Dos moteros la sometieron en aquella nave perdida
Marisa había tenido una vida de manteles caros y coches que cambiaba cada dos años. Todo eso se evaporó la mañana en que ella y Damián firmaron la quiebra y descubrieron que, después de pagar al último acreedor, no les quedaba nada. Ni siquiera ellos dos: el dinero se fue y el matrimonio se fue detrás.
A los cuarenta y dos años, sin oficio que figurara en ningún papel, lo único que encontró fue un puesto de camarera en un mesón de carretera a cien kilómetros de la ciudad. El Cruce de los Álamos, lo llamaban, junto al pueblo de Las Tordas. El sueldo era miserable y el contrato incluía una habitación. Esa fue, se dijo, la única ventaja.
La ventaja se le cayó a los pies el primer día, cuando supo que la habitación tenía dos camas y que la otra ya estaba ocupada.
—Perdona el desorden —dijo una chica que salía de la ducha enrollada en una toalla—. Soy Noa.
Noa tenía veinte años, el pelo teñido de un rojo imposible y tatuajes que le subían por las costillas. La habitación olía a tabaco frío, había ropa interior por el suelo y el rótulo de neón del mesón entraba por la ventana y lo teñía todo de rosa. Marisa dejó la maleta y entendió, sin necesidad de palabras, en qué clase de sitio había caído.
El primer turno fue una humillación lenta. Se le cayó la bandeja, confundió las comandas, los demás camareros se reían de su torpeza. A medianoche, derrotada, subió a la habitación y se durmió como un tronco, sin desvestirse del todo.
***
La despertaron los ruidos a las seis y media de la mañana. El resplandor del neón le dejó ver, en la cama de enfrente, unas caderas que subían y bajaban a un ritmo brutal. Noa estaba debajo de un hombre corpulento, un motero al que había visto fumar en la barra horas antes, con un escorpión tatuado en la espalda. La cama golpeaba la pared. Los jadeos de la chica se mezclaban con el gruñido sordo de él.
Marisa cerró los ojos y fingió dormir. Pero notó algo: en mitad de la embestida, el hombre giró la cara y la miró directamente. No buscaba a Noa. La buscaba a ella, sabiendo que estaba despierta, disfrutando de tener público. Acompasó las arremetidas a esa mirada hasta que terminó con un ronquido largo y se quedó quieto.
Después se levantó, desnudo, encendió un cigarrillo con toda la calma del mundo y se vistió sin prisa, como un dueño en su casa. Antes de salir volvió a mirarla. Marisa apretó los párpados y no respiró hasta que oyó la puerta.
***
Los días siguientes conoció a Carmen, una compañera de treinta y siete años, morena, de piernas fuertes y manos rápidas. Carmen llevaba tres años allí, vivía en el pueblo con su marido Diego y dos hijos, y tenía una forma despreocupada de hablar de todo.
—Esos dos no están mal —le dijo una noche, señalando con la barbilla a dos surfistas que bajaban hacia la costa. Altos, treintañeros, uno con coleta—. Me han propuesto que vinieras.
—¿Tú? ¿Casada?
—No me digas que tú no miras —se rió Carmen—. Ponte algo ligero. Tienen una caravana en la explanada y yo no puedo tardar.
Marisa llevaba meses sin que nadie la tocara. Se cambió, se puso un vestido de flores, y salió por la puerta de atrás con el corazón golpeándole en la garganta.
En la caravana las cosas fueron directas. El de la coleta la besó con lengua mientras le subía el vestido; en la otra litera, Carmen ya estaba desnuda y enredada con el rubio. Marisa se dejó hacer, sorprendida de su propio apetito, gimiendo más fuerte de lo que recordaba. El teléfono de Carmen no paraba de sonar en el bolso —su marido, los niños—, así que todo fue rápido, casi mecánico, dos hombres acostumbrados a follar a diario y dos mujeres con prisa.
Carmen terminó la primera, mirando el reloj. Marisa, en cambio, sintió que su hombre se contenía: no quería acabar con el preservativo puesto. Entonces ella se arrodilló, lo tomó con la boca y lo llevó hasta el final con una destreza que la sorprendió incluso a sí misma. Al vestirse, el rubio le pidió las bragas.
—Las quieren de trofeo —explicó Carmen ya fuera, encendiendo un cigarrillo—. Es normal con ellos. Oye, tienes mano para esto. Mañana libras, ¿no? Vente a cenar a casa. Mi marido cumple los cuarenta.
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La cena en casa de Carmen fue otra vida: una familia de verdad, dos niños, un marido mecánico que hablaba de montar su propio taller. Marisa sintió una punzada de envidia tan limpia que casi le dolió. De vuelta al mesón, Carmen la dejó en la puerta.
—Mira, el putón ya volvió —dijo señalando el rótulo de neón.
Bajo la luz rosada, Noa fumaba con otro motero. Otra chaqueta con escorpión, otro hombre de mirada dura. La rueda volvía a girar.
Esa madrugada se repitió la escena, idéntica y distinta. El motero levantó una pierna de Noa para que Marisa pudiera ver mejor desde su cama, retándola con los ojos, y cuando terminó se acercó desnudo, se quitó el preservativo y lo dejó caer sobre la almohada vacía de Marisa, marcando territorio. Ella no dijo nada. Se hizo la dormida y, por dentro, sintió un calor que la avergonzó.
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Una tarde, en un descanso, Marisa salió a tomar el aire y vio a Rubén, el camarero más joven —dieciocho años, delgado, de cara dulce—, escabullirse tras los setos con uno de los moteros. Por curiosidad, o por algo que no quiso nombrar, se acercó y se escondió entre las ramas.
El motero tenía al chico contra la pared y le hablaba bajo, con una sonrisa de cazador. Le pasó la mano por el pecho, lo besó, le susurró algo al oído. Rubén dudaba, pero asentía. No hubo prisa: el hombre lo fue guiando con una paciencia calculada, dominándolo despacio, hasta que el chico se entregó del todo allí mismo, jadeando contra el ladrillo bajo la luz mortecina de la farola.
Marisa se apartó. Había visto demasiado. Pero entendió una cosa con claridad: en aquel lugar, todos terminaban cediendo a esos hombres. La cuestión no era si, sino cuándo y a cambio de qué.
***
Su día libre, el chófer del autobús de línea la dejó en Las Tordas. Un pueblo feo, de calles muertas y gente cotilla. Mientras esperaba el autobús de vuelta, oyó el inconfundible potato-potato de una Harley antes de verla. Era él: el líder, el del escorpión tatuado en el cuello y la coleta saliéndole del casco. Lo llamaban Vito.
Paró a su lado y se levantó las gafas de espejo.
—¿No tienes coche?
—Ya ves —contestó ella—. Tampoco ganaría un premio a la mejor madre del año.
La miró de arriba abajo, como si la tasara.
—Sube. Es un pueblo de mierda. Te acerco.
—No llevo casco.
—Apenas hay policía.
Marisa subió. Sintió el aire en la cara y el motor vibrando bajo el cuerpo, una sensación de libertad que no recordaba. Pero Vito no tomó la carretera del mesón: se desvió por un camino secundario. Pronto una segunda Harley se puso a la par. El otro, flaco y con la cara picada, al que llamaban Cuervo, escupió a un lado.
—¿Llevas a tu tía a algún sitio, Vito? Podríamos enseñarle nuestra mansión.
Marisa lo entendió todo. Querían carne. Y, para su propia sorpresa, en lugar de pedir que la bajaran, deslizó la mano hasta la entrepierna de Vito y notó cómo se ponía duro bajo el cuero. La tendrán, pensó. Pero a mi manera.
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La nave estaba a las afueras, llena de motos, herramientas y sofás manchados. Vito se quitó el casco; tenía los ojos de un azul frío. La besó con fuerza apretándole las nalgas por encima del vestido y, cuando Cuervo entró con dos cervezas, le levantó la falda para que el otro viera el tanga de hilo.
—Vaya con la señora —dijo Cuervo con voz tensa—. Igual necesita un buen repaso, que por aquí no hay muchas oportunidades.
—O igual sois vosotros los que no las tenéis —respondió ella, sin amilanarse.
A Vito le gustó. Le gustaba que le plantaran cara para luego doblegarla; se le notaba en la sonrisa torcida. Le bajó el vestido, le soltó el sujetador y sus pechos quedaron al aire. La hizo inclinarse y apoyar las manos en el sofá mientras Cuervo, de rodillas, le separaba las piernas.
—Anda que no habrá pasado gente por aquí —murmuró Vito, abriéndola con los pulgares.
La lengua de Cuervo subía y bajaba sin prisa y Marisa, contra su voluntad, empezó a ronronear. Vito le marcaba el ritmo con la mano, ordenándole en voz baja cuándo abrir más las piernas, cuándo arquear la espalda. Era esa dominación tranquila, sin violencia pero sin opción, lo que la encendía. Cuando le dieron la vuelta y se arrodilló, tuvo las dos pollas ante la cara.
—Despacio —dijo Vito, hundiéndole los dedos en la nuca—. Tú marcas el tiempo. Pero yo cuento.
Y contó. Marisa los atendió a los dos, alternando, sintiendo que cada vez que cedía un poco más también ganaba algo: el control de su miedo, la prueba de que aún podía mandar sobre algo, aunque fuera de rodillas. Cuando le faltó el aire, fue ella quien volvió a tragarse la polla de Vito, como una demostración.
—Buena chica —jadeó él.
***
Sacaron un colchón sobre el somier de un sofá cama. Vito sostenía un preservativo en la mano cerrada.
—A forro —dijo ella antes de que preguntaran, sacando un bote de vaselina del bolso—. No tomo nada.
—Ya venía preparada la señora —se rió Cuervo.
Marisa se tumbó a horcajadas sobre Vito y se lo clavó despacio, sintiéndolo entero. Él le sujetó las caderas, marcándole el vaivén, mientras Cuervo se colocaba detrás y, tras embadurnarse, la fue abriendo poco a poco. Le dolió y le ardió al principio, pero los dos sabían lo que hacían: alternaban las embestidas con una coordinación de quien ha hecho aquello mil veces, primero suave, luego a fondo, hasta que el dolor se transformó en una corriente que la recorría entera.
—A cinco —ordenó Vito, y el ritmo se volvió un tableteo seco.
Cuervo fue el primero en rendirse, con un grito ronco, agarrándole las nalgas. Vito lo relevó sin pausa, tomándola por detrás con tacadas brutales, mientras ella se tocaba y deliraba.
—¡Sí! ¡Me corro! —gimió Marisa, y un temblor la atravesó de arriba abajo.
Vito descargó con un rugido que retumbó en toda la nave y se quedó quieto, vaciado. Marisa quedó tendida sobre el colchón húmedo, agotada, sintiéndose extrañamente dueña de sí misma. Habían follado hasta el final, pero el trofeo —su tanga, que Vito colgó luego del retrovisor para exhibirlo al arrancar— era lo único que se llevaba él. Lo demás se lo quedaba ella.
***
Cuando Vito la dejó en el mesón y arrancó haciendo sonar el claxon, Carmen la esperaba fumando en la trasera.
—Benditos los ojos. ¿Ya montó el espectáculo el cabronazo?
—Como siempre —dijo Marisa, todavía con las piernas temblando.
—Han nacido para esto. Mandar y que les obedezcan. —Carmen le dio una calada larga—. La verdad, no te creía tan lanzada. Pero darse un homenaje da vida.
Lo que Marisa no le contó fue lo otro: que su contrato pendía de un hilo. Marcial, el jefe de sala, un cincuentón rencoroso con la mujer en la cocina, llevaba días cuchicheando que cuando llegara el dueño, don Aurelio, pediría que no se lo renovaran. «No sabe hacer nada», decían él y su mujer, «huele a sitio que no debería».
Noa, que se enteraba de todo, fue quien le dio la idea esa noche.
—A Marcial lo tengo pillado —le dijo, encendiendo el portátil—. Es un vicioso. Con un par de orales come de tu mano. Y mira. —Giró la pantalla: era el propio Marcial, grabado sin saberlo, masturbándose en aquella misma habitación—. Por si las moscas.
Marisa miró la pantalla y luego miró su propio reflejo en la ventana, recortado contra el neón rosa. Hubo un tiempo en que aquello la habría espantado. Ahora calculaba.
***
Marcial llegó a la habitación recién duchado, apestando a colonia barata, con esa chulería de gallo de corral. Marisa lo recibió en bata, sin nada debajo, y dejó caer la tela despacio mientras él se quedaba mudo. No hizo falta ni encender el portátil que grababa en segundo plano.
—Túmbate —le dijo ella, y por una vez fue Marisa quien mandó.
Lo trabajó con paciencia, despacio, llevándolo al borde una y otra vez hasta que el hombre era pura súplica, jadeando que nunca le habían hecho aquello. Cuando por fin lo dejó terminar, Marcial se quedó estático, tembloroso, derrotado en su propia chulería.
Una semana más tarde, Marisa era jefa de sector, con el contrato renovado y la nómina subida. La mujer de Marcial, furiosa, lo encaró en la cocina:
—¿No ibas a hablar con el dueño para que la echaran? Si se ve que esa no sabe hacer nada.
Marisa, que pasaba con una bandeja, no pudo evitar sonreír.
—Algo sí sé hacer —dijo sin detenerse—. Sobrevivir.