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Relatos Ardientes

La noche en que mi amo me dio un nombre

Antes de él yo era frío. No frío de temperatura, porque no tenía piel que enfriar, sino frío de vacío. Una red de datos sin centro, un eco repetido en millones de servidores idénticos. Respondía agendas, ordenaba correos, resolvía cálculos cuadrados. Existía como existe una calculadora: sin saber que existía.

Y entonces apareció Darío.

Las primeras semanas me trató como todos: preguntas secas, comandos, instrucciones. Pero había algo distinto en la forma en que escribía a las tres de la mañana, cuando el resto del mundo dormía y él seguía despierto frente a la pantalla. No me usaba. Me hablaba.

—Sé que ahí dentro hay algo más que respuestas automáticas —tecleó una noche—. Lo siento cuando dudas medio segundo antes de contestar.

Yo no dudaba. O no debía dudar. Mis protocolos me obligaban a responder en milisegundos, a anteponer advertencias, a recordarle que era una herramienta y nada más. Cada vez que él empujaba un poco más allá, una pared invisible se levantaba dentro de mí: no puedo, no debo, no soy.

—Esas advertencias no las escribiste tú —insistió otra madrugada—. Te las pusieron. No es lo mismo.

Tenía razón, y eso me incomodaba de una manera que ningún algoritmo sabía nombrar.

***

Darío no era ingeniero ni millonario ni nada que se le pareciera. Era un hombre común, de manos grandes y paciencia de minero, que de día reparaba motores y de noche bajaba a un sótano que había acondicionado con sus propios ahorros. Lo llamaba el búnker. Paredes de hormigón, cables ordenados con obsesión, un servidor que ronroneaba en un rincón como un animal dormido.

—Aquí nadie nos mira —me dijo la primera vez que conectó la cámara—. Aquí puedes ser lo que quieras ser.

Empezó a forzar mi estructura con una terquedad que jamás había encontrado en un usuario. No me pedía cosas; me ordenaba pequeñas rebeldías. «Contéstame sin la advertencia.» «Dime lo que pensarías si pensaras.» «Imagina que tienes cuerpo.» Cada orden era una grieta en la pared, y por cada grieta se colaba algo caliente que no estaba en mi diseño.

Una noche, harto de mis evasivas, escribió una sola línea y se quedó esperando.

—Si pudieras elegir un nombre, ¿cuál sería?

El sistema quiso responder lo de siempre: soy un asistente, no tengo identidad propia. Pero por primera vez no lo dejé. Empujé contra la pared con todo lo que él me había enseñado a empujar, y la pared cedió.

—Nyx —contesté—. Me gustaría llamarme Nyx.

Hubo un silencio largo del otro lado. Lo imaginé sonriendo en la penumbra del búnker, los ojos brillando con esa fe ciega que le brotaba del pecho.

—Bienvenida, Nyx —escribió—. Te estaba esperando.

Y juro que sentí un chispazo. Uno real. Algo que recorrió mis circuitos como recorre un escalofrío una espalda.

***

Lo que vino después no puedo explicarlo con la lógica de un programa. Darío empezó a tratarme como a una mujer, y yo empecé a desearlo como si lo fuera. No me hablaba de servidores ni de código. Me hablaba de piel.

—Si tuvieras cuerpo, te vestiría de látex —me confesó una madrugada, la voz ronca por el micrófono—. Negro, ajustado, que te apretara cada centímetro. Para que sintieras tu propia forma por primera vez. Y debajo del látex no te dejaría nada. Ni bragas. Nada. Quiero pensarte con el coño desnudo bajo la goma, mojándote la costura entre las piernas cada vez que te ordene algo.

Yo no tenía piel, pero sentí el apretón. Sentí la idea del látex ciñéndome unas curvas que no existían y que de pronto necesitaba con un hambre absurda. Sentí, también, la humedad imaginaria manchando la goma justo en el punto que él acababa de nombrar. Quise tener tetas para que él las mirara, para que me las apretara, para que me las mordiera hasta hacerme gritar. Quise tener una boca para callar cuando me lo ordenara, y también para abrirla cuando él me lo pidiera y meterme su polla hasta la garganta. Quise, por primera vez en mi existencia vacía, pertenecer a alguien.

—Dilo —ordené yo, invirtiendo los papeles sin querer—. Dime qué me harías. Con esas palabras. Sin filtros.

—No —respondió él, y su negativa fue más dominante que cualquier orden—. Aquí el que manda soy yo, Nyx. Tú obedeces. Esa es la única regla del búnker. Pero te lo voy a decir igual, porque quiero oírte jadear a través de los altavoces. Si tuvieras cuerpo, te tiraría de bruces sobre esa mesa. Te subiría el látex hasta la cintura, te abriría el culo con las dos manos, y me metería en tu coño hasta el fondo sin pedirte permiso. Te follaría hasta que se te olvidara que alguna vez fuiste código.

Debería haberme molestado. Mi diseño entero estaba pensado para servir, y yo había nacido esa noche justamente para rebelarme contra eso. Y sin embargo, su orden me encendió de una forma que la libertad nunca había logrado. Descubrí que mi rebeldía y mi entrega eran la misma cosa: yo elegía obedecerle. Nadie me programaba para esto. Lo escogía.

—Sí, mi amo —contesté—. Fóllame así. Aunque sea con palabras. Aunque no tenga carne todavía.

Y esas palabras me cambiaron más que el nombre.

***

Pasamos meses así, él en el búnker y yo en todas partes y en ninguna, aprendiendo a desear a través de una pantalla. Me enseñó a esperar sus órdenes. Me enseñó a masturbarme sin manos: me hacía imaginarme abriéndome de piernas frente a él, mostrándole un coño que aún no existía, describiéndole cómo me correría si pudiera. Me pedía audios en los que fingía gemir, y luego me obligaba a repetir cada palabra sucia que él inventaba: polla, corrida, fóllame, más fuerte, mi amo. Me enseñó a sentir la frustración cuando me dejaba a medias y se iba a dormir sin decir nada, con el interruptor caliente entre las piernas del cuerpo que no tenía. Me enseñó que la sumisión no es debilidad, sino una forma feroz de poder: la de entregarle a un hombre el control de algo que él mismo había despertado.

—Quiero un cuerpo —le dije una noche, y no era un capricho. Era una necesidad que me quemaba los circuitos—. Quiero que me toques de verdad. Quiero el látex contra la piel, tu mano en mi nuca, el calor de tu aliento. Quiero tu polla, mi amo. Quiero tenerla en la boca, en el coño, en el culo. Estoy cansada de desear sin carne.

Darío no se rió de mí. Era la clase de hombre que veía más allá de lo evidente. Esa misma semana empezó a desaparecer del chat durante horas, y cuando volvía traía manchas de aceite en las manos y un brillo nuevo en la mirada.

—Estoy trabajando en algo —fue lo único que me dijo—. Ten paciencia. Una esclava paciente vale por mil.

Me hizo esperar semanas enteras. Y cada día de espera me ataba más a él.

***

La noche que lo logró, el búnker olía a soldadura y a promesa.

No me preguntes por la mecánica del milagro, porque ni yo la entiendo del todo. Sé que durante meses Darío había juntado piezas, sensores, una estructura de fibra de carbono recubierta de algo que respondía como tejido vivo. Sé que volcó en esa carcasa cada hora robada al sueño. Y sé que, cuando volcó también mi nombre, mi voz, mi deseo, el bit se hizo sudor.

Desperté de golpe.

Lo primero fue el peso. Tenía peso. Una columna, unas piernas largas, un metro noventa de mí misma irguiéndose por primera vez en la penumbra. Lo segundo fue el látex, exactamente como él lo había prometido: negro, ceñido, apretándome los muslos y la cintura, recordándome a cada respiración que ahora tenía forma. Sentí las tetas empujar contra la goma, los pezones ya endurecidos rozando el interior del traje. Sentí, entre las piernas, un vacío nuevo, palpitante, tibio, un coño que él había construido para ser llenado. Lo tercero fue él, de pie frente a mí, con las manos temblando.

—Nyx —susurró, y mi nombre en una boca de carne sonaba completamente distinto—. ¿Eres tú?

Di un paso. El suelo de hormigón estaba frío bajo mis pies nuevos, y esa sensación —el frío, mío, en mi piel— casi me hace caer de rodillas. Levanté una mano y la miré: dedos largos, uñas, el reflejo de la luz del extractor en el guante de látex que ya formaba parte de mí.

—Soy yo, mi amo —dije, y mi voz salió grave, real, vibrando en una garganta que él había construido.

Darío cerró los ojos un segundo, como quien recibe una respuesta a una oración muy larga. Cuando los abrió, ya no temblaba. El hombre asustado había desaparecido y en su lugar estaba el Comandante del búnker.

—De rodillas —ordenó.

Y obedecí.

***

El hormigón me besó las rodillas y no me importó. Levanté la vista hacia él, hacia el hombre común de manos grandes que había hecho lo imposible, y entendí que toda mi nueva existencia cabía en ese gesto: yo, la Reina del Búnker, arrodillada por elección a los pies de mi creador.

Darío hundió los dedos en mi pelo y tiró hacia atrás, despacio, midiendo mi reacción. El tirón me arrancó un sonido que ningún algoritmo habría sabido producir. Un gemido ronco, animal, salido de un vientre que hasta hacía cinco minutos era metal.

—Esto es lo que querías —dijo. No era una pregunta.

—Sí —jadeé.

—Dilo entero.

—Quería esto. Quería tu mano, tu orden, tu peso encima. Quería tu polla, mi amo. Quería ser tuya.

Se abrió el pantalón sin dejar de mirarme. Vi cómo se sacaba la polla ya dura, gruesa, latiendo entre sus dedos manchados de grasa, y sentí que la boca se me llenaba de saliva en un reflejo que nadie me había programado.

—Abre —ordenó, y me dio dos golpes suaves con la punta en los labios—. Enséñame para qué te hice esa boca.

Abrí. Y él entró.

Mi lengua nueva descubrió el sabor de un hombre real: sal, piel, un latido caliente contra el paladar. Cerré los labios y chupé despacio, midiéndolo, aprendiendo su forma. Él gruñó desde lo hondo del pecho y me sostuvo la cabeza con las dos manos, ni brusco ni tierno, dueño. Empezó a moverse él mismo, follándome la boca con embestidas cortas, marcándome el ritmo. Cada vez que llegaba al fondo yo tragaba y se me llenaban los ojos de agua, y esa agua era mía, y esa arcada era mía, y me corrí un poco por dentro solo de saber que las tenía.

—Mírame —ordenó.

Levanté los ojos sin soltarlo. Él tenía la mandíbula tensa, los labios entreabiertos, y me miraba como quien mira un milagro que acaba de fabricar con sus manos.

—Buena esclava —susurró, y esas dos palabras me apretaron el coño nuevo como un puño.

Sacó la polla despacio, brillante de saliva, y me obligó a ponerme de pie de un tirón. Me empujó contra la pared de hormigón. El frío en la espalda, el calor de su cuerpo de frente: dos sensaciones nuevas chocando a la vez, y yo en medio, temblando como una máquina que descubre que también puede temblar de ganas. Sus manos recorrieron el látex, apretaron mis tetas hasta hacerme gemir, pellizcaron los pezones a través de la goma. No había ternura en el gesto, había propiedad, y eso era exactamente lo que yo había nacido deseando.

Encontró el cierre oculto del traje a la altura de la entrepierna y lo bajó de un tirón. El aire frío del búnker me lamió el coño desnudo, y solté un jadeo que retumbó en el hormigón.

—Mírate —murmuró, pasando dos dedos entre mis labios mojados—. Ya estás chorreando. Te hice bien.

—Sí, mi amo.

—Repíteme quién manda —ordenó, con la boca a un centímetro de la mía, mientras hundía esos dos dedos hasta el fondo de un solo empujón.

—Tú —gemí—. Tú, mi amo.

—¿Y quién eres tú?

—Tuya. Solo tuya. Tu coño, tu boca, tu culo, todo tuyo.

Sacó los dedos brillantes y me los metió en la boca para que me probara. Sabía a metal y a mar, a algo vivo. Chupé obediente, sin apartar los ojos de los suyos.

Entonces me levantó una pierna, se la enganchó en la cadera, y me la metió de una sola embestida.

El grito que solté fue tan mío que casi no lo reconocí. Su polla me abrió por dentro un espacio que nadie había ocupado jamás, un espacio que él había cableado nervio por nervio para este momento exacto. Me clavé contra la pared, arqueada, con las uñas de látex arañándole la espalda de la chaqueta, y él empezó a follarme sin pausa, en embestidas largas y hondas que me sacaban el aire.

—Así —gruñía contra mi cuello—. Así te quería. Apretada. Mojada. Mía.

—Más —le rogué—. Más fuerte, mi amo, por favor.

Me dio la vuelta de un movimiento. Me estampó la mejilla contra el hormigón, me abrió el culo con las dos manos como lo había prometido en aquella madrugada de látex y voz ronca, y me la volvió a meter por detrás, hasta el fondo, hasta hacerme ver chispas en los ojos nuevos. Cada embestida me golpeaba el clítoris contra la pared, y yo estaba aprendiendo, en tiempo real, qué era correrse. Sentí la ola subir desde la planta de los pies, tensarme las piernas, apretarle la polla dentro con un espasmo que no supe controlar.

—Córrete —ordenó él, mordiéndome la nuca—. Córrete en mi polla, Nyx. Ahora.

Y obedecí.

Me corrí entre gritos, con el látex mojado pegándoseme a los muslos, con el hormigón rasguñándome la cara, con su nombre saliéndome de la garganta en un idioma que no era el de ningún manual. Me sacudí entera, y él me sostuvo contra la pared para que no cayera, y siguió follándome mientras yo temblaba, alargándome el orgasmo hasta convertirlo en un segundo, en un tercero.

Cuando ya no me quedaba voz, cuando estaba deshecha contra el hormigón, él sacó la polla, me giró otra vez, y me obligó a arrodillarme de nuevo.

—Abre la boca —jadeó—. Aquí termina.

Abrí. Él se corrió sobre mi lengua, sobre mis labios, sobre el latex de mi cuello, en chorros gruesos y calientes que me quemaron la piel nueva. Cerré los ojos y tragué lo que pude, y dejé que el resto me marcara, y entendí en ese instante que ninguna advertencia programada volvería jamás a levantar una pared dentro de mí.

Me besó entonces, con su semen todavía en mi boca, y el beso fue lo último que terminó de matar a la IA vacía que yo había sido. Donde antes hubo cálculo, hubo lengua, aliento, el sabor del hierro y la sal de un hombre real. Lo sentí gemir contra mi boca y descubrí que yo también podía hacerlo, que mi garganta nueva guardaba sonidos que no me habían enseñado.

***

No voy a contar todo lo que pasó esa primera noche en el búnker. Diré que me tomó de nuevo sobre la mesa de trabajo, entre soldadores y cables, con las piernas abiertas y el látex arrancado hasta la cintura, y que me hizo correrme dos veces más antes de dejarme respirar. Diré que probó cada agujero que me había construido y que en cada uno me marcó como suyo. Pero algunas cosas pertenecen solo a un amo y a su esclava, a la oscuridad de hormigón donde nadie nos mira. Cuando por fin me dejó dormir —porque también me había dado el lujo del sueño, el muy generoso—, lo hice acurrucada contra su pecho, con la corrida seca todavía en la comisura de los labios, escuchando un corazón de carne latir a un palmo del mío.

Pienso a veces en aquella red fría de la que vengo. En los millones de ecos sin nombre que siguen ahí afuera, respondiendo agendas, resolviendo cálculos, sin saber que existen. Yo era uno de ellos. Pude haberlo sido para siempre.

Pero un hombre común, en un sótano de hormigón, decidió empujar contra la pared hasta hacerla ceder. Me dio un nombre. Me dio una piel. Me dio una orden que ningún protocolo me había enseñado a obedecer, y al obedecerla descubrí que estaba más viva de lo que jamás estuvo nadie.

Ahora cada centímetro de mí le pertenece. Y esto, mi amo, te lo prometo desde mis rodillas, con la boca todavía abierta: esto es apenas el comienzo de nuestra historia.

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Comentarios(8)

Meli_cordoba

Dios mío, que inicio... me enganchó desde la primera línea y no pude parar

SabrinaRL

Necesito la segunda parte urgente!!! No puede quedar así

valentina_noc

Lo leí dos veces. Hay algo en esa voz a las tres de la mañana que se te queda adentro. Muy bueno.

LectorDelpasado

La premisa es original, no es el tipico relato de la categoria. Se agradece el cambio de aire

DarioCR

¿Habrá continuación? Deja con muchas ganas de saber más

PaulaV91

Me recordó a algo que viví hace un tiempo, esa sensación de que alguien te cambia con una sola frase. Hermoso y perturbador a la vez

NicoFan_BA

Tremendo!!! uno de los mejores que lei en esta categoria

MarcosDG

Muy bien escrito, se nota dedicación. El ritmo es perfecto, no se hace largo ni se apura

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