragas y ella, que no llevaba, tuvo que darle el tanga que le devolvió Carmen del bolso.
—Las quieren de trofeo —explicó Carmen ya fuera, encendiendo un cigarrillo—. Es normal con ellos. Oye, tienes mano para esto. Mamas como una diosa, guapa. Mañana libras, ¿no? Vente a cenar a casa. Mi marido cumple los cuarenta.
***
La cena en casa de Carmen fue otra vida: una familia de verdad, dos niños, un marido mecánico que hablaba de montar su propio taller. Marisa sintió una punzada de envidia tan limpia que casi le dolió. De vuelta al mesón, Carmen la dejó en la puerta.
—Mira, el putón ya volvió —dijo señalando el rótulo de neón.
Bajo la luz rosada, Noa fumaba con otro motero. Otra chaqueta con escorpión, otro hombre de mirada dura. La rueda volvía a girar.
Esa madrugada se repitió la escena, idéntica y distinta. Marisa se metió en la cama con el corazón acelerado, sabiendo lo que venía. A los diez minutos ya oía los primeros gemidos. Esta vez Noa estaba boca arriba, con las piernas abiertas de par en par y los pies en el aire, y el motero la embestía apoyando las manos a los lados de la cabeza. El colchón crujía. La chica jadeaba en voz alta, sin disimulo, diciéndole «méteme esa polla entera, así, rómpeme el coño».
El motero levantó una pierna de Noa y se la colocó sobre el hombro para que Marisa pudiera ver mejor desde su cama. Y la vista era brutal: la polla gruesa entrando y saliendo del coño abierto de Noa, empapada, arrastrando espuma blanca a cada retirada. La retaba con los ojos, sonriendo, sabiendo que Marisa lo miraba. Le hizo una seña con la barbilla, invitándola. Marisa no se movió, pero tampoco cerró los ojos. El hombre aceleró, se la metió a Noa con estocadas que sonaban a azote, y cuando estuvo a punto la sacó, se puso de rodillas encima de ella y le vació la corrida entre las tetas, largos chorros blancos que le salpicaron el cuello y la barbilla.
Sin apartar los ojos de Marisa, se acercó desnudo a su cama, con la polla aún goteando, se quitó el preservativo y lo dejó caer sobre la almohada vacía, marcando territorio. La goma manchada quedó a un palmo de la cara de Marisa. Podía olerlo: sudor, látex, semen fresco. Ella no dijo nada. Se hizo la dormida y, por dentro, sintió un calor entre las piernas que la avergonzó. Cuando el motero salió, esperó a oír el ruido de la Harley alejándose y volvió a masturbarse, esta vez con dos dedos hundidos en el coño, corriéndose con la boca contra la almohada.
***
Una tarde, en un descanso, Marisa salió a tomar el aire y vio a Rubén, el camarero más joven —dieciocho años recién cumplidos, delgado, de cara dulce—, escabullirse tras los setos con uno de los moteros. Por curiosidad, o por algo que no quiso nombrar, se acercó y se escondió entre las ramas.
El motero tenía al chico contra la pared y le hablaba bajo, con una sonrisa de cazador. Le pasó la mano por el pecho, lo besó, le susurró algo al oído. Rubén dudaba, pero asentía. No hubo prisa: el hombre le desabrochó el pantalón, le bajó los calzoncillos y le agarró la polla con la mano, acariciándosela despacio hasta ponérsela dura mientras el chaval jadeaba con la cabeza echada hacia atrás. Después le empujó por los hombros hacia abajo, y Rubén se arrodilló y le sacó la verga del vaquero. Se la metió en la boca temblando, chupándosela torpe al principio, con los ojos cerrados. El motero le agarró la nuca y le marcó el ritmo, hundiéndosela más adentro, hasta que el chico se ahogó y una hebra de saliva le cayó del mentón.
—Levántate y date la vuelta —le oyó decir Marisa.
El chaval obedeció. Se apoyó de manos en el ladrillo, el pantalón por los tobillos, el culo blanco expuesto. El motero se escupió en la mano, se untó la polla, le separó las nalgas al chico y fue empujando poco a poco. Rubén soltó un quejido, se mordió el antebrazo. El hombre lo tomó con calma calculada, dominándolo despacio, dándole tiempo a que se abriera, hasta que empezó a bombear a fondo. La polla entraba y salía brillante, el chaval jadeaba contra el ladrillo bajo la luz mortecina de la farola, y al final se corrió él solo, sin tocarse, dejando un hilo blanco en la pared, mientras el motero se descargaba dentro con un gruñido y le apretaba la cadera para clavárselo hasta el fondo.
Marisa se apartó. Había visto demasiado. Pero entendió una cosa con claridad: en aquel lugar, todos terminaban cediendo a esos hombres. La cuestión no era si, sino cuándo y a cambio de qué.
***
Su día libre, el chófer del autobús de línea la dejó en Las Tordas. Un pueblo feo, de calles muertas y gente cotilla. Mientras esperaba el autobús de vuelta, oyó el inconfundible potato-potato de una Harley antes de verla. Era él: el líder, el del escorpión tatuado en el cuello y la coleta saliéndole del casco. Lo llamaban Vito.
Paró a su lado y se levantó las gafas de espejo.
—¿No tienes coche?
—Ya ves —contestó ella—. Tampoco ganaría un premio a la mejor madre del año.
La miró de arriba abajo, como si la tasara.
—Sube. Es un pueblo de mierda. Te acerco.
—No llevo casco.
—Apenas hay policía.
Marisa subió. Sintió el aire en la cara y el motor vibrando bajo el cuerpo, una sensación de libertad que no recordaba. Pero Vito no tomó la carretera del mesón: se desvió por un camino secundario. Pronto una segunda Harley se puso a la par. El otro, flaco y con la cara picada, al que llamaban Cuervo, escupió a un lado.
—¿Llevas a tu tía a algún sitio, Vito? Podríamos enseñarle nuestra mansión.
Marisa lo entendió todo. Querían carne. Y, para su propia sorpresa, en lugar de pedir que la bajaran, deslizó la mano hasta la entrepierna de Vito y notó cómo se ponía duro bajo el cuero. Le apretó el bulto con la palma, midiéndolo, hasta que él soltó un gruñido de sorpresa. La tendrán, pensó. Pero a mi manera.
***
La nave estaba a las afueras, llena de motos, herramientas y sofás manchados. Vito se quitó el casco; tenía los ojos de un azul frío. La besó con fuerza apretándole las nalgas por encima del vestido, metiéndole la lengua hasta el fondo de la boca, mordisqueándole el labio inferior. Le sobó las tetas por encima de la tela hasta encontrarle los pezones, y se los pellizcó por encima del sujetador hasta que ella jadeó. Cuando Cuervo entró con dos cervezas, Vito le levantó la falda del vestido sin ceremonias para que el otro viera el tanga de hilo negro clavándose entre las nalgas.
—Vaya con la señora —dijo Cuervo con voz tensa—. Igual necesita un buen repaso, que por aquí no hay muchas oportunidades.
—O igual sois vosotros los que no las tenéis —respondió ella, sin amilanarse.
A Vito le gustó. Le gustaba que le plantaran cara para luego doblegarla; se le notaba en la sonrisa torcida. Le bajó el vestido por los hombros, le soltó el sujetador de un tirón y sus pechos quedaron al aire. Cuervo silbó bajito. Vito se agachó y le chupó un pezón, mordiéndolo, mientras con la otra mano le abría de un tirón el tanga por el lateral y lo dejaba caer al suelo. La hizo inclinarse y apoyar las manos en el respaldo del sofá, con el culo en pompa, y Cuervo, de rodillas, le separó las piernas.
—Anda que no habrá pasado gente por aquí —murmuró Vito, abriéndole los labios del coño con los pulgares para que Cuervo se lo mirara bien.
La lengua de Cuervo aterrizó plana, ancha, y subió despacio desde el clítoris hasta el ano. Repitió el recorrido dos, tres veces, sin prisa, saboreándola. Le clavó la lengua en el coño, se lo mamó como si bebiera, chupándole los labios, mordiéndole el clítoris con cuidado. Marisa, contra su voluntad, empezó a ronronear, meciendo el culo contra la cara del hombre. Vito le marcaba el ritmo con la mano en la nuca, ordenándole en voz baja cuándo abrir más las piernas, cuándo arquear la espalda, cuándo callarse. Era esa dominación tranquila, sin violencia pero sin opción, lo que la encendía. Cuervo le metió dos dedos en el coño mientras seguía comiéndoselo, y le hizo un gesto a Vito con la cabeza.
—Está chorreando, tío. Empapada.
—Ya lo sé —dijo Vito.
Cuando le dieron la vuelta y la pusieron de rodillas, tuvo las dos pollas ante la cara. Se las habían sacado los dos a la vez. La de Vito era larga, gruesa en la base, de glande morado; la de Cuervo más delgada pero más larga, con una vena que la recorría entera. Marisa las miró y tragó saliva.
—Despacio —dijo Vito, hundiéndole los dedos en la nuca—. Tú marcas el tiempo. Pero yo cuento.
Y contó. Marisa empezó por él, se la metió entera en la boca de un empujón, arcadeando, y le empezó a mamar apretando los labios, dejando que la saliva le chorreara por la barbilla. Le agarró las pelotas con una mano, sopesándoselas, mientras con la otra le agarraba la polla a Cuervo y se la bombeaba. Cambió: soltó a Vito con un chasquido y se la metió a Cuervo hasta ahogarse, chupándole el glande al salir, mamándosela ruidosamente. Volvió a Vito. Alternó, sintiendo que cada vez que cedía un poco más también ganaba algo: el control de su miedo, la prueba de que aún podía mandar sobre algo, aunque fuera de rodillas con dos pollas turnándose en su boca. Los dos hombres se miraban por encima de ella y sonreían.
—Las dos a la vez —dijo Cuervo, y le acercaron los dos glandes juntos a los labios.
Marisa abrió la boca todo lo que pudo y les lamió los dos glandes al mismo tiempo, pasando la lengua de uno a otro, chupándolos como si fueran caramelos. Se los frotó contra las tetas, los besó, los volvió a tomar de uno en uno. Cuando le faltó el aire, fue ella quien volvió a tragarse la polla de Vito entera, hasta la base, como una demostración.
—Buena chica —jadeó él, apartándole el pelo de la cara—. Muy buena chica.
***
Sacaron un colchón sobre el somier de un sofá cama. Vito sostenía un preservativo en la mano cerrada.
—A forro —dijo ella antes de que preguntaran, sacando un bote de vaselina del bolso—. No tomo nada.
—Ya venía preparada la señora —se rió Cuervo.
Los dos se enfundaron. Marisa se tumbó a horcajadas sobre Vito, le agarró la polla en la mano, se la puso en la entrada del coño y se lo clavó despacio, sintiéndolo entero, centímetro a centímetro, hasta sentarse encima del todo. Soltó un gemido largo. Empezó a moverse, subiendo y bajando, dejando que la polla le saliera casi entera antes de volver a tragársela con el coño. Vito le sujetaba las caderas, marcándole el vaivén, mordisqueándole las tetas que le rebotaban en la cara.
Cuervo se colocó detrás. Le untó vaselina en el ano y le fue metiendo primero un dedo, luego dos, girándolos despacio, abriéndola. Marisa se detuvo, apoyada en el pecho de Vito, con los ojos cerrados y la boca abierta. Cuando notó el glande de Cuervo contra el ano, respiró hondo.
—Empuja despacio —dijo, con la voz rota.
Le dolió y le ardió al principio, la sintió abrirse por dentro, un ardor que le subía por la espalda. Cuervo entró un poco, esperó, entró otro poco. Vito la mantenía quieta, susurrándole al oído «respira, respira, ya está, ya está entera». Cuando Cuervo estuvo hasta la base, los dos se quedaron un momento inmóviles, con Marisa doblemente empalada, sintiéndose atravesada, llena de una manera que no había estado nunca. Después empezaron a moverse. Alternaban las embestidas con una coordinación de quien ha hecho aquello mil veces: cuando Vito subía por el coño, Cuervo se retiraba del culo; cuando Cuervo empujaba, Vito bajaba. Primero suave, luego más rápido, hasta que el dolor se transformó en una corriente que la recorría entera y Marisa empezó a gritar sin poder callarse.
—A cinco —ordenó Vito, y el ritmo se volvió un tableteo seco.
Las dos pollas la reventaban a la vez, con tacadas brutales que la hacían botar entre los dos cuerpos. Marisa notaba las pelotas de Cuervo golpeándole las nalgas, las de Vito golpeándole el coño desde abajo, los dos vientres duros aplastándola. El chapoteo era obsceno. Los gritos ya no eran suyos, salían solos. Cuervo le agarraba los hombros para clavársela hasta el fondo; Vito le chupaba los pezones sin dejar de embestir.
Cuervo fue el primero en rendirse, con un grito ronco, agarrándole las nalgas y clavándose entero, corriéndose dentro del condón mientras seguía embistiéndola en pequeñas sacudidas. La sacó despacio, dejándola vacía por detrás, y Vito la tumbó de espaldas sin salir del coño. Le levantó las piernas, se las puso sobre los hombros y la tomó doblada por la mitad, con tacadas brutales que hacían crujir el somier. Ella se llevó una mano al clítoris y se lo frotó rápido, en círculos, mientras la polla de Vito le entraba y salía a un ritmo que la hacía delirar.
—¡Sí! ¡Me corro! —gimió Marisa, y un temblor la atravesó de arriba abajo.
Se corrió gritando, con el coño apretándose alrededor de la polla, con espasmos largos que la doblaron en el colchón. Vito aguantó dos, tres estocadas más y descargó con un rugido que retumbó en toda la nave, clavándose entero, temblándole las piernas. Se quedó quieto, vaciado, encima de ella, dejándose caer sobre su pecho.
Marisa quedó tendida sobre el colchón húmedo, agotada, con las piernas abiertas, el coño palpitando, el culo dolorido, sintiéndose extrañamente dueña de sí misma. Habían follado hasta el final, pero el trofeo —su tanga, que Vito colgó luego del retrovisor para exhibirlo al arrancar— era lo único que se llevaba él. Lo demás se lo quedaba ella.
***
Cuando Vito la dejó en el mesón y arrancó haciendo sonar el claxon, Carmen la esperaba fumando en la trasera.
—Benditos los ojos. ¿Ya montó el espectáculo el cabronazo?
—Como siempre —dijo Marisa, todavía con las piernas temblando.
—Han nacido para esto. Mandar y que les obedezcan. —Carmen le dio una calada larga—. La verdad, no te creía tan lanzada. Pero darse un homenaje da vida.
Lo que Marisa no le contó fue lo otro: que su contrato pendía de un hilo. Marcial, el jefe de sala, un cincuentón rencoroso con la mujer en la cocina, llevaba días cuchicheando que cuando llegara el dueño, don Aurelio, pediría que no se lo renovaran. «No sabe hacer nada», decían él y su mujer, «huele a sitio que no debería».
Noa, que se enteraba de todo, fue quien le dio la idea esa noche.
—A Marcial lo tengo pillado —le dijo, encendiendo el portátil—. Es un vicioso. Con un par de orales come de tu mano. Y mira. —Giró la pantalla: era el propio Marcial, grabado sin saberlo, con la polla fuera y masturbándose en aquella misma habitación—. Por si las moscas.
Marisa miró la pantalla y luego miró su propio reflejo en la ventana, recortado contra el neón rosa. Hubo un tiempo en que aquello la habría espantado. Ahora calculaba.
***
Marcial llegó a la habitación recién duchado, apestando a colonia barata, con esa chulería de gallo de corral. Marisa lo recibió en bata, sin nada debajo, y dejó caer la tela despacio, quedándose completamente desnuda frente a él. Sus tetas, su vientre, el triángulo del pubis: todo a la vista. Marcial se quedó mudo, tragando saliva. No hizo falta ni encender el portátil que grababa en segundo plano.
—Túmbate —le dijo ella, y por una vez fue Marisa quien mandó.
Lo desnudó ella misma, con calma, disfrutando del temblor de las manos del hombre. Le bajó el pantalón, los calzoncillos, y le encontró la polla medio dura, gruesa y corta. Se arrodilló entre sus piernas y lo trabajó con paciencia. Empezó lamiéndosela desde las pelotas hasta el glande, con lengüetazos largos, mirándolo a los ojos. Marcial jadeó y echó la cabeza hacia atrás. Ella se la metió en la boca despacio, mamándosela con los labios apretados, chupándole solo el glande, jugando con la lengua en el frenillo. Cuando lo tuvo duro del todo, se la tragó entera, hasta la base, y volvió a sacarla despacio.
Lo llevó al borde una y otra vez. Cada vez que le notaba las pelotas apretarse, sacaba la polla de la boca y le apretaba la base con dos dedos, cortándole el orgasmo. Marcial gemía, se retorcía, le suplicaba «por favor, por favor, no pares, déjame». Ella no le hacía caso. Volvía a mamársela, se la sacaba, se la ponía entre las tetas y se la restregaba, se la volvía a tragar. El hombre era pura súplica, jadeando que nunca le habían hecho aquello, que se moría, que era la mejor mamada de su vida. Cuando por fin, después de casi una hora, lo dejó terminar, Marcial descargó en su boca con espasmos largos, gritando, y Marisa se tragó todo sin apartar los labios. Se quedó estático, tembloroso, con las piernas abiertas, derrotado en su propia chulería. Le habría firmado lo que fuera.
Una semana más tarde, Marisa era jefa de sector, con el contrato renovado y la nómina subida. La mujer de Marcial, furiosa, lo encaró en la cocina:
—¿No ibas a hablar con el dueño para que la echaran? Si se ve que esa no sabe hacer nada.
Marisa, que pasaba con una bandeja, no pudo evitar sonreír.
—Algo sí sé hacer —dijo sin detenerse—. Sobrevivir.





