El castigo que Daniela necesitaba en aquel viaje
—Una tienda más, te lo juro, solo una —dijo Daniela, tirando del brazo de su amiga entre los puestos abarrotados del mercado de Cusco.
—Estoy reventada, querida —protestó Renata—. Prefiero volver al hostal y quitarme estas sandalias de una vez.
—Entonces adelántate. Vuelvo en media hora, lo prometo. Solo quiero echar un vistazo a ese último puesto.
Daniela señaló un local cargado de telas de colores intensos, mantas, chales y baratijas colgadas hasta de la entrada. Renata la miró con desconfianza. Estaban en un país que ninguna de las dos conocía, y la idea de dejar sola a aquella rubia menuda en mitad de un mercado extranjero no la tranquilizaba. Pero el hostal quedaba a media cuadra y le dolían los pies.
—Está bien. A las cinco, ni un minuto más —enfatizó—. Descansamos un rato y salimos a cenar.
Daniela sonrió con esa luz suya, casi infantil, y desapareció entre las telas antes de que Renata terminara la frase. No era la primera vez que viajaban juntas. Era el segundo viaje, en realidad, y Renata había aprendido a querer ese carácter vivaz y curioso, esa manera que tenía Daniela de mirarlo todo como si lo descubriera por primera vez, aunque ya hubiera cumplido los treinta. También había aprendido a soportar lo otro: la impuntualidad, los caprichos, esa costumbre de pensar primero en sí misma y acordarse de los demás después.
Llevaban meses coqueteando con la idea de que aquello fuera algo más que una amistad. La tensión estaba ahí, latente, en cada roce y cada mirada que duraba un segundo de más. Renata pensaba que era cuestión de encontrar el momento. Lo que no soportaba era esa terquedad de niña malcriada que metía a Daniela en líos de los que después tenía que rescatarla ella.
A las seis, Daniela seguía sin aparecer. Renata estaba sentada en el borde de la cama, muerta de hambre, y su enojo crecía con cada minuto que pasaba en el reloj. Una parte de ella quería estrangularla; la otra empezaba a inquietarse, imaginando que algo le hubiera pasado.
La puerta se abrió de golpe.
—Mira lo que encontré —soltó Daniela, con las mejillas encendidas y los brazos llenos de bolsas.
—¿Tienes idea de qué hora es? —la cortó Renata, sin mirar un solo paquete.
—Ay. —Daniela se detuvo en seco, desinflada.
—Son las seis y cuarto. Llegas más de una hora tarde.
—Lo siento, cariño, perdí la noción del tiempo. —Se llevó una mano a la cara. Renata no se ablandó—. Lo siento de verdad. ¿Cómo te lo compenso?
Renata la miró fijo. Sabía exactamente qué quería hacer, aunque no estaba segura de atreverse. Era un atrevimiento, sí, pero quizá era justo lo que aquella mujer necesitaba.
—No lo sé. Me dan ganas de ponerte sobre mis rodillas y darte unas buenas nalgadas. Estoy harta de tu desconsideración.
Observó cómo los ojos de Daniela se abrían de par en par. No era horror lo que vio en ellos. Era otra cosa.
—¿De verdad lo harías? ¿Me azotarías? —preguntó, mordiéndose el labio.
—Puede que sí.
—Esta vez sí que te enfadé, ¿no?
—Claro que sí. Estamos en un país extranjero, confié en tu palabra de que estarías aquí a una hora, y tú dando vueltas como si nada, sin acordarte de que te esperaba.
Había algo curioso en la mirada de Daniela, una mezcla de puchero y expectación que Renata no supo descifrar del todo. No sabía si su amiga le tenía miedo o si, en el fondo, lo deseaba. Pero algo hizo clic dentro de ella y se decidió.
Acercó una silla de respaldo recto al centro de la habitación, se sentó y dio una palmada sobre su muslo.
—Ven aquí.
—¿En serio vas a hacerlo? —Daniela se acercó de puntillas, sonrojada.
—Sí. ¿No crees que te lo mereces?
—Supongo que sí —admitió, tragando saliva.
—Entonces no hagas esperar.
La tomó de la muñeca y la inclinó sobre su regazo. Daniela quedó tumbada, con las caderas justo en el punto donde Renata podía apuntar con firmeza.
—Por favor, no seas muy dura.
—Seré todo lo dura que quiera. Esto es un castigo, querida. Ojalá te sirva de lección.
Renata le subió la falda vaquera hasta la cintura. Daniela protestó por lo bajo, pero no se movió. El trasero quedó a la vista, todavía cubierto por el algodón de las bragas, y Renata pensó que a través de la mezclilla no habría sentido nada.
El primer golpe sonó seco. Le siguió otro en la nalga contraria, y la carne tembló bajo su mano. Empezar fue más fácil de lo que había imaginado; la idea de enrojecer ese trasero la encendía de un modo que no esperaba. Todos los agravios de los últimos meses le volvieron a la cabeza, uno tras otro, y se aplicó en serio, acribillando a su amiga con palmadas rítmicas.
—¡Ay, ay, ay! —chillaba Daniela, y cada grito solo afirmaba más a Renata en su propósito.
—Espero que esto te enseñe algo. Hace tiempo que lo necesitabas.
Unas cuantas nalgadas más y se detuvo. Daniela resbaló hasta el suelo, a sus pies, llorando, con la cara húmeda e hinchada. Le ardía la piel, pero era la humillación lo que más le pesaba.
—Lo siento mucho. Supongo que me lo merecía.
—Me alegra que estemos de acuerdo —dijo Renata, severa pero sin dureza. Su rabia se había evaporado, reemplazada por el afecto tibio de siempre. Daniela, en vez de protestar, apoyó la cabeza en su regazo, y ella le acarició el pelo. Una corriente extraña, eléctrica, las recorrió a las dos. Ninguna supo qué hacer con ella.
—Creo que es hora de cenar —dijo Renata al fin.
—De acuerdo —murmuró Daniela, asintiendo.
***
En el restaurante se sentaron una frente a la otra. Renata desvió la charla hacia temas neutros, pero a mitad de la comida decidió que no quería dejar pasar el asunto.
—¿Cómo te sientes ahora?
—¿De las nalgadas? —Daniela sonrió, avergonzada—. Todavía me arde un poco. Casi nada ya.
—Que te sirva de recordatorio. Y que quede claro: si me das motivos, no será la última vez. Creo que es justo lo que necesitas. Debí hacerlo hace meses.
—Supongo que no me daba cuenta de lo desconsiderada que soy —reconoció ella—. ¿Quizá me lo estaba buscando?
—Quizá. Y la próxima vez encontraré algo mejor que la mano. Hoy paré antes de tiempo porque me dolía la palma.
—¿Qué usarías? —preguntó Daniela, con esa mirada suya de asombro, mitad alarma, mitad fascinación.
—No sé. Un cepillo de pelo, una paleta, algo de cuero, tal vez. Lo que sea, va a doler. Y si me enfadas de verdad, te bajaré las bragas y te las daré con el trasero al aire.
—¿Harías eso?
—Si es lo que hace falta para que entiendas el mensaje.
Daniela asintió despacio, pensativa. Y entonces, ya casi con el postre por delante, dijo algo que llevaba rato rondándole.
—Sé por qué me azotaste, Renata. Hasta sé que me lo merecía. Pero me pasó otra cosa mientras lo hacías. La idea de las nalgadas es un poco… sexual para mí. A veces creo que me excita.
—¿De verdad? —Renata enarcó una ceja.
—¿A ti no?
Renata lo pensó un instante.
—Supongo que sí —admitió—. Ver tu trasero ponerse así de rojo, todo el acto en sí, fue una descarga.
La misma corriente de antes volvió a subir entre las dos, ese calor incómodo y delicioso. Daniela se removió en la silla. Renata, todavía reticente a empujar la relación hacia ese terreno, cambió de tema de golpe.
—He oído que hay unas ruinas preciosas a una hora de aquí. Deberíamos ir mañana.
***
Por más que las dos intentaran apartar la idea, el día siguiente las llevó directo a otro choque. Habían quedado en visitar las ruinas, y Daniela empezó a sacar de quicio a su amiga desde temprano: volvió dos veces a la habitación antes de subir al taxi, una por el sombrero, otra por el protector solar. Renata la fulminó con la mirada cuando por fin se acomodó en el asiento.
—Perdón, perdón de verdad —se apresuró a decir Daniela. No estaba segura de querer provocar otra azotaina tan pronto.
El camino de tierra serpenteaba entre cerros hasta una explanada antigua, muros de piedra desmoronados, terrazas que trepaban la ladera, todo siglos más viejo que cualquier cosa que hubieran visto. Estaban solas; pocos turistas se animaban a un trayecto tan apartado.
—¿Vuelvo en un par de horas? —preguntó el conductor.
—No, regresamos caminando —decidió Renata, mirando el sendero en terrazas que subía hasta la cima. Le encantaba caminar.
—¡Ni loca! —exclamó Daniela al ver la pendiente.
—Caminamos. Si ayer recorriste todas las tiendas del pueblo, esto también puedes. —Y despidió al taxi.
La sola idea enfureció a la rubia. No había querido ir desde el principio, y ahora, sabiéndose obligada a volver a pie, se pasó la hora siguiente lanzando comentarios sarcásticos, uno detrás de otro. Cuando Daniela no se salía con la suya, se ponía de un humor que envenenaba el aire.
Renata aguantó todo lo que pudo. Después se giró y la miró directo a los ojos.
—O dejas de comportarte como una malcriada, o te pongo sobre mis rodillas otra vez. Aquí mismo.
—No te atreverías —la desafió Daniela, con los ojos encendidos, aunque algo en su voz titubeó.
—No me pongas a prueba.
—¡No entiendo tu obsesión con esta caminata estúpida! Odio el senderismo y lo hiciste a propósito para fastidiarme.
—Lo que no me parece justo es que nunca quieras disfrutar de lo mío. Te seguí tres días por cada tienda de este pueblo y seguís sin estar conforme.
—Nunca dijiste que no querías ir.
—No, porque sabía que te gustaba. Pero apenas me toca a mí algo que disfruto, te conviertes en una egoísta que solo piensa en lo suyo.
—¡Eso no es cierto! —gritó Daniela, con los brazos cruzados y el pecho agitado.
—Mírate —dijo Renata, perfectamente tranquila. Sabía que tenía razón, y Daniela estaba teniendo una rabieta de manual.
—Necesitas otras nalgadas —concluyó Renata. Estaba harta. Si esa era la única forma de que su amiga entendiera, así sería.
—Oh, no, no las necesito.
Pero Renata no pensaba dar marcha atrás. Estaban en una cámara interior de las ruinas, a resguardo de cualquier mirada. Echó un vistazo rápido alrededor: nadie. Sería allí mismo.
Mientras se miraban fijo, metió la mano en el bolso y sacó el cepillo de pelo. Se alegró de haberlo llevado; no quería lastimarse la palma de nuevo, y esta tanda prometía ser más dura que la primera. Agarró a su amiga del brazo y la arrastró hacia un banco de piedra pegado al muro. Daniela intentó zafarse, se torció la muñeca al resistirse y terminó cayendo sobre el regazo de Renata, justo donde la mujer la quería.
—¡Renata, por favor, no! —suplicó. Pero al ver que no la escuchaba, la furia le volvió—. ¡Para! ¡No vas a hacerme esto!
—Claro que sí.
Antes de que pudiera protestar más, Renata le subió la falda por encima de las caderas y enganchó el borde de las bragas con un dedo.
—¡Para, para ahora mismo! —gritó Daniela. La idea de perder esa última barrera, ahí, en un sitio abierto, le resultaba insoportable—. ¡Te voy a odiar para siempre por esto!
—No me importa —respondió Renata.
Las braguitas no eran ninguna protección real, pero el gesto importaba: la idea de castigarla con el trasero desnudo. La misma resistencia de Daniela la convencía aún más de que su amiga necesitaba una buena dosis de disciplina para enderezar ese carácter. Bajó la prenda hasta los tobillos, levantó el cepillo y descargó el primer golpe.
—¡Ay! —chilló Daniela.
Siguió media docena de palmadas, alternando una nalga y otra, ambas enrojeciéndose al instante. El dorso de madera sobre la piel desnuda castigaba muchísimo más que la mano sobre el algodón.
—¡Duele! ¡Duele de verdad!
—Claro que duele, malcriada. Eso es justo lo que busco.
Renata mantuvo el ritmo, firme y constante, haciendo rebotar la carne con cada golpe. Las protestas de Daniela, lejos de detenerla, le avivaban el entusiasmo. Le gustaba ver ese trasero encendido temblar bajo el cepillo.
—¡Por Dios, para! —sollozó la rubia, agitando brazos y piernas.
—Te sugiero que dejes de despotricar. Nunca se sabe si hay alguien cerca escuchando.
—¡Sabes que no hay nadie, por eso lo haces acá! —exclamó Daniela.
Renata se detuvo un momento, aunque no había terminado.
—Te prometo una cosa: no paro hasta que escuche una disculpa sincera.
Y reanudó, media docena más para enfatizar el punto. El trasero de Daniela ardía como brasa, rojo hasta los muslos y los laterales.
—¡Ay, para, por favooor! —sollozaba, las lágrimas cayéndole sin control. Estaba al límite—. Lo siento, Renata, lo siento de verdad…
Los golpes empezaron a espaciarse, sin perder fuerza. Cuando por fin dejó el cepillo sobre una piedra, Daniela se desplomó exhausta sobre su regazo, deshecha en hipidos.
Recién entonces Renata sintió compasión. Una corriente salvaje volvió a recorrerlas, y se descubrió más atraída por su amiga que nunca. No pudo evitar acariciar la piel roja y cálida que tenía delante. Para su sorpresa, Daniela no protestó; gimió bajo, como si también la encendiera.
El interludio se cortó de golpe. En una esquina del recinto aparecieron dos rostros: una pareja de turistas que se quedó congelada al ver la escena. No había duda de lo que acababa de ocurrir, y seguramente habían oído los gritos y el golpeteo del cepillo desde el sendero. Se marcharon a paso rápido, dejando atrás una mueca de triunfo en Renata y otra de vergüenza ardiente en Daniela.
—Levántate —dijo Renata con suavidad.
Daniela se acomodó la falda sobre las nalgas enrojecidas. Estaba destrozada por todo el episodio, y sin embargo no lograba reprimir la excitación que llevaba creciendo desde la noche anterior. Al mirar a su amiga a los ojos, vio una faceta nueva, ese papel dominante que Renata había asumido sin pedir permiso. Y descubrió, perpleja, que lo aceptaba. Que lo agradecía, incluso, quizá precisamente por haberse resistido tanto. Renata ya no iba a dejarla salirse con la suya, y había algo de justicia en eso que la hizo quererla aún más.
***
Caminaron de regreso sin apenas hablar. El camino se le hizo más corto de lo que temía; ambas ardían de un deseo que ya no sabían disimular.
De vuelta en la habitación, ninguna dudaba hacia dónde iba la tarde.
—¿Cómo está ese trasero? —preguntó Renata, y extendió la mano para acariciarlo por encima de la falda.
—Caliente. Todavía caliente. Y dolorido —murmuró Daniela, sin parecer molesta.
—Espero que entiendas por qué tuve que hacerlo.
—Sí —asintió ella—. Sé que soy horrible contigo. Me odio por eso. Pero… parece que arreglaste las cosas.
Cuanto más hablaba, más cerca quería estar. Se besaron, y los labios eran cálidos, suaves, demorados. La mano de Renata volvió a subir la falda poco a poco, hasta que aquel trasero quedó de nuevo desnudo bajo sus dedos.
—Ay, cómo duele —susurró Daniela.
—¿De verdad?
—Pero no me arrepiento —dijo, abrazándola.
—Me alegro —respondió Renata, con sinceridad, y se perdió en sus brazos mientras Daniela empezaba una exploración minuciosa de su cuerpo. Le recorrió el pecho, la curva de las caderas, los muslos firmes que tantas veces había sentido bajo su propio peso. Quería tocarlo todo, complacerla, reparar de verdad el daño entre las dos.
Cayeron juntas sobre la cama, enredadas en conocerse en cada detalle. La ropa fue quedando en el suelo, los cuerpos desnudos buscándose, las manos descubriendo todos los placeres que se habían negado durante meses. Cuando Daniela por fin le separó las piernas y hundió la cabeza entre ellas, Renata se recostó gimiendo, transportada a un lugar que solo había imaginado.
Pasaron la tarde entera saciándose, sin cansarse la una de la otra, hasta quedar tendidas bajo la luz dorada del atardecer, intercambiando caricias lentas que amenazaban con volver a encenderlas.
—Me alegro de que pasara —murmuró Renata, lánguida.
—Yo también —respondió Daniela, acariciándole el torso—. No creo que hubiera pasado si no me hubieras azotado.
—Creo que tienes razón. Supongo que mantenerte a raya sirve para más de una cosa.
—¿Entonces vas a azotarme otra vez? —preguntó, como si dudara, aunque sabía la respuesta.
—Creo que quieres que lo haga —conjeturó Renata, mirándola.
—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó Daniela con timidez.
—La forma en que mueves el trasero así —dijo Renata, observando cómo su amiga se había puesto a gatas, provocándola, con la piel ya casi blanca de nuevo.
—Mmm —ronroneó Daniela cuando una palmada juguetona le encendió otra vez la nalga.
—Con lo mucho que te gusta esto, parece que voy a tener una niña traviesa a la que disciplinar.
—Supongo que portarse mal de vez en cuando tiene sus ventajas, ¿no crees? —respondió, ofreciéndole el trasero a su amante para que volviera a teñirlo de rosa.